El sabio y el revolucionario. Kropotkin según Malatesta

Errico MALATESTA

Kropotkin-eller-kaos22 - copia

Pedro. Kropotkin es, indudablemente, uno de los que más ha contribuido –quizás aún más que Bakunin y Eliseo Reclus– a la elaboración y a la propagación de la idea anarquista. Por eso tiene bien merecidos la admiración y el reconocimiento que todos los anarquistas sienten por él.

Pero, en honor a la verdad y en interés supremo de la causa, es preciso decir que su obra no ha sido toda y exclusivamente bienhechora. No es suya la culpa; al contrario, fue la eminencia misma de sus méritos la que causó los males que me propongo indicar.

Naturalmente, Kropotkin no podía, como hombre alguno lo podría, evitar todo error y abrazar toda la verdad. Hubiera sido necesario, pues, aprovechar su preciosa contribución y continuar la búsqueda para nuevos progresos.

Mas los talentos literarios de Kropotkin, el valor y la extensión de su producción, el prestigio que le daba su nombradía de gran sabio, el hecho de que hubiese sacrificado una posición de encumbrado privilegio para defender, a costa de peligros y de sufrimientos, la causa popular, y con eso el encanto de su persona, que hechizaba a todos los que tenían la fortuna de acercársele, le dieron tal notoriedad y tal influencia que pareció, y en gran parte fue realmente, el maestro reconocido de la gran mayoría de anarquistas.

Así ocurrió que la crítica fue desalentada y se produjo un alto en el desarrollo de la idea. Durante buen número de años, a pesar del espíritu iconoclasta y progresivo de los anarquistas, la mayoría de ellos no hicieron, en materia de teoría y de propaganda, sino estudiar y repetir a Kropotkin. Decir otra cosa que él no dijera, fue para muchos, casi una herejía.

Bien estaría, pues, someter las enseñanzas de Kropotkin a una crítica severa y sin prevenciones para distinguir lo que es siempre verdadero y vivo de lo que el pensamiento y la experiencia posteriores pueden haber demostrado erróneo. Lo que, por otra parte, no afectaría sólo a Kropotkin, porque los errores que se le pueden reprochar eran profesados por los anarquistas antes de que Kropotkin hubiese adquirido una posición eminente en el movimiento. Él los confirma y los hace durar dándoles el apoyo de su talento y de su prestigio; pero nosotros, los viejos militantes, tenemos en ello todos, o casi todos, nuestra parte de responsabilidad.

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Escribiendo hoy acerca de Kropotkin no tengo la intención de examinar a fondo su doctrina. Quiero solamente recoger algunas impresiones y algunos recuerdos que podrán, creo, aclarar su personalidad moral e intelectual y hacer comprender mejor sus méritos y sus defectos.

Pero ante todo diré algunas palabras que salen de mi corazón, porque no puedo pensar en Kropotkin sin sentirme conmovido. por el recuerdo de su inmensa bondad. Recuerdo lo que hizo en Ginebra en el invierno de 1879 o de 1880 para ayudar a un grupo de refugiados italianos en la miseria, en la que yo estaba: recuerdo los cuidados que llamaría maternales, que tuvo para mí en Londres una noche en que había sido víctima de un accidente y en que había llamado a su puerta; recuerdo mil rasgos de gentileza para con todo el mundo; recuerdo la atmósfera de cordialidad que se respiraba en torno suyo. Porque era verdaderamente bueno, con esta bondad casi inconsciente que siente la necesidad de aliviar los sufrimientos y de esparcir a su alrededor la sonrisa y la alegría. Se hubiera dicho, en efecto, que él era bueno sin saberlo; en ninguna ocasión gustaba que se le llamara así. Se mostró ofendido porque en un artículo que escribí en ocasión de su 70 aniversario, dije que la bondad era la primera de sus cualidades. Gustaba más bien de mostrar su energía y su arrogancia quizá porque estas últimas cualidades se habían desarrollado en la lucha y para la lucha, mientras que la bondad era expresión espontánea de su naturaleza íntima.

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Yo tuve el honor y la felicidad de estar unido a Kropotkin durante largos años por la más fraternal amistad. Nosotros nos queríamos, porque estábamos animados por la misma pasión, por la misma esperanza y también por las mismas ilusiones.

Los dos de temperamento optimista (y creo, sin embargo, que el optimismo de Kropotkin aventajaba en mucho al mío y quizá tenía un origen diferente), veíamos las cosas de color de rosa –¡ay!, demasiado de color de rosa–, esperábamos, hace ya más de 50 años, una revolución próxima que habría de realzar nuestro ideal. Durante ese largo período hubo muy pocos momentos de duda y de desaliento. Recuerdo, por ejemplo, que Kropotkin me dijo. una vez: «Querido Errico, temo que sólo tú y yo creemos en una revolución próxima». Pero esos eran momentos pasajeros. En seguida la confianza renacía y uno se explicaba, no importa de qué manera, las dificultades presentes y el escepticismo de los camaradas y se continuaba trabajando y esperando.

Sin embargo, no se debe creer que nosotros teníamos en todo las mismas opiniones. Al contrario, en muchas cuestiones fundamentales estábamos lejos de estar de acuerdo y raramente nos encontrábamos sin que alguna diferencia suscitase entre nosotros tensas discusiones; pero como Kropotkin estaba seguro de tener razón y no podía soportar la contradicción con calma y yo, por otra parte, tenía mucho respeto por su saber y muchas atenciones por su salud vacilante, acabábamos siempre por cambiar de argumento para no irritarnos demasiado.

Mas esto no perjudicaba, de ningún modo, la intimidad de nuestras relaciones. No importa la diferencia de explicaciones que dábamos a los hechos, ni la diferencia de argumentos con los cuales justificábamos nuestra conducta; en la práctica queríamos las mismas cosas y estábamos impulsados por el mismo deseo ardiente de libertad, de justicia y de bienestar para todos. Podíamos, pues, marchar de acuerdo.

Y, en efecto, no hubo nunca desacuerdo serio entre nosotros hasta el día en que se presentó, en 1914, una cuestión de conducta práctica de una importancia capital para él y para mí: la de la actitud que los anarquistas debían tomar frente a la guerra. En esta funesta ocasión se despertaron y se exasperaron sus viejas preferencias para todo lo que es ruso o francés y se declaró apasionadamente partidario de la Entente. Pareció haber olvidado que era internacionalista, socialista y anarquista; olvidó lo que él mismo había dicho poco tiempo antes sobre la guerra que los capitalistas preparaban y se puso a admirar a los peores hombres de Estado y generales de la Entente; trató de cobardes a los anarquistas que rehusaban entrar en la unión sagrada, deplorando que la edad y la salud no le permitieran tomar un fusil y marchar contra los alemanes. No había medio de entenderse. Para mí, el suyo era un caso verdaderamente patológico. De todas maneras, ese fue uno de los momentos más dolorosos, más trágicos de mi vida (y me atrevo a decir de la suya), aquel en que, después de una discusión de las más penosas nos separamos adversarios, casi enemigos.

Grande fue mi dolor por la pérdida del amigo y por el perjuicio que resultaba para la causa por el alcance que iba a tener entre los anarquistas una tal defección. Pero a pesar de todo quedaron intactos en mí el amor y la estima por el hombre, así como la esperanza de que, pasada la embriaguez del momento y vistas las consecuencias de prever de la guerra, reconocería su error y volvería a ser el Kropotkin de siempre.

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Kropotkin era a la vez un sabio y un reformador social. Estaba poseído por dos pasiones: el deseo de conocer y el deseo de hacer bien a la humanidad. Dos nobles pasiones que uno quisiera ver en todos los hombres, sin que ellas sean por esto una sola y misma cosa. Pero Kropotkin era un espíritu eminentemente sistemático. Quería explicarlo todo según un mismo principio, quería reducir a la unidad; y lo hacía, a menudo según mi parecer, aun a despecho de la lógica. Así, apoyaba en la ciencia sus aspiraciones sociales, que no eran, según él, sino deducciones rigurosamente científicas.

Yo no tengo ninguna competencia especial para juzgar a Kropotkin como sabio. Sé que había prestado en su juventud notables servicios a la geografía y a la geología; aprecio el gran valor de su libro El apoyo mutuo y estoy convencido de que habría podido, con su vasta cultura y su elevada inteligencia, dar una más gran contribución al progreso de las ciencias, si su atención y su actividad no hubiesen sido absorbidas por la lucha social. Sin embargo, me parece que le faltaba algo para ser un verdadero hombre de ciencia: la capacidad de olvidar sus deseos y prevenciones para observar los hechos con una impasible objetividad. Me parecía más bien lo que yo llamaría de buen grado un poeta de la ciencia. Hubiera podido adivinar nuevas verdades por intuiciones geniales, pero estas verdades habrían debido ser verificadas por otros hombres que pueden tener menos genio o no tener genio de ninguna clase, y mejor dotados de lo que se llama espíritu científico. Kropotkin era demasiado apasionado para ser un observador riguroso.

De costumbre, concebía una hipótesis y buscaba en seguida los hechos que habrían debido justificarla, lo que puede ser un buen método para el descubrimiento, pero llegaba, sin querer, a no ver los hechos que la contradecían.

No sabía decidirse a admitir un hecho, y a menudo ni a tomarlo en consideración, si no acertaba en primer lugar a explicarlo, es decir, a hacerlo entrar en su sistema.

Como ejemplo contaré un episodio a que di ocasión. Entre los años 1885-1889 me encontraba en la Pampa argentina y me fue dado a leer algo sobre las experiencias hipnóticas de la escuela de Nancy. La cosa me interesó mucho, pero no tuve entonces el medio de saber más. De regreso a Europa, vi a Kropotkin en Londres y le pedí si podía darme algunos informes sobre el hipnotismo. Me contestó rotundamente que nada se debía de creer de él, que todo eran imposturas o alucinaciones. Algún tiempo después, volví a ver a Kropotkin y la conversación recayó de nuevo sobre el hipnotismo. Con sorpresa, encontré que su opinión había cambiado completamente: los fenómenos hipnóticos habían pasado a ser una cosa interesante y digna de estudio. ¿Qué había ocurrido? ¿Había podido conocer nuevos hechos? ¿O había tenido pruebas convincentes de hechos que había negado en un principio? De ningún modo. Había, simplemente, leído en un libro de no se qué fisiólogo alemán una teoría sobre las relaciones entre los dos hemisferios del cerebro, que, bien o mal, podía servir para explicar los fenómenos en cuestión.

Con esta disposición de espíritu, que le hizo arreglar las cosas a su manera en las cuestiones de ciencia pura, en las cuales no hay razón porque la pasión turbe al intelecto, se podía prever a qué llegaría en cuestiones que miraban de cerca a sus más grandes deseos y a sus más caras esperanzas.

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Kropotkin profesaba la filosofía materialista que dominaba a los sabios de la segunda mitad del siglo XIX, la filosofía de los Moleschott, Buchner, Vogt, etc.; por consiguiente, su concepción del universo era rigurosamente mecánica.

Según ese sistema, la voluntad (potencia creadora de la cual no podemos comprender la fuerza y la naturaleza, como, por otra parte, no comprendemos la fuente y la naturaleza de la materia y de otros «principios primeros»), la voluntad, que contribuye poco o mucho a determinar la conducta de los individuos y de las sociedades, no existe, es una ilusión. Todo lo que fue, todo lo que es y que será desde el curso de los astros al nacimiento y decadencia de una civilización, desde un temblor del suelo al pensamiento de un Newton, desde el perfume de una rosa a la sonrisa de una madre, desde la crueldad de un tirano a la bondad de un santo, todo debía, debe y deberá llegar en una sucesión fatal de causas y efectos de naturaleza mecánica que no deja lugar a ninguna posibilidad de variación. La ilusión de la voluntad no sería en sí más que un hecho mecánico.

Naturalmente, lógicamente, si la voluntad no tiene ninguna potencia, si no existe, si todo es necesario y no puede ser de otra manera, las ideas de libertad, de justicia, de responsabilidad no tienen ninguna significación, no corresponden a nada real.

Según la lógica, no se podría sino contemplar lo que pasa en el mundo con indiferencia, placer o dolor, según su propia sensibilidad, pero sin esperanza y sin posibilidad de cambiar nada.

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Kropotkin, pues, que era muy severo con el fatalismo histórico de los marxistas, caía en el fatalismo mecánico, que es mucho más paralizador.

Pero la filosofía no podía matar la potente voluntad que había en Kropotkin.

Estaba demasiado convencido de la bondad de su sistema para renunciar a él o solamente soportar tranquilamente que se le pusiera en duda. Más era demasiado apasionado, demasiado enamorado de la libertad y de la justicia para detenerse ante las dificultades de una contradicción lógica y renunciar a la lucha. Salía de paso encuadrando a la anarquía en su sistema y haciendo de él una verdad científica.

Se confirmaba en su convicción sosteniendo que todos los descubrimientos recientes en las ciencias, de la astronomía a la biología y a la sociología, concurrían más a demostrar siempre que la anarquía es el modo de organización social que es exigido por las leyes naturales. Se le podía objetar que, cualesquiera que fueren las conclusiones que se pueden sacar de la ciencia contemporánea, era cierto que si nuevos descubrimientos venían a destruir las creencias científicas actuales, él, Kropotkin, sería anarquista a despecho de la ciencia, como era anarquista a despecho de la lógica. Pero Kropotkin no habría sabido admitir la posibilidad de un conflicto entre la ciencia y sus aspiraciones sociales y hubiera imaginado siempre un medio, no importa si lógico o no, para conciliar su filosofía mecanicista con su anarquismo.

Así, después de haber dicho que «la anarquía es una concepción del universo, basada sobre la interpretación mecánica de los fenómenos que abraza toda la naturaleza, comprendida la vida de las sociedades» (confieso que no he acertado nunca a comprender lo que eso puede significar), Kropotkin olvidaba, como si nada fuera, su concepción mecánica y se lanzaba a la lucha con el ánimo, el entusiasmo y la confianza de alguien que cree en la eficacia de su voluntad y espera poder, por su actividad, obtener o contribuir a obtener lo que desea.

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En realidad, el anarquismo y el comunismo de Kropotkin, antes de ser una cuestión de razonamiento, eran un efecto de su sensibilidad. En él, el corazón hablaba en primer lugar y a continuación venía el razonamiento para justificar y reforzar las impulsiones del corazón.

Lo que constituía el fondo de su carácter, era el amor a los hombres, la simpatía por los pobres y los oprimidos. Sufría realmente con los males de otro, y la injusticia, aun cuando le favoreciera, era insoportable para su espíritu.

En la época en que yo le frecuentaba en Londres, ganaba su vida por su colaboración en revistas y otras publicaciones científicas y estaba en una situación relativamente cómoda. Pero sentía como un remordimiento de hallarse mejor que la mayoría de trabajadores manuales y parecía siempre querer excusarse de sus pequeñas comodidades. Decía a menudo hablando de sí mismo y de los que se hallaban en su situación: «Si nosotros hemos podido instruirnos y desarrollar nuestras facultades, si hemos tenido acceso a los goces intelectuales, si vivimos en condiciones materiales no demasiado malas, es porque nos hemos aprovechado, por el azar de nuestro nacimiento, de la explotación a que están sujetos los trabajadores; luchar por su emancipación es para nosotros un deber, una deuda sagrada que les debemos pagar».

Era tanto por amor a la justicia como para expiar los privilegios de que había gozado, que había renunciado a su posición y descuidado los estudios que amaba para dedicarse a la educación de los trabajadores de San Petersburgo y a la lucha contra el despotismo de los zares. Siempre impulsado por los mismos sentimientos, se había adherido en seguida a la Internacional y aceptado las ideas anarquistas. En fin, entre las diferentes concepciones anarquistas, había elegido el programa comunista-anarquista que, basándose sobre la solidaridad y el amor, va más allá de la misma justicia.

Pero naturalmente, como era de prever, su filosofía no quedaba sin influencia sobre su manera de concebir el porvenir y la lucha que era necesario llevar a cabo para llegar a él.

Puesto que, según su filosofía, todo lo que llega debe llegar, el comunismo anarquista, que él deseaba, debía fatalmente triunfar, como por una ley natural.

Y esto le quitaba toda incertidumbre y le ocultaba toda dificultad. El mundo burgués debía caer fatalmente; estaba ya en disolución y la acción revolucionaria no servía más que para acelerar la caída.

Su gran influencia como propagandista tenía, además de su talento, el hecho de que mostraba la cosa de tal manera simple, de tal manera fácil, de tal manera inevitable, que el entusiasmo prendía en los que le escuchaban o leían.

Las dificultades morales desaparecían, porque él atribuía al «pueblo» las virtudes y todas las capacidades. Exaltaba, con razón, la influencia moralizadora del trabajo, pero no veía lo suficiente los efectos deprimentes de la miseria y de la opresión. Pensaba que bastaría con abolir el privilegio de los capitalistas y el poder de los gobernantes para que todos los hombres se pusieran inmediatamente a quererse como hermanos y a cuidarse de los intereses de los otros tanto como de los suyos propios.

De la misma manera, no veía dificultades materiales o se desembarazaba de ellas fácilmente. Había aceptado la idea, corriente entonces entre los anarquistas, de que los productos acumulados del suelo y de la industria eran de tal manera abundantes, que no había por mucho tiempo por qué preocuparse de la producción y decía siempre que el problema inmediato era el del consumo; que era necesario, para hacer triunfar la revolución, satisfacer en seguida y ampliamente, las necesidades de todos; la producción seguiría, naturalmente, el ritmo del consumo. De ahí esa idea de la toma del montón que puso de moda y que si bien es la manera más simple de concebir el comunismo y la más apta para agradar a la multitud, es también la más primitiva y la más realmente utópica.

Y cuando se le hizo observar que esta acumulación de productos no podía existir, porque los propietarios no hacen producir normalmente sino lo que pueden vender con provecho, y que quizá en los primeros tiempos de la revolución sería necesario organizar el racionamiento y adoptar la producción intensiva más bien que estimular la toma del montón, que en suma no existe, se puso a estudiar directamente la cuestión y llegó a la conclusión de que, en efecto, la abundancia no existía y que en ciertos países se estaba continuamente bajo la amenaza del hambre. Pero se tranquilizaba pensando en las grandes posibilidades de la agricultura ayudada por la ciencia. Tomó como ejemplo los resultados obtenidos por algunos agricultores y algunos sabios agrónomos en espacios limitados y sacaba de ellos las consecuencias más animadoras sin contar con los obstáculos que habrían opuesto la ignorancia y el espíritu de rutina de los campesinos, y el tiempo que en todo caso habría sido preciso para generalizar los nuevos modos de cultivo y de distribución.

Como siempre, Kropotkin veía las cosas como él hubiera querido que fuesen y como todos nosotros esperamos que serán un día: tomaba como existente y como inmediatamente realizable lo que debe ser adquirido por largos y penosos esfuerzos.

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Kropotkin concebía a la Naturaleza como una especie de providencia, gracias a la cual la armonía debía reinar en todo, comprendidas las sociedades humanas.

Eso es lo que ha hecho repetir a muchos anarquistas esta frase de sabor perfectamente kropotkiniano: «La anarquía es el orden natural».

Se podría preguntar, cómo la Naturaleza, si es verdad que su leyes la armonía, ha esperado que vinieran al mundo los anarquistas y espera aún que ellos triunfen para destruir las terribles y mortíferas inarmonías que los hombres siempre han padecido.

¿No se estaría más cerca de la verdad diciendo que la anarquía es la lucha en las sociedades humanas contra las inarmonías de la Naturaleza?

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He insistido sobre los dos errores en que, según mi parecer, cayó Kropotkin: su fatalismo teórico y su optimismo excesivo, porque creo haber constatado los malos efectos que han tenido en nuestro movimiento.

Hubo camaradas que tomaron en serio la teoría fatalista (que por eufemismo se llama determinista) y perdieron, por consecuencia, todo espíritu revolucionario. No se hace la revolución dicen; ella vendrá a su tiempo, pero es inútil, anticientífico y aun ridículo quererla hacer, y con esas buenas razones se separaron y pensaron en sus asuntos, Pero uno se equivocaría si pensara que esto fue para todos una excusa cómoda para retirarse. He conocido a muchos camaradas de temperamento ardiente, prestos a afrontar todo peligro, que han sacrificado su posición, su libertad y aun su vida en nombre de la anarquía, con todo y estar convencidos de la inutilidad de su acción. Lo han hecho por asco a la sociedad, por venganza, por desesperación, por amor al bello gesto, mas sin creer por eso que servían la causa de la revolución, y, por consiguiente, sin escoger el fin ni el momento y sin pensar en coordinar su acción con la de los demás.

Por otra parte, los que sin ocuparse de la filosofía han querido trabajar por la revolución, han creído la cosa mucho más fácil de lo que es en realidad, no han previsto las dificultades, no se han preparado como era preciso y se han encontrado impotentes el día en que había quizá la posibilidad de hacer algo práctico.

Puedan los errores del pasado servir de lección para hacerlo mejor en el porvenir.

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He terminado.

No creo que mis críticas puedan empequeñecer a Kropotkin, que queda como una de las glorias más puras de nuestro movimiento.

Ellas servirán, si son justas, para demostrar que ningún hombre está exento de error, ni aun cuando posea la elevada inteligencia y el corazón heroico de un Kropotkin.

De todas maneras, los anarquistas encontrarán siempre en sus escritos un tesoro de idea5 fecundas, y en su vida un ejemplo y un acicate en su lucha por el bien.

Este artículo que reproducimos fue escrito para el número especial dedicado a Kropotkin que salió publicado en febrero de 1931 en La Aurora, periódico que editaban compañeros rusos emigrados en Detroit; fue traducido por Esgleas y reproducido en La Revista Blanca en mayo del mismo año.

Publicado en Polémica, n.º 47-49, enero 1992

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