El Desastre de Annual visto por Ramón J. Sender

Ignacio DE LLORENS

Sender

Sender

La aparición de una nueva edición, la mejor, de la primera novela de Ramón José Sender: Imán, a cargo de Francisco Carrasquer y editada por el Instituto de Estudios Altoaragoneses, Huesca, 1992, ha puesto de nuevo al escritor oscense en la primera fila de los narradores hispánicos. Con Sender hay un constante flujo y reflujo en su actualidad, favorecido por una obra muy extensa y desigual y por su autonomía altiva, en un país de capillitas y modas literarias.

Francisco Carrasquer ha organizado un excelente edición, con un exhaustivo prólogo y notas rigurosas. Carrasquer, profesor de literatura que fue de la Sorbonne y de la Universidad de Leiden, poeta, novelista y ensayista, se ha destacado por sus traducciones del holandés, especialmente por la antología de poesía neerlandesa que preparó hace unos años. Su tesis doctoral versó sobre «Imán y la novela histórica de Sender» y es uno de los mejores especialistas sobre la obra del autor de Crónica del Alba. Para Carrasquer, Imán, la primera novela senderiana, es una de sus mejores obras y en ella está ya todo el Sender posterior.

La opinión de Carrasquer va abriéndose paso e Imán está siendo ya considerada como una novela extraordinaria. Así, el crítico I.A. González Sáinz comentando esta edición afirmaba que la novela es «la asombrosa descripción de la desolación del espíritu humano frente a una adversidad suprema aniquiladora y que sin embargo afronta con atonía, con inercia estoica y aguante fatalista» (Archipiélago, n.° 15, Barcelona, 1993). Y hace poco, Félix de Azúa decía en una  entrevista en El País (26-2-94) respecto de Imán que se trataba de «una novela que está por encima de toda la literatura europea que le es contemporánea, la de los años veinte en que fue escrita, constituyendo una novela que explica mejor que cualquier libro cómo se desarrolló la guerra de Marruecos».

En efecto, Imán describe las vicisitudes de un joven herrero aragonés integrante de la tropa española que luchó en Marruecos en 1921 y vivió el denominado «Desastre de Annual».

Sender no fue testigo directo de los hechos. Llegó a Marruecos para cumplir el servicio militar en 1923, dos años después de la catástrofe de Annual (julio de 1921). Fue recogiendo testimonios directos, así como documentación sobre lo ocurrido, y a partir de unos cuadernos de notas confeccionó su primera novela. Años después, un protagonista de los hechos escribió su sobrecogedor testimonio en la novela La ruta, aparecida en Buenos Aires en 1954; se trataba de Arturo Barea, pero por entonces, Imán ya hacía 24 años que había sido publicada.

Alfonso XIII

Alfonso XIII

La novela de Sender es una narración antibélica, pero a diferencia de otras de la misma índole, el autor no hace un discurso explícito; le basta con mostrar las tribulaciones de su personaje y el curso de los acontecimientos, al contrario, pues de otras novelas explícitamente antibélica, como Abajo las armas, de la baronesa austríaca Berta Von Suttner, que fuera premio Nobel de la Paz, o de la famosa Fuego, de Henri Barbusse. El relato de Sender nos presenta la inmediatez de esa catástrofe como fue la guerra de Marruecos, un conflicto absurdo que pretendía revivir las grandes gestas coloniales hispánicas de otrora, con la aquiescencia entusiástica de Alfonso XIII y la temeridad alucinante del general Fernández Silvestre. El objetivo planeado por éste y el monarca, pasando por encima de otros mandos, era llegar a establecer la conquista del corazón del Rif y arribar a la bahía de Alhucemas, ensanchando el llamado «protectorado» español en Marruecos. La operación era poco menos que suicida. El ejército español estaba mal armado y ni siquiera disponía de planos cartográficos de la zona. Pero nada de eso iba a arredrar al general Silvestre, quien organizó su expedición con chulería, imprudencia y fiándolo todo a «los cojones», como él mismo expresó. Vamos: a lo que en deporte se dio después en llamar «Furia española». Así es que estableciendo precarios puestos de defensa según iba avanzando, llevó a la tropa al cañón de Annual, donde los bereberes rifeños de Abd El Krim le prepararon una certera emboscada; y estos solo tuvieron que ir cazando a los soldados españoles, cuya veda había abierto el general Silvestre. Sin posibilidad de defensa, viendo la matanza, el general Silvestre se suicidó y la tropa emprendió una retirada desordenada, un «sálvese quien pueda», que fue calificado de desbandada. El resultado fue un episodio considerado como el más vergonzoso de la historia del ejército español, con más de 12.000 muertos descuartizados por las tierras rifeñas. Alfonso XIII, que saludó la salida de la expedición de Silvestre con un expresivo telegrama «¡Olé los hombres!», intentó escabullir su responsabilidad y poco después (1923) puso a otro de sus militares allegados, Primo de Rivera, al frente de su gabinete dictatorial. Una vez más la milicia española se consolaba de sus más de doscientos años de derrotas en los campos de batalla contra ejércitos extranjeros, dando golpes militares y obteniendo victorias contra la población civil a la que se suponía debía defender.

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Hasta aquí la historia; pero una vez más la literatura puede ofrecer un conocimiento sobre los acontecimientos históricos que supera y ejemplifica lo que es mera crónica. El protagonista de Imán, Viance, vivió el descalabro militar, en primer lugar desde su acuartelamiento con el regimiento de Ceriñola, donde la escasez de víveres y la relación humana se mantenía «en el umbral del delirio»; posteriormente como participante de la desbandada de Annual, recorriendo unas tierras sembradas de cadáveres, bebiendo los propios orines y hurgando entre las heces de los caballos para encontrar algún grano de centeno que echarse a la boca. Su huída de esa versión apocalíptica de los campos de batalla que el cine nos ha ofrecido en su realismo y crudeza en Apocalipsis Now o Paisaje después de la batalla constituye una épica de la desolación: el hombre enfrentado al absurdo de la vida en la frontera con la muerte. Soldados huyendo despavoridos ante la persecución de la caballería bereber, «soldados atolondrados y cazados a golpes de alfanje por unos cincuenta jinetes moros». En ese paisaje donde la supervivencia se sobrepone al terror, al hambre y al sinsentido, se nos ofrecen escenas curiosas en su dramatismo, como el afán de escribir el propio nombre antes de la última exhalación; «esa prisa por asegurarse un poco de supervivencia, dejando escrito el nombre en algún sitio, es una de las más tristes y unánimes manías del hombre que se encuentra de pronto ante la muerte». En este contexto, los eufemismos y la cínica ironía pierden el sentido; esos muchachos luchando por la supervivencia pasarán a la historia como héroes, para dar sentido político al absurdo de un presente cuya significación no se alcanza a ver. «Nosotros somos los que en la prensa y en las escuelas llaman héroes. Llevar sesos de un compañero en la alpargata, criar piojos y beber orines, eso es ser héroes».

Ahora que la guerra nos acecha a ambas orillas del Mediterráneo, mientras en los puertos deportivos se compite en la ostentosa presencia de las embarcaciones, y los ministerios de Defensa –no hay ninguno de ataque, para qué pues defenderse– empeñan en convencer a los muchachos para recibir instrucción cuartelaria, parece más que oportuna la lectura de la novela de Sender como antídoto a la nueva épica bélica de los Rambos y Terminators, donde se confunde la búsqueda de la aventura con la desolación humana. Un viejo español camuflado de bereber, que vive con la calavera de su mujer árabe a la que él mismo dio muerte, ahuyenta y disputa con los hambrientos lobos los restos de cadáveres, por si en ellos quedó algún diente o anillo de oro, o hurgando en alguna desgastada herradura que cobija una creciente y fétida gusanera…, pues ese viejo loco carroñero que nos describe Sender, tiene acaso el discurso más lúcido sobre la guerra: «La cabeza de los viejos que mandan allá y aquí, y en todo el mundo, no tiene más que vanidad y miedo. Ni una idea humanitaria, ni un sentimiento puro. Y los intereses sembrados alrededor, que son como barrotes de una cárcel. Los jóvenes podíais haber evitado esto defendiendo a su tiempo las ideas que sólo vosotros sentís sinceramente y que son la verdad del mundo, aunque nadie quiera verlo».

Pero los viejos siguen especulando con la política de los intereses utilizando a los jóvenes como argumento «disuasorio». Seguramente tenía razón Leonard Cohen cuando decía que la guerra la organizan los viejos para quedarse con las mujeres de los jóvenes.

Publicado en Polémica, n.º 56, enero 1995

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