Los anarquistas ante la Primera Guerra Mundial. El “error” de Kropotkin

Georges FONTENIS

Debo decir que el hacer una crítica severa de los conceptos o criterios expuestos por algunos compañeros no desmerece en nada la consideración y estima que personalmente merecen. Entiéndase como la ineludible servidumbre que toda polémica lleva aparejada, lo que, de entrada, me obliga a decir que la reflexión política fundamental y la información histórica de Ramón Álvarez no son del mismo nivel que su convicción democrática y antifascista. De ahí que al leer su Artículo publicado en el n.º 50 de Polémica entienda que alguna de sus informaciones adolezca de referencias precisas en lo relativo a varios conceptos revolucionarios.

grandguerre02La guerra de 1914-1918 y el carácter de los diversos beligerantes

En primer lugar, me parece una ligereza, por lo menos, la asimilación un tanto apresurada de las dos guerras mundiales, y decir que las figuras del anarquismo internacional –los «quince» y no los «dieciséis» como se había creído– han sostenido la causa de los «aliados» porque estos últimos luchaban frente a «la amenaza pre nazi de la Alemania del Kaiser», lo que no deja de ser una broma pesada.

Sin duda, la casta militar reinaba en Alemania pero compartía el poder con la poderosa clase industrial, financiera y comercial, tendiendo sus tentáculos sobre una parte del mundo y particularmente sobre el Este europeo. La situación era parecida, en líneas generales, en los otros países beligerantes, en Austria-Hungría, en Francia, en Inglaterra, en Rusia. Aunque merece la pena señalar algunas diferencias: en Francia, el estado mayor parecía tener un poder reducido, pero era cínico y feroz como se vio en L’affaire Dreyfus, en las conquistas coloniales, en los presidios militares y en la represión sangrienta de las huelgas. No se debe olvidar que la República francesa fue creada por una mayoría monárquica y, en 1914, era todavía un Estado típicamente burgués y conservador. La vida cotidiana de los obreros y los campesinos era parecida en ambos lados de la frontera, aunque la clase obrera alemana había logrado en aquel tiempo, un conjunto de leyes de protección social único en Europa. Los derechos cívicos eran iguales poco más o menos, por todas partes; las libertades de expresión y asociación un poquito más extendidas en Inglaterra (excepto en las colonias) pero completamente ausentes en Rusia, Estado autocrático… sin embargo, amigo predilecto de los gobiernos «republicanos» franceses, y aliado atrevido contra Alemania. El régimen zarista fue uno de los principales fautores de guerra.

Por desgracia, como precisa Ramón Álvarez, Kropotkin tomó posición en favor de la «Unión Sagrada» patriotera e interclasista, desde el 2 de septiembre de 1914. El manifiesto de los quince, del 28 de febrero de 1916, no fue más que una agravación vergonzosa, después de casi dos años de carnicerías inútiles decididas por los diversos estados mayores, todos semejantes, todos dispuestos a proseguir la guerra, costara lo que costara, de acuerdo con los representantes de la mayoría de las clases privilegiadas; cada imperialismo queriendo asegurarse el máximo de las riquezas y de los mercados mundiales, los medios de producción estando a veces preservados escandalosamente. Un ejemplo: mientras los soldados caían en el frente, nunca los aviones franceses pudieron obtener el permiso de bombardear las minas de Briey explotadas por la industria alemana… y no es posible olvidar los fusilamientos expeditivos de soldados que, de los dos lados del frente, rechazaban la continuación de la guerra. Sin embargo, los anarquistas partidarios de los aliados se callaban. Debo hacer notar que el manifiesto de los quince fue publicado casi al mismo tiempo en el que los imperios centrales empezaron a presentar proposiciones de paz neutra, después de haber constatado la vanidad de una guerra parecida a una batalla de gángsters y antes que los americanos intervinieran.1

Pero las fuerzas revolucionarias anestesiadas al principio de la guerra, no pudieron actuar de manera efectiva, con excepción de algunas huelgas o manifestaciones en diversos países. Finalmente, los familiares del Zar, el estado mayor del Kaiser, la corona de Inglaterra, los políticos franceses, buenos republicanos como Poincare y Clemenceau, pudieron continuar la guerra hasta noviembre de 1918.

¿Qué parte de responsabilidad, en tal situación, tuvieron los anarquistas favorables a la guerra como la mayoría de los socialistas y de los sindicalistas revolucionarios, tanto en Francia como en Alemania?

A pesar de todo, el reagrupamiento de la izquierda social-demócrata se manifestó en las conferencias internacionales que se celebraron en Suiza, en Zimmerwald, en septiembre de 1915, y en Kienthal, en abril de 1916. Afortunadamente, esas tentativas recibieron el apoyo de algunos militantes anarquistas y sindicalistas revolucionarios como Pierre Monatte, Merrheim y Rosmer. Esas conferencias, condenando el régimen capitalista, declararon que el motivo profundo de la guerra era la política de todos los gobiernos imperialistas, y proclamaron precisamente: «Esta guerra no es nuestra guerra».

Al mismo tiempo, el estado mayor francés, en febrero de 1916, estigmatizaba la propaganda pacifista de los sindicalistas y «del anarquista Sebastien Faure». Las sublevaciones de soldados y de algunos oficiales en mayo-junio de 1917, afectaron a más de cien regimientos, lo que produjo cerca de setecientos fusilamientos «por el ejemplo» y millares de condenas a trabajos forzados.

¿Carencia, enfermedad o inconsecuencia?

¿Cómo fue posible, en tal situación, esa monstruosidad histórica sin igual: anarquistas veteranos, de experiencia, de ciencia, de honradez, adhiriéndose a un grupo de beligerantes poco menos democráticos que sus enemigos? No se puede aceptar –tampoco por los socialistas y sindicalistas– la toma de posición aliancista de militantes con información y capacidad de reflexión, menos aún teniendo en cuenta que otros anarquistas conocidos, y célebres también, como Errico Malatesta o Sebastien Faure y la mayoría de militantes, en Francia particularmente, sostuvieron la posición clásica antimilitarista y antiimperialista de rechazo de la guerra.

Sin duda, como afirma Ramón Álvarez, Kropotkin, Juan Grave, Dr. Pierrot, J. Guillaume, hablando de los más famosos, no se convirtieron en verdaderos predicadores de guerra y concedo que siguieron siendo partidarios de la paz, en general, y de la fraternidad entre los pueblos. Pero sus referencias pacifistas no valen más que una salutación de cortesía y, de hecho, los firmantes del manifiesto mantuvieron siempre su apoyo a la guerra contra «la amenaza alemana contra la evolución de la humanidad». Peor, en su carta del 2 de septiembre de 1914, Kropotkin llamaba directamente a una activa participación guerrera.

Entre las tentativas de mi explicación, seleccionaré las que me parecen firmes. La primera, la de Malatesta, merece la pena de ser subrayada porque es rara en el ambiente anarquista: confesar que un hombre, una de las glorias del movimiento libertario no «está exento de error» y que las críticas no pueden empequeñecer un Kropotkin.

El error de Kropotkin es argumentado por Malatesta de la manera siguiente: «En esta funesta ocasión [en 1914], se despertaron y se exasperaron sus viejas preferencias para todo lo que es ruso o francés y se declaró apasionadamente partidario de la Entente. Pareció haber olvidado que era internacionalista, socialista y anarquista; olvidó lo que él mismo habla dicho poco tiempo antes sobre la guerra que los capitalistas preparaban y se puso a admirar los peores hombres de Estado y generales de la Entente, trató de cobardes a los anarquistas que rehusaban entrar en la Unión Sagrada, deplorando que la edad y la salud no le permitieron tomar un fusil y marchar contra los alemanes… No había medio de entenderse. Para mí, el suyo era un caso verdaderamente patológico». Esas líneas, reproducidas en el número especial de Polémica, publicadas por primera vez en 1931, a decir verdad no me parecen completamente satisfactorias, puesto que se refieren a un presunto extravío patológico.

La tentativa de explicación de Malatesta, muy dolorosa, puede dar cuenta de una equivocación temporal e individual, pero sabemos que Kropotkin no fue un caso aislado y que nada nos autoriza a considerar que su opinión cambiase durante los años siguientes, a pesar de su admiración, en 1917, por la revolución rusa, cuya realización se produjo en el ambiente del «defaitisme revolutionnaire»2 de los soldados rusos en la guerra contra los alemanes.

A decir verdad, este cambio de posición quedó siempre inexplicado. Nos vemos obligados a observar que Kropotkin y los otros partidarios de la Unión Sagrada nunca deploraron retrospectivamente su opción de 1914.3

El otro aspecto de la explicación Malatestiana, como hemos notado, es que Kropotkin permanecía fiel a sus «viejas preferencias para todo lo que es ruso o francés». Kropotkin, él mismo, escribe en su carta del 2 de septiembre de 1914: «No dejéis a los atroces conquistadores aplastar de nuevo la civilización latina y al pueblo francés…». Tenemos ahí un aspecto interesante, porque observamos, entre todos los partidarios de la Unión Sagrada, reminiscencias del viejo patriotismo jacobino del tiempo de la revolución de 1789 y de la conjunción –no despejada de confusión– de voluntad revolucionaria, de pensamiento generoso pero un poco cándido y de lenguaje plebeyo radical, conjunción sostenida por muchos veteranos de la Comuna de París de 1871. El caso de James Guillaume fue particularmente claro: Pierre Monatte en el prefacio del libro de Fritz Brupbacher4 escribe: «Nuestro amigo James Guillaume para quien Francia era todavía, a pesar de todo, la Francia de 1793… se colocó entre los partidarios enconados de la guerra. Lo oigo todavía, sentado cerca de su cama de enfermo, reprocharme amistosamente pero con dureza mi posición de pacifista».

En mi libro,5 vuelvo a coger la tesis de Jean Maitron, quien hace notar que los pacifistas del movimiento eran los jóvenes en su mayoría, y que los que cayeron en la Unión Sagrada fueron los veteranos, campeones del espíritu anti imperialista pero patriótico y anti alemán de 1871.6

Hay que decir que fue la fuerte componente germanófoba de esta posición que impulsó inmediatamente a varios militantes en el campo de los «Aliados». Germanofobia mucho más fruto de un reflejo visceral que de un análisis serio. Tanto más, cuando resulta que sólo el imperialismo sacó provecho de esta obcecación política.

¿Pacifismo o internacionalismo proletario?

Por eso, el confusionismo frente a la guerra imperialista y la ausencia de elaboración teórica no constituyen un atributo específico de los partidarios de la Unión Sagrada. Los textos y proclamaciones de sus adversarios expresan incontestablemente un antipatriotismo decidido pero de connotación más humanista que revolucionaria. Los enormes problemas de la victoria eventual de uno de los imperialismos en ausencia de una revolución no estuvieron nunca planteados.

Y apenas hay más método de examen y reflexión entre la mayoría de los pacifistas que entre sus adversarios. Los textos de todos, en aquel período son de una lamentable indigencia. La fraseología y las proclamaciones humanistas sirviendo de investigaciones estratégicas y tácticas. La falta de voluntad de elaboración teórica no fue casual en el marasmo que sufrió el movimiento libertario.

Así, en el momento en que ese movimiento hubiera podido demostrar su superioridad entre las diversas corrientes del socialismo, cayó en una inverosímil incuria por ambas partes, aunque los pacifistas, al menos durante la guerra de 1914-1918, «salvaron el honor».

Lo ocurrido en el período que ha separado las dos guerras y durante la Segunda Guerra Mundial, será una triste confirmación de esa susodicha incapacidad.

Veinte años después de la Primera Guerra, veremos a numerosos militantes, bajo el nombre de «pacifismo integral», observar una actitud –una conducta, a veces– de capitulación frente a la dominación nazi y, en Francia, al poder de Vichy. Clara demostración de la debilidad de un pacifismo puramente sentimental y sin principios. Los mismos que habían rechazado o sostenido a medias la lucha armada durante la guerra civil española consideraron que el nazismo victorioso podría asegurar la paz!

¿Se ha olvidado que, entre los anarquistas hay otro modo de tratar el problema de la guerra? Por suerte, una tercera categoría de militantes libertarios habían elegido desde hace tiempo una determinación alejada tanto de la participación en la guerra como del pacifismo integral. Tercera posición que es, de verdad, revolucionaria. Es la interpretación que Bakunin defendió en 1870-1871, durante la guerra franco-prusiana. Esa interpretación que varios teóricos han llamado défaitisme révolutionnaire, puede ser traducida, lo mejor posible, por «internacionalismo proletario».

Según Ramón Álvarez, Bakunin «apresurándose a tomar partido por Francia» fue partidario de la guerra. Pero, lo que no dice es que Bakunin defendía una posición muy compleja. Bakunin felicitándose de la derrota de los ejércitos de Napoleón III, llamaba, al mismo tiempo, a una lucha popular y de guerrilla contra los ejércitos prusianos y contra la burguesía francesa, y a la vez, hacia la transformación de la guerra en revolución, en los dos países beligerantes, la fraternización sustituyendo a la patriotería.7

Esa teoría, olvidada o desconocida por muchos anarquistas, ha sido aplicada muchas veces en las luchas populares y adoptada por muchos teóricos.

El pueblo ruso, en 1917, se orientó instintivamente hacia el mismo fin revolucionario. Y también los soldados y obreros alemanes en 1918-1919. Y aún los militantes franceses y españoles, en 1939-1945, en la lucha de los «maquis» contra la ocupación nazi, al menos cuando rechazaban las ilusiones de la patriotería de la Resistencia oficial, privilegiando los aspectos revolucionarios de los combates hacia la «liberación».

El mismo principio de internacionalismo proletario ha vivificado la ayuda en las luchas de independencia nacional de los países coloniales, bajo el apelativo de «apoyo crítico»: así actuaron la mayoría de los militantes franceses durante las guerras de Indochina y de Argelia. Apoyo «crítico»), desatado de las ilusiones puramente nacionalistas de muchos sectores políticos de los pueblos sublevados.

Podemos concluir: las inconsecuencias de los «anarquistas» de la Unión Sagrada y del pacifismo integral sólo han sido resultado de ignorancia y de afición a la frase humanista fácil.

No se trata de «viejas polémicas», sino de la restitución del pensamiento libertario histórico.

NOTAS

1. En julio de 1917, Alemania y Austria-Hungría sondean indirectamente a ciertos hombres políticos como A. Briand, en vista de negociaciones relativas a una conferencia de paz, la cual se celebraría en Bruselas, bajo la presidencia del rey de los Belgas, Alemania proponiendo la restitución de Alsacia-Lorena a Francia (Comités secretos del Parlamento francés).

2. Esa expresión, de origen francés, no tiene traducción literal en castellano, aceptándose como «derrotismo revolucionario», con una connotación despectiva.

3. Comportamiento frecuente entre los anarquistas que son capaces de cambiar de posición, diametralmente a veces, pero desconocen… la verdadera autocrítica, la de hombres libres.

4. Socialisme el Liberté, Ediciones de la Baconniere, Neufchatel, Suiza, 1954.

5. L’autre communisme, Histoire subversive du mouvement libertaire. Ed. Acracie, 1990.

6. Jean Maitron, Le mouvement anarchiste en France, tome 2, Editions Maspero, 1982, París.

7. En su «carta a un francés» (carta III del 6 de septiembre 1970), Bakunin llama a la «sublevación en masa de todo el pueblo francés, organizándose espontáneamente, de abajo arriba…, anárquica, destructora y salvaje de las masas populares… » y un poco más lejos: «Hay que arruinar el poder del Estado, del Emperador…».

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