Una nueva moral sexual como base de las conquistas revolucionarias

Félix MARTÍ IBÁÑEZ

amorenguerraFélix Martí Ibáñez, (25/12/1911 – 24/41972)​ fue un médico psiquiatra cuya filiación anarquista le llevó a asumir la responsabilidad de la sanidad en la Columna Durruti y fue subsecretario de Sanidad del gobierno de la II República y director general de Sanidad y Asistencia Social de la Generalidad de Cataluña.

La Revolución española no solamente ha representado una trepidación social que conmoverá durante mucho tiempo todas las columnas que sustentan la actual Historia Universal, sino también un tránsito cronológico tan rápido a nuevas ordenaciones sociales, que precisa revisar todos nuestros antiguos conceptos para adaptarlos al mundo de hoy en que habitamos. La moral sexual es acaso el aspecto que más urgentemente reclama una revisión a la luz de las estrellas revolucionarias.

Ideológicamente, ya tenía el proletariado una orientación precisa en cuanto a su actividad sexual. Una sólida preparación teórica en todos los órdenes. Pero hoy, que hemos visto desmoronarse tantas convicciones al roce de la áspera realidad, precisa volver a corregir la brújula revolucionaria, para que señale siempre el norte de una actuación clara y definida. Y ese es nuestro problema actual.

En varios años de propaganda eugénica, hemos procurado siempre entablar verbalmente o por escrito una íntima relación espiritual con el individuo.

Toda mi obra sexológica es un diálogo sostenido en voz suave con aquellos individuos que fuesen capaces de sentirse interiormente rebeldes en el seno de una sociedad durmiente, como lo fue la España anterior al 19 de julio.

Entonces la campaña eugénica estaba encaminada a luchar contra la moral sexual católica y a regar las voluntades individuales, para que fuesen acantilados firmes en medio del sucio oleaje de hipocresía sexual imperante. La Revolución –esa gran «educadora de los pueblos», que placía a un notable historiador– ha significado plantear en el orden colectivo muchos problemas antaño individuales, de los cuales destaca el perfil espinoso del problema sexual, que debemos solucionar para una sociedad recién fermentada, como antes intentamos hacerlo para los contados individuos que no se resignaban a pasar por el aro de la torpeza erótica vigente.

Los días que se han sucedido, inmutables en el desgranar del tiempo, han probado que todo sigue igual que antes en el orden sexual, sin más diferencia que una exageración caricaturesca de los rasgos de cada conducta en cuanto al tema erótico. La Revolución, exagerando perfiles temperamentales, ha vuelto más tímidos a muchos pusilánimes y ha desatado la cuadriga instintiva de antiguos extremistas del sexo. Y en conjunto, sobre la red de incertidumbre y preocupación colectivas, flota pavoroso el nubarrón sexual, cargado de inquietudes y plasmando uno de los eternos e insolubles enigmas de la Humanidad.

Gritémoslo bien alto, para que nuestra voz resuene en todos los corazones: ¡La revolución sexual no se ha verificado todavía! Continúan las mismas cadenas de antaño. Rotos los grilletes coercitivos que sobre cada individuo pusieron unas leyes anti biológicas y un falso pudor colectivo, cada individuo sigue atado con íntimas ligaduras. Y en el mejor de los casos, aun poseyendo una conciencia revolucionaria, no sabe qué hacer de su libertad en el orden sexual. Está situado en la misma postura de aquel esclavo de un cuento árabe, que permaneció largos años encadenado en una mazmorra, sabiendo de la Primavera por una florecilla que desplegaba su menuda y azul presencia sobre una grieta de la roca, y del Invierno, por aquella gota péndula que se filtraba a través de la piedra llevando el mensaje de hielo y mármol de la tierra nevada. Un día rompió sus cadenas y se fugó. Vagabundeó por los prados floridos y la verde campiña, sobre su rostro de cirio pintó una cutícula rosada en sol ardiente y por fin restó, en una estampa trágicamente plástica, erguido el torso, crispados los puños de los cuales pendían las cadenas de bronce, perdida la mirada de sus enrojecidos ojos en el horizonte dorado, buscando allí la clave para usar de una libertad que le había sido concedida y con la cual no sabía qué hacer. Viendo a muchos revolucionarios de hoy cabecear lamentablemente en el orden sexual, incurriendo en un libertinaje doloroso o en un seco ascetismo, me parece que ellos también llevan colgando de sus instintos un trozo de la rota cadena y no saben qué hacer de su propia libertad.

De todo ello deducimos y nos afirmamos en nuestra íntima convicción: ¡Urge realizar la revolución sexual! Hoy más que nunca. Fuimos teóricos de la libertad en el amor. Y no podemos ni debemos fracasar en la práctica. Adoptemos, pues, una postura gallarda en los zarzales del sexo y afrontemos con serenidad y audacia, clara la mirada y limpio el corazón, el problema sexual.

Afirmación previa: sería ingenuo y peligroso, por representar una recaída en los pantanos eróticos capitalistas, querer forjar una moral sexual colectiva cuyas normas rígidas encuadrasen la vida sexual de la sociedad proletaria. Eso sería substituir el puritanismo blanco por el rojo, y bajo los nuevos preceptos, por bellos y nobles que fueran, seguiría bullendo en los toneles del instinto el vino burbujeante de las ansias insatisfechas. La sexualidad es acaso el aspecto más específicamente individual de nuestra personalidad, y pretender encuadrar la vida amorosa en el marco de hierro de una moral colectiva, significaría o bien matar el misterio cálido y palpitante de la sexualidad bajo un rimero de preceptos o dejarla hirviente y rebelde bajo aquéllos. No. Ahora, precisamente, interesa cultivar nuestra individualidad erótica más que nunca. En el Ayer capitalista sembramos la semilla de libertad sexual que hoy puede recogerse. Y nuestra misión en el Hoy proletario es ser jardineros de la flor erótica individual. Regándola con ese néctar fecundo que se llama cultura eugénica, que es en la actualidad más necesario que nunca para las fauces sedientas de la inquietud erótica.

Caminamos velozmente hacia un mundo nuevo, brillante y soleado, fértil y blandamente plástico. La Revolución no se ha hecho para que los que hasta el momento presente temían a la sociedad, y a su conciencia, hallen ahora justificación adecuada a sus excesos impulsivos en el pretexto de que la Revolución lo autoriza todo. ¡Atención! ¡Todo lo contrario! La Revolución es un filtro que tamiza las conductas y deja en la criba a los indeseables. Ser revolucionario es sobre todo ser digno, consciente y limpio. Y los desafueros, los atropellos, las degeneraciones sexuales voluntarias, serán barridas por la ética revolucionaria, como las hojas secas por el viento otoñal. La Revolución, rompiendo los filamentos abrumadores de la moral católica, no va a ser un pabellón que encubra sucias mercancías pasionales. Y todos aquellos que, amparados por una bandera revolucionaria, se refocilen ante posibles tropelías sexuales, que reflexionen sobre sus deberes.

Ni libertinaje ni monaquismo. El sexo ha de surgir del crisol revolucionario purificado y límpido. Con alas para volar libremente, pero con una aguja náutica que marque un rumbo determinado.

Nunca uncido a la chabacanería ni a la bastedad, egoísmos o violencias de nadie. Porque más que las otras pasiones, los revolucionarios deben ir a la vida sexual por la puerta de luz de la amorosidad normal y sincera y no por el ventanuco angosto de un erotismo irresponsable.

La Revolución no solamente ha de consolidarse por las bayonetas y la dinamita. Si la Economía no sanease la Hacienda y la Cultura los espíritus y la Eugenesia los instintos, el período postrevolucionario sería caótico y expuesto a caer en toda clase de abismos.

¿Cómo podrá orientarse la nueva ética sexual? Ante todo conociendo lo que no deberá hacerse, que es en primer término evitar el establecimiento de preceptos rígidos y de normas colectivas, lo cual, visto en el espejo de las afirmaciones, muestra como imagen reversible el que debemos crear rumbos y no caminos fijos para el sexo, orientaciones elásticas y humanas por lo comprensivas, y además, forjar en cada individuo, el deseo de solucionar por sí solo sus problemas eróticos y no por imitaciones ajenas.

Individualizar el sexo, liberarle de las viejas tiranías, es la primera fortaleza a conquistar.

La libre unión de los enamorados cuenta ya con unas posibilidades de realización que antes no tenía, al eliminarse el seto espinoso del puritanismo reinante. Pero ha de existir una cultura del amor previa. Para libertar el amor hemos de saber ante todo qué es el amor y qué representa la libertad en su territorio.

Recientemente releía unas páginas de Royer, en las cuales se describía la libertad de amar encarnada en dos jóvenes nudistas uniéndose sobre la alfombra verde y mullida de la pradera, en el crepúsculo oloroso a jazmines y chispeado de pálidas estrellas. Y eso no es libertad de amar. Es libertad sexual, excelsa y bella; pero que significa una faceta del amor. Porque el amor no es solamente el encuentro alado de las carnes prietas y bellas, dotadas de la rubia mocedad y el vigor juveniles, sino que es además comunidad íntima de ideales, suma de voluntades, trabajo compartido, risas y dolores que se beben juntos en la misma copa conyugal. Y a todo eso, a la libre afinidad de espíritus que se sienten atraídos, se oponía el capitalismo tan intensamente como a la libertad sexual. Y si queremos que la Revolución sexual sea algo más que una expansividad de la carne satisfecha y represente una liberación intensa de cuanto hoy nos impide ser felices en amor, es preciso calar más hondo el problema y dejar de tener una visión simplista y epidérmica del asunto.

Richard Aldington en una maravillosa novela, nos ha relatado la historia de una mujer y un hombre a los cuales separa moral y materialmente la vida falsa del capitalismo. Y ha de ser en plena naturaleza, frente al mar con su vestido azul y rizado y sobre las rocas de cobre y acero que albergaron su primer encuentro amistoso, donde renazca una intimidad amorosa, que no es sólo la de la carne sino también la de las almas atormentadas y dislaceradas por las uñas de la ruindad moral. Aquella mujer, la Katha de ancha espalda y ojos soñadores, que se une a su amado Tony al cabo de largos años de separación, no lo hace impelida por un simple instinto, sino por una sensibilidad amorosa que la vida sembró de costurones dolorosos y que ahora despertaba florida y pujante a la proximidad del varón que la fascinaba. Y era más que una atracción sexual, toda una corriente de amorosidad, la que iba a matizar de romanticismo y pureza la relación plástica de los dos enamorados.

La nueva ética sexual revolucionaria, no asentará jamás normas de conducta colectivas, sino que forjará en la fragua de cada pensamiento individual el anhelo de resolver integral y sinceramente los problemas erótico-sentimentales que a cada persona se le plantean. Toda nuestra tarea futura es la de crear una propaganda eugénica constructiva, una firme cultura del amor.

Para llegar a la igualdad sexual y a la libertad de amar, pura, sencilla y limpia – antitética y enemiga del grosero libertinaje, como pueda serlo el sentido disciplinado y consciente de la acción revolucionaria social cori respecto a la actuación violenta y desenfrenada del irresponsable– precisa que en cada individuo exista un férvido anhelo de dignificar el instinto mediante el autocontrol del mismo y purificar el amor por la cultura eugénica.

La Revolución debe hacer felices a quienes la trajeron en el orden amoroso. Y esa felicidad sólo se consigue a través de un doloroso aprendizaje, en el cual la caída, el error y el tropiezo sean lecciones de amor. Porque el amor, pájaro loco, se nutre de sus errores y extrae de ellos el aliento para sus vuelos. Devolvamos la libertad al amor, rompiendo las últimas cadenas, las ocultas, las del egoísmo y apetencias personales. Y hombres y mujeres, bajo el sol revolucionario, limpias las frentes y cálido el corazón, reverdecerán el idilio libre e idealista del cual brotarán los Hombres –dioses del Mañana.

(De Tiempos Nuevos, nº 2, febrero, 1937)

Publicado en Polémica, 41, marzo-abril, 1990

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