La socialización de la medicina en la II República

Félix MARTÍ IBÁÑEZ

Este artículo apareció por primera vez en la revista Tiempos Nuevos, en enero de 1937. Su autor, Félix Martí Ibáñez, (25/12/1911 – 24/41972)​ fue un médico psiquiatra cuya filiación anarquista le llevó a asumir la responsabilidad de la sanidad en la Columna Durruti y fue subsecretario de Sanidad del gobierno de la II República y director general de Sanidad y Asistencia Social de la Generalidad de Cataluña.

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Félix Martí

No existe otra salida del caos en el cual hasta hoy vivió sumida la Medicina que la socialización de la misma. Y hacía ya tiempo que, como un ideal utópico, flameaba sobre las cabezas de los artífices de la Medicina la imagen del día en el cual, socializada la Sanidad, pudiese el profesional vivir liberado de las amarguras que aquélla le ocasionaba.

En 1882, Stein ensoñaba con hacer independiente la protección de la salud popular de la falta de recursos económicos. Lo cual entonces, en la época de puritanismo imperante, suscitó una polvareda pasional que ahogó el noble clamor de Stein.

Revisemos previamente, de modo sintético, cuantos tímidos tanteos de socialización de la Medicina se han verificado hasta el momento presente.

Hasta fines del siglo XIX no asistimos a la creación de cajas de seguros, encaminadas a compensar las deficiencias de las hermandades o cofradías de asistencia médica.

En 1883 Bismarck promulga la ley de Seguro obrero de enfermedad. Pero esa ley suponía una retribución fija, en desacuerdo muchas veces con los servicios prestados y además significando la necesidad de que hubiera un médico fijo para cada número de asociados y limitando esa libertad en la elección del médico, que fue siempre base de la curación. Porque no olvidemos nunca que, como ya sospechaba el sutil y magnífico Paracelso, el milagro curativo en la Medicina viene representado por la fe que el paciente deposita en el médico al cual confió su curación, y para que esa ciega confianza subsista, es preciso que persista también la libre elección del médico por el paciente.

De aquel decreto datan los comienzos de esa lucha entre la espontánea inicia iva del médico libre y las poderosas entidades de seguros médicos. Lucha en la cual el guerrillero aislado estrellaba su esfuerzo contra los muros de oro de las grandes mutualidades.

Posteriormente se crearon cajas de seguro contra las enfermedades con amplia autonomía legal y conversión del médico en un simple asalariado, reduciendo así a la nada la libre elección de médico por el enfermo.

Con ello, al reducirse los jornales médicos a expensas del beneficio patronal, se llega a la proletarización del médico y a provocar una reacción como la que plasmó en sus acuerdos la Liga médica alemana, con Hartmann al frente, combatiendo, en el año 1900, la explotación que suponían las compañías de seguros médicos y laborando por la dignificación de la retribución.

Una afloración más a la epidermis histórica de aquella erupción de rebeldía que iba incubándose en el organismo médico, fue la creación de asociaciones médicas internacionales, que bajo su leve cutícula científica ocultaban un recio y áspero sentimiento de clase; y la estructuración de los primeros balbuceos de socorros médicos proletarios, que eran la sacudida con la cual la clase obrera quería desprender de sus hombros las doradas cadenas sanitarias remachadas por el capitalismo de empresa.

En España, que siempre marchó a retaguardia del progreso científico, se tardó bastante en arribar a elaborar seguros médicos. Y, sin embargo, las cifras estadísticas demostraban, con esa helada elocuencia de los números, que el pueblo se moría falto de asistencia y que lo estructurado era insuficiente. Si morían al año 50.000 tuberculosos, eran insuficientes el medio centenar de sanatorios antituberculosos existentes y no siempre al alcance de todos los obreros.

Si nacen muertos en España 17.000 niños al año, mueren 97.000 en el primer año y 77.000 a los seis años, eran tales cifras una demostración de lo exiguo de la Sanidad española frente a la magnitud del problema planteado.

Las cifras citadas y otras por el estilo demostraban que en febrero de 1936 se atendía sólo a la cuarta parte de los enfermos que hubiesen debido tratarse.

El Instituto Nacional de Previsión, al crear un seguro de maternidad, que por cierto fue recibido con manifiesto recelo por la clase obrera en vista de las manos que habían elaborado tal obra, intentó remediar algo los daños que existían. Porque no era solamente en el aspecto de la maternidad en donde abocaba la catástrofe sanitaria. Las cifras del seguro obligatorio de Leipzig, establecidas para Alemania pero válidas en términos generales para ciertas localidades españolas, probaban la nocividad del obrerismo femenino, sobre todo por la mala higiene de los locales, uniformidad de las maniobras de trabajo, etc., como demostró Max Hirsch.

En España, hasta 1931, en el caso ejemplar de la obrera embarazada, se le permitían seis semanas de descanso después del parto, si bien aquella disposición (Ley de 8 de enero de 1907) era grotescamente ineficaz desde el momento en que nada percibía la obrera durante el tiempo de descanso, con lo cual, apremiada por la necesidad, rechazaba aquel descanso que le privaría de su pan y, en un trágico dilema, arruinaba su salud para poder evitar el hambre aterrador. El Instituto Nacional de Previsión, en su seguro de maternidad, implantó una asistencia a la mujer en su período post-partum, dándole la cifra irrisoria de 15 pesetas semanales en el puerperio y 5 semanales durante la lactancia.

Todas estas ineficaces tentativas justifican la socialización de la Medicina, si no existen los demás factores: supresión de las falsas categorías médicas y de los trusts sanitarios, verdadera santa alianza mercantilista; supresión del mercantilismo médico y las explotaciones mutualistas; pérdida de la función docente de la Medicina y del sentido social de la Sanidad y decadencia de la investigación médica, que son las consecuencias a que nos ha conducido una Sanidad crucificada por los diez mil clavos del egoísmo capitalista.

Para intentar la socialización de la Medicina, hemos de partir de las relaciones existentes entre la Sanidad y la Economía, tan brillantemente expuestas en su obra por Sofía Gotze y Sidy Wronsky. En Economía todos los elementos improductivos de la misma como lo es la Sanidad, deben nutrirse de otros aspectos productivos. Y la Economía puede impedir, por una selección de las circunstancias higiénicas del trabajo, que los trabajadores tengan que pasar a la Asistencia, perdiendo así su capacidad de trabajo y su vibración social.

Una base económica potente para la Medicina no puede darla sino la municipalización de la misma o la adaptación del médico a la comarca en que vive, con lo cual pueblos y comunas o consejos municipales, comarcas y ciudades, contribuirían a sostener la Sanidad con arreglo a las posibilidades económicas de cada región.

Una socialización de la Medicina abarca los siguientes aspectos:

  1. Organización general de la Sanidad.
  2. Reorganización de la Medicina en su aspecto profesional.
  3. Estructuración de la Medicina Social.
  4. Socialterapia o nueva modalidad de la Asistencia Social.

La base previa de toda organización general de la Sanidad es la conexión mediante las redes sindicales de todo el personal sanitario y su encuadramiento en organismos nuevos, flexibles, dotados de gran elasticidad y capaces de llenar por completo las necesidades sanitarias del individuo y la colectividad. Este organismo sanitario abarcaría desde el personal sanitario de todo tipo hasta los delegados de la ciudad o rurales. En esquema puede sintetizarse diciendo que el sindicato sanitario englobará a todos los sanitarios en sus redes; que en su seno tendrán cabida en una armonización fraternal de intereses profesionales y en una coordinación de voluntades afines, y, desvaneciendo los viejos recelos entre sanitarios, se llegará a unificar en un afán común de reestructuración sanitaria a todo el personal afecto a dicho ramo.

Un Sindicato Único de Sanidad que abarque a médicos, farmacéuticos, odontólogos, comadronas enfermeras, protésicos dentales, practicantes, estudiantes de Medicina, ortopédicos, auxiliares de farmacia y laboratorio, miembros de hospitales y clínicas, ópticos, etc., facilita el control y la coordinación de todos los esfuerzos, los aúna y permite asentar sobre esa potente base sindical todo el plan de socialización de la Medicina.

La unidad profesional supone también la unificación y colectivización de los medios de trabajo. Es decir, la supresión total de la organización sanitaria privada y la colectivización de todos los hospitales, sanatorios, clínicas, laboratorios, centros de investigación y demás establecimientos sanitarios. La libre competencia ya no puede ni debe persistir en Sanidad.

La organización sanitaria se continuará verticalmente, de abajo arriba, mediante los Consejos locales y Consejos rurales, organismos sanitarios formados por delegados médicos, farmacéuticos, veterinarios, practicantes, comadronas, enfermeros, delegados de la organización municipal y de los Consejos de Gobierno y enlazados además con los Consejos de Economía y Cultura de cada localidad o municipio, a fin de que la Sanidad en cada localidad posea una vida autónoma y no resulte como antaño desconectada de los organismos económicos y culturales de la región.

En la Medicina socializada, cada comarca debe poseer una vida autónoma y subvenir en la medida de sus fuerzas a sus necesidades sanitarias, por lo cual la nueva Sanidad tendrá una sólida base comarcal.

En la nueva anatomía española, la comarca gozará de una vida floreciente, y a su calor se esponjarán las grandes capitales comarcales, que serán espejo cultural y económico de toda la comarca que confluya en ellas; en vez de suceder como antaño, que las comarcas eran desiertos economicosociales de lánguida vitalidad.

La comarca será el órgano básico en la nueva anatomía sanitaria, hallándose controlada por un consejo comarcal en el cual tendrán representación todos los consejos locales, tal y como a base de un delegado por cada consejo comarcal se formará un Consejo regional sanitario, que recogerá los hilos emanados de todas las comarcas de la nación. Este Consejo Regional sanitario, verdadero órgano ejecutivo de la Sanidad en toda la región, estará vinculado estrechamente a una Junta técnico-asesora, encargada de plantear y orientar los grandes problemas médico-higiénicos, social-sanitarios, veterinarios y farmacéuticos y entregarlos al Consejo Regional para su realización en la práctica.

He aquí cómo podemos crear una nueva estructuración social de la Sanidad, ligada a organismos elásticos y flexibles que sean magníficos instrumentos de trabajo y no artefactos insensibles como lo eran todos los que integraban la vieja Sanidad.

El aspecto profesional de la Medicina, tendrá solución estableciendo primero el censo estadístico de profesionales de la Medicina y los cargos remunerados que desempeñan, lo cual nos ha dado sorpresas como el tropezarnos con médicos que tenían diecisiete cargos remunerados mientras muchos otros tenían que abandonar la profesión para no morirse de hambre. Cada médico desempeñará, en principio, un solo cargo remunerado o más si la compensación económica fuera insuficiente, atendiendo a repartir todos los cargos antes acumulados y a que cada profesional pueda trabajar en la especialización para la cual se sienta atraído y tenga aptitudes, lo cual permitirá solventar la tragedia del investigador fracasado ante los apremios urgentes de la vida cotidiana, que le hacían abandonar sus ideales científicos para ejercer de médico general mecánicamente y salvar así su familia a costa de sacrificar su vocación.

El establecimiento del seguro social de enfermedad será el segundo gran paso hacia la socialización de la Medicina, costeando a todo trabajador y a sus familiares una asistencia médica excelente en clínicas y sanatorios adecuados, sin otro estipendio que una mínima cuota a pagar en la forma que se estime oportuna, colectivamente y con arreglo a las condiciones de cada comarca.

En cuanto a la remuneración del médico es un asunto aun a discutir, sobre si será un salario único o unificado entre límites topes. En todo caso, han desaparecido ya y la Revolución no tolerará su vuelta a los escandalosos precios de ciertas consultas y el tráfico médico a costa de la necesidad de los pacientes.

La obra a realizar en tales condiciones es de una extensión ilimitada. Aventuremos ya que prosiguiendo este plan teórico, que es el mismo que en la práctica vamos desarrollando desde la Consejería de Sanidad y Asistencia Social, en la actualidad, se hallan en estudio las siguientes ponencias, en las cuales colaboran técnicos especializados, y que vamos llevando a la práctica con un ritmo acelerado.

Dichas ponencias son todo un plan revolucionario de reestructuración de la Sanidad.

  1. Eugenesia preconcepcional.
  2. Control de la natalidad y maternidad consciente.
  3. Aborto terapéutico.
  4. Abolición de la prostitución.
  5. Higiene, Profilaxis, Medicina infantil y escolar.
  6. Esterilización terapéutica.
  7. Eutanasia.
  8. Enseñanza médica.
  9. Propaganda sanitaria.
  10. Organización hospitalaria y sanatorial.
  11. Organización de la Asistencia médica.
  12. Reorganización del cuerpo de practicantes y enfermeros.
  13. Higiene del trabajo y Medicina social.
  14. Farmacia.
  15. Veterinaria.
  16. Hidrología médica.
  17. Lucha antivenérea.
  18. Organización de la Asistencia psiquiátrica e higiene mental.
  19. Lucha antituberculosa.
  20. Luchas antirrábica, antileprosa, anticancerosa, antitracomatosa y antivaricosa.

Dejamos aparte intencionadamente todo lo referente a la Asistencia Social en sus múltiples facetas que nos ocupará en otros artículos, así como la exposición de estas ponencias arriba citadas, que plasman en carne viva los ideales de antaño.

Al ascender el proletariado, en un movimiento de verticalidad histórica, a las cumbres de una sociedad nueva, hemos todos de demostrar que somos revolucionarios de teoría y de realización. Sin una base filosófica no es posible verificar una revolución social, pero sin la acción el pensamiento languidece y muere agotado en un estéril esfuerzo.

Convirtámoslas en norma de conducta e impelidos por la voluntad de crear y con el anhelo romántico de servir a la Humanidad, laboremos porque nuestra revolución sea en todos sus aspectos la más humanitaria y fértilmente creadora.

(De Tiempos Nuevos, n.º 1, enero 1937)

Publicado en Polémica, n.º 41, marzo-abril 1990

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