JOAQUÍN COSTA y su «Escuela y Despensa»

José BORRÁS

Zaragoza_-_Monumento_a_Joaquín_CostaSería vana pretensión hacer un estudio exhaustivo sobre la gran personalidad de Joaquín Costa y quizás ni siquiera aportar nada nuevo sobre lo mucho que se ha dicho y escrito acerca del ilustre polígrafo. Mi propósito se limita a trazar algunos rasgos del hombre, de su vida y de su muerte, con el fin de deshacer algún entuerto.

Y ello porque, en la actualidad, Costa ha vuelto a recuperar algún interés, equiparable al que despertó en vida y poco después de su muerte. La mayor parte de las investigaciones que se hacen sobre él disipan, afortunadamente, el intento de instrumentalización que las dos dictaduras –la de Primo de Rivera y la de Franco– intentaron hacer de su figura. Pero, algunas otras tratan de atribuirle esa connotación abusiva.

Joaquín Costa Martínez nació el 14 de septiembre de 1846 en el número 70 de la calle Mayor de Monzón. Su padre era labrador del Ribagorza. Su madre, de Graus, y es quizá por influencia suya que Joaquín fue a residir a ese pueblo cuando apenas contaba seis años. De muy joven, el arquitecto, Hilarión Rubio le admitió para que cuidase de su coche y su caballo. Joaquín era mantenido, pero no tenía salario ni jornal. Un año después cayó enfermo. Cambió de oficio, trabajando en las obras de Monte Aragón y comenzó a estudiar por su cuenta. En 1865, tuvo tres éxitos en sus exámenes. «He tenido tres sobresalientes y dos medallas», anota en su diario. Un diario que inicia a los 17 años y en cuya primera página escribe: «Mi vida entera ha sido un tejido de pesares y lágrimas porque, el maldito pundonor que la naturaleza ha puesto en mí con abundancia, ha sido la causa que me ha atraído constantes desgracias».

Costa quiere ser albañil y carpintero. Realiza diversos oficios manuales pero no se especializa en ninguno de ellos. Más tarde se hace maestro de primera enseñanza, para lo que por entonces no hacía falta ser bachiller. Finalmente se decide a estudiar bachillerato, y en noviembre de 1866, hace en Madrid, los ejercicios de selección para ir a la Exposición Internacional de París del año siguiente. En la capital de Francia permanece todo un año ejerciendo multitud de oficios, desde portero hasta barrendero. Pero estudia y aprende sin descanso. Su regreso a Madrid coincide con la Revolución de 1868 –La Gloriosa– continuando sus estudios, ahora de forma permanente. ¿Cómo se desenvuelve? Veamos lo que al respecto ha dejado escrito.

«Sufro la obsesión de las deudas y de los enojos. El sastre me pide el dinero para ropa ya gastada. Carezco de botas, no puedo mudarme de camisa, hace un frío horrible y no tengo ni camiseta ni chaleco, ni calcetines, ni brasero. Por entonces estudiaba leyes y no podía estudiar pensando en que necesitaba 40 duros y no sabía dónde encontrarlos. Tenía grandes proyectos y me encontraba sin la esperanza de un rayo de luz».

¿Quién estudiaría hoy en tales condiciones? Costa lo hace. Escribe en revistas y periódicos para ganarse alguna peseta, traba contacto y amistad con personalidades de la Institución Libre de Enseñanza, de Giner de los Ríos, obtiene los títulos de profesor y de jurista y regresa a Huesca, donde ejerce el puesto de oficial letrado y reside entre 1877 y 1879. También colabora en el Diario de Huesca, y a sus 30 años, tras la experiencia madrileña, recorre los Pirineos, su cuna de infancia, al tiempo que estudia el paisaje, las gentes, su historia y su cultura.

El Derecho, para Costa, no es sólo lo que está en los libros y en la intelectualidad, sino algo que estamos viviendo todos, desde el más ignorante al más sabio, desde el pobre al rico. Hace de la realidad motivo de observación, recoge datos, los  estudia, los clasifica y los aduce en pro de sus teorías. Tanto como en las leyes busca el Derecho en las costumbres, en las prácticas establecidas y respetadas. Acaso por esta circunstancia no hay en España escritor jurídico más original y castizo. Sus obras son la fisonomía moral del pueblo, elemento que se revela en su Derecho Consuetudinario referente a la familia y a la propiedad. Ese famoso Derecho Consuetudinario consiste en que la costumbre es ley; igual en la propiedad de la tierra que en todo. Por eso, cuando alguien trabaja cierto tiempo una tierra, según Costa, le pertenece en propiedad. Una constante en Costa es el amor hacia las gentes de la tierra que le vio nacer. Por eso, contrariamente a lo que reza el adagio, según el cual «nadie es profeta en su tierra», Costa, desmintiéndolo, fue profeta en la suya. En su Aragón.

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Los lemas más salientes de Costa fueron, como es sabido, «Escuela y Despensa». Todavía son de actualidad cerca de un siglo después. «En España –decía– no hay Parlamento ni partidos; sólo oligarquías». Abogaba también por un gobierno europeo de libertad y por el gobierno del pueblo por el pueblo. Objetivos éstos que aún no se han alcanzado. Como se ve, Costa tenía ideas avanzadas.

Costa fue hombre público y hombre político, cuyas ideas hicieron gran impacto en el país, si bien ello ocurría en una época en que iban a contrapelo de las ideas y de los usos en curso. Era republicano a carta cabal y a ese título, fue elegido diputado por Borja (Zaragoza) hacia principios de siglo. También se mostró amigo del PSOE y de Pablo Iglesias, de los que dijo mucho y bien. Mas, su empeño, se centró en querer regenerar a España con sus dotes de tribuno elocuente y excepcional. En esos discursos defendía a la España rural frente a la capitalista. Otra de las tácticas que puso en juego para lograr su propósito, fue la creación de la Liga de Contribuyentes que, apoyada por la Cámara de Comercio de Huesca, se extendió por la mayor parte de Aragón, a partir del Ribagorza.

Una idea del pensamiento de Costa nos la dará la carta que escribe a Junoy, director de la Publicidad, a mediados de 1903. En ella le dice:

«Los labradores y braceros del campo, los menestrales obreros de la industria y proletarios en general que son, en toda España, más de 17 millones y medio, han pagado con ríos de sangre y de oro, en cien años de guerra, la civilización que disfruta el medio millón restante: sus libertades políticas, su derecho de asociación, su inviolabilidad de domicilio, su seguridad personal, su libertad religiosa, su libertad de imprenta, su desamortización, sus comodidades, su prensa diaria, sus teatros, sus ferrocarriles, su administración pública, su Parlamento, todo eso que a la masa de la nación no le ha servido de nada ni le sirve, porque el pueblo no sabe o no puede leer, no se reúne ni se asocia, no imprime, no vota, no viaja, no le hostiga la duda religiosa, no compra ni usurpa haciendas al Estado, no conoce oficinas ni tribunales sino en figura, como instrumentos de la opresión caciquil incontrastable. Y sin embargo, esa minoría de ilustrados y de pudientes, esa clase gobernante, no se ha creído obligada a corresponder a tantos y tan cruentos sacrificios, consintiendo uno sólo: dejar alguna vez de gobernar para sí, gobernar un día siquiera para los humildes, para la mayoría, para el país. ¿Parecerá ya la hora de que llegue el turno de gobernar al pueblo?».

¿Puede hacerse mejor defensa de los desheredados?

En febrero de 1906, se celebra en Zaragoza una asamblea municipalista, a la que acude Costa, pero no para participar en ella sino, formando rancho aparte –según su expresión– a fin de visitar y dar las gracias a sus electores de 1905, que no pudieron sacarle vencedor. La asamblea se anuncia algo así como un preludio de «revolución», y a ella acuden los republicanos en trenes especiales desde Madrid, Huesca, Navarra, Rioja y el Bajo Aragón. Dramatizando la situación se dijo a los presuntos excursionistas madrileños que los que tuvieran miedo a los tiros y les faltase coraje para lanzar bombas, que se quedasen en sus casas. Costa no se forja ninguna ilusión en aquel acto que lo considera como una gran mojiganga. En suma, es un pretexto del que se sirve Alejandro Lerroux, para erigir su jefatura personal entre los republicanos. Costa habla el día 12 en el teatro Pignatelli, porque los asambleístas no querían separarse sin oírle. Su discurso es sosegado y más bien parece una conferencia expositiva de sus siete criterios de gobierno, especie de testamento político. Pero el 14 vuelve a intervenir y el tono de su discurso cambia. Todas las cualidades de orador extraordinario que posee surgen al unísono. Con su cuerpo enorme –dice un cronista– la cabeza soberbia, el pelo rojizo, la barba dura y bien poblada, parecía Júpiter tonante. Nada respeta en dos horas. Sólo se oyen, fuera de su voz, las descargas cerradas de aplausos y el jadear de los espectadores. Cuál sería la impresión que produjo en éstos que, horas después, se dirigieron en manifestación frente al aposento de Costa a pedirle que hablara. Finalmente, el gran tribuno salió al balcón y les dijo desconsolado: «Si con todo lo que he dicho durante dos horas me pedís que hable todavía, es que no me habéis comprendido. Entonces, ¿qué queréis que os diga?». Aquella multitud le pedía que hablara por el gusto de extasiarse al oírle. Es una de las debilidades dominantes en el pueblo español.

Costa, como es natural, tenía un programa político que podría resumirse así: Desafricanización y europeización de España. Reforma de la educación, refundiendo el español en el molde europeo. Suministro de tierra cultivable, con calidad de posesión perpetua e inalienable, para los que la trabajan y no la tienen propia. Renovación de todo el personal gobernante de los últimos 28 años, sin excluir la responsabilidad del actual poder moderador, etc. El conjunto de su programa era vastísimo, pero nos limitamos a señalar los aspectos que preceden en aras de la brevedad.

La muerte de Costa constituyó también un acontecimiento excepcional, digno de ser puesto de relieve: Joaquín Costa murió en Graus, en 1911. Como ha ocurrido frecuentemente en España con todos sus grandes hombres, Costa no fue reconocido oficialmente como tal hasta después de muerto. Tan pronto el gobierno se enteró de su fallecimiento, declaró que España había perdido uno de sus hombres más ilustres, por lo que sus restos debían reposar en Madrid en el Panteón de Hombres Ilustres. A fin de poner en práctica esa declaración, un convoy fúnebre se formó en Graus para trasladar los restos mortales de Costa a Madrid, por vía férrea, pasando por Zaragoza. Al enterarse de ello el pueblo zaragozano, en multitud, invadió la estación del Arrabal, detuvo el tren y desenganchó el vagón en el que el ilustre polígrafo se hallaba de cuerpo presente. El gobierno, informado por el gobernador de lo que ocurría, cedió. Los manifestantes sacaron el féretro del furgón y lo condujeron en hombros al gran salón de la Lonja, donde el cadáver de Costa quedó expuesto durante tres días. La población zaragozana desfiló en masa ante él silenciosamente. Terminado ese plazo fue conducido al cementerio de Torrero. La manifestación imponente que se formó, quiso presidirla el gobernador civil, sin conseguirlo. Quienes la presidieron de forma colectiva fueron los cinco mil trabajadores por entonces asociados en la Federación Obrera de Zaragoza. Y detrás siguió todo un pueblo, representado por numerosas delegaciones llegadas de los más distantes lugares. El Panteón y mausoleo para Costa fue construido en Torrero, y en él están los restos mortales del gran tribuno y sociólogo aragonés.

El gobierno español de la época no pudo recuperar a Costa muerto. Nosotros tampoco podemos consentir hoy, que las derechas españolas intenten recuperar su nombre y su personalidad, como cínicamente pretenden hacerlo. Porque Costa perteneció y pertenece al pueblo, al pueblo progresista y jamás tuvo nada que ver con las clases y castas conservadoras y menos aún con las dictaduras.

Publicado en Polémica, n.º 38, junio 1989

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