GUERRA o REVOLUCIÓN: el dilema de la Guerra Civil española (y II)

Rudolf DE JONG

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139909_CNT___19___julio___1936Está clarísimo que en el Pleno de julio, en el que se decidió la colaboración política, no se argumentó según las teorías afines al modelo revolucionario anarquista. Para aquellos militantes en plena euforia de la jornada victoriosa, la colaboración significaba algo como: «¡Continuemos la lucha que nosotros, los de la CNT-FAI y obreros de Barcelona, sostenidos por otras fuerzas antifascistas, hemos ganado aquí en la capital catalana, y liberemos a toda España y hagamos la revolución!» sin darse cuenta de que semejante colaboración tendría una evolución contraria –involución– a la revolución. Pero para explicarnos mejor la decisión de la CNT-FAI por la colaboración, al dato de la «euforia triunfante» me gustaría añadir algunas consideraciones más, concretamente sobre la mentalidad y modo de pensar de los militantes responsables de semejante acuerdo.

  • En el pensamiento anarquista español, la idea de participación podía estar de manera implícita, pero no explícitamente. En los escritos sobre la reconstrucción de la sociedad por la revolución, apenas se lee la palabra participación. En esos proyectos teóricos, existe sobre todo el centro de interés en torno al «hombre productor» en empresas y sindicatos, pero mucho menos recaía la atención de los autores sobre otros aspectos de la sociedad y la sociabilidad.
  • El arraigo de las organizaciones en el espíritu de los militantes. Carlos Semprún ha escrito a este respecto: «… casi podríamos hablar de sumisión de los militantes para con sus organizaciones y sus jefes». También entre los sedicentes «jefes» llama poderosamente la atención esa fidelidad a las organizaciones («la Organización»). Leyendo sus discursos durante la guerra (por ejemplo, los de los cuatro exministros de la CNT-FAI en defensa de su gestión en el Gobierno Largo Caballero) o las memorias escritas bastante después de la guerra (Cipriano Mera, Juan García Oliver) a cada paso nos sentimos abocados a frases sin vuelta de hoja como: «… porque la Organización lo ha decidido», o «después de la decisión del Pleno», etc.
  • La importancia de los comités en el pensamiento y la experiencia. Las estructuras de las organizaciones están pivotadas en comités: Comité Local, Comité Comarcal… hasta llegar al Comité Peninsular. La lucha y la solidaridad también estaban organizadas desde los comités correspondientes: comités de huelga, comités propresos… Y, en fin, los comités revolucionarios –con sus proclamas a veces de un autoritarismo inconcebible– forzando sin éxito, una y otra vez, el estallido de la revolución social en la Segunda República.

V. Una «comitecracia»

Todas las grandes revoluciones han conocido el problema del doble poder. El ejemplo más socorrido es el poder de los Soviets y el del gobierno provisional en las revoluciones de febrero y octubre de 1917 en Rusia.

En la revolución española de 1936-1937 podemos registrar tres estructuras de poder y aun, después, el nacimiento de una cuarta que podríamos denominar «el Poder Negrín». Pero durante la revolución digamos que coexistían estos tres poderes:

  • El antiguo Estado republicano (más la Generalitat, en Catalunya) con todos sus organismos administrativos y aparato ejecutivo.
  • La revolución autogestionaria en vías de crear sus propios organismos de democracia directa: asambleas y comités en las fábricas, en los barrios, en los pueblos colectivizados. Y sin olvidar las tentativas de crear una «superestructura» confedera!.
  • Y la tercera estructura, intermediaria entre la autogestionaria y la del Estado, esa que llamo comitecracia.

El Comité de las Milicias Antifascistas de Cataluña es el modelo que mejor nos puede servir de ejemplo de esta comitecracia. Este Comité no representaba ni una democracia parlamentaria ni tampoco un mandato revolucionario de la base. Sus miembros no representaban a un electorado ni menos aún a los comités revolucionarios mandatarios en potencia. Eran los representantes, los delegados de las organizaciones ya existentes. Organizaciones antifascistas, por supuesto, pero también organizaciones, en su mayoría, de la antigua estructura. Los miembros de este comité eran responsables ante sus propias organizaciones, pero de ningún modo, ni en ningún momento, ante un pueblo que les hubiese nombrado, votado o refrendado: más aún: ni siquiera responsables –sus miembros– ante los organismos de la revolución autogestionaria (comités de colectividades agrícolas e industriales. etc.).

1310569896510Así, pues, el Comité de Milicias no cuenta con un apoyo estructural durante la revolución y la revolución no tiene la posibilidad de defender a ese mismo comité. Más bien al contrario: ese comité ha hecho posible que los partidos políticos –y con ellos, la antigua estructura– sobreviviesen a la revolución. Y es esta misma estructura (salvada por el Comité) la que permitirá que vuelva la mayoría política en el momento oportuno a hacerse con la antigua estructura durmiente, pero no destruida, de la Generalitat que liquidará al mismísimo Comité de Milicias. De hecho, el Comité de Milicias Antifascistas era un organismo autoritario en la tradición de los «gobiernos revolucionarios» siempre tan despreciados y detestados por los libertarios, considerados además por ellos como una contradicción, tanto más cuanto que se trataba de un «gobierno revolucionario» con una mayoría antirrevolucionaria.

Ya hemos dado, al hablar del Comité de Milicias, una definición de la comitecracia. Pero he aquí una descripción más explícita: la comitecracia es una estructura política en la que los organismos del Poder están compuestos de representantes de las organizaciones políticas, sindicales e ideológicas. La influencia de los ciudadanos se manifiesta indirectamente y tan sólo por mediación de las organizaciones interesadas. La comitecracia no otorga derechos políticos –o al menos no en un plano de igualdad– a los hombres y mujeres no organizados, por lo que incita a que lo hagan participando en una organización y, de rechazo, en la comitecracia, cualquiera que ésta sea.

Efectivamente, el crecimiento de las organizaciones fue un fenómeno muy característico de la España republicana. Aunque tal vez la comitecracia estuviera ya implicada en la politique culture española de 1936, en cuyo seno la lealtad de las gentes (al margen de la famosa «patria chica») tenía por objeto las organizaciones, portadoras de ideas, más que la nación. En todo caso, la concepción de la comitecracia está de acuerdo con la tradición revolucionaria española, incluida la del movimiento libertario, a pesar de que la comitecracia tenga bien poco de libertaria. La misma creación del Comité de Milicias Antifascistas de Cataluña era muy poco original, puesto que se sitúa plenamente en una tradición de prácticas revolucionarias. En el pasado nos encontramos con ese tipo de comités (revoluciones del siglo XIX; y en 1934, la de Asturias). Sin esperar consignas o instrucciones de Barcelona, por toda la España republicana, se empezó a formar comités después del 19 de julio, los mismos tipos de comités, juntas, consejos, etc. con pruritos de representar el conjunto de organizaciones antifascistas en activo. César M. Lorenzo ha presentado un esquema de todos estos organismos de nuevo cuño, revelando su composición. Faltan, sin embargo, estudios sobre estos comités y sobre su evolución.

No obstante, hace ya bastante tiempo que el malogrado historiador chileno libertario Carlos Rama hizo las siguientes reflexiones sobremanera interesantes acerca de las relaciones de los organismos nuevos con las antiguas estructuras:

«Los revolucionarios acababan por creer que la función del Estado y de los gobiernos autónomos era la de “legalizar sus actos” y ya hemos llamado la atención sobre esta singular idea. Según toda una verdadera tradición revolucionaria española, que se remonta al siglo XIX, y de la cual ya había hablado Marx en su correspondencia, durante los últimos meses de 1936 se propaga la idea según la cual hay una especie de división de funciones que se manifiesta así: a) creación revolucionaria popular por la vía de los sindicatos, comités, consejos, colectividades, etc. b) legalización y reconocimiento públicos de estas “conquistas populares” por el gobierno central o por los gobiernos locales. En la práctica, este concepto favoreció la afirmación del Estado».

Tras la desaparición del Comité de Milicias Antifascistas y de otros comités gemelos en otras regiones españolas, la comitecracia continúa, habiendo sido trasplantada al terreno de la estructura del antiguo régimen y a la «democracia de un tipo nuevo» de Juan Negrín. A todos los niveles se desplegaba la colaboración en el marco de la comitecracia, con representantes nombrados (?) por las organizaciones. Constatamos la concepción comitecrática igualmente en la proposición de la CNT de formar un Consejo de Guerra (alternativa para el ingreso de la CNT en el Gobierno nacional), en la idea de un gobierno de los sindicatos (mayo 1937), en el Consejo de Aragón. No deja de ser interesante observar que la historiografía anarquista de la guerra ha prestado mucha atención al Consejo de Aragón y su disolución, mientras que se ha parado apenas en la Federación de las Colectividades de Aragón. La Federación era una organismo confedera! formado de abajo arriba por las colectividades; mientras que el Consejo de Aragón se había creado por la Organización (así con mayúscula) y sus miembros habían sido nombrados a dedo, como quien dice (¡y ni siquiera por el Comité Regional de Aragón, sino por el de Cataluña!).

Ni el gobierno central de la República ni el de Cataluña escaparon a las características de la comitecracia. Una de las más importantes, de estas características, lo explica el hecho inconcebible de que, al formarse los gobiernos, apenas se tratase de un programa gubernamental que seguir, de una política común. Los ministros eran, sobre todo, representantes de sus partidos o sindicatos, poniendo su posición al servicio de sus organizaciones según el acuerdo de las mismas. y siempre con la indeclinable intención de favorecerlas; tan cada cual por lo suyo iba todo el mundo, que apenas se intercambiaban información entre los ministros (!).

VI. Revolución, organización libertaria y comitecracia

La revolución social autogestionada era el fruto natural del movimiento libertario, de su espíritu y letra de la acción directa y de toda una larga tradición y trabajada cultura revolucionaria. La revolución, una vez puesta en marcha, rebasa a las organizaciones todas que la promueven. Los obreros y campesinos buscaron su camino propio independientemente de la comitecracia y de las organizaciones de todo tipo. Los comités de la revolución, elegidos en asamblea, eran muy diferentes de los engendrados en el sistema de la comitecracia. Verdad es que, al principio, las organizaciones (así como los organismos de la comitecracia dominados por los representantes libertarios) desempeñaron un papel útil en la revolución, porque fueron de gran ayuda para coordinar las diferentes fuerzas de la revolución. Pero al mismo tiempo, su existencia ha sido un freno para el desarrollo de los organismos de coordinación directamente empalmados con los comités autogestionarios. Y así fue cómo la estructura autogestionaria resultó bien pronto frustrada, desnaturalizada, dominada por las otras estructuras del Poder: la comitecracia, el Estado restaurado. La revolución como una fuerza desatada de la naturaleza, acabó siendo una revolución controlada por el Estado y, para colmo, esta involución fue aceptada y defendida por la CNT-FAI. De ahí, pues, la crítica de los revolucionarios contra las organizaciones, contra los comités regionales y nacionales, contra los militantes convertidos en jefes. La CNT y la FAI destruyeron la autogestión, o si se quiere criticar en términos más moderados: contribuyeron a la destrucción de la revolución. Se ha adelantado, incluso, la tesis – Michael Seidman– que la CNT-FAI transformó la revolución en una revolución capitalista de la modernización. Según esta tesis, la burguesía catalana, debido a su falta de iniciativa e incapacidad, había fallado por completo en su misión de modernizar las fuerzas productivas. Semejante modernización necesaria la llevó a cabo la CNT durante la guerra en términos de racionalización y centralización de la industria, aumento de la productividad y hasta de la disciplina.

A mi juicio, la crítica que se basa en la separación casi completa entre la Revolución y la CNT-FAI, no se da cuenta de las relaciones complejas entre las organizaciones y la revolución. La idea de una separación entre la base y los funcionarios, descuida el hecho de que la frustración en el movimiento era general, tanto entre los militantes de las fábricas como en los mismos ministros libertarios.

La historiografía se ha ocupado mucho de la política de la CNT-FAI (o de la de los comités responsables). Pero sabemos todavía muy poco del desarrollo interno de la estructura de la revolución, de los comités de fábrica y de barrio, así como de las colectividades. Por lo que toca a la Revolución rusa, Marc Ferro es quien nos ha corregido la imagen clásica que teníamos de los soviets. De paso ha destruido un mito especialmente caro para los revolucionarios antibolcheviques opuestos a la dictadura: es decir, la idea de que el Partido estuviera en contra de los soviets, la idea de que el Partido hubiese liquidado la democracia directa de los soviets y de la revolución autogestionaria. Ferro ha llamado la atención sobre el desarrollo interno de los diferentes tipos de soviets y ha demostrado que en el seno de los soviets se vivía en todos ellos, y muy pronto después de su creación ya, un proceso de autobolchevización. Desaparece la autogestión, que queda como una ilusión, ya antes de la bolchevización de los soviets por parte del partido. Deja de haber –o casi– reuniones asamblearias; y los elegidos en los soviets, primero nombrados como ejecutantes de las decisiones tomadas en asamblea, se convierten en dirigentes, demostrando cada vez mayor interés en defender sus puestos de mando, etc. Semejante proceso interno, lo que hace es favorecer la alianza más que el enfrentamiento con el Partido ya en vías de bolchevizar (y destruir, por tanto) la estructura autónoma y autogestionaria de los soviets. En cuanto al mito revolucionario español, habría que hacer algunos retoques, que corresponderían a dos problemas:

Primero, sería cuestión de averiguar si la revolución autogestionaria y los comités de la democracia directa, a su vez, no contribuyeron a la creación de la comitecracia de marras. Guerra y política aparte, la revolución tuvo también que enfrentarse con sus propios problemas y ajustarse a sus propios límites. «Los avatares del anarquismo» se titula una tesis suiza que reflexiona sobre la revolución catalana en la prensa anarquista de la época.

El avatar que consiste en el enfrentamiento de la utopía con las realidades de la sociedad, sobre todo de la sociedad urbana, moderna, engendró no pocos problemas. Muchos revolucionarios libertarios optaron por resolverlos echando mano de modelos tan poco libertarios como el de la comitecracia.

La segunda cuestión se ciñe al desarrollo exacto de las relaciones entre los comités, por un lado, y las asambleas, los trabajadores del campo y los habitantes de barriada y de pueblos, por otro.

Sobre estas dos cuestiones hay datos que buscar en la literatura general sobre la revolución española e igualmente en algunas monografías sobre empresas y pueblos colectivizados. Pero hasta la fecha, que sepamos, no se ha emprendido un estudio sistemático de investigación sobre el desarrollo interno de los comités y sobre sus relaciones con la comitecracia. Por mi parte, basándose en los datos de que disponemos, soy de opinión de que la revolución española del 36, con todos sus defectos, no perdió su espíritu libertario y dio pruebas de una tenacidad impresionante hasta el punto de poder sacar la conclusión de que la revolución española, no fue devorada por los revolucionarios mismos como tantas otras revoluciones a través de la historia.

VII. El Estado de Negrín: simbiosis de comitecracia con estructura restaurada

La estructura del Estado antiguo fue restaurada en 1937. La segunda Semana Trágica de Barcelona, la caída de Largo Caballero y la disolución del Consejo de Aragón no son más que los acontecimientos dramáticos que salpican el proceso de recuperación del Estado. Pero la estructura de la comitecracia no desaparece por eso. Al contrario. Vemos que se opera una simbiosis entre el aparato del Estado y la comitecracia. Esta simbiosis viene precisamente a facilitar la integración de la CNT en la estructura política del sistema. Fuera del Gobierno, o dentro (Segundo Blanco) se prosigue y se acelera esa integración de la CNT. La estructura de la organización no cambia formalmente. Los plenos y reuniones continúan celebrándose regularmente y a todos los niveles, pero ya no se trata más que de los hechos consumados y de las decisiones inevitables. La verdad es que ya no funciona el federalismo cenetista: la posición del secretario general de la organización se ha convertido en una posición de poder ejercido sobre la misma organización no sin haber crecido al mismo tiempo su aparato administrativo burocrático.

El crecimiento de los aparatos se produce por todas partes. La Guerra Civil cambia la sociedad: con la creación y la organización de los ejércitos (más de medio millón de combatientes), con la presencia en la zona republicana de más de medio millón de refugiados, con el crecimiento de los sindicatos y partidos que suman en total varios millones de nuevos afiliados, entre otras causas enumerables del trastorno y mudanza de la vida social en la República en guerra. Pero lo que quiero señalar aquí es el hecho de que en la república de Negrín se llevó a cabo una revolución social diametralmente diferente de la revolución social de 1936: se trata de una revolución hecha desde el Estado y que resultó favorable a las nuevas capas sociales que el mismo estado de guerra está en vías de crear, o sea: las capas de población que llenan los funcionarios y los militares, en suma: una burguesía del Estado.

Esta nueva burguesía creada por la guerra, y de la que se aprovecha, tiene una mentalidad estatalista, de «antisinsentido», tomando el «sinsentido» como equivalente de la revolución social, de ideas liberales y de derechos del hombre. Por el contrario, «sentido» –y progreso–, en la ideología estatalista del doctor Negrín, significa modernización de la sociedad a todo trance y a todos los niveles; y propugna por un desarrollo dirigido y controlado por un Estado fuerte y dinámico, capaz de lograr la integración –y a este fin es la comitecracia un instrumento eficaz– de todas las organizaciones sociales y políticas en el sistema.

El régimen se desarrolla en franca dirección hacia el fascismo, como no pocos observadores inteligentes que fueron testigos in situ han apuntado; Orwell, por ejemplo. Este autor, como otros observadores lo han hecho, nos procura una reflexión de la máxima importancia, para el caso. En efecto, Orwell afirma que la tendencia hacia un fascismo estaliniano se ha quedado en tendencia; que a fin de cuentas, la España republicana no pasó a ser Estado totalitario, ni la República derivó por ningún camino que la hiciera la primera de las «democracias populares». ¿Y por qué no llegó a serlo? Es posible que fuese la misma comitecracia la que lo hubiese impedido. Por un lado, la comitecracia ayudó a crear el régimen Negrín fortificando sus mecanismos autoritarios; por el otro, esa misma comitecracia funcionaba como contrapeso, evitando así que la República fuese deslizándose hacia una dictadura cerrada, total. Es, pues, muy posible que, gracias a la comitecracia, el Estado español bajo Negrín no pudiese lograr un monopolio tan absoluto del Poder como toda dictadura representa. Las organizaciones –sindicatos o partidos– siguieron siendo centros de un poder limitado pero real, relativamente autónomo.

Y la prueba definitiva del papel positivo de la comitecracia en esa época es que, ya al fin de la guerra, y cuando la causa de la República ya estaba perdida, es esa comitecracia la que se subleva contra la intentona de implantar una dictadura estaliniano negrinista. El Consejo de Defensa Nacional de Casado es casi el organismo «modelo» de la comitecracia. En el programa de la Junta de Casado –última expresión de la comitecracia– no se habla ni de revolución ni de guerra. El único objetivo era salvar a los vencidos.

RUDOLF DE JONG. Historiador y encargado en el Instituto de Historia Social de Ámsterdam (Países Bajos) de la Sección de anarquismo internacional y español.(Traducción del holandés, de Francisco Carrasquer)

Publicado en Polémica, n.º 32, mayo, 1988

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