El doctor Zamenhof y el esperanto

Sara BERENGUER

Lejzer Ludowik Zamenhof

Lejzer Ludowik Zamenhof

Con ocasión de la celebración del «Homenaje a las mujeres que participaron en la Guerra Civil Española 1936-1939» en la Universidad de Barcelona, en octubre de 1987, llegó a mis manos el boletín titulado Llibertat que, en uno de sus artículos, «El idioma como dictador», su autor hacía una corta referencia a Zamenhof, inventor del Esperanto, llamándome la atención una palabra del siguiente párrafo: «A finales del siglo pasado –año 1887– el médico ruso L. Zamenhof, crea el idioma al que llamaría Esperanto…».

Bien convencida de que Zamenhof era polaco, y, a fin de que la historia de los hombres y de los hechos sea fiel a su trayectoria, consulté algunos diccionarios observando que en algunos se cita a Zamenhof como ruso y en otros, como polaco.

Lejzer Ludowik Zamenhof, médico, filólogo y lingüista polaco, de origen israelí, nació en 1859 en Bialystok, ciudad de 146.000 habitantes (censo de 1963) situada al NE de Polonia, cerca de la frontera rusa; muriendo en Varsovia, en 1917, a los 58 años.

En 1807, Napoleón I, para dedicarse mejor a luchar contra Inglaterra, decide aliarse con Rusia y en una entrevista celebrada con Alejandro I, Zar de todas las Rusias, el 7-8 de julio, con el Tratado de Tilsit, entrega a los rusos, Bialystok, antigua provincia polaca.

Después de haber vencido a Napoleón, Alejandro I, lleva a cabo sus designios y, en el Congreso de Viena (1815), cede la Posnania a Prusia y reparte el territorio polaco a su manera, constituyendo el reinado de Polonia «Unido al Imperio Ruso», confiando las más altas funciones a los rusos.

En 1832, las Universidades de Varsovia se cierran, prohibiéndose los estudios en el extranjero, y distribuyendo becas para los estudiantes que quisieran asistir a las Universidades rusas.

En 1861, los funcionarios polacos reemplazan a los rusos y la Universidad de Varsovia es restablecida. Por otra parte, en Posnania, Bismarck, hace obligatoria la enseñanza y el uso del alemán en la escuela y en la administración. Llegado el año 1868, Rusia imponía de nuevo la enseñanza de la lengua rusa en todas las escuelas polacas. A la sazón, Zamenhof tenía 9 años, por lo que en gran parte recibió una enseñanza escolar rusa.

Tras una pausa de normalidad, en 1870 la Universidad de Varsovia y los establecimientos secundarias volvían a ser rusificados, y la lengua polaca prohibida en los colegios privados. La población rural no acude a las escuelas, lo que eleva el número de analfabetos en 1862 al 64 por 100 y al 70 por 100 en 1910. Mientras, la juventud noble y la burguesa, tenían el privilegio de recibir en casa, una educación polaca.

Desde 1795 a 1919, Polonia está bajo la dominación extranjera, lo que hace difícil establecer una identidad histórica cuando los hombres complican tanto el curso de la verdadera historia de los pueblos. Con el amasijo de lenguas, incorporadas por rusos, prusianos, austriacos y los autóctonos, no es extraño que en Zamenhof naciera la idea de inventar un nuevo idioma con el cual todos pudieran comprenderse. Desde muy joven, su preocupación fue la de crear una lengua internacional para el mutuo entendimiento de los pueblos.

A partir de 1878, ya había elaborado una «lingvo internacia» (lengua internacional) que practicaba entre sus compañeros. Sus primeros escritos fueron firmados por el seudónimo de Esperi (Esperar). Y, en efecto, fue el 26 de julio de 1887, que, partiendo de los orígenes o raíces corrientes de las distintas lenguas vivas y clásicas, bajo el seudónimo de «Doktoro Esperanto», publicaba su primer libro titulado Lengua Internacional. Prefacio y Manual completo, escrito en ruso. Libro que fue traducido al francés, en 1899, por L. Beaufront. En el 1894, Zamenhof publicaría Eksercaro, una compilación de ejercicios en cinco lenguas.

El esperanto es una lengua convencional, cuyo alfabeto comprende 28 letras, practicada en el mundo entero por personas de todas las nacionalidades y que sirvió de trabajo en una cincuentena de Congresos Internacionales celebrados anualmente, a partir de 1905, en diferentes países.

Zamenhof tuvo, como primera preocupación, que los pueblos llegaran a comprenderse entre sí, y de ahí, su deseo de ESPERAR. Intentando a su vez, fundar una religión internacional, basada en la fraternidad humana.

Lejzer Ludowik, tradujo al esperanto Hamlet, la leyenda del príncipe danés inmortalizada por el poeta y dramaturgo William Shakespeare; escrita en 1596, y puesta en escena en 1600.

Todavía en 1920, la guerra polaco-soviética, volvía a poner en juego Bialystok, perdiendo de nuevo Polonia en julio este territorio, para recuperarlo definitivamente el 18 de agosto, con la victoria. Y todos estos avatares determinaron la confusión en torno a la nacionalidad de Zamenhof, cuyos afanes tendían fundamentalmente a un internacionalismo consciente y fraterno. En nuestros medios libertarios, antes de la revolución de 1936, muchos jóvenes idealistas, estudiaron y practicaban el esperanto. Para mí hubiera sido una satisfacción conocer esta lengua, como medio de hermanarse y comprenderse con otros seres, que tienen inquietudes, problemas y afanes semejantes a los nuestros. Quise que mis hijos aprendieran lo que yo no alcancé; Sara y Eliseo, muy jóvenes, la practicaron, carteándose con otros niños de diferentes países: Alemania, Japón, Suecia, Italia, etc. Pero la diáspora del exilio y la pérdida del contacto con el profesor, interrumpieron tan bella empresa. Nuestro amigo y compañero Víctor García, ha hecho la vuelta al mundo, valiéndose, en parte, del Esperanto, brindándole muchas posibilidades de conocer costumbres e ideas en cada uno de los pueblos que ha frecuentado, como puede observarse en sus libros. Y, finalmente, ¿qué importancia tiene para nosotros, ser ruso, chino o español, si nuestras finalidades son las de luchar en pro de la dignidad y elevación de la condición humana? Porque lo cierto es que las guerras son producto de la codicia y la falta de entendimiento entre las personas, destruyendo la identidad de los seres y el respeto a la vida.

Publicado en Polémica, n.º 32, mayo 1988

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