El caso ENRIC MARCO y los falsarios impolutos

Rafael CID

Enric Marco

Enric Marco

La fantasiosa trayectoria de Enric Marco haciéndose pasar durante varios años por representante de Amical Mauthausen, la entidad que mantiene viva la llama del recuerdo de los confinados en el campo de exterminio nazi, está sirviendo para un auténtico proceso inquisitorial de quienes se autoconsideran fedatarios morales de la democracia realmente existente.

Primero ha sido la publicación de un libro de Javier Cercas, titulado El impostor, recreando la figura del viejo libertario que «fue desenmascarado en mayo de 2005 después de presidir durante tres años la asociación española de supervivientes, pronunciar centenares de conferencias y recibir distinciones oficiales, entre otras cosas», según el resumen de la editorial. Y después, la emisión de una entrevista con el implicado en el programa de la cadena SER que dirige Gemma Nierga, donde el anciano libertario de 93 años fue hábilmente conminado a la autocrítica por sus implacables jueces mediáticos.¿Pero cuál es el horrible crimen cometido por Marco? ¿Se puede destruir una vida de resistente antifascista y compromiso con los más débiles de una persona por una cagada senil de la tercera edad? Veamos. Es absolutamente cierto e igualmente reprobable que Enric Marco se construyó un currículum artificial y mendaz como antiguo preso de Mauthausen. Pero no lo es menos que esa enorme e infantil trola cohabitó con una actividad real de oposición en primer plano a la dictadura en el campo nada acomodaticio del movimiento libertario. ¿Seguramente estamos ante una patología del altruismo que tendrá su definición clínica? El altruismo psicótico, por ejemplo, se da en «individuos cuyas delirantes creencias les llevan a dañarse o sacrificarse, a veces de forma extravagante, por el bienestar de otros» (Kernberg, 1975).

Esa cara de la biografía de marco,  que ocupó la mayor parte de su vida y resultó solapada por los brochazos de la impostura denunciada por los censores del régimen, no fue moco de pavo y revela una trayectoria digna de mayor respeto. Tomo algunos datos de la espléndida Enciclopedia Histórica del anarquismo español, tomo II, de Miguel Íñiguez: «Enric Marco Batlle, Barcelona, 1901. Hijo de un librepensador, perdió a su madre a los catorce años (mucho antes afectivamente, hundida en la locura). En 1936 se alistó en la Columna Roja y Negra, en la que intervino en la expedición a Baleares […], más tarde combatió en Aragón y Lléida en la ex Columna Durruti. Herido. Se organizó clandestinamente en el grupo anarquista de Santa Coloma de Gramanet».

Hasta aquí los años  sin mácula. Pero es igualmente cierto y comprobable su  resuelta militancia en la reconstrucción de la CNT, donde ocupó el cargo de secretario de la regional catalana y, como tal, lideró la histórica huelga de las gasolineras el 21 de octubre de 1977. Una de las manifestaciones de fuerza con que el anarcosindicalismo intentó forzar la ruptura democrática ante las maniobras continuistas del PCE y PSOE, casi al mismo tiempo en que se firmaban los Pactos de La Moncloa (25/10/77) por la «oposición antifranquista». Las páginas de la revista Cambio 16 de la época reflejaron esa chocante dualidad de lo que luego sería la inmaculada transición: en un reportaje, aparecía la rueda de prensa dada el 14 de abril de 1977 (aniversario de la II República) por el secretario general del PCE  Santiago Carrillo para anunciar la aceptación de la monarquía franquista por el PCE; en otro, del que fui autor, fechado pocos meses después, las fotos de Enric Marco con el cuerpo hecho lleno de llagas y cardenales a causa de la paliza propinada por la policía durante el conflicto de las gasolineras.

Pero descendamos al detalle. La impostura de Marco al arrogarse una experiencia y una representación de la que carecía tenía caracteres de «discriminación positiva». Más allá de esas indebidas y espurias distinciones que obtuvo como falso referente de la asociación Amical Mauthausen, su «delirio» estuvo siempre encaminado a denunciar el horror del exterminio nazi, mantener viva la deuda con sus víctimas, y evitar, como expone Norman G. Finkelstein en su libro La industria del holocausto, que aquella experiencia degenerara en una mera performance para acallar conciencias. Seguramente ese fue el espíritu que llevó al falsario presidente de Amical Mauthausen a pronunciar su insólito discurso ante el pleno del Congreso español, en enero de 2005, con opiniones como estas: «Hay que proceder a una educación para enseñar la historia. Hay nuevos campos de concentración, en Ruanda, Sierra Leona, Etiopía, donde los chiquillos se mueren por millones. Los hubo en Kosovo. Hay que decirlo con la voz muy alta; desgraciadamente, por una serie de razones, los hay en Guantánamo, y en Palestina, qué duda cabe, y en el Irak, y en todas partes. ¿Cuántas veces tendremos que seguir recordando? Al final tendremos campos de concentración aquí cerca, porque alguien se inventará una guerra preventiva».

Parece obvio que un torpedo de sinceridad de ese calibre solo lo podía salir de la mente calenturienta de un loco o una persona atacada de altruismo patológico como el octogenario y quijotesco republicano Enric Marco. De hecho, aquellas palabras lanzadas a la cara de la comunidad internacional fueron su tumba como extravagante abanderado de la causa de los vencidos que fueron y son. Pocos días más tarde, la prensa en cascada denunciaría la falsa identidad corporativa del hombre que ante el embajador de Israel en España había comparado el holocausto judío con el sufrimiento del pueblo palestino tras la ocupación de su territorio. Pero con la liquidación política del intruso no bastó. Tamaña renovación del canon del holocausto exigía un escarmiento civil para que en el futuro nadie osara establecer comparaciones odiosas. La opinión pública debía recuperar la ortodoxia histórica a través del juicio inapelable de la opinión publicada. El turno de los medios y los intelectuales impolutos estaba al caer.

Y como tal llegó. Lo curioso es comprobar quiénes fueron los encargados de esa catarsis de la verdad, la particular parresia de los poderosos. Un escritor que puso todo su talento literario en adecentar la parte más execrable del golpe de Estado monárquico del 23-F (Anatomía de un instante) y un programa radiofónico que fichó como flamantes contertulios a Santiago Carrillo y Rodolfo Martín Villa (en busca y captura por su responsabilidad en los crímenes de la dictadura), emisora, además, que pertenece a un conglomerado mediático cuyo buque insignia, el diario El País, ha tenido desde su fundación al frente de su asesoría jurídica a Diego Córdoba, ex juez de Orden público número dos, el tribunal del holocausto político del franquismo. Por cierto, a ese grupo empresarial y a sus voceadores jamás se les ocurrió llamar impostor ni instigar ninguna caza de brujas contra el ex superviviente del holocausto Jorge Semprún, por el hecho de haber sido voluntariamente KAPO (Kamarada Polizei) en los campos de la muerte nazis. Lógicamente, habría sido una prefecta memez.

Publicado en Rojo y Negro

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