San Suárez asciende a los cielos

Álvaro MILLÁN

Las exequias de Suárez, como era de esperar, se han convertido en una gran operación de cirugía estética para remozar la imagen del régimen de la Transición. Para ello, los medios de comunicación se están empleando a fondo en recordarnos el argumento de la vieja película: el rey en el papel estelar de «gran timonel» que dirige el proceso hacia la democracia, Suárez como magistral jefe de máquinas que controla la buena marcha del barco y, finalmente, el pueblo haciendo de «extra», casi de simple escenario, cuya única función es contemplar cómo sus líderes lo conducen, con sabiduría y prudencia, a buen puerto. Una película de serie B, aburrida como pocas, con actores mediocres, argumento inverosímil y un final lamentable. Y precisamente esto ocurre cuando lo que necesita este régimen para mantenerse en pie, más que un cirujano estético, es un taxidermista.

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Lo único que están logrando los medios de comunicación es poner en evidencia el contraste entre un país real preocupado por el desempleo, la hipoteca, la liquidación de los derechos sociales, la privatización de los servicios públicos y la falta de perspectivas, y un país oficial que santifica a un tipo cuyo único mérito fue darse cuenta de que, en la Europa de 1976, ya no había sitio para el Movimiento Nacional del que él mismo era Secretario General. Para lo único que sirve este espectáculo es para silenciar la gran manifestación popular que se produjo en Madrid con motivo de las Marchas de la Dignidad. Suárez, muriéndose tan oportunamente, ha realizado su último acto de servicio al Estado.

Lo cierto es que vivimos en un régimen que se desmorona porque sus instituciones no generan ninguna confianza entre los ciudadanos, y porque está sostenido por partidos políticos que han perdido toda credibilidad, pero por encima de todo, porque ya no tiene nada que ofrecer. Ha dado de sí todo lo que podía dar: hizo posible que viéramos pornografía sin tener que cruzar los Pirineos, nos dejó votar periódicamente para que una casta política pudiera turnarse en el poder ordenadamente, nos metió en Europa para hacernos creer que habíamos alcanzado la modernidad y nos hizo soñar, gracias a la burbuja inmobiliaria y a otras burbujas por el estilo, que éramos ciudadanos del primer mundo con un futuro de coches grandes y pisos carísimos. Pero eso ya se acabó. Este régimen ya ni promete ni puede prometer nada. Solo le queda seguir anunciando «brotes verdes» que sabemos que nunca llegarán, rememorar las «glorias» de antaño y elevar a los altares a uno de sus fundadores, algo que obviamente no hubieran podido hacer si quien se hubiera muerto fuera el rey.

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