1939… Y España fue una inmensa y siniestra cárcel

Manuel SALAS

Hace algunos años, y para acompañar las páginas de un relato tristemente veraz de uno de los episodios más dramáticos de los postreros días de la guerra civil española, me permitía hacer una afirmación que hoy, en el cincuenta aniversario de aquella epopeya, sigue teniendo para mí una total vigencia. Decía entonces, y reafirmo ahora, que «solamente la fuerza de una convicción honesta y profunda, podía explicar que aquellos hombres que habían sido vencidos y situados al borde de su aniquilamiento moral y físico, tuvieran aún y tengan hoy, todavía, capacidad y ánimo para cobijar en sus corazones una indeclinable esperanza. Una esperanza que haga realidad la libertad, la solidaridad y la justicia».

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Desde siempre he sentido un cierto pudor resistente a desgranar mi personal peripecia, a pesar de haberme visto involucrado en acontecimientos y lugares decisivos o, al menos, importantes, a lo largo de la historia de las luchas obreras en la defensa de sus derechos y su dignidad. Sigo pensando que sólo en el entendimiento y cohesión del esfuerzo colectivo está la clave del éxito. Y que si esa cohesión y entendimiento se produjeran a escala universal, la libertad efectiva, la dignidad individual y los derechos político-sociales de todos los seres humanos, serían una conquista definitiva y creciente que nada podría destruir, sino su propia debilidad.

Dejando abierta la gran puerta de esa esperanza, y para cumplir lo que hoy se me pide, vaya regresar al propósito de intentar resumir en una visión panorámica el dantesco interregno que a muchos podrá parecer inconcebible, que se abre en el puerto de Alicante, se prolonga en el altozano de «los almendros», y deriva a lugares tan tristemente célebres como el Campo de Albatera, Plaza de Toros, castillo de San Fernando, Porta-Celi, y toda la siniestra red de cárceles, presidios y campos de prisioneros… prácticamente toda España convertida en una gigantesca ergástula.

Algo huele a podrido…

No es ahora, ni en este punto del relato, el momento de pararse ha hacer valoraciones sobre el acierto o el error de haber actuado como militares cuando, ideológica y visceralmente, éramos radicalmente antimilitaristas. Ya se discutió sobradamente sobre ello en aquel tiempo, y el sentido de responsabilidad, bien o mal, estableció un compromiso colectivo. Aceptada la militarización, entre la maraña de las jerarquías, la disciplina y las exigencias tácticas, crecía una cizañosa fauna de pequeños napoleones, prevalecían los inkreses partidistas que no se detenían en arriesgar inútilmente hombres y armamento, y se hostigaba con una disciplina de galeotes a generosos luchadores, que se sentían amargados por una inactividad desesperante.

La inexplicable calma en las trincheras de un frente adormecido, las casi provocadas «evasiones» de soldados de reemplazo, la sigilosa petición de filiaciones, y las idas y venidas de gentes de la retaguardia, empezaron a despertar recelos y desconfianzas. No tardaron en producirse actitudes divergentes: la de quienes propugnaban transformar la lucha en una amplia y coordinada guerra de guerrillas y quienes preferían mantener el compromiso contraído como jefes, oficiales o soldados de un Ejército que parecía dispuesto a una claudicación «honrosa». Hubo, pues, que plegarse, una vez más, a ese ponderado y no siempre eficaz sentido de responsabilidad que paralizaba, al menos, todo espíritu de iniciativa para realizar alguna acción aislada que pudiera crear sorpresa e intranquilidad en las filas enemigas.

El conducto («jerárquico» que para combatir al enemigo estaba deliberadamente abandonado, funcionó solapadamente para ir «seleccionando» a determinados mandos o soldados, concentrándolos en acantonamientos de la retaguardia. En esos lugares, empezó a perfilarse lo que después constituiría el episodio más dramático de la derrota. Una psicosis de fatalismo e impotencia se apoderó incluso de quienes antes habían sido ejemplo de ilusionada fe y de valor casi suicida. Montañas de archivos y documentación alimentaban hogueras que ardían por todas partes. Las intendencias distribuían víveres, ropas, calzado y otros enseres, al vecindario, entre el que no tardó en aparecer la codicia y la especulación. Los soldados asistían, desconcertados, a aquel sorprendente caos. Las armas, para algunos, empezaban a ser un lastre inútil; y no pocas, en un intento de darlas a gentes de relativa confianza, pasaron a manos de camuflados enemigos que ya se atrevían a iluminar su rostro con una cínica y provocativa sonrisa.

Los bulos y las adivinaciones se extendían como reguero de pólvora; el espíritu crítico cuestionaba órdenes y contraórdenes que aparecían casi sin sentido. Aquellos hombres sentían su impotencia, fuera de las trincheras, abiertas al enemigo que no encontraría resistencia en su fácil penetración, haciendo cada vez más reducido el terreno para los miles y miles de luchadores, mujeres y ancianos que ya habían conocido anteriormente el horror de aquellas fuerzas ahora doblemente inhumanas por la impunidad y arrogancia que da la práctica inexistencia de un ejército a quien combatir.

El final cercano y un paréntesis sentimental

Algunos jefes ya habían delegado sus funciones en otros subalternos; se crearon comisiones y enviaron emisarios a la capital levantina, en busca de las listas y pasaportes de embarque. En Gandía, se afirmaba que un primer grupo ya había embarcado. A la entrada de Buljasot, fuerzas comunistas rechazaban y detenían a quienes no llevasen su salvoconducto. Unos emisarios, en arriesgado intento, pusieron el suyo en la punta de sus fusiles, consiguiendo llegar hasta Valencia, donde imperaba el mismo caos y desesperanza que les había llevado hasta allí. Entre las humeantes pilas de documentos quemados, las fugaces apariciones de algún dirigente y las vagas consignas de llegar prontamente hasta Alicante para poder embarcar, aquellos comisionados, destruida su frágil esperanza, sintieron el impulso de volver a los acantonamientos y organizar una resistencia numantina frente a las fuerzas franquistas e invasoras. Pero el sentido de responsabilidad y disciplina, incluso la sospecha de que su idea pudiese ser mal interpretada, les remitió a cumplir estrictamente su misión y dejar al albedrío de todos la decisión a adoptar. Personalmente, y aún queriendo aferrarme a la mínima esperanza, tenía el convencimiento de que aquello era el final: el final en su sentido más trágico y siniestro.

Por eso, vaya permitirme un breve inciso en el relato. En un pueblecito cercano a Valencia, viviendo con otras compañeras que trabajaban y estudiaban en el Internado Durruti de la capital, residía mi compañera, a la que muy de tarde en tarde, tenía ocasión de ver. Sentí como un deber de lealtad y de cariño despedirme de ella. Y entre la emoción y la incertidumbre, cuando al final de los breves minutos de despedida, afirmaron: «Nosotras también nos vamos con vosotros», dominando un legítimo sentimiento, repliqué: «No; este vehículo está exclusivamente reservado para los soldados. Pienso que iremos hacia Alicante. Si decidís ir, salir a un control y arreglaros como podáis. En cualquier caso, confiemos que pronto volvamos a vernos». Y un abrazo fuerte y prolongado fue la despedida de aquella noche del 28 de marzo de 1939, que se prolongó cuatro largos años.

Lejos de mi ánimo buscar en esta vivencia personal el menor afán moralizante. Quizá pueda ser útil para constatar que, en aquellos tiempos, entre cuantos militaban en el amplio campo de las ideas emancipadoras, se concedía gran importancia al espíritu de sacrificio y a la conducta, como valores fundamentales para llegar a la transformación progresiva de la sociedad. Esa escala de valores, hoy resulta incomprensible y, para muchos, ingenua y hasta fuera de toda lógica. En general, hoy nadie quiere transformar la sociedad; simplemente quiere adecuarse, integrarse, buscar su puesto en ella, sin esos condicionantes del sacrificio y la conducta, considerados como absurdas antiguallas. Tener poder, sería posiblemente la definición más exacta de las aspiraciones de las actuales vanguardias revolucionarias. Lo paradójico resulta que haya sido el Poder, así, en abstracto, quien ha hecho su revolución.

Comienza la odisea

Estábamos, pues, en el principio del fin. Volvamos, al momento en que al transmitir las vagas recomendaciones «oficiales», algunos ya habían decidido, individualmente o en pequeños grupos, refugiarse en el monte o en las ciudades, y buscar desde allí, alcanzar su salida de España. No obstante, y siguiendo las «consignas» y la estrategia, más o menos coordinados, llegamos por las carreteras del interior hasta los pueblos de la costa, en los que ya las camisas azules y las boinas coloradas de falangistas y requetés vociferaban a nuestro paso un retador «iViva España!», que encubría un manifiesto propósito de acabar pronto y totalmente con todos nosotros.

Y si bien las ametralladoras y fusiles almenados en los camiones, abrían el siniestro camino de brazos en alto y vítores patrióticos, no era menos cierto que dejábamos cerrada para siempre toda posibilidad de retroceder. A pesar de los íntimos recelos, la mayoría quería creer que el Gobierno, sus organizaciones y hasta las democracias europeas habían negociado una paz «honrosa». Y así se llegó, por fin, a Alicante. Del sur, del norte, del oeste y hasta del mismo infierno llegaban miles y miles de hombres y mujeres. Algunos mantenían todavía la formación y jerarquía cuarteleras, algo inútil y grotesco entre aquella marabunta de gentes desencajadas y acuciadas por el miedo. Llegar hasta el edificio en el que la Comisión Internacional de Evacuación, a falta de algo más concreto, repartía consignas y esperanzas, era más que un triunfo. Salir de él, para acceder al interior del puerto, amparados por la Cruz Roja de la gorra del rubicundo Trigo y la «protección diplomática» del cónsul francés, constituía un envidiable y, sin embargo, ingenuo privilegio. Tras el minucioso, vibrante y emotivo relato que de este episodio hiciera el escritor Eduardo de Guzmán, en su famosa trilogía La muerte de la esperanza, El año de la victoria y Nosotros, los asesinos, o el Campo de los almendros de Max Aub, los Cuentos sobre Alicante y Albatera, de Jorge Campos, aparte de otras contribuciones menores, pero llenas de interés y autenticidad, poco se puede añadir que no haya sido relatado de manera global, aun cuando el detalle pormenorizado y riguroso de la realidad, siempre sorprenderá el ánimo, e incluso se atribuirá a la fantasía o la exageración hechos que pierden su dramatismo al intentar reflejarlos en unas cuartillas, por muy excesiva que sea la imaginación del escritor.

* * *

Dejemos atrás el puerto de Alicante, con su gran decepción, generadora de desequilibrios psíquicos y morales, el hundimiento de toda esperanza, y la ejemplar, aunque inútil actitud de cuantos prefirieron el suicidio a soportar la inacabable etapa de terror y muerte que habríamos de padecer con el triunfo del fascismo.

Dejemos también en segundo plano el penoso episodio del campo de los Almendros o el escarnecedor calvario de aquella caravana de hombres predestinados a una muerte inevitable. Y olvidemos también el infrahumano traslado en vagones de ganado, sin el consuelo de ser siquiera tratados como animales que interesa lleguen vivos a su destino, mientras a la angustia, la asfixia o los desmayos de aquellos hombres, se respondía cínicamente: «No os quejéis, rojos; que vais a estar mejor muertos que vivos».

Y fue verdad. Algunos quedaron en aquel siniestro tren que llevó en repetidos viajes hasta la estación de Albatera Catral más de 20.000 prisioneros.

Final de etapa y culminación de la tragedia

Aquel erial yermo y salobre parecía deliberadamente elegido para que, entre las salicornias y las orzagas, naciese también la más amarga desesperanza de los que allí eran conducidos. En sus 40.000 hectáreas, polvorientas y secas en verano, impermeables, por su salinidad, en invierno, e inhóspitas siempre, durante los años de la guerra se construyó un Campo de Trabajo, con barracones e instalaciones para albergar dos o tres mil reclusos, juzgados y condenados por su manifiesta desafección a la República. El proyecto estaba inserto en un plan del Ministerio de Justicia que preconizaba el desarrollo y transformación de zonas desérticas en campos de cultivo intensivo. En aquella época era ministro de Justicia, Juan García Oliver, por lo que no extrañará que el reglamento de régimen interior de los Campos de trabajo como el de Albatera, se fundamentase «sobre las bases de trato humano, disciplina, recuperación social y reforma individual». En octubre de 1937, Manuel Irujo, nuevo ministro en el Gobierno Negrín, del que ya no formaban parte los representantes confederales, por solidaridad con Largo Caballero, inauguró el Campo de Albatera. En la prensa de aquellas fechas puede leerse que aquel Campo «reunía las medidas más rigurosas para garantizar la salud de reclusos y funcionarios, y estaba dotado de todos los elementos de sanidad e higiene necesarios, con un servicio médico permanente y una especial atención sobre la alimentación, que deberá contener un mínimo de calorías suficientes que garanticen la normal realización de un trabajo de ocho horas diarias…»

¿Pero era esa, en verdad, la situación que encontramos al llegar al Campo? Los escasos cientos de reclusos y la reducida plantilla de funcionarios que allí estuvieron, posiblemente disfrutaron de las condiciones antes descritas, pero no es menos cierto que al desaparecer de allí, se llevaron o destruyeron cuanto les vino en gana.

Aquel cuadrilátero de alambradas, con sus barracones blanqueantes, a los que se habían añadido dos viejos barracones de madera, la breve enfermería, la minúscula cárcel, la alta torre del depósito de agua salitrosa, las duchas y servicios, contemplados desde fuera, parecía que no podrían llenarse nunca. Los miles y miles de hombres famélicos y sedientos, arrojados en él como basura, reaccionaban de manera instintiva, llenando barracones, desbordando los servicios y agotando el escaso caudal de aquella agua salobre que, en sus vacíos estómagos, pronto creó una terrible disentería.

Tan solo las siniestras torretas con las ametralladoras emplazadas en lo alto, estaban siempre vigilantes y disparaban sus ráfagas a cualquier hora, sin motivo alguno; de noche, si alguien no podía evitar acercarse hasta las letrinas; de día, cuando les parecía que los hombres que penosamente podían andar por el campo, formaban grupos o se aproximaban hasta las alambradas para cambiar sus estilográficas o camisas por algún matojo de escuálida hierba que los soldados les arrojaban desde fuera.

Hasta el tercer o cuarto día, y tras haber conseguido realizar un censo aproximado de internados, organizados por grupos y con un delegado en cada uno de ellos, no se distribuyó alimento alguno en el campo. Un «chusco» para cada cinco y una minúscula lata de sardinas para dos fue el alimento habitual durante bastantes días. La casi microscópica cantidad de la ración cortó radicalmente las diarreas, pero provocó un estreñimiento general que dio origen a situaciones increíbles. El pan y la lata de sardinas determinaron la formación de grupos, entre los que la necesidad aguzaba el ingenio. El aceite de la lata de sardinas, hervido en viejos recipientes encontrados al azar, con el agua salobre y la mitad del «chusco» migado en sopas,. era el primer plato común en estos grupos de cinco, y la otra mitad, con las dos sardinas restantes, era el complemento repartido a dos miembros del grupo por riguroso orden rotatorio, que en algunos casos no podían sustraerse a la reacción animal y egoísta de pensar si al día siguiente habría una baja que hiciese más corta la espera de su turno. Así y todo, el aceite de la lata era tan escaso que no podía laxar el vacío vientre de aquellas gentes obstruido por un torturante tapón que difícilmente podía descender hasta la salida fecal.

Los abnegados médicos que había entre los prisioneros se veían impotentes para atajar aquella situación, pues si bien la forzosa dieta a que estábamos sometidos redujo las diarreas, y sin medicamento alguno en la enfermería, sólo podían combatir el doloroso cuadro de aquel estreñimiento con el primitivo recurso de las lavativas de agua caliente y salitrosa. ¡Pero en todo el campo sólo había un irrigador pequeño y medio oxidado! y otra vez el instinto animal provocó discusiones y egoísmos para poder conseguir el disputado irrigador que vaciaba sin descanso su tibio contenido en los resecos intestinos de miles de seres enfermos y acobardados.

Pero tampoco las lavativas pudieron resolver por completo aquella situación que se hacía más angustiosa cada minuto. Los gritos de dolor, las imprecaciones y los desmayos eran casi constantes.

Los retretes, formaban un amplio recinto de una veintena de compartimentos construidos a media altura, con una separación del suelo suficiente para poder observar si estaban o no ocupados. La ingente muchedumbre llegada al campo poco tardó en desbordarlos, hasta el extremo de que había que colocarse a horcajadas entre los tabiquillos que los separaban para, desde allí, quienes podían hacerlo, dejar caer los excrementos en aquellas montañas pestilentes que crecían incesantemente. Esa situación, y quizá no tanto por consideración a los prisioneros, sino porque el olor también molestaba a los guardianes, determinó a estos a obligar a los internados a abrir zanjas a lo largo del campo –que también se estaba ampliando con nuevos recintos alambrados– para poder realizar en ellas lo que resultaba imposible hacer en los retretes. Aquellas letrinas, conocieron también el acongojante espectáculo de cientos de hombres reducidos a pura animalidad por el doloroso e inútil esfuerzo a que les obligaba su estreñimiento. Eran tan agudos los dolores, tan obsesiva la necesidad, que no vacilaban en emplear las llaves de las latas de sardinas como desatascador, hurgando, escarbando y desgarrando tejidos en un desesperado intento de expulsar aquel sólido, reseco e hiriente amasijo de desechos, semejante a un cemento sanguinolento. El esfuerzo y la desnutrición contribuían a que muchos cayesen desmayados sobre sus propios excrementos o en la sucia mezcla de sangre y orines que aquel terreno salitroso parecía complacerse en no absorber.

Quizá puedan parecer exagerados o inverosímiles estos descarnados y casi escatológicos datos, pero a pesar de todo, aún quedan con vida muchos de aquellos hombres que recuerdan con horror esos y otros episodios padecidos, y que pueden acreditar que la realidad superó en mucho a cuanto aquí hemos intentado describir.

Lentejas, formaciones, visitas y esperanza

Puede decirse que los miles y miles de prisioneros fueron «vaciados» en el Campo de Albatera sin el menor control. Se observó que los guardianes tampoco sabían de manera efectiva la gente allí conducida. Y el dilema surgido en los últimos días de la guerra, volvió a plantearse de nuevo. Fuera de allí –se pensaba– siempre habría alguna posibilidad de defenderse; y buscaron la manera de burlar la vigilancia, y con riesgo de la vida, escapar del campo. Pocos lo consiguieron. Algunos fueron capturados y fusilados seguidamente ante los prisioneros obligados a presenciar la ejecución de sus compañeros como escarmiento y advertencia.

Con el reparto de los primeros cazos de lentejas bailando en agua, llegó también el siniestro fenómeno de las «formaciones». Se había requerido a los prisioneros a confeccionar unas listas de nombres y otros datos, para tener un impreciso control de cuantos allí estaban. La mayoría, tras el episodio del puerto de Alicante o «los Almendros», habían destruido toda su documentación. Y cuando los guardianes instaron a que quienes habían sido jefes u oficiales lo manifestasen, no faltó quien, sin serlo, se incluyó en el grupo, en un intento de despejar la torturante incertidumbre. Fuera del mismo quedaron conocidos y destacados jefes que recelaban cualquier añagaza para someterlos o confiaban tener aun posibilidad de evadirse del campo. Aquella autoselección separó a estos hombres del resto de los prisioneros, que fueron encerrados en «la parrilla» como se conocía a la pequeña cárcel del campo, y trasladados más tarde a otros lugares, o devueltos de nuevo al campo. Las «formaciones» se convirtieron bien pronto en una práctica siniestra y casi diaria; a veces hasta cuatro o cinco veces en un día. A cualquier hora, y con cualquier pretexto, la corneta llamaba a formación. Unas veces para comprobar si los grupos estaban completos; otras para complacerse en la docilidad con que aquellos «rojos» obedecían, y las más para facilitar la «tría» que las Comisiones llegadas de distintos pueblos, efectuaban en los grupos en busca de algún conocido a quien «rescatar». Esa práctica constituía sin duda una de las situaciones más desesperantes entre los prisioneros. Escopeteros, falangistas, curas o requetés, y otros personajes de mayor rango, llegados en coches o camiones, pasaban lentamente ante los grupos formados, mirando atentamente una y otra vez a aquellos hombres para identificar a quienes pretendían llevarse. A veces, penetraban entre las filas, para comprobar de cerca algún parecido o peculiaridad con el hombre que buscaban. A pesar de que cada uno de nosotros tenía la seguridad de no haber visto jamás a aquellos personajes, no podíamos evitar que, al detener su mirada en nosotros, nos naciese un temor que detenía nuestra respiración. Y cuando la mano de algún «visitante» se alzaba para señalar con el dedo, diciendo: «ESE», el corazón batía con violencia, las piernas y el ánimo flaqueaban y hasta empezábamos a admitir que aquel siniestro personaje no nos era del todo desconocido.

Un silencio espeso pesaba en nuestro ánimo cuando veíamos llevar atados hasta los camiones, cuatro, ocho o diez compañeros perdidos para siempre jamás. Porque su destino siempre era el mismo: ser conducidos a sus pueblos, para que la venganza, la envidia o el resentimiento de sus «paisanos» se desatase de la manera más brutal. Raramente, de aquellas formaciones nadie salía para recobrar la libertad. Días hubo en que por seis u ocho veces éramos formados, escrutados y seleccionados, siempre con el siniestro balance de nuevas víctimas. Eso determinó que casi a pecho descubierto, y sin precauciones ni prudencia, aumentaran las evasiones, en un desesperado intento de jugarse la libertad y la vida antes que entregarse pasivamente a sus verdugos. Algún evadido logró establecer contacto con los compañeros que en la región levantina, sorteando muchas dificultades, y con una hábil estrategia, comenzaban a articular un embrión organizativo dirigido principalmente a conseguir sacar de los campos y cárceles a militantes que, ignorados bajo supuestos nombres, se hallaban sometidos al fatal riesgo de que su auténtica personalidad fuese descubierta.

No tardó mucho tiempo en cesar la incomunicación de aquellos internados, permitiéndoles escribir una vez por semana a familiares directos, solamente en solicitud de víveres o certificados de buena conducta. Empezaron, pues, a llegar algunas visitas y noticias. Las visitas eran muy breves, y se concedían según el humor que tuviese el Jefe del Campo. Así y todo sirvieron para ir creando una red de ayudas que alivió la dramática situación de muchos prisioneros. Aunque no en la medida necesaria, volvió a florecer la práctica de la solidaridad y, con ella, las naranjas, frutas y otros alimentos casi olvidado volvían a ser realidad para nosotros.

La llegada de algún aval de la Guardia Civil, Ayuntamientos o capellanes, suscitó a la dirección del Campo la creación de una Comisión revisora de esos avales, y decidir, a la vista de ellos, la extensión de un salvoconducto que el prisionero venía obligado a presentar ante las autoridades que lo avalaban. Aquella Comisión actuaba más en razón de su capricho o estado de ánimo que del análisis o examen de los documentos que se le entregaban. Afortunadamente, su «perspicacia» no era muy profunda, y dependía de que el solicitante les cayese bien o mal, para que este obtuviese el salvoconducto o fuera devuelto al campo.

Había, pues, que arriesgarse a probar fortuna. Muchos compañeros, con nombre supuesto, no recibirían jamás aval ni recomendación alguna y sí, posiblemente, la visita de alguna de las siniestras comisiones que podría identificarlos. Y la fortuna empezó por redactar con buena caligrafía y profusión de «Vivas y adhesiones» la solicitud de conceder permiso para que el prisionero X se trasladase y presentase a las autoridades de su localidad. No sin pena, hubo que sacrificar un par de patatas, para convertirlas en estampillas de FET y de las JONS, de la Guardia Civil o de cualquier iglesia parroquial de algún pueblo de la zona «liberada». Hoy, a casi cincuenta años, de aquella dramática situación, sorprende que aquellos papeles y sellos burdamente realizados, pudiesen contribuir a salvar la vida de muchos hombres que ya la tenían por perdida.

Podríamos detenernos en citar nombres de amigos masacrados en su intento de evasión, de quienes se atrevieron a apostrofar y escupir a los escopeteros que los sacaron del campo, de otros que agotada su resistencia y esperanza no soportaron la degradación a que fuimos sometidos, y de tantos y tantos que padecimos aquella indescriptible experiencia.

También sería aleccionador y muy útil para desenmascarar a algunos que alardean de su pasado «demócrata», entre ellos el camaleónico Giménez Caballero que, con su teatral y cínica arrogancia, no pudo conseguir que su discurso iniciado con la insultante afirmación de: «En España hay dos razas, la nacional y la roja…», y seguido de mentiras y amenazas, fuese obligadamente escuchado por aquellos hombres aniquilados físicamente, pero que tuvieron la gallardía de volverle la espalda, mudos e inmóviles, ya que las ametralladoras y los fusiles los retenían en formación, mientras la ira del demagogo se desbordaba en un torrente de impunidad y rencor…

Con la disolución del Campo de Albatera a finales de octubre de 1939, renunciamos a describir la posterior odisea padecida en otros lugares por sus supervivientes y miles y miles de mujeres y hombres sometidos a las peores vejaciones. Los ocho largos meses de Albatera, en poco difieren de los horrores de los campos de exterminio nazis. Por otra parte, es doloroso confirmar que desde el 1 de abril de 1939, toda España fue una siniestra e inmensa cárcel…

Publicado en Polémica, n.º 22-25, julio 1986

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