En las prisiones de Franco: el libro póstumo de Joaquín Maurín

Ramón J. Sender

Maurín

Maurín

Todos los españoles de mi edad saben quién fue Maurín. Para los jóvenes, habría que definirlo en pocas palabras: un escritor aragonés especializado en materias sociales y económicas, que fundó en Barcelona un partido antifascista y antiestalinista (aunque con base marxista) y que después de pasar diez años en las cárceles de España salió, vivió veinte años más en Nueva York con su esposa y su hijo, y ha muerto recientemente. Entre otros papeles de importancia ha dejado un manuscrito que acaba de publicarse en México y que no trata de cuestiones sociales ni económicas. Un libro de recuerdos de las cárceles de España por las que pasó. Literatura no necesariamente política.

A nadie le extraña que el libro –En las prisiones de Franco (1973)– esté escrito con pulcritud, agudeza e inspiración. Lo que nos sorprende es que no haya en él rencores ni odios. Hay un profundo sentido de la justicia y la humanidad, pero ningún estrépito panfletario contra personas o cosas. Aunque sólo fuera por eso sería un libro de especial atención.

Pero tiene otras cualidades, entre ellas humor. No humor negro, sino de buena ley. Yeso después de una condena a treinta años de prisión –de los cuales cumplió diez– es, realmente, excepcional. El último cuento –o novela corta– del libro nos refiere cómo un preso, que había sido detenido por aparecer en una lista de francmasones, se negó a aceptar la libertad que le ofrecían después de varios años de prisión.

El pobre hombre debía de tener sus razones y Maurín nos las explica con una amenidad de resonancias clásicas. Antes de llegar la República, se había casado con una de esas mujeres que se ponen una dulce máscara de inocente bondad durante el noviazgo y que después de la boda se la quitan y campan por sus respetos, armando de paso grandes tormentas en el hogar con el menor pretexto. El marido, que pertenecía a la clase media honesta y poco emprendedora aguantaba como podía, pero al llegar la República y establecerse el divorcio se apresuró a acogerse a esa ley salvadora. Poco después era de nuevo un hombre libre.

No tardó en hallar la mujer ideal. Una muchacha bonita que lo quería y que iba a hacerlo del todo feliz. Se casaron: tuvieron hijos, ella era de veras un ser angelical, y además tenía energía y fuerza moral para afrontar todas las situaciones. El segundo matrimonio era perfecto, si la perfección es posible en este mundo. Fue entonces cuando nuestro héroe se hizo masón. ¿Qué menos podía hacer para agradecer a la República su felicidad? Pero en 1936 fue detenido y encarcelado. Antes aún de que pudiera asistir a la segunda reunión de su logia.

La mujer fue y vino, recurrió a mil ardides para demostrar la inocencia de su marido, pero todo fue inútil. Como el nuevo régimen prohibía el divorcio, la primera esposa comenzó, por su parte, a intrigar y a hacer calendarios. Durante aquellos años sombríos la segunda esposa del preso no sólo trabajó robando horas al sueño para mantener a sus hijos, sino que conseguía ahorrar algunas pesetas para enviárselas al marido y ayudarle a comprar algo en el economato de la prisión. La vida era dura.

Un día llegó la noticia de la libertad. Pero el que fue a comunicársela le llevaba también la noticia de que quien lo esperaba era su «legítima» esposa; es decir, la primera. Y el preso suplicó que se le permitiera continuar, por favor, en la cárcel, ya que la mísera existencia de los calabozos le parecía mejor que la dudosa libertad que le ofrecían en compañía de aquella mujer. Al parecer, ésta era una verdadera harpía, dispuesta a aprovechar los derechos que le ofrecían las leyes civiles y canónicas.

He aquí un caso que dejaría perplejo a Cervantes, si lo hubiera conocido. El autor castellano escribió: «Por la libertad el hombre debe arriesgar la vida y perderla si es preciso». Cervantes mismo la arriesgó más de una vez en Argel. Pero ante este caso habría pensado que la libertad tiene dimensiones y niveles varios, como todas las cosas, y hay la libertad física, y la libertad moral y la intelectual, y tantas otras, y que, a veces, la libertad de elección afectiva y amorosa prima sobre las demás.

Grave dilema el del preso, que naturalmente, al lector le hace reír con una sombra de ironía bondadosa.

Esa tónica de ironía bondadosa es la que predomina en un libro escrito, en su mayor parte, en las cárceles de España por un hombre que fue uno de los jefes del movimiento antifascista de los años treinta, diputado en las Cortes Constituyentes y experto organizador. Fue entonces cuando escribió un libro de análisis social y político de la situación española en los años de la República con proyecciones al pasado y al futuro que es todavía actual y que se publicó en París(Revolución y contrarrevolución en España, Ed. Ruedo Ibérico, 1966). Es sin duda, el mejor estudio histórico de los publicados hasta hoy, libre de pasiones sectarias, sereno y agudo.

Maurín, en los últimos años de su vida, parecía mucho más joven de lo que era. Cuando yo se lo decía, respondía, riendo: «He decidido suprimir los diez años de prisión. Los descuento y esa es la razón de que parezca diez años más joven». Pero la implacable naturaleza tiene sus leyes más o menos secretas, y el dolor hizo su tarea. Conservó, sin embargo, Maurín esa noble serenidad de los clásicos, al margen de las pasiones, cuidadoso únicamente de ser fiel a la verdad y de propiciar la convivencia armoniosa entre los hombres.

En Nueva York se sentía a gusto, y con su esposa Jeanna atendía a esta American Literary Agency (ALA), por la que hemos pasado algunos españoles como Antonio Espina, Salvador de Madariaga, Ramón Gómez de la Serna, mexicanos brillantes como Alfonso Reyes, guatemaltecos no menos ilustres como Miguel Ángel Asturias, venezolanos como Uslar Pietri y colombianos como Arciniegas. Modestamente fructífera o razonablemente próspera, ALA sigue adelante, bajo la sombra de aquel gran hombre que pudo pasar diez años en la cárcel y salió de ella sin veneno ni rencor.

En cuanto a ALA y a su «fructífera modestia» creo que vale la pena anotar que yo he visto una carta de Ramón Gómez de la Serna a Maurín en la cual decía el autor de las «greguerías»: «Gracias a ALA no me he muerto de hambre en Buenos Aires». Uno de los legítimos orgullos del aragonés pirenaico, nacido en Bonansa, Joaquín Maurín, era esa carta que sólo yo he visto, pero que algún día habrá que publicar con otras muchas.

El libro lleva un excelente prólogo de Germán Arciniegas.

Publicado en Polémica, n.º 52-53, mayo 1993

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