Los anarquistas ante la Primera Guerra Mundial. El debate entre aliadófilos y pacifistas

Ramón ÁLVAREZ

IGM - Your Country Needs YouEn el número especial de Polémica, dedicado a Pedro Kropotkin, aparece un importante trabajo biográfico sobre el «Príncipe anarquista», firmado por el Colectivo Trabajo y Libertad, en el que se escribe lo siguiente, y que estimo requiere una puntualización:

«… Un acontecimiento conflictivo viene a cerrar este periodo. Es el único acto político en el que no fue consecuente con sus ideas libertarias: su actitud ante la Primera Guerra Mundial, con la defensa de los aliados. Esta actitud produjo una escisión en el movimiento anarquista internacional y motivó que Errico Malatesta escribiera en Freedom un artículo titulado «Los Anarquistas han olvidado sus principios…»

Sin improvisar los términos de la réplica que me sugiere la ligereza con que se asegura que el comportamiento del ilustre pensador y maestro ante aquel conflicto armado supuso una inconsecuencia con las ideas que profesó hasta el día de su muerte, me limitaré a recordar lo que escribí hace años para defender del mismo «delito» a Quintanilla, que en España fue uno de los numerosos seguidores de Kropotkin:

La guerra europea (1914-1918) provocó una de las crisis más hondas y peligrosas de cuantas han zarandeado al anarquismo internacional, ideal considerado por algunos como el único sistema filosófico perfecto, inalterable a los efectos del tiempo que todo lo modifica, y sin contradicciones entre los textos y las cambiantes realidades que inciten a repensar la doctrina ni sus métodos.

La polémica entre las dos corrientes de opinión que surgieron al conjuro de la Gran Guerra condicionaron negativamente las perspectivas de expansión del anarquismo, incapaz de rehacer las bases de una interpretación común de los acontecimientos y de la ideología, que pudiese servir eficazmente la acción proselitista acomodada, en lo accesorio, a la situación predominante en cada país.

Quintanilla, a semejanza de Ricardo Mella, Kropotkin, Malato y otras figuras del anarquismo internacional, defendió con pasión la causa de los aliados frente a la amenaza prenazi encarnada en la Alemania del Kaiser, como ya lo hiciera el propio Bakunin al estallar la guerra franco-prusiana, apresurándose a tomar partido por Francia, a la que consideraba «cuna de la civilización occidental». Quintanilla hubo de moverse en un ambiente enrarecido, obra del pacifismo de gentes ingenuas, iluminadas por la ilusión de que el incipiente internacionalismo obrero podía neutralizar el patrioterismo inculcado a través de siglos y siglos, y que bastaría el compromiso de las Internacionales proletarias, para detener el brazo del imperialismo de centro-Europa y paralizar los minuciosos planes de sus Estados Mayores.

Mientras la guerra no se manifestó por el choque brutal de los ejércitos en los campos de batalla, convertidos en tumba gigantesca de jóvenes que habían soñado con una prolongación de la Belle Epoque, Quintanilla, Kropotkin y la multitud de anarquistas aliadófilos fulminaron contra la guerra. No ignoraban que las matanzas colectivas han sido siempre la salvación del capitalismo en los momentos cruciales de sus periódicas crisis.

Muertas las ilusiones depositadas en un internacionalismo demasiado verde, decidieron defender el bando occidental, porque representaba una mayor suma de libertades y hacía posible el cultivo revolucionario, mientras que la victoria militar del Kaiserismo hubiera significado un sensible retroceso social, político y económico para todo el continente.

En un artículo de Eleuterio Quintanilla, titulado «Nada de anfibologías» puede leerse:

«… En momentos solemnes y decisivos para la actuación libertaria española y para la causa con federal, cuando se corrían riesgos afrontando iras generales, y desafiando la impopularidad incluso, estuve casi solo contra todos, sin perjuicio de que casi todos me dieran, más tarde, en muchos casos, la razón. Hemos aludido a la actitud de los anarquistas ante la Gran Guerra y al célebre Congreso de la Comedia (1919)».

Acracio Bartolomé, asturiano, uno de los mejores periodistas que diera el movimiento libertario, escribía en un número de Asturias, publicado en Marsella (1964), refiriéndose al debate que en su tiempo sostuvieron Tierra y Libertad, de Barcelona, defensor intransigente del neutralismo pacifista, y Acción Libertaria, de Gijón, que apoyaba la Entente Cordiale:

«Estaban enfrascados en una de esas polémicas que señalan con el sello de su influencia la vida de las colectividades y que no se limitaba exclusivamente a España, cuyo origen no era otro que la posición del anarquismo ante la Primera Guerra Mundial. Tierra y Libertad sostenía radicalmente uno de los postulados clásicos de las ideas ácratas: el pacifista. Acción libertaria, apadrinada en el mundo por lo más granado del movimiento anarquista, defendía la causa de los aliados contra el imperialismo alemán. Los que hemos asistido a una y otra catástrofe y optado en 1939 por las democracias occidentales frente al fascismo, comprendemos mejor que nadie lo que predijeran 25 años antes cuantos de los nuestros se colocaron frente al militarismo teutón…»

En toda la prensa societaria o ácrata que por entonces se publicaba en Gijón, ha quedado constancia escrita de la opinión del movimiento obrero respecto al conflicto mundial. No recuerdo –añade– una sola excepción: todos los militantes libertarios estaban al lado de los aliados y aprobaban totalmente el manifiesto de los dieciséis, entre los que destacaba Kropotkin»

A fin de facilitar la comprensión de la polémica y reactualizar un documento deliberadamente condenado al olvido por cuantos juzgaron con extremada severidad a los libertarios «aliadófilos» en 1914, y que hoy exhiben, jactanciosos, distinciones de «resistente» o maquisard por haber colaborado, arma al brazo, a la victoria de los gobiernos democráticos sobre el nazi-fascismo en 1939-1945, nos viene a la idea dar a conocer el famoso manifiesto de los dieciséis, avalado en realidad por quince firmas, ya que hubo confusión con el nombre de Husseindey, localidad de Argelia que se tomó por un firmante, aunque, como dice la Enciclopedia Anarquista, de Sebastian Faure, «una vez lanzado a la publicidad recibieron los firmantes iniciales más de un centenar de adhesiones espontáneas de militantes anarquistas, especialmente de Italia (patria de Errico Malatesta) lo que hizo decir a Jean Grave, no sin razón, que hubiesen podido contar con muchas más de haberlas solicitado».

recruitbigHe aquí, un extracto sustancial del manifiesto:

«… En lo más hondo de nuestra conciencia, la agresión alemana constituía una amenaza –realizada– no sólo contra nuestras esperanzas de emancipación, sino contra la evolución de la humanidad.

Por esa razón, como anarquistas, como antimilitaristas, como enemigos de la guerra y partidarios apasionados de la paz y de la fraternidad de los pueblos, nos hemos colocado del lado de la resistencia, sin separar nuestra suerte de la del resto de la población. Inútil insistir en nuestra preferencia de ver al pueblo tomar en sus manos la organización de su propia defensa, porque no habiendo sido posible, resultaba obligatorio soportar lo que no pudo modificarse. Y, unidos a los que luchan, estimamos que si el pueblo alemán no se inclina hacia nociones más sanas de la justicia y del derecho, renunciando a seguir sirviendo de instrumento a los proyectos de dominación pangermanista, no es posible hablar de paz. A pesar de la guerra y sus matanzas, no olvidamos nuestra vocación de internacionalistas que anhelamos la unión de los pueblos y la desaparición de las fronteras. Precisamente porque ansiamos la reconciliación de los pueblos, incluido el pueblo alemán, proclamamos la necesidad de resistir a un agresor que representa el aniquilamiento de nuestras aspiraciones de manumisión.

Hablar de paz mientras la casta que durante cuarenta y cinco años hizo de Europa un campamento fortificado y está en medida de imponer sus condiciones, sería el error más desastroso que pudiera cometerse. Resistir y hacer fracasar sus planes, proporcionará los medios y preparará la vía a la parte sana de la población alemana para deshacerse de ella. Que nuestros camaradas alemanes lo comprendan y nos hallarán dispuestos a la colaboración».

28 de febrero de 1916 (Siguen las firmas…)

Según explica Juan Grave, en su libro, El movimiento libertario bajo la Tercera Republica, Kropotkin no era muy partidario de lanzar el manifiesto, que apareció primero, en La bataille, diario sindicalista de París, el 14 de abril de 1916, y luego, en el número 16 de Temps Nouveaux, el 15 de octubre de 1922. De ahí se arrancó, sin duda, para esgrimir el argumento falaz de que Kropotkin no estaba muy convencido de la tesis defendida por los firmantes del manifiesto. Afortunadamente, al final de la citada obra, se inserta una carta autógrafa del ilustre teórico, firmada el 2 de septiembre de 1914 en Brighton (Inglaterra) a la que pertenecen estos rotundos pensamientos:

«Armaos y realizad un esfuerzo sobrehumano; sólo así Francia podrá reconquistar el derecho y la fuerza de inspirar a los pueblos de Europa con arreglo a sus ideas de civilización, libertad, comunismo y libertad.

Despertad, por favor. No dejéis a los atroces conquistadores aplastar de nuevo la civilización latina y al pueblo francés, que ya tuvo su 1848 y su 1871 mientras que ellos –los alemanes– no han tenido ni intentado siquiera su 1789-1793 [alusión a la revolución francesa] No los dejéis imponer a Europa un siglo de militarismo.

Ya sé que existen socialistas en Alemania, pero no son más que un puñado que si intentasen rebelarse serían aplastados como lo fue la revolución rusa en 1905. Reina la casta militar y hemos de interrogarnos sobre lo que representaría su victoria.

Desde aquí hacemos lo que se puede para que los ingleses aceleren el envío de refuerzos, cosa que lleva tiempo. En todo caso, ya estamos a 2 de setiembre y los alemanes no han ocupado París como pronosticaban. Pero habrá que defenderse como bestias feroces para impedirles la entrada…»

A la muerte de Quintanilla, el compañero Mariano Puente, desde Burdeos donde vivió en contacto con el maestro, escribió un largo trabajo titulado: «Tributo a Eleuterio Quintanilla». Señalaba como otro gran acierto del profesor, su posición aliadófila, por la que hubo de sufrir calumnias, ultrajes y acusaciones injustas de personas que, desconociendo el fondo del problema y no poseyendo la facultad de información que tenía el maestro de idiomas, no repararon en la vileza de recurrir al lenguaje destemplado. Anselmo Lorenzo y algún otro, más comprensivos y más instruidos, aún discrepando supieron moderarse y conservar la entrañable amistad que se tenían. Sin embargo, el tiempo le dio la razón y, cuando el mismo acontecimiento se repitió –guerra 1939-1945– ya no hubo equivoco, y todos al unísono fuimos antifascistas y antinazis. ¿Cómo no iba a ser así, cuando todavía hoy continuamos siendo víctimas vivientes de tanta barbarie desencadenada? La guerra del 14-18 fe el preludio a la segunda; el mismo objetivo, la misma táctica.

La actitud neutralista que se manifestó –prosigue Puente– en nuestros medios era, en unos casos, razón sentimental, como en Anselmo Lorenzo; esperanzadora y revolucionaria en otros, como en Malatesta, quien creía en la sublevación de los pueblos.

No, los anarquistas no somos partidarios de ninguna guerra, tenga el cariz que se le quiera dar, pero cuando se echa encima hay que defenderse como se pueda, para evitar el atraso que representa la pérdida de las libertades conquistadas. Este sentimiento ha sido y es el que nos condujo, unánimes, a la lucha contra el totalitarismo, sea fascista o comunista…»

Quiero concluir sosteniendo que no es razonable, a las puertas del siglo XXI, y con tantas experiencias a la espalda, afirmar que la metodología libertaria puede desafiar, inamovible, la universal evolución, porque, sobre convertir el anarquismo en otro dogma, en una religión más, marcada por el esterilizante sectarismo, esa podría ser la clave –y de hecho lo es– de su escasa influencia en el inabarcable círculo del pensamiento en nuestros días.

Las precedentes reflexiones alcanzan a las «compasivas» líneas formuladas en el mismo número de Polémica, por Ignacio Llorens, en un tono y seguridad críticas para resaltar el «desliz» no sólo de Kropotkin –del que tampoco convendría estar hoy tan convencido– que, en todo caso, resulta inmerecido, además, para el hombre al que tanto deben los anarquistas de todo el mundo.

Y también para Ángel Pestaña, ya fallecido; figura señera, con Peiró, Salvador Seguí y Eleuterio Quintanilla, del sindicalismo revolucionario, y a quien reconocemos su capacidad constructiva y su constancia y entrega en las luchas obreras al frente de la CNT, aún discrepando de su decisión de constituir el Partido Sindicalista, que significaba, a mi personal entender, doblar a la Confederación, que no debe delegar en ninguna estructura paralela su representación, sino hacerlo directamente en cualquiera de las instancias en las que eventualmente decida participar.

Estaría lejos de pensar Pestaña, cuando recogió en su librito 70 días en Rusia, lo que yo vi, el ya famoso «desliz» de Kropotkin, que él mismo llegaría a crear un partido político y vestiría uniforme militar, como tantos otros compañeros, en la guerra civil española. Hay que agradecer, no obstante, el tono mesurado y respetuoso con que cita su discrepancia con la venerable figura en la polémica provocada en torno a la Primera Guerra Mundial.

En tema de tan alto interés habría que dilucidar entonces si los anarquistas que formaron en los ejércitos aliados y en las guerrillas contra los nazis y los fascistas en la Segunda Guerra Mundial, hicieron bien o también incurrieron en grave «desliz», y traer al análisis lo mucho que se ha jaleado en la prensa libertaria y en los actos públicos nuestra participación en la impresionante batalla que hizo fracasar la tentativa hitleriana de implantar una dictadura milenaria, en la que cada alemán sería un führer, y lo que nos entusiasma recordar que los primeros carros blindados aliados que entraron en París, el mes de agosto de 1944, llevasen nombres como «Guadalajara», «Teruel», etc.

O especificar si tendría razón Serrano Súñer cuando, en una aparición televisiva suya, hace unos años, decía que todos los muertos de la guerra civil eran responsabilidad exclusiva de los «republicanos» o «rojos» por haber resistido al ejército sublevado. ¿Debimos ser neutrales en una y otra contienda? No se olvide que los libertarios españoles, unánimes, se lanzaron voluntariamente al diálogo armado abierto por los cañones y ametralladoras franquistas.

Publicado en Polémica, n.º 50, mayo 1992

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