Arthur Koestler

Juan GARCÍA DURÁN

Nada es más triste que la muerte de una ilusión

Arthur Koestler

Arthur Koestler

Nada más expresivo, en la vida de Koestler, que la sentencia que antecede. Koestler es el luchador que perdió, entre otras, la única batalla en que no hay vencedor: la batalla del hombre consigo mismo; con las ideas, con el alma hecha trizas; con el cuerpo hecho un fardo.

Y de esta derrota, de esta triste desilusión, surgió el maravilloso psicólogo de la revolución; el escrutador del pesimismo, del abandono, del fracaso, de la renuncia, de la desesperación, del dolor…

Nadie como él ha vivido y descrito las desgarraduras físicas y morales del hombre cuya ilusión se vuelve un monstruo.

Para que nada faltara en la dimensión de su tragedia –porque tragedia es– Koestler encierra en sí al húngaro y al apátrida; al comunista y al antitotalitario; al caballero del ideal y al fantasma del pesimismo; al judío y al… hombre indefinido a fuerza de finitud.

Nació en Budapest, en 1905, de padres judíos.

He crecido sin amigos con quien jugar. Fui hijo único; niño solitario, precoz, neurótico; admirado por mi inteligencia y detestado por mi carácter, entre profesores y compañeros de clase.

Pronto se entusiasma con el idealismo de los Max Nordau, Bela Kun, Herzl… también judíos.

Su carácter, a pesar de su juventud, es reservado, serio, triste. Se diría dominado por esa inquietud ancestral de su pueblo.

En 1926, a los veintiún años, parte para Israel en busca de una actividad que colme su atormentada pasión de lo humano. Para él, Galilea es más que la tierra prometida, es un sueño. «Significaba que, ¡al fin!, mi fantasía de la niñez se había convertido en verdad.»

Aquellos judíos luchando con el desierto, la pobreza, los mosquitos, el sudor y… los árabes, le parecen imbuidos de un pasado milenario que alentara la pasión del gran retorno.

Él también trabaja, también es una parte en la gran empresa. «Un impulso por crear y construir, levantar ciudades en el desierto y convertir las ciénagas en jardines.»

La tarea es dura e ingrata como la arena del desierto, pero no se queja. El sacrificio no cuenta; es más, lo da por descontado. Lo importante, lo grande, es edificar Israel.

Pero su entusiasmo se estrella contra la impotencia. La obra es inmensa y requiere enormes recursos. Sólo con las manos de un puñado de iluminados no es posible. El desaliento y la frustración le hacen pensar en algo mucho más amplio, en algo de carácter universal, en cuyo contexto entra Israel.

Con la madurez que da el fracaso, piensa en escribir, hacerse periodista, penetrar la opinión y hacerla.

No sin trabajo, y con el apoyo del genial y audaz Jabotensky, que presiente al periodista, es nombrado corresponsal de la Ullstein Press para Oriente Medio. Esta misma agencia lo destina a París en 1929.

El contacto con París hace que su visión y sus inquietudes tomen otra dimensión de lo internacional.

De nuevo, esta vez como editor de la sección científica, es trasladado a Berlín el 14 de septiembre de 1930. El día de las elecciones que aumentaron en un 800 por ciento los votos nazis, pasando de 12 diputados a 107. «El día que cual heraldo, anunció el fin de la República de Weimar y el principio de la edad de la barbarie en Europa.»

Fue en este ambiente de violencia, atropello y crimen, que empezó a fondo su estudio de la literatura comunista. Cuando ha leído todos los teóricos y llega a El Estado y Revolución de Lenin, «algo –dice– ha sonado en mi cerebro y fue sacudido por una explosión mental. La nueva luz parece venir de todas direcciones, a través de m i cerebro».

En 1932 va a Rusia, donde permanece año y medio. Trata de verlo todo y viaja constantemente.

De vuelta, se ve que la inmensa tarea de construir una economía revolucionaria y una sociedad nueva, lo deja un tanto frío, pero resuelto aún. Lo que ha visto es duro, difícil, falto de color fraternal, mas… no hay otro camino. Ni se puede volver atrás, ni ningún sacrificio, ninguno, justificaría una debilidad a una duda.

La guerra de España viene a ser su momento de la verdad. El momento crucial para la descubierta de sí mismo, fueron aquellos episodios que lo llevaron a penetrar en el intrincado laberinto psicológico del militante comunista. Y esto no sólo en el sentido político, sino en el más amplio de los valores humanos.

He pasado cuatro meses en las prisiones españolas, en Málaga y Sevilla, [fue detenido a la caída de Málaga] casi siempre aislado en una celda y la mayor parte del tiempo convencido de que sería fusilado. Cuando en junio de 1937, gracias a la intervención del Gobierno británico, fui puesto en libertad, había entrado en contacto con una clase de realidad diferente, que venía a alterar mi visión y valores tan profundamente, que durante los primeros días de libertad ni siquiera me percaté. Las experiencias responsables de estos cambios fueron: el miedo, la piedad, una tercera más difícil de describir: pánico, no de la muerte, sino de la tortura, de la humillación y de la más terrible forma de morir –mi compañero de patio, García Atadell, fue ejecutado a garrote vil–. Además, piedad por el pequeño campesino andaluz y el catalán, a quienes oía llorar y gritar llamando por sus madres en el momento de ser llevados ante el piquete de ejecución.

Esta experiencia, en un diálogo constante con la muerte en torno, le produjo una revolución interior. Su sensibilidad agudizada a fuerza de golpes, captó la grandeza del valor del hombre, hasta entonces mal interpretada, que le hace decir:

El hombre es una realidad, la humanidad una abstracción. Los hombres no pueden ser tratados como unidades en operaciones de aritmética política porque se conducen como los símbolos para el cero y el infinito, los cuales dislocan todas las operaciones matemáticas: tales como el fin justifica los medios sólo en muy estrechos límites, que la ética no es una función de utilidad social, ni la caridad un sentimiento pequeñoburgués, sino la fuerza gravitacional que mantiene la civilización en órbita… sin embargo, cada una de estas afirmaciones triviales era incompatible con la fe comunista que yo poseía.

Quizá en razón de esta confesión existe la creencia muy extendida de que Koestler dejó de pertenecer al Partido Comunista durante su estancia en España. Esto es inexacto. Como acabamos de ver, salió de España en junio de 1937, y casi un año más tarde, en 1938, dio una conferencia en París, sobre España. El partido le pidió que acusara a los trotskistas de agentes de Franco; pero se negó a ello, y, algunos días más tarde, se dio de baja.

Es a partir de este momento que, en realidad, la obra de Koestler comienza. Su mea culpa, su análisis y su fantástica penetración psicológica en el aparato comunista, empiezan a producir un nuevo tipo de dialéctica anticomunista, hasta entonces casi desconocida, en tanto que tesis psicológica ordenada. En esta fecha (1938) empieza El cero y el infinito, que termina en abril de 1940. Esta es su obra maestra y quizá el libro que más influyó en todos los campos, a crear una conciencia del peligro totalitario-científico, como mayor amenaza para el individuo. El choque que produjo esta obra fue tremendo, tanto en el mundo liberal como en el marxista.

De la precisión y exactitud con que los métodos descritos por él han sido realidad, nos han hablado desde Krivitsky hasta Jrushov. A tal punto que ningún comunista niega hoy tales crímenes y métodos; más aun, el XX Congreso del Partido Comunista de la URSS los ha condenado en la persona de Stalin. Su justificación militante así como la existencia de ideales revolucionarios, la encuentra en la corrupción social.

La devoción a la utopía pura, y a la revuelta contra la sociedad corrompida, son los dos polos que proveen la tensión de todos los credos militantes. Preguntar cuál de los dos hace que la corriente fluya –atracción por el ideal o repulsión por el ambiente social– es preguntar la vieja cuestión acerca de la gallina y el huevo…

Siguiendo el paralelo de Koestler, nosotros llamaríamos a la utopía polo positivo y a la sociedad corrompida polo negativo. Además, según implica Koestler, la chispa ideal se produce al contacto de estos dos polos. ¿Quiere esto decir que el rebelde, el revolucionario, el idealista sólo se producen en las sociedades injustas? Luego, ¿qué clase de idealista producirá la sociedad perfecta y justa? Porque si el hombre precisa la parte negativa para producir el ideal que… presiente, entonces el ideal puro no existe. No hay un ideal por el ideal, sino en razón de la tiranía.

En consonancia con esta línea, atribuye al rebelde y al revolucionario una concepción activa, casi desprovista de idealismo. En esto, como en todo, sigue manifestándose su materialismo marxista. Veamos:

El rebelde toma su indignación ora contra esta injusticia, ora contra aquello. El revolucionario es un enemigo consistente que ha investido todas sus fuerzas de odio en un objeto. El rebelde siempre tiene un sentido de lo quijotesco; el revolucionario es un burócrata de la utopía. El rebelde es un entusiasta; el revolucionario un fanático. Robespierre, Marx, Lenin, fueron revolucionarios; Dantón, Bakunin, Trotsky fueron rebeldes. Principalmente son los revolucionarios quienes alteran el curso de la historia; pero algunos rebeldes dejan en ella una impresión más sutil y, sin embargo, más duradera.

Naturalmente, él se considera un rebelde, aunque no sean estos quienes hacen la historia.

Sin embargo, y a pesar de que Koestler representa su época, llena de torturas y asesinatos por millones, y que tuvo la valentía de denunciarlos con una pluma brillante, su gesto no se ve con simpatía, ni con agrado, ni, frecuentemente, con respeto.

Esta reacción que suele llevar consigo cierto resentimiento, se debe a una fuerza, quizá irracional, que nos indispone contra el renegado, aunque aceptemos sus principios y razones. Consideramos con más respeto a un comunista, a quien combatimos con ciertos argumentos, que a este mismo cuando ha dejado de serlo en razón de ellos.

Cualquiera que pueda ser el motivo fundamental en Koestler, que creemos sincero a la vez que controvertible, para nosotros es un escritor brillante, digno y valiente.

El dilema de Koestler, a lo largo de su obra, quizá no pueda sintetizarse mejor que con una sentencia de Malraux: «Une vie ne vaut rien, mais rien ne vaut une vie». En Koestler, las vidas sin valor son las que, en nombre de una concepción revolucionaria hacen «el cero y el infinito». Mientras que en nombre de una ética universal, por la que lucha, nada vale lo que una vida, porque en ella reside la raíz moral de todo el sistema humano.

Publicado en Polémica, n.º 6, octubre 1982

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