Historia de la CNT: de los orígenes hasta 1931

emblema_cnt_hercules_leonDiego ABAD DE SANTILLÁN    Cuando España entró en el siglo XX lo hizo arrastrando consigo todos sus viejos problemas, agravados por los fracasos coloniales de finales del siglo XIX que la habían dejado desangrada y en un estado de decadencia humillante. El país atrasado industrialmente Y peligrosamente empobrecido, mantenía los ojos cerrados, y no quería ver la realidad que algunos espíritus sensibles y previsores trataban de mostrar. En 1901, Joaquín Costa clamaba contra la permanencia en el poder de hombres que tenían las manos manchadas con la sangre de 100.000 hermanos, hijos del soberano, que es el pueblo. La llamada generación del 98 levantó también su voz, queriendo hacer oír su mensaje de fe en el esfuerzo, en el estudio y en el trabajo creador. Si bien es cierto que algunos de estos hombres no vacilaron en dar su contribución a la prensa obrera, cuando les fue solicitada –Unamuno, Azorín, etc.– la dieron más por tener en ella una caja de resonancia de sus propias inquietudes que por una efectiva compenetración con ellas. Se pedía todo lo posible para el pueblo, pero no se quería o no se confiaba en el pueblo mismo. El movimiento obrero, como fuerza eficaz para la reconstrucción y la regeneración del país, como factor decisivo de la nueva economía y de la estructuración social futura no fue tenido en cuenta. Y del mismo modo que apareció al margen de las asociaciones obreras la renovación intelectual que significó el krausismo, con Sanz del Río y, después Giner de los Ríos, el llamado sindicalismo comenzó a desarrollarse desde comienzos del siglo XX, de una manera autónoma, sin intercambio de ideas y sugestiones con los sectores intelectuales, los que a su vez carecieron por ello de la palanca necesaria para llevar a la realidad la renovación que propugnaban.

Hubo entre los trabajadores cierta admiración por hombres como Pi y Margall, cuyas ideas federalistas coincidían con las propiciadas desde sus orígenes por la organización obrera y cuya honestidad y austeridad imponían respeto. Ese federalismo no enlazó en una comunidad con la solución propiciada por altos valores intelectuales, aunque hubiese grandes coincidencias, y esa frustración fue olvidada por el resurgir de las nacionalidades ibéricas, con Sabino Arana, en Vizcaya y Prat de la Riba, en Cataluña.

La clara inteligencia de Francisco Ferrer mantuvo sus escuelas racionalistas, en las que se practicaban muchos de los principios pedagógicos de los reformadores: la higiene escolar, la coeducación, las excursiones didácticas, etc. Pero los clamores e incitaciones de los adalides de aquella generación no borraban el hecho básico de la pobreza de España, en la que sobre una gran parte de la población que tenía que acostarse sin cenar, caía el fisco voraz para mantener sus abultados presupuestos, su burocracia, su ejército, un clero numeroso y una marina innecesaria y costosa.

Joaquín Costa advierte con claridad: «En el siglo XIX desaparece en España el absolutismo, pero no es verdad que la soberanía resida en la nación, pues hasta 1868 cada región y cada provincia, se hallaba dominada por un particular irresponsable, diputado o no, vulgarmente apodado cacique.

De esa extrema penuria brotaba la protesta y la rebelión. En Morón, hubo una gran huelga campesina que comprendió a 30.000 hombres. De 1903 a 1914, solo en la provincia de Cádiz, hubo 13 huelgas agrarias, y la irritación y el hambre, con la Primera Guerra Mundial, provocaron motines y rebeliones, como la de los braceros andaluces que, en 1918, invadieron y repartieron las tierras, se adueñaron de Aguilar y Montilla y proclamaron la Revolución Social.

Los hechos de violencia se sucedieron. En Cenicero, las arbitrariedades de un latifundista agresivo, fueron causa de una huelga y de un motín en la plaza pública, que fue reprimido por la Guardia Civil, con muertos y heridos por ambos lados. Siguió una feroz represión con condenas a muerte y de prisión perpetua.

En esa situación de explotación y miseria crecía, a la vez, una rebeldía instintiva y un sentimiento de solidaridad y cooperación que, a diferencia de otros países, donde el espíritu del socialismo era divulgado por la llamada intelligentsia, en  España, los precursores surgieron del seno de la masa obrera, lo que explica su vigor, su tenacidad y su arraigo. Barcelona, y toda Cataluña, fue el foco más importante de la organización obrera y de la propaganda libertaria, con varios periódicos y revistas de amplio tiraje, sin que eso restase valor a los centros de irradiación y grupos organizados que aparecían en otras regiones. Zaragoza tuvo gran actividad social y destacadas individualidades. En 1904, la capital aragonesa declaró una huelga general a favor de los presos sociales de Cataluña, y en 1905 volvió a hacerlo en solidaridad con los carpinteros, produciéndose muertos y heridos con la fuerza pública.

Madrid, aunque en menos amplitud, también creó diversas sociedades, como la de Canteros y similares que, ya en 1899, publicaba su portavoz La voz del cantero que, a pesar de las persecuciones, persistió durante más de treinta años.

En el Norte, La Coruña tuvo una actividad social y propagandística singular. En 1890 ya apareció un periódico titulado El Corsario, al que siguieron otros. Las huelgas de solidaridad y de protesta eran frecuentes, algunas, como la de 1901, saldada con muertos y heridos. Vigo y Santiago de Compostela vieron también el nacimiento de centros obreros y periódicos de propaganda libertaria.

Ferrer Guardia

Ferrer Guardia

Aunque el movimiento obrero como tal nada tuvo que ver con ciertos hechos de fuerza que se producían en España, estos repercutieron sobre su desarrollo a causa de las represiones gubernativas, de las restricciones de la libertad de asociación, de prensa y de reunión. Uno de esos hechos, el atentado de Mateo Morral, en mayo de 1906, al paso de la comitiva real por la calle Mayor de Madrid, la circunstancia de su amistad con Francisco Ferrer, y la importante labor educativa que este desarrollaba en su Escuela Moderna, fue el desencadenante de uno de los periodos más dramáticos de la historia de España. La prohibición de las sociedades obreras, y la petición de que «la propaganda anarquista que en Barcelona se hace en las escuelas laicas, es contraria a la Constitución y a las leyes, y por tanto debe ser suprimida», culminaron en los sucesos de La Semana Trágica con un saldo aterrador: un centenar de conventos, iglesias y edificios públicos destruidos; 11 muertos y 120 heridos entre religiosos y fuerzas represivas; 106 muertos y 302 heridos identificados en las filas del pueblo. Suspensión de periódicos y clausura de todos los centros obreros, entre ellos 34 Ateneos y 120 escuelas laicas. 2.500 detenciones, con 1.725 procesados, de los que unos 700 fueron condenados a diversas penas, 59 a cadena perpetua, 17 condenados a muerte (5 ejecutados). Y más de 300 confinados fuera de la región.

Este inciso histórico nos permite imaginar cual debía ser la situación de las organizaciones obreras en aquellos años, y valorar el hecho de que en mayo de 1908, 73 sociedades gremiales de Barcelona y 11 Federaciones obreras de Cataluña firmaran un manifiesto expresando al gobierno y a la opinión pública el criterio de la organización obrera sobre los funestos planes gubernativos.

Al mismo tiempo, el término societarismo o gremio tan habitual, se fue sustituyendo por sindicalismo y la sociedad obrera por sindicato. Sin embargo, por los sindicatos orientados por el Partido Socialista, no asumieron plenamente el sindicalismo de pensamiento autónomo e independiente que caracterizó al movimiento obrero libertario español.

El 3 de agosto de 1907, las sociedades obreras de Barcelona, tras varias reuniones, resuelven constituir una Federación local, a la que denominan Solidaridad Obrera, eligiendo un consejo directivo, un consejo de propaganda y una comisión de enseñanza.

Las principales aspiraciones de la Federación comprendían: mantenimiento de las bases que por efecto de huelgas y convenciones recíprocas fueron aceptadas y firmadas por patronos y obreros; respeto del derecho de asociación; cumplimiento de la ley de descanso dominical; higienización de toda clase de trabajos; reducción de horas de trabajo en relación con el progreso mecánico; aumento proporcional de los salarios respecto a las necesidades de la vida. Se preconizaban a la vez los medios esenciales para ese mejoramiento, entre ellos, la instrucción y cultura de los trabajadores; la enseñanza racional y científica moderna para los niños, obligatoria e indemnizada en las familias obreras necesitadas; exclusión del trabajo a los menores de edad. Se recomienda el ejercicio gradual de la solidaridad y se aspira como fin de las aspiraciones económicas a la emancipación total de los trabajadores.

La Federación barcelonesa fue creciendo y extendiendo su ejemplo por toda Cataluña y luego por el resto de España, hasta convertirse en la Confederación Nacional del Trabajo. El 19 de Octubre de 1907, el semanario Solidaridad Obrera publica su primer número, contando en sus orígenes con las mejores plumas del movimiento social: Anselmo Lorenzo, Ricardo Mella, José Prat y A. Loredo, entre otros.

Simultáneamente, un núcleo de militantes agrupados en la sociedad obrera «La Unión», de Fregenal de la Sierra, lanzó la iniciativa de constituir una Federación obrera que abarcase a todos los trabajadores extremeños. La idea cristalizó, convocando un congreso de las sociedades existentes en Extremadura, fijando la fecha del mismo para los días 21 al 24 de noviembre de 1907, en Mérida. El entusiasmo y voluntad de los organizadores queda reflejado en el texto de su convocatoria, al advertir: «Rogamos a los compañeros nos dispensen los errores en que hayamos incurrido, pues es la primera vez que organizamos actos de esta índole; pero entendemos que con buena intención todo se arreglará; ya que si nosotros no hemos previsto todo lo que concierne al caso, cuando nos reunamos podremos hacerlo…». En esa conferencia estuvieron representadas 16 sociedades, publicándose un manifiesto que recogía las principales bases adoptadas en la reunión, fundamentadas en la desaparición de las condiciones de explotación del obrero, de la solidaridad entre todas las sociedades federadas, la creación de escuelas para los hijos de los obreros asociados, la supresión de los destajos para garantizar un puesto de trabajo a la mayor parte de obreros y la creación de un periódico denominado La Federación órgano de las sociedades obreras extremeñas y defensor de la clase trabajadora.

Anselmo Lorenzo

Anselmo Lorenzo

Una de las manifestaciones del resurgimiento de la organización obrera fue la reagrupación de las Federaciones nacionales de oficios. El 20 de octubre de 1907 los dependientes mercantiles celebran una reunión de las sociedades de Dependientes de Cataluña. Al año siguiente un nuevo congreso reúne a 26 delegaciones de la Federación de Dependientes de España. La Federación Vidriera, en abril de 1907, también se reunió en Congreso nacional, adoptando importantes decisiones: suprimir el trabajo a destajo y poder cobrar puntualmente por semana, conseguir la jornada de ocho horas y la creación de jurados mixtos compuestos de patronos y obreros vidrieros exclusivamente. Los toneleros no tardaron en impulsar su Federación nacional, para hacer frente al abuso y explotación de que eran objeto por parte de los grandes cosecheros que llegaron a pagar 3,75 pesetas. por un bocoy de 700 litros, apoyados en la desorganización de los trabajadores.

El incremento de la Solidaridad Obrera permitió la celebración en Badalona de una jornada memorable, el 25 de marzo de 1908, con la celebración de un mitin en el Teatro Cervantes, en el que intervinieron representantes de distintas Federaciones. Por la tarde, una asamblea regional reunió a 57 sociedades integrantes de Solidaridad Obrera y 75 delegados de sociedades obreras de la provincia de Barcelona.

Este crecimiento hizo necesaria la multiplicación de actos de propaganda, mítines, conferencias, reuniones, para cohesionar el esfuerzo aislado de sociedades que debían enfrentarse cada día a nuevos problemas, que en algunos casos fueron causa de huelgas de protesta y solidaridad.

Cumpliendo los acuerdos de la asamblea de Badalona el consejo de la Solidaridad Obrera de Barcelona convocó un congreso obrero de Cataluña, los días 6, 7 y 8 de setiembre de 1908, que fue acogido con general interés. Un amplio orden del día recogía aspectos tan importantes como la táctica de lucha a seguir, la necesidad de un órgano de prensa, la manera de practicar la solidaridad con los perseguidos por motivos sociales, la urgente consecución de la jornada de ocho horas, la construcción de un local social de las sociedades obreras de Barcelona, la conveniencia de un salario mínimo para todos los obreros, la limitación en los precios del alquiler de viviendas para obreros, la igualdad de salarios para el trabajo de la mujer y el hombre, la creación de establecimientos por cuenta de la Solidaridad Obrera, combatir el parasitismo social, etc.

Asistieron a este congreso constitutivo de la Solidaridad Obrera Regional, 130 delegados representando a 109 sociedades y varias Federaciones locales. Los 18 puntos del orden del día se agruparon en cuatro ponencias y se adoptaron importantes acuerdos sin énfasis doctrinarios, atentos a las exigencias de la lucha cotidiana, manteniendo en líneas generales la posición tradicional, autónoma de los partidos políticos y antiautoritaria. Habiéndose manifestado en el congreso tres tendencias, se aceptó la propuesta de que un el acto de clausura interviniese un representante de cada una de ellas. Así, Fabra Rivas, de tendencia socialista, se felicitó de la labor del congreso, manifestando que era hora de reconcentrar todas las fuerzas obreras frente a la burguesía, abogando por que las diferencias entre los trabajadores desapareciesen, como el congreso lo había demostrado. Anglés, de tendencia republicana radical, se mostró satisfecho del ambiente y conclusiones del congreso y deseó larga vida a la organización allí creada. Rodríguez Romero. anarquista, afirmó que la misión del congreso ha sido de naturaleza económica. Inspirada en las actividades sindicales de los compañeros que forman la Confederación General del Trabaja de Francia.

Miguel V. Moreno, que presidía, concluyó: «en este congreso se han manifestado diferentes criterios, pero una estimable tolerancia ha conseguido que cada cual expusiera su tesis dentro de la mayor cordialidad. El ideal sindicalista es la base de la Solidaridad Obrera y todos cuantos han intervenido en el congreso han aceptado este principio. Contra la trilogía: Capital, Estado y Religión, base de todo privilegio, oponemos la emancipación de los trabajadores».

Se leyó una carta de Anselmo Lorenzo, en su calidad de delegado al Primer Congreso Obrero Español, celebrado en Barcelona, en 1870, saludando al congreso de Solidaridad Obrera. Recomendaba tener en cuenta los principios básicos de la Internacional, como normas de conducta: «La emancipación de los trabajadores ha de ser obra propia; rechazo del privilegio, incluso si beneficiase a los trabajadores; la solución del problema social no puede ser local ni nacional, sino internacional».

Forzoso será hacer un gran salto y dejar atrás capítulos tan significativos y dramáticos como la Semana Trágica, a la que ya nos hemos referido anteriormente y al proceso y fusilamiento de Francisco Ferrer, de tan honda repercusión internacional, para llegar al congreso de octubre-noviembre de 1910, en el que la Solidaridad Obrera Regional de Cataluña se convierte en Confederación Nacional del Trabajo. El día 30 de octubre se inició el congreso en el salón de Bellas Artes, siendo presidido por José Negre, secretario de la Solidaridad Obrera. Los temas presentados se distribuyen en cinco ponencias. La primera, que planteaba la necesidad de que la Solidaridad Obrera pase a ser una Confederación Nacional, suscitó encontradas opiniones, siendo aprobada por 84 votos, 14 en contra y 3 abstenciones.

La segunda ponencia sobre la necesidad de publicar un periódico diario que sea verdadero defensor de la clase trabajadora, se aplazó para un nuevo congreso; mientras el consejo directivo de la Federación preparase un estudio de las posibilidades y medios para alcanzar esa aspiración. También fueron examinados otros aspectos de la propaganda.

El tercer dictamen se ocupaba del sindicalismo como medio o como fin de la emancipación obrera, y aun cuando hubo disparidad de criterios, se aprobó una declaración que, entre otras cosas, decía: «Constituyendo el sindicalismo la asociación de la clase obrera, para contrarrestar la prepotencia de las clases poderosas, no debe considerársele como una finalidad, como un ideal, sino como un medio de lucha, recabando todas aquellas ventajas que permitan a la clase trabajadora intensificar esta lucha, hasta que el sindicalismo se considere bastante fuerte y capacitado para llevar a cabo la expropiación de los privilegios que arbitrariamente detenta la burguesía y responsabilizarse de la consiguiente dirección de la producción».

Un extenso documento analizó el alcance de la afirmación de que «la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos», en el que la pasión y el entusiasmo rivalizaron constantemente para concluir reconociendo que «los sindicatos que integran la Federación nacional solo pueden estar constituidos por los obreros que conquisten su jornal en las empresas o industrias que explote la burguesía o el Estado».

Se adoptaron conclusiones respecto al abaratamiento de los alquileres de las viviendas, la realización de una intensa campaña para el establecimiento general de la jornada de ocho horas, analizándose la propuesta de un jornal mínimo que se estimó resultaría incapaz de cubrir nuestras necesidades casi antes de establecerlo, la intensificación de la propaganda entre los agricultores y el estudio del problema del trabajo de la mujer en la fábrica. Especial atención reclamó la declaración sobre el uso de la huelga, que debe ser esencialmente revolucionaria, aun cuando deba usarse con inteligencia para que no produzca resultados contrarios a los perseguidos. Una huelga general no debe declararse para alcanzar un poco más de jornal o una disminución en la jornada, sino para lograr una transformación total en el modo de producir y distribuir los productos. Como complemento de esta afirmación se estimó imprescindible desarrollar el espíritu solidario para practicarlo en todos aquellos casos en que se estime necesario, sin limitaciones sectoriales, locales o internacionales.

El congreso concluyó, y al publicar las actas del mismo, Solidaridad Obrera de Barcelona, apostillaba: «Ni una voz ha desentonado en este conjunto armónico de la clase obrera; expusieron unos sus teorías evolucionistas; pintaron otros las ventajas de la acción directa y una y otra escuela, la revolucionaria y la pacifista, fueron escuchadas con respeto y consideración».

Un año después, del 8 al 10 de septiembre de 1911, se reunió en el mismo lugar que el anterior, el Primer Congreso de la CNT. Más de 30.000 afiliados de toda España estuvieron representados. Las crecientes huelgas que se extendían por distintas regiones, fueron examinadas atentamente, acordándose declarar una huelga general revolucionaria para apoyar los conflictos existentes. Eso dio lugar a una serie de violencias, como los sucesos de Zaragoza y Cullera que se saldaron con muertos, detenciones y procesamientos, desencadenando una intensa represión, clausurando centros obreros, suspendiendo publicaciones, y retrasando la regularización de la CNT que todavía no había visto aprobada legalmente su constitución.

Una huelga general del ramo Textil que afectó a cerca de 100.000 trabajadores, provocó numerosas detenciones, que no impidieron que se consiguiesen importantes mejoras y el establecimiento de la semana inglesa en el ramo Textil y Fabril para toda España.

Apenas logrado el reconocimiento legal, la CNT se enfrenta a la situación derivada de la Primera Guerra Mundial, en 1914, creando en su propio seno una divergencia a causa de la actitud de condena a la guerra de un considerable grupo y de otro importante núcleo de militantes que acusaba a Alemania como causante de la guerra. Esa divergencia –que más tarde derivaría a otros enfrentamientos internos– condujo a la convocatoria en el Ferrol de un congreso para fijar la actitud de la CNT ante la guerra, que fue prohibido por el gobierno Dato, y que se desarrolló clandestinamente, con algunas detenciones y expulsiones de delegados extranjeros. En esta tensión, se adoptó el acuerdo de realizar una huelga internacional de todos los trabajadores contra la guerra, nombrar un comité permanente del congreso internacional por la paz, y distribuir al menos cada quince días, en las trincheras y campos de batalla, propaganda revolucionaria, redactada en los diferentes idiomas de las naciones beligerantes. A tal fin, se acordó ir a la creación de la Internacional Obrera.

Al margen de esta actitud humanista y revolucionaria, la guerra significó para la economía española un desarrollo espectacular, principalmente en la minería y siderurgia, así como en la industria textil que quintuplicó su producción, obteniendo escandalosos beneficios que contrastaban con la miseria generalizada del país. Esa situación crea un compás expectante en las reivindicaciones obreras, reducidas a la protesta de los que quedaban sin el pan cotidiano. En ese tiempo, la Confederación experimenta un importante avance y son innumerables los órganos de prensa que aparecen en toda la geografía peninsular. Simultáneamente, se produce un encarecimiento de la vida que provoca huelgas de protesta en los años 1916 y 1917, organizadas conjuntamente por la UGT y la CNT, lo que llevaría más tarde a la firma de un pacto de solidaridad, que se rompió antes de ser puesto en práctica. En 1918, se celebra en Sants, un congreso regional de la CNT, de gran resonancia y tras el final de la guerra, en 1919, se produce la huelga de La Canadiense, que establece la primacía de la CNT en Cataluña, cuyo crecimiento provoca una acción solapada del gran capital que preparará desde entonces, la batalla de exterminio del obrerismo confederal, con la eliminación física por mercenarios protegidos por una descarada impunidad gubernativa, de los hombres más significados del sindicalismo revolucionario.

Se ha escrito mucho sobre este período siniestro de la vida española, y la brevedad con que queremos llegar al final de este resumen nos evita recordar el dolor de aquella barbarie incalificable.

En 1919, se celebra en Madrid, el segundo congreso de la CNT que examina detenidamente el preocupante giro de la Revolución rusa y adopta resoluciones sobre la necesaria y conveniente unidad obrera.

En 1922, la organización vuelve a funcionar legalmente, celebrando una Conferencia Nacional de Sindicatos en Zaragoza, hasta que en 1923 la dictadura de Primo de Rivera obliga a la actividad clandestina, que discurre por entre el complejo entramado de conspiraciones, complots y sublevaciones de signo político que configuran ese efervescente periodo de la vida político-social española. La «Dictablanda» de Berenguer y la sublevación de Jaca, en diciembre de 1930, con el resultado de las elecciones del 12 de Abril de 1931, en las que la CNT se abstuvo de hacer recomendaciones a sus afiliados, nos llevan al Congreso extraordinario de julio de 1931, que es ya historia reciente y conocida, lo que permite concluir aquí este apretado e incompleto resumen de la historia del movimiento obrero español que tendrá un amplio campo de experimentación en un posterior período del que también conservamos recuerdos imperecederos.

Publicado en Polémica, n.º 4-5, junio 1982

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