Un retrato apresurado de Peiró

Ramón J. SENDER

Peiró

Peiró

Lo que yo vi en Peiró antes que nada fue la dimensión mejor de su falta de persona (de máscara).

Yo tendría entonces veintiocho años y Peiró diez más: treinta y ocho. Carbó parecía algo más viejo. Todos los del Grupo estaban tan seguros de sí y tan convencidos de tener razón que hacían adeptos con su sola presencia. Peiró era físicamente un hombre de mediana edad, afeitado, con la curva del vientre un poco acusada –sin ser gordo–, fácil a la broma y a la amigable confianza, aunque con un sentido de la responsabilidad siempre presente.

Debía de hacer amigos en todas partes y ocasiones. Su falta de afectación y su espontaneidad eran tan patentes que yo recuerdo haberle oído argumentar desde la presidencia del Congreso, en el centro del escenario:

—Pero ¡coño! ¿No comprendéis mis argumentos? ¡No pueden estar más claros!

En la mesa de la prensa burguesa, los periodistas se miraban y sonreían, irónicos. Aquella exclamación tan natural entre españoles les parecía una falta de decoro público lamentable. Un fallo de la persona-máscara. Y tenían razón a su manera.

Pero, coño, el animal de Dios se expresa por sus genes y no por sus neuronas. Y ustedes perdonen si esto suena un poco pedante.

Así como Peiró era el más vulgar de los excepcionales o el más excepcional de los vulgares, Buenaventura Durruti era el más sensacionalmente intrigante y temible de los inocentes. No es broma. La mayor parte de la gente que lo trató creía que Durruti era un ser misterioso y feroz. Una especie de Drácula de media noche que asustaba a los párvulos y a los viejos insomnes. Era lo contrario. Lo más curioso es que la vida, el destino, la providencia o lo que sea, acaba por poner la verdad sobre el tapete a lo largo de la vida.

Por la misma razón, o sin razón aparente, los hombres que consideramos intrascendentes, es decir, activos y omnipresentes sin verdadera sustancia suelen ser y son al final los que mejor han justificado su existencia y los que han tenido una vida más trascendental en todos los sentidos. El primero de estos tres arquetipos fue Juan Peiró. El segundo Durruti, como hemos dicho, y el tercero Cipriano Mera, de quien tenía miedo el gigantesco y pugnacísimo Hemingway. Quien por cierto se salva en la memoria de los que fuimos sus amigos precisamente por su inocencia casi infantil, por la cual seguimos queriéndolo a pesar de todo lo que Hemingway hacía para dificultar esa amistad y ese cariño.

Y es que la máscara no llega nunca a ocultar la hombría y es a esta última a la que nos referimos en los momentos cruciales. Gracias a eso podemos tolerar y disculpar la mayor parte de los vicios personalistas de la gente que tratamos. Y ellos perdonan tal vez los nuestros.

Con excepción de los idiotas que confunden su máscara con su hombría y nunca saben a qué atenerse. Son más numerosos de lo que se puede o se suele imaginar.

Lo más curioso es que ninguno de los tres tenía el menor interés en hacerse una «figura» de revolucionario. Eran lo que eran sin poder remediarlo y sin tratar de evitarlo. Ah, y sin vanagloria, por más que algunos crean lo contrario.

Los tres eran gente ibérica, celtibérica o euskera por sus nombres. Durruti, con su erre doble, tenía antecedentes vascos. Peiró, provenzales catalanes; y Mera íbero-castellanos, lo mismo por su apellido que por su patronímico egipcio-helénico.

Entre la gente revolucionaria o seudo tal, española, abundan por una rara casualidad los nombres de origen etrusco, acabados en in, con pretensiones de pureza marxista. He aquí algunos a quienes conocí personalmente: Claudín, Sendín, Nin, Balbontín, Maurín, Bergamín, un Laín a quien no conocí, otros no marxistas que fueron mis amigos como Escartín, Acín, Palacín, Zubiarrain (éste vasco-etrusco, rara combinación). Podría citar algunos más .

Pero volviendo a Peiró, mis relaciones con él fueron de una intimidad espontánea y sin máscara sobre la base de coincidencias de opinión. Yo era entonces en Madrid redactor de La Soli y agente de la CNT. Más de una huelga general se hizo en Cataluña por haber transmitido yo de madrugada por un teléfono neutro (sin dueño registrado) el acuerdo de los huelguistas madrileños que necesitaban ayuda. Yo estaba en el sindicato de Oficios Varios de la CNT. En el mismo sindicato estaba Cipriano Mera aunque él, al inscribirse, había dicho: «Soy campesino». y luego corrigió honestamente: «Es decir, más bien cazador furtivo». En aquel sindicato estaban los demás colegas míos del Grupo Espartaco: Pascual Lorén, héroe y mártir mucho antes de comenzar la guerra civil; Francisco Galán, después del fusilamiento de su hermano Fermín, en Huesca; Melchor Rodríguez, un dominguillo que se pasó al enemigo y fue secretario de Juan Negrín –otro nombre con las dos letras finales etruscas–, un rubiáceo, Juan Roldán, no el de Roncesvalles pero igualmente legendario y Senderos –mi plural–, que murió durante la guerra y dio lugar a que lo confundieran conmigo. Por cierto que los turiferarios del general Paquete decían en sus periódicos, cuando dieron la noticia creyendo que ese Senderos era yo: «No dirán ahora los ingleses que no tiramos sobre objetivos militares». Yo me sentía feliz viendo que me consideraban objetivo militar. Mi vida estaba justificada desde el momento en que los amigos de Paquete –los héroes del Riff– querían matarme.

Como se ve, no lo hicieron. Pero yo soy el único superviviente del grupo y no me envanezco sino que en mi «soledad de altura» (la altura de mi vejez) me aburro un poco. Así y todo la vida sigue siendo maravillosa con sus altibajos y sin dejar de ser yo, según creo –todavía–, objetivo militar. Aunque totalmente pasivo.

Ojalá continúe siéndolo y ustedes que lo vean. Aunque ahora –es verdad todo el mundo es igualmente objetivable en el terreno bélico, por desgracia o tal vez por fortuna. Quien sabe. La muerte no es siempre una desgracia.

Eso creía también Peiró a juzgar por lo que sucedió más tarde.

En el año 1938, los comunistas quisieron acabar con el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) y con los libertarios que simpatizábamos con esa tendencia aunque sólo fuera porque éramos enemigos de Moscú. Pero sucedía algo de veras lamentablemente raro. El presidente de ese partido y gran amigo mío, Joaquín Maurín, estaba en el lado de los llamados «nacionales». Había sido arrestado, juzgado sumarísimamente y condenado a muerte, pero no ejecutado. Seguía esperando la escuadra de los fusileros. Así estuvo más de diez años. Se salvó de milagro. Pero hay milagros entre los etruscos y también entre los íberos ilergetes. Sus partidarios del POUM lo consideraban muerto y hacían sus propagandas sobre esa base y llamando a la venganza. Más tarde, cuando apareció vivo, se lamentaban y repetían muy convencidos: «Tendríamos que matarlo nosotros, ahora». Extravagante lógica, pero así suele ser en el mundo político.

Ni Peiró ni yo nos sentíamos en ese mundo. Y nuestra lógica era muy diferente. No solíamos hablar de ella. Es decir, en una ocasión y estando yo con García Oliver comentando el hecho de que Peiró se negaba a formar parte del Gobierno de Negrín, se presentó nuestro amigo cristalero y más tarde nos quedamos él y yo solos en la redacción de la Soli.

—Me siento —le dije— en una situación igualmente ridícula con los moscovitas, con los del POUM y también con vosotros.

—Es natural —me dijo él, pensativo.

Creí que lo decía en broma, o tal vez para molestarme, porque yo había hablado y escrito recientemente sobre la ineficacia de las unidades de la CNT en el campo. Pero mi amigo hablaba en serio. Y viendo que yo esperaba alguna aclaración, añadió:

—Es el malentendido más general y el menos aceptado por la gente. Todo el mundo está alguna vez en ridículo, pero gozamos de este ridículo y disimulamos nuestro gozo.

Aquello me intrigó de veras porque no estaba acostumbrado a escuchar cosas como ésas en hombres como Peiró. Y recordando a Maurín me decía que siendo también un gran organizador, honesto y valiente, se encontraba con frecuencia en situaciones ridículas que no parecían depender de él y no las soslayaba sino que se entregaba a ellas y salía más tarde indemne y victorioso y feliz.

Algo parecido, aunque mucho más grave y convincente, iba a sucederle a Peiró. Pero, como digo, antes de haberlo observado en ellos dos, yo lo había sentido muchas veces en mí mismo, sin llegar a formularlo.

Todos los hombres estamos a veces en ridículo, sin saberlo.

Mas tarde comprendí que en el fondo era el problema de la adaptación o inadaptación –la síntesis positiva, en suma– entre la persona y el hombre. Unos se dan cuenta y otros, no.

El político, por ejemplo, no se da cuenta nunca. Y hace adeptos fácilmente porque a los otros –al hombre masa– les resulta cómodo sacudirse el problema y transferirlo al jefe de un partido, que es quien digerirá si puede todo el ridículo de sus seguidores, que ya es digerir.

Pero tal como lo decía Peiró resultaba de una claridad y diafanidad sorprendentes. Relacionaba yo sin darme cuenta la transparencia de las ideas de Peiró con sus tareas de artesano cristalero en Manresa. Y, aunque no se lo dije nunca, lo admiraba y lo envidiaba.

Todo el mundo tiene miedo al ridículo y lo evita y si no logra evitarlo se suicida a veces (lo que es igualmente ridículo por redundancia, ya que la muerte la tenemos viva desde el día que nacemos). Peiró tenía una mente de cristal y dando como daba por obvios la mayor parte de los problemas y sus soluciones o su falta de ellas desdeñaba plantearlos en público. Suponía que todos éramos como él. Había en esa convicción una gran generosidad. Yo creo ser justo y exacto en mis reacciones temperamentales, aunque no en mi conciencia lógica. Quiero decir que percibo las cosas más secretas, pero no formulo fácilmente esa percepción.

En cambio, Peiró tenía la cristalización siempre a punto aunque no la decía si no le obligaban. No la decía porque no comprendía que necesitáramos escucharle. Nos creía tan perceptivos y expresivos como él y en eso era en lo único que se equivocaba.

Era admirable Juan Peiró y sigue siendo en las imágenes reminiscentes de su vida y de su muerte. Había en sus maneras simples y veraces un sentido honesto clarividente no sólo de las realidades presentes sino futuras. Fue él quien escribió el manifiesto que a finales de julio de 1936 publicaran juntas las dos centrales sindicales UGT y CNT, en el cual se decía: «El triunfo de los rebeldes representaría un retraso de cincuenta años en la vida de nuestra España».

Nuestra España. Sin embargo, España, la España triunfadora (que no era realmente España) nunca consideró suyo a Peiró, quien supo morir por ella dándonos un ejemplo más de generosidad.

Porque antes de fusilarlo le ofrecieron los fascistas la jefatura de los sindicatos «verticales». No hay que olvidar que los fascistas, imitando a los nazis (nacionalsocialistas), se llamaban a sí mismos nacionalsindicalistas. Antes de fusilarlo le ofrecieron a Peiró esa jefatura, con las ventajas inherentes: vivienda de lujo, escolta armada, honorarios pingü̈es, trato de igualdad con los jerarcas. Después de hacer presentes estas ventajas, los fascistas añadían:

—Si no acepta lo ejecutaremos aquí mismo.

Peiró callaba y cuando sus esbirros le preguntaron por qué no contestaba, les dijo:

—No es necesario. Ustedes saben que no aceptaré nunca y la pregunta en sí misma es del todo absurda.

—Lo mataremos, entonces.

—Ya lo sé. Lo sabía desde que los alemanes nazis me arrestaron en Francia .

Y hablaba Peiró con una tranquilidad natural y sin afectación de valentía ni heroísmo. Porque el heroísmo y la valentía se califican ellos mismos. Y Peiró fue asesinado.

Del Álbum de radiografías secretas, Ramón J. Sender

Publicado en Polémica, n.º 52-53, mayo 1993

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