Bakunin y la Primera Internacional

Ángel J. CAPPELLETTI

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La idea de fundar una asociación que agrupara a todos los trabajadores del mundo, por encima de cualquier diferencia de nacionalidad, lengua, raza, cultura o religión, parece que se le ocurrió por vez primera en 1843 a Flora Tristán, singular escritora francoperuana descendiente de un virrey –y, según ella, también de un emperador incaico– y abuela de Gauguin.

Joseph Déjacque, autor de la primera utopía anarcocomunista, L’Humanisphere, publica en 1855, en colaboración con Coeurderoy y otros, la declaración de principios de una asociación internacional que, según dice Max Netlau en su obra Bakunin y la Internacional en Italia, proclama ya la negación absoluta de toda autoridad y de todo privilegio, lo cual equivale a decir, la exigencia ideal de una sociedad sin clases y sin Estado.

«Todos estos ensayos, empero, fracasaron. Las condiciones sociales y ambientales, la disparidad de criterios sin más punto de coincidencia que el instrumento –una organización internacional–, las dificultades de desplazamiento existente hace más de un siglo, eran obstáculos difíciles de vencer», dice Víctor García (La Internacional obrera, Madrid, 1977, p. 24).

Con motivo de la Exposición Universal un grupo de obreros franceses se dirije a Londres, donde entra en contacto con los miembros de las Trade-Unions inglesas. En septiembre de 1864 vuelven a reunirse en el Saint Martin’s Hall, junto con delegados italianos, alemanes y de otros países. Los preside Edward Beesley, bondadosa y encantadora figura, entonces profesor de historia antigua de la Universidad de Londres , hombre radical y positivista (lsaiah Bertin, Karl Marx, Madrid, 1973, p. 220). En esta reunión eran socialistas-reformistas los tradeunionistas ingleses; mazzinianos y garibaldinos, los italianos; social-demócratas y marxistas, los alemanes; proudhonianos, los franceses. Estos últimos (Tolain, Perrachon, Limousin) imprimieron su entusiasmo proletario a la reunión y proveyeron también el programa de su propia organización como base de la organización internacional que se estaba fundando. Aunque los anarquistas no eran la mayoría en este momento fundacional, ellos supieron dotar a la Asociación de su espíritu, y así la Internacional fue, desde el principio, y pese a la mayoría de sus moderados dirigentes, anarquista.

Es claro que, como lo advierte Nettlau, aquellos proudhonianos que concurrieron a la fundación de la Asociación Internacional no dejaban de ser moderados (puede decirse que formaban parte de la derecha proudhoniana), y es claro también que Marx desempeñó un papel cada vez más importante en el seno de la misma, como no deja de reconocerlos con su habitual nobleza, el propio Bakunin, al decir: «Dejando de lado todas las villanías que ha vomitado [Marx] contra nosotros, no podríamos por nuestra parte desconocer, por lo menos yo, los grandes servicios que ha rendido a la causa socialista desde hace veinticinco años aproximadamente. Indudablemente nos ha dejado a todos bien lejos detrás suyo. Es, además, uno de los primeros organizadores, si no el iniciador, de la Sociedad Internacional. Bajo mi punto de vista es un mérito enorme que yo reconoceré siempre, sea cual sea su actitud hacia nosotros» (Michel Dragomanov, Correspondance de Michel Bakounirre, Paris, 1896, p. 288, cit. por Victor García).

Pero, una vez hecho el balance de los sucesivos congresos de la Internacional, se verá que en definitiva éste es favorable a los anarquistas (proudhonianos + bakuninistas + independientes antiautoritarios).

El primero de ellos se reunió en Ginebra, desde el 3 hasta el 6 de septiembre de 1866. En este Congreso, la principal discusión se planteó en torno a la condición de trabajador manual que debían tener los delegados: los franceses sostenían la necesidad de que así fuera; los ingleses en cambio, querían ampliar el concepto de trabajador a los intelectuales, y admitirlos, por tanto, como delegados en los próximos congresos de la Asociación. Predominó la primera tesis, ya que los franceses eran, junto con los suizos, mayoría absoluta. Ahora bien, los franceses eran en su mayoría proudhonianos, ya de derecha (Tolain), ya de izquierda (Varlin), y entre los suizos muchos también lo eran.

El segundo congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores se reunió también en Suiza, pero esta vez en Lausana, el 2 de septiembre de 1867. También aquí predominaron los delegados suizos y franceses y, en consecuencia, los proudhonianos.

El tercer congreso tuvo lugar en Bruselas entre el 6 y el 13 de septiembre de 1868. Es en este momento en que Bakunin empieza a formar parte de la Asociación y a intervenir directamente en su marcha. «Los proudhonianos, como esperaba Marx, iban a ser vencidos, pero no en su favor sino en favor de otra corriente, también anarquista, de la que Bakunin pasaría a ser la figura más descollante», dice Víctor García (op. cit. p. 67). En realidad, este tercer congreso debe ser considerado, desde el punto de vista del predominio ideológico, como de transición entre el mutualismo proudhoniano y el colectivismo bakuninista. Hay que recordar que, como dice Guillaume, «desde julio de 1868 Bakunin se hizo admitir como miembro en la sección de Ginebra».

El cuarto congreso de la Internacional tuvo lugar en Basilea, a partir del 6 de septiembre de 1869. La delegación numéricamente más fuerte era la francesa, seguida de cerca por la suiza. En las diversas discusiones y particularmente en la que se desarrolló en torno a la propiedad de la tierra, los proudhonianos salieron derrotados, pero los marxistas también. La corriente predominante era ahora la colectivista bakuninista.

La guerra franco-prusiana hizo imposible la reunión del quinto congreso durante los años 1870 y 1871. Recién el 2 de septiembre de 1872 logró inaugurarse en la ciudad holandesa de la Haya.

Se trata de una reunión decisiva en la historia de la Internacional, ya que aquí se consumará el cisma entre marxistas y bakuninistas, entre autoritarios y antiautoritarios, entre centralistas y federalistas. Las maniobras de Marx y el juego poco limpio del Consejo general de Londres dirigido por aquel, hicieron que los italianos se abstuvieran de enviar delegados, que los representantes de Suiza y de España, dos países con gran número de afiliados, se redujeran a cinco cada uno y que, en cambio, el mismo Consejo General tuviera 20 delegados, y Alemania, único país donde dominaban los marxistas, 9. Así, después de haber conseguido que se rechazara una justa y razonable propuesta de la delegación española (de evidente mayoría bakuninista), Marx y sus aliados obtuvieron por vez primera el predominio en un congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores. Ese amañado predominio significó la destrucción de la misma. El congreso resolvió ampliar los poderes del Consejo General, atribuyéndole la función de «vigilar que en cada país se apliquen estrictamente los principios, estatutos y reglamentos», y el derecho de «suspender ramas, secciones, consejos o comités federales y federaciones de la internacional hasta el próximo congreso». Además consagró la gran aspiración de Marx y Engels, que era la organización del proletariado de cada país en un partido político, señalando a las clases obreras como un primer deber, la conquista del poder gubernamental.

Dice Víctor García: «Después de ocho años de continuas maniobras Marx lograba al fin ver convertida la Asociación Internacional de Trabajadores en una herramienta para la conquista del poder. En realidad, con semejante acuerdo, totalmente incompatible con el espíritu de los que fundaron la Internacional en el Saint Martin’s Hall en 1864, lo que se hacía era asestar el golpe de gracia a lo que había sido la mayor promesa del proletariado de todos los tiempos» (op. cit. p. 98). El ataque de Marx «remató con la separación de Bakunin y sus secuaces de las filas de la Internacional», como dice I. Berlin (Karl Marx, p. 231). Pero también con el fin de la Internacional.

Al lograr que la sede del Congreso General fuera trasladada al otro lado del océano, a Nueva York, Marx consiguió finalmente una victoria pírrica: se impuso a Bakunin al precio de destruir la Internacional. De hecho, los acontecimientos inmediatos y la historia fallaron a favor de Bakunin. Tiene razón Cole cuando señala «que el gran debate entre Marx y Bakunin en el Congreso de La Haya terminó, pese a las decisiones tomadas en La Haya, mucho más a favor de Bakunin que de Marx» (cit. por Víctor García).

Por otra parte, las turbias maniobras de los marxistas provocaron una reagrupación de todos los antiautoritarios y sirvieron para crear en ellos una conciencia más clara de sus propias decisiones doctrinarias y de su identidad libertaria dentro del movimiento proletario y del socialismo.

Bakunin, que no había podido concurrir personalmente al Congreso de la Haya, constituyó el polo positivo de los nuevos congresos que los internacionalistas antiautoritarios convocaron enseguida.

El primero de ellos tuvo lugar en Saint Imier, pocos días después de clausurado el de La Haya; allí los delegados españoles, sumados a los italianos, los franceses, los rusos y hasta algunos norteamericanos resolvieron repudiar las conclusiones de este último congreso y, con auténtico espíritu bakuninista y antimarxista, declararon, ante todo, «que la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado» y luego, más todavía, «que toda organización de un poder político pretendido provisional y revolucionario para traer esta destrucción no puede ser más que un engaño y sería tan peligroso para el proletariado como todos los gobiernos que existen hoy».

Este congreso debe ser considerado, a pesar de que en general los historiadores no lo hacen así, como el sexto de la Internacional.

El siguiente, el séptimo, tuvo lugar en Ginebra, en 1873, y aquí la influencia ideológica de Bakunin es tan clara como en el anterior.

Cuando su triunfo estaba consolidado, éste, sin embargo, por motivos de salud, decide renunciar a la Internacional y retirarse de la vida pública. Profundamente desalentado por la reacción antiproletaria, en Francia, en Alemania, y en casi toda Europa, cree que la revolución y el socialismo se han alejado indefinidamente en el horizonte del tiempo.

Sin embargo, sus seguidores no están desalentados ni mucho menos. Siempre a la sombra de Bakunin, se reúne el octavo congreso de la Internacional (el séptimo para la mayoría de los historiadores) en Bruselas, desde el 7 hasta el 13 de septiembre de 1874. En este congreso, sin embargo, vuelve a surgir, a propósito de la organización de los servicios públicos, el problema del papel del Estado en la futura sociedad socialista, y, contra los bakuninistas puros, que son sin duda mayoría, el delegado belga Cesar de Paepe propone una fórmula intermedia que supone que el Estado conserva algunas funciones pedagógicas y administrativas.

El noveno (u octavo) congreso tuvo lugar en Berna, entre el 26 y el 29 de octubre de 1876. Aquí el bakuninismo comienza a declinar ante el empuje socialdemócrata, aun sin dejar de contar con una influencia predominante.

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El décimo (noveno) y último congreso se realizó en Verviers, Bélgica, del 6 al 8 de septiembre de 1877. Y aquí el socialismo antiautoritario se impuso absolutamente en las discusiones y en las resoluciones. De los veinte delegados que concurrieron no puede decirse que haya habido uno sólo que, en mayor o menor medida, no pudiera llamarse bakuninista. Allí, estaban en efecto, Kropotkin, González Morago, James Guillaume, Paul Brousse, Andrea Costa, etc.

El Congreso resolvió, entre otras cosas, no establecer distinción alguna entre los partidos políticos llamados socialistas y los que no lo son: «todos estos partidos, sin distinción, forman, en su concepto, una masa reaccionaria, y cree su deber combatirlos a todos».

Más todavía, el Congreso «espera que los obreros que marchen en las filas de esos diversos partidos, aleccionados por la experiencia y la propaganda revolucionaria, abrirán los ojos y abandonarán la vía política, para adoptar la del socialismo revolucionario. Como dice M. Nettlau, «esta victoria llevó directamente a la consolidación espiritual de todos los elementos revolucionarios, amantes de la libertad».

Bakunin, como se ve, se impone hasta el último congreso de la Primera Internacional. Y a la Primera Internacional, como la única auténtica, se remiten todavía hoy los anarquistas.

Ilya Eremburg, en su discutido y muy discutible libro España, república de trabajadores, refiere una discusión habida en un pueblecito andaluz, en 1931, sobre la Internacional. Contra el veterinario, burgués socialista, un paupérrimo campesino asegura que él no cree sino en la Primera Internacional y que su maestro es Bakunin.

Publicado en Polémica, n.º 19, octubre 1985

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