Convergencia del saber científico y la pasión revolucionaria en Piotr Kropotkin

STEPNIAK

Piotr Kropotkin

Piotr Kropotkin

No es, como se cree en toda Europa, el jefe indiscutible del nihilismo. Ni siquiera tiene influencia en el movimiento revolucionario ruso; y no es un literato conocido en su tierra, pues escribe siempre en lengua francesa. En Rusia no se le conoce más que de nombre. Este hecho, que parecerá extraño a mis lectores, es la natural consecuencia de otro: Kropotkin es un emigrado, y ninguno de los emigrados políticos que residen en diversas ciudades de Europa, juntos o separados, tiene la menor influencia en el movimiento revolucionario de su país.

Esto parecerá increíble, y no obstante, si bien se mira, todo hombre de criterio reconocerá la absoluta verdad de mis afirmaciones. Sólo deben tenerse en cuenta dos cosas: el carácter general del movimiento ruso y la distancia entre Rusia y los países donde pueden vivir los emigrados: Suiza, Francia, Italia, Inglaterra, pues nadie se puede fiar de Prusia ni de Austria. Citaré un solo hecho: para cambiar una carta, concediendo algunos días para la respuesta, se cuentan desde Suiza, que es el país más próximo, unas dos semanas. Ahora bien; una orden, suponiendo que deba darse, y hasta un consejo, llegaría a San Petersburgo dos semanas o al menos diez días después de pedida. Y en Rusia la guerra no se hace en el dominio del pensamiento, como cinco años atrás. Es una lucha a mano armada, en la que cualquier disposición debe tomarse a la vista del enemigo. Supongamos que se prepara un atentado contra el emperador; la menor variación del horario, de la vía que sigue: de las medidas que toma para su seguridad, obligarán a modificar inmediatamente el plan de ataque.

¿Qué órdenes se pueden dar desde Londres, desde París o Suiza? ¿Quién será tan neciamente presuntuoso que se juzgue en situación de transmitirlas? Imaginemos por un momento que un general en jefe quisiera dirigir una guerra en Turquía sin moverse de San Petersburgo. ¿Qué dirían de él los hombres juiciosos? Y aquel general tendría al menos la gran ventaja de poseer el telégrafo, mientras que nosotros tenemos sólo el lento y penoso correo.

Si para el emigrado es tan imposible no sólo dirigir la lucha, sino hasta dar un consejo, ¿por qué razón se ha de comunicar a los emigrados lo que se prepara en Rusia? ¿Para exponerse a que la carta caiga en manos de la policía? ¿Para aumentar los riesgos de una lucha titánica que ya los tiene innumerables?

Y he aquí otro hecho que es consecuencia del precedente: los emigrados, aun los pertenecientes al grupo encargado de la lucha activa, ni siquiera saben lo que se prepara en Rusia. De vez en cuando, por pura deferencia, reciben algún vago aviso, sin conocer jamás el lugar determinado ni la fecha o el modo de ejecución del proyecto. ¿Por qué anunciar tales cosas, ni aun al más amigo, a fin de satisfacer su curiosidad? Sería un delito, una vergü̈enza, un acto reprobable, y todo hombre serio sería el primero en reprochar a su amigo acción tan indiscreta. Y por eso, actos tales como la muerte de Alejandro II y la explosión en el Palacio de Invierno fueron para los refugiados sorpresa tan grande como para todo el mundo.

El valimiento político de los emigrados rusos en esta hora equivale a cero. El exterior no es más que un lugar de reposo, una isla a donde llegan todos los que tienen su barquilla rota o averiada por la borrasca. Hasta que no logren repararla y dirigirla al piélago nativo, los desterrados son pobres náufragos que tendrán todo el valor que e quiera, pero a quienes no queda más remedio que estar con las manos cruzadas y mirar con ojos envidiosos al país donde se lucha, se muere o se vence, mientras ellos parecen en inacción forzosa, extraños a todo en tierra extraña.

Kropotkin es uno de los más antiguos emigrados. Hace seis años que permanece en el extranjero, y, por lo mismo, en todo este tiempo no ha podido tomar parte en el movimiento revolucionario ruso. Esto no impide que sea una de las principales figuras de nuestro partido y que, por lo mismo, merezca ser citado.

Pertenece a la más antigua nobleza rusa. La familia del príncipe Kropotkin es una de las pocas que descienden en una línea recta de los viejos príncipes feudatarios de la casa real de Rurik. Por eso en el Círculo de los chiakovzi, al que pertenecía, decíase en tono chancero que tenía más derechos al trono de Rusia que el emperador Alejandro II, quien no pasaba de ser un germano.

Estudió en el colegio de los pajes, donde no se admite más que a los vástagos de la alta aristocracia. Terminó el curso con un primer premio, el año 1861, pero, siempre inclinado al estudio, en vez de entrar al servicio del autócrata, fue a Siberia para dedicarse a investigaciones geológicas. Permaneció allí algunos años, tomó parte en varias expediciones científicas y adquirió extensos conocimientos que utilizó después como colaborador de Eliseo Reclús. Visitó además China.

A su regreso a San Petersburgo fue elegido miembro y luego secretario de la Sociedad Geográfica. dio cima a diversos trabajos muy apreciados por los hombres de ciencia y al fin emprendió una gran obra sobre los hielos de Finlandia, obra que, mediante una petición de la Sociedad Geográfica, pudo terminar de escribir cuando ya estaba preso. No pudo sustraerse a la obligación de servir en la corte. Fue chambelán de la emperatriz y mereció varia condecoraciones.

En 1871 o a principios de 1872 –no recuerdo bien– hizo un viaje al extranjero. Visitó Bélgica y Suiza, donde en aquel tiempo la Internacional había alcanzado gran desarrollo. Sus ideas, que siempre fueron avanzadas, lograron el sello definitivo. Se declaró internacionalista y adoptó las ideas del sector más extremo, llamado anárquico, del que ha sido siempre defensor entusiasta.

Al volver a su país, se acercó al círculo revolucionario inspirado en los mismos ideales –el de los chiaikovzi–, y en el año 1872 fue propuesto como miembro y aceptado por unanimidad. Recibió el encargo de escribir el programa del partido y de la organización, que después fue encontrado entre sus papeles. En el invierno de 1872 empezó sus conferencia clandestinas sobre la historia de la Internacional, que no eran más que el desarrollo de las ideas del socialismo y de la revolución, basado en la historia de todos los movimientos populares modernos. Estas conferencias, que a la profundidad del pensamiento unían una claridad y sencillez que las hacían accesibles a los más toscos entendimientos, despertaron vivísimo interés entre los obreros del distrito de Alejandro Newsky. Hablaron con sus camaradas de taller y bien pronto la noticia se extendió por todas las fábricas de los contornos y llegó a oídos de la policía, que hizo todo lo posible para encontrar al famoso Borodin (éste era el fingido nombre con el cual se presentaba Kropotkin en sus conferencias). Pero no lo alcanzó, porque dos meses después, terminado su trabajo, ya no iba Kropotkin a la casa vigilada y se dispuso a propagar sus ideas entre los campesinos, como pintor ambulante, pues a su vasta erudición reunía grandes talentos de artista.

No obstante, la policía pudo sobornar a uno de los obreros, que consintió en ser traidor y que empezó a recorrer las calles principales esperando encontrar un día u otro a Borodin. Y lo consiguió, ciertamente. Al cabo de algunos meses le vio junto a la puerta Gostini, en la perspectiva Newsky, y lo señaló a los polizontes. El supuesto Borodin fue detenido. Al principio no quiso manifestar su verdadero nombre; pero no había medio de ocultarlo. Días después, la dueña de la casa donde él había alquilado habitaciones, se presentó a declarar que su inquilino, el príncipe Pedro Kropotkin, había desaparecido el día tal. Conducida a la presencia del fingido Borodin lo reconoció, y Kropotkin tuvo que confesar su identidad.

Grande fue la emoción producida en la corte por el encarcelamiento de tan alto personaje. El emperador se enojó a tal extremo que, un año después, pasando por Karkof, donde era gobernador un primo de Pedro, Alejo Kropotkin (asesinado el año 1879), le mostró gran descortesía y le preguntó bruscamente si era verdad que le unían con Pedro lazos de parentesco.

Kropotkin pasó tres años en una celda de la fortaleza de Pedro y Pablo. En los primeros meses de 1876 fue trasladado por prescripción del médico del hospital de Nicolás, pues la cárcel había debilitado su salud, ya poco floreciente, hasta el punto de que no podía comer ni moverse. Aun cuando en pocos meses se restableció, hizo todo lo posible por ocultarlo. Andaba con el paso de un moribundo, hablaba en voz baja, como si el abrir la boca le costase un penoso esfuerzo. Y la causa era muy sencilla: había sabido, por carta de unos amigos, que se organizaba una tentativa de evasión; y como en el hospital la vigilancia era menor que en la fortaleza, convenía prolongar la estancia allí.

En julio de 1876 se realizó la fuga, siguiendo las instrucciones dictadas por el mismo Kropotkin.

Algunas semanas después, Kropotkin se hallaba en el extranjero.

De aquella época data su actividad pública revolucionaria, que, sin tener alguna relación con el movimiento ruso, pues estaba dedicada exclusivamente al socialismo europeo, era tal vez la única que podía poner de relieve sus cualidades de eminente político. Sus grandes dotes le hacen principalmente apto para la actividad en la liza pública, con preferencia a las subterráneas de las sociedades secretas.

Le falta aquella flexibilidad de espíritu, aquella facultad de adaptarse a las condiciones del momento y de la vida práctica, que son indispensables para un conspirador. Es un buscador enamorado de la verdad, un jefe de escuela y no un hombre práctico. Trata de hacer prevalecer a toda costa determinadas ideas, y no de alcanzar un fin práctico valiéndose de todos los medios posibles.

Es demasiado exclusivista y rígido en sus convicciones teóricas. No admite ninguna modificación del programa ultraanarquista. Por eso le ha sido siempre imposible colaborar en cualquier periódico revolucionario en lengua rusa, tanto en los que se publican en el extranjero, como en los que ven la luz en San Petersburgo. Constantemente buscaba puntos de divergencia, y no pudo escribir en dichos periódicos una sola línea.

Es dudoso que pueda ser jefe o siquiera organizador de un partido que tenga como único medio de acción la conspiración. En la gran lucha revolucionaria, la conspiración equivale a la guerrilla en las luchas militares. Pocos son los hombres y, por lo tanto, es necesario emplearlos a todos; en un terreno limitado, es preciso ingeniarse mucho, y un buen guerrillero debe, ante todo, adaptarse a las exigencias del terreno y del instante.

Su elemento natural era la gran guerra y no la guerrilla. Sería muy apto para convertirse en fautor de un vasto movimiento social si las condiciones del país se lo permitiesen.

Es un agitador inapreciable. Dotado de palabra fácil y ardiente, se apasiona al subir a la tribuna. Posee, como todos los verdaderos oradores, la facultad de inspirarse en presencia de la multitud que le escucha. Este hombre aparece transformado en la tribuna. Tiembla de emoción, y en su voz vibra aquel acento de convicción profunda que no puede ser imitado y que se siente cuando se habla no ya con la boca, sino con toda el alma. Aunque no se le pueda calificar de orador de primer orden; produce una impresión inmensa, porque cuando la pasión llega a tal extremo tiene la facultad de electrizar al auditorio.

Y cuando, pálido y agitado, abandona la tribuna, la sala tiembla con el estruendo de los aplausos.

Es habilísimo en las discusiones íntimas y sabe convencer y fascinar como pocos. Profundo conocedor de la ciencia histórica, especialmente en todo lo que se refiere a los movimientos populares, utiliza maravillosamente el vasto conjunto de su erudición para aclarar y reforzar con ejemplos y símiles imprevistos sus nobles asertos. Por eso su palabra alcanza una extraordinaria fuerza de persuasión que aumenta con la sencillez y la evidencia de exposición, derivada de sus profundos estudios matemáticos.

No es un fabricante de volúmenes. Fuera de sus trabajo puramente científicos, no escribe ningún libro de gran peso. Es un excelente periodista: ardiente, espiritual y agresivo. Hasta en sus escritos es un agitador incomparable.

A estos talentos añade una sorprendente actividad y una destreza tan grande en el trabajo, que ha maravillado a un trabajador tal como Eliseo Reclús.

Es un hombre franco y sincero como pocos. Dice siempre la pura verdad, sin rodeos y sin consideraciones al amor propio de sus antagonistas. Este es el rasgo más saliente y simpático de su carácter. Se puede confiar absolutamente en sus palabras. Su sinceridad llega a tal punto que alguna vez le ocurre, en el ardor de una discusión, concebir una nueva idea que le deja pensativo. Y de pronto se interrumpe, permanece absorto un momento, y luego empieza a pensar en alta voz, tomando partido por su adversario. Otras veces discute mentalmente y, después de breve pausa, se dirige a su atónito adversario y le dice sonriendo: «Tiene usted razón».

Esta pasmosa sinceridad le hace el mejor de los amigos y da gran peso a sus elogios y a sus censuras.

250px-Stepniak_2Stepniak es seudónimo de Sergio Kravchinski, nacido en Ucrania en 1851. Detenido varias veces por su ideas inconformistas, huyó al extranjero. Visitó a Bakunin en Suiza. Estuvo en Italia en 1875, participó en la insurrección internacionalista de 1877 y compartió la cárcel con Errico Malatesta, Cafiero y otros muchos. Fue amnistiado en 1878 y regresó a Rusia clandestinamente. El 16 de agosto de 1878 apuñaló en San Petesburgo al jefe de policía Mesentev, principal torturador de los presos políticos. Logró no ser detenido y en 1882 emigró de nuevo. Estuvo en Milán y Londres. El 23 de diciembre de 1895, al cruzar el paso a nivel del ferrocarril en Bedford-Square, fue atropellado por un tren que lo mató en el acto. Escribió varios libros, entre ellos La Rusia subterránea (1945), del que se ha extraído el presente articulo, y La Rusia bajo el zarismo (1887).

Publicado en Polémica, n.º47-49, enero 1992

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