Claves para una lectura de Kropotkin

Colectivo TRABAJO Y LIBERTAD

1. Esbozo biográfico

Kropotkin-eller-kaos22 - copiaEl pensamiento de Piotr Alexandrovitch Kropotkin es un elemento imprescindible para comprender la ideología libertaria, así como sus realizaciones prácticas. Como dijo Pérez Ledesma, «el príncipe ruso Kropotkin es, pese a todos los esfuerzos por silenciarlo durante los últimos años, un viejo conocido de la cultura española».

Nadie mejor que uno mismo para hablar de sí mismo. En su libro Memorias de un Revolucionario, Kropotkin realiza una detallada autobiografía hasta 1907. Nació en el seno de una familia aristocrática y terrateniente en el barrio noble de las Caballerizas de Moscú en 1843. Tuvo una infancia feliz, a pesar de la muerte de su madre, resultando decisiva la influencia de su hermano Alejandro, de espíritu liberal y progresista. Entra a formar parte del Cuerpo de Pajes del Zar donde recibe una educación militar, pero también conoce la obra de Herzen y Ogarev.

Posteriormente entra en un regimiento de cosacos de Siberia por dos razones: realizar estudios geográficos y consumar proyectos reformistas. Resultó decisiva su estancia en Siberia de la que salió desengañado del aparato burocrático zarista. En el período siguiente realizará brillantes estudios científicos en el campo geomorfológico y geológico y experimentará la satisfacción del descubrimiento científico, pero es ahí donde empieza su batalla ética consigo mismo; por un lado la labor científica y por el otro las inquietudes sociales. Son los años del ascenso del movimiento populista, al mismo tiempo que se cerraba el período reformista con que Alejandro II parecía haber abierto su reinado.

Entra a formar parte del Círculo Tchaykovsky y realiza un viaje a Europa, donde, en Suiza, se pone en contacto con el ala marxista de la AlT; sin embargo, pronto se relaciona con el ala antiautoritaria. Al volver a Rusia, profundiza en su trabajo intelectual y social. Al mismo tiempo rechaza el cargo de secretario general del departamento de geografía por dos motivos: comprende que la ciencia debe ser útil y práctica y no puede estar desligada de los que se supone pretende mejorar, y porque cada vez los problemas sociales empezaban a tomar mayor dimensión en su pensamiento y la lucha ocupaba la mayor parte de sus actividades. Es detenido y encarcelado en la prisión de San Pedro y San Pablo donde pasará cuatro años durísimos, pero consigue huir tras una espectacular fuga.

Será luego en el exilio cuando desarrollará todas sus ideas principales. Después de una breve estancia en Edimburgo se traslada al Jura (Suiza) donde con su amigo, también geógrafo, E. Reclus funda La Révolte. Son años de actividad en los que hay que reforzar al movimiento obrero, después de la crisis que supone la represión sobre la Comuna de París y las ideas socialistas. Vuelve a ser encarcelado en la prisión de Clairvaux, lo que le dará una experiencia profunda sobre el sistema penitenciario. Después de ser liberado pasa a Londres donde se establece definitivamente y donde desarrolla la parte más importante de su obra (Campos, fábricas y talleres, El apoyo mutuo y La conquista del pan). También fundó un semanario que aun se edita, Freedom.

Un acontecimiento conflictivo viene a cerrar este período. Es el único acto político en el que no fue consecuente con sus ideas libertarias: su actitud ante la I Guerra Mundial, con la defensa de los aliados. Esta actitud produjo una escisión en el movimiento anarquista internacional y motivó que E. Malatesta escribiera en Freedom un artículo titulado «Los anarquistas han olvidado sus principios».

Kropotkin vuelve a Rusia en 1917 separado del movimiento anarquista ruso por su posición en la guerra, y, ya envejecido, su actividad no puede ser la de un organizador. A pesar de ello se niega a ser ministro, se desengaña de la Unión de Zemstvos de Luov a los que en un principio había apoyado. Y a principios de 1918 lanza la formación de una Liga Federalista. En 1919, después de una serie de reuniones con el movimiento anarquista ruso, Kropotkin se entrevista con Lenin, al que critica duramente por su actitud en la Guerra Civil. Envejecido, impotente para frenar el autoritarismo bolchevique, se retira definitivamente a Dmitrov donde con escasos medios y una penuria considerable escribe su Ética, que dejó inacabada. A pesar de los intentos tanto de Kerensky como de Lenin por hacerle participar en sus gobiernos, Kropotkin permaneció siendo anarquista hasta su muerte. Su entierro fue el último acto de masas que toleró el bolchevismo al movimiento anarquista, y a pesar de ser una maniobra de propaganda bolchevique, el acto se convirtió en una denuncia clara de la opresión que, con el triunfo bolchevique, se abría para el pueblo ruso.

2. Las bases biológicas del socialismo

Si a Karl Marx le corresponde el mérito de haber socavado los fundamentos económicos del liberalismo, del laissez-faire, fue Kropotkin quien en su Apoyo Mutuo: Un factor de la evolución, destruyó los argumentos biológicos y antropológicos en que se basaba, privándole así de todo fundamento filosófico. Ante todo hay que situar su obra dentro de un contexto y a partir de ahí valorar su respuesta. La burguesía aprovechó los trabajos de Darwin a su favor, creando una teoría social denominada darwinismo social en la que la lucha individual en la sociedad fortalecía a la especie al mismo tiempo que seleccionaba a sus miembros, y en esta lucha sólo había sitio para los más fuertes: esta concepción se resumía en una frase aún muy oída «la ley de la vida es la ley del más fuerte». El teórico de esta concepción fue T.H. Huxley que concretó estas ideas en un artículo denominado «La lucha por la existencia es todo un programa». Kropotkin comprendió el alcance reaccionario y simplista de dichas opiniones y trató de adecuar una respuesta más objetiva y clara. Sus tesis resumidas son:

  1. la lucha por la existencia en la especie humana no se desarrolla a través de la competencia, sino de la solidaridad;
  2. todos los grupos biológicos superiores y con mejor adaptación no son los competitivos, sino los solidarios (hormigas, abejas, elefantes, etc.); y
  3. la respuesta individual a las inclemencias climáticas de la naturaleza no puede realizarse a través de la competencia, sino de la solidaridad, con lo que se rompe el mito de que la competencia es un factor de progreso. Para Kropotkin el factor de progreso más importante es la sociabilidad, la solidaridad o el apoyo mutuo.

Esta opinión ha motivado que P. Avrich creyese que: «En contra de las teorías de Hegel, Marx y Darwin, Kropotkin sostenía que las raíces del proceso histórico se encontraban en conflicto». Creemos que esto es una tesis aventurada y más porque Kropotkin nunca sugirió que el apoyo mutuo fuese el factor determinante de la evolución social; una respuesta clara es el título de su obra: El apoyo mutuo. Un factor de la evolución.

Pero se nos sugiere una problemática interesante que es preciso comentar: ¿en qué sentido puede haber una relación entre «apoyo mutuo» y «lucha de clases»; ¿son incompatibles, son complementarios? La falta de estudios profundos sobre este debate nos obliga a presentar una serie de sugerencias.

  1. Los dos términos no nos parecen contradictorios, sino que afectan a realidades diferentes del conjunto social;
  2. el apoyo mutuo no puede entenderse nunca en el pensamiento de Kropotkin como factor interclasista, ni como «síntesis hegeliana de las contradicciones de clase» como lo presentó A. Rocco en su teoría del corporativismo fascista; y
  3. La cooperación para Kropotkin no se presenta tan sólo como una forma de análisis de la realidad biológica o social, sino también como método de transformación social y en este sentido el pensamiento de Kropotkin es profundamente clasista: hay que aplicar la «solidaridad obrera» para luchar contra el Capital.

Todo ello nos sugiere otra problemática no menos interesante: ¿En una sociedad hay conflictos clasistas y cooperación interclasista? ¿En qué medida lo biológico a nivel «especie» condiciona lo social y viceversa? Todo esto se sugiere de la lectura atenta de Kropotkin, pero sus planteamientos y respuestas son a veces demasiado simples y poco profundos como para poder extraer una teoría coherente y sólida; en el mejor de los casos queda como mera sugerencia, indicación o bosquejo. El nivel sociológico de Kropotkin no es coherente ni completo, está lleno de inconexiones, y a través de sus escritos se nos muestra una simplicidad sociológica que afecta seriamente a toda su obra.

Curiosamente, al abordar los fenómenos sociales abandona, en gran parte, las pretensiones de análisis positivista, y en su concepción histórica se acerca al «materialismo dialéctico»; así nos dirá: «La historia como ha sido descrita hasta ahora es casi integra mente la descripción de los métodos y medios con cuya ayuda la teocracia, el poder militar, la monarquía política y más tarde las clases pudientes establecieron y conservaron su gobierno. La lucha entre estas fuerzas constituye en realidad la esencia de la historia».

Tampoco desconoció el análisis antropológico, que tenía muy presente cuando dijo «La aparición de las familias separadas dentro del clan perturbó de manera inevitable la unidad establecida. La familia aislada conduce inevitablemente a la propiedad privada y a la acumulación de riqueza personal». Ahora bien, todo esto tiene un cierto interés para comprender su obra particular. Un caso concreto sería su obra La Gran Revolución Francesa (1789-1793) de cierto valor histórico, pero que no presupone ninguna aportación interesante ni en el campo sociológico ni en el histórico. La mayor parte de sus trabajos sociales se nos presentan como instrumentos de lucha contra la ideología dominante, a través de los que se pretende dar una opción socialista y libertaria del proceso social, lo que tampoco es trabajo desdeñable. En su momento todos sus trabajos fueron un instrumento valioso, y gracias a esfuerzos como el suyo se podrá completar una teoría social en donde lo libertario no sea tan sólo una opción política, sino una fuente de comprensión de la problemática social.

3. Ética anarquista

Podemos afirmar que el punto central del pensamiento de Kropotkin es el concepto de solidaridad. Este término implica una serie de afinidades entre clases, pero para él es algo más importante, es un factor decisivo del desarrollo progresivo de las sociedades tanto animales como humanas. Cabe preguntarse cómo llega Kropotkin a esta afirmación tan rotunda. La respuesta la podemos encontrar en su formación científica. Kropotkin, geógrafo y biólogo, va a dedicar gran parte de su vida al estudio de las sociedades animales y de las comunidades campesinas de su Rusia natal. Para Kropotkin la «solidaridad» es la relación igualitaria y justa entre todos los miembros de una misma sociedad. Es algo instintivo al hombre y que se ha ido desarrollando en las organizaciones sociales pretéritas. La solidaridad es un compromiso para todos los que viven en sociedad, nunca un deber, y no implica en ningún caso una relación de superioridad entre los que la ejercen. La aparición del Estado, las leyes y el orden interrumpieron este desarrollo progresivo de la sociedad, ya que el Estado se fue apropiando paulatinamente de las tendencias de la sociedad en su propio beneficio. El Estado representa la posición institucionalizada de las clases explotadoras sobre las costumbres y usos de solidaridad de las clases oprimidas. Sin embargo ve que a lo largo del desarrollo histórico ningún poder centralizado ha conseguido acabar totalmente con la práctica de la solidaridad, práctica que se mantiene viva entre las clases desposeídas.

¿Cómo queda, pues, planteado el problema del bien y del mal dentro de la ética de Kropotkin? Lo bueno será para él todo aquello que es útil para el conjunto de la sociedad, y lo malo todo aquello que es pernicioso para el desarrollo progresivo de ésta. ¿Pero cómo podemos regular nuestras acciones para saber si son útiles o perniciosas para la sociedad? La respuesta la encontramos en una frase sencilla: «Haz con los demás lo que te gustaría que hicieran contigo en las mismas circunstancias». La fuente de esta concepción moral es para Kropotkin el concepto de justicia, que no es otra cosa que la igualdad, es decir el sentirse plenamente identificados con los demás. El elemento regulador de nuestras acciones morales será una opinión pública libre. Kropotkin ataca tanto el utilitarismo de Bentham y de J.S. Mill, ya que no podía, como hicieron ellos, llegar a un compromiso con la explotación. Según R. Van Duyn, «el concepto kropotkiniano de la moral es muy diferente al marxista, que afirma que ésta es relativa y depende siempre de la clase que ocupe el poder. Pero, para Kropotkin, la moral es absoluta, está implícita en la naturaleza y se perfecciona a medida que la evolución avanza y los seres vivos se refinan. Kropotkin concibe la moral en un contexto de evolución y los marxistas en un contexto de revolución». Es decir, Kropotkin plantea la moral, la ética, a nivel de especie, afirmando que el interés del hombre está por encima del interés de clase.

Otros aspectos de resonancias éticas que aborda Kropotkin son los de la cuestión penal y la locura. Kropotkin realiza en primer lugar una condena absoluta del sistema penitenciario en cuanto históricamente se ha demostrado que carece de toda justificación. «La prisión no impide que los actos antisociales se produzcan; por el contrario, aumenta su número. No mejora a los que van a parar a ella. Refórmesela tanto como se quiera; siempre será una privación de libertad, un medio ficticio, como el convento, que torna al prisionero cada vez menos propio para la vida en sociedad. No consigue lo que se propone. Mancha a la sociedad. Debe desaparecer.» En cualquier caso el mejor proceso reformista no logra eliminar el problema. Pero comprendiendo que la solución de la cárcel no era ni la creación de una cárcel mejor o su sustitución por un manicomio u «hospital psiquiátrico», sus análisis se anticiparon definitivamente a las conclusiones extraídas por la antipsiquiatría o la psiquiatría democrática de F. Basaglia.

Supo comprender el engaño que suponían los manicomios, y en este sentido sus escritos son una «denuncia directa» al proceso establecido en la URSS. «No deben construirse manicomios para sustituir a las cárceles. Nada más lejos de mi pensamiento que idea tan execrable. El manicomio es siempre cárcel. Lejos también de mi pensamiento esa idea, que los filántropos airean de cuando en cuando, de que debe ponerse la cárcel en manos de médicos y maestros. Lo que los presos no han hallado hoy en la sociedad es una mano auxiliadora, sencilla y amistosa, que les ayude desde la niñez a desarrollar las facultades superiores de su inteligencia y de su espíritu.» Kropotkin concluye que la cárcel de los médicos sería mucho peor que nuestras cárceles actuales. Sólo dos correctivos pueden emplearse para esas enfermedades del organismo humano que conducen al delito: la fraternidad humana y la libertad.

4. Ciencia y anarquismo

Este es uno de los aspectos más complejos y criticables de la obra de Kropotkin, y para ser enteramente comprensible debería enmarcarse en el contexto histórico-social en que se desarrolló. Hacer una crítica desde la óptica de nuestros conocimientos actuales es incorrecto, tan incorrecto como hacerla desde el marxismo, ya que la problemática planteada por Kropotkin difiere esencialmente de la del marxismo, y por lo tanto, es difícilmente criticable por éste. Pero hemos de tener presente si su esquema de trabajo puede ser válido o está verdaderamente desfasado.

En 1859 aparece la primera edición de El origen de las especies de Darwin. Desde 1860 hasta 1863, Spencer publica su gran obra Sistema de filosofía sintética y en 1867 Marx empieza a trabajar en el tomo I de El Capital. El método científico natural inductivo-deductivo se convierte a partir del último tercio de siglo en un elemento de análisis indiscutible en el campo de las ciencias naturales.

Influenciado por la geografía física, Kropotkin intentó aplicar este método también a las ciencias sociales colocándose en una posición que Popper calificaría de «protonaturalista» o más acertadamente de «positivista». Es fácil encontrar textos suyos en los que ataca cualquier concepto metafísico e incluso al método dialéctico como reminiscencia primitiva, al mismo tiempo que alaba las excelencias del método natural inductivo-deductivo. Tal vez una de sus pretensiones más importantes fue la de dar al anarquismo una validez y coherencia científica, y así nos dirá: «El anarquismo es una concepción global basada en una explicación mecánica de todos los fenómenos, que abarca todo el conjunto de la naturaleza; es decir, que incluye la vida de las sociedades humanas y sus problemas económicos, políticos y morales. Su método de investigación es el de las ciencias exactas de la naturaleza, y, si se pretende ser científico, toda conclusión a la que llegue ha de verificarse por el método con que deben verificarse todas las conclusiones científicas. Su propósito es elaborar una filosofía sintética que abarque en una generalización todos los fenómenos de la naturaleza y, en consecuencia, también la vida de las sociedades». Esto presupone una concepción muy estrecha y estricta del anarquismo, que no tiene por qué ser compartida; el mismo Malatesta exclamó ante este párrafo: «confieso que jamás fui capaz de comprender qué significaba esa frase».

Kropotkin rechazó el método dialéctico y el materialismo histórico como buen «protonaturalista» y, tal vez por ello, no pudo comprender la importancia del marxismo, al que no supo criticar adecuadamente. Aunque, cuando se vio obligado a explicar los procesos sociales recurrió a un cierto materialismo histórico, como es el caso de su obra La gran Revolución Francesa (1789-1793»), que Lenin elogió profundamente. Ante todas estas dificultades se nos plantea el problema de que la parte que él consideraba más sólida de su obra, la cuestión científica, sea en realidad la más débil, contradictoria y por ende la más desfasada. Ello se debe, en parte, a que nunca fue capaz de criticar su propio método de análisis que recogió en un momento de ascenso creyéndolo el método perfecto e infalible. Ello llevaría al anarquismo a un callejón sin salida o bien a una nueva pretensión totalizadora del conocimiento. Para Malatesta, Cappelletti y el marxismo soviético, su obra es una muestra más del «materialismo mecanicista», similar al de las obras de Buchner, Vogt, Moleschott y Haeckel, y aunque en general, ésta es una crítica muy correcta, ello no quiere decir que se deban desechar sus obras, porque al no tener una coherencia metodológica estricta también es difícil realizar una crítica general homogénea. A pesar de todo creemos que Kropotkin no fue capaz de sustentar científicamente el anarquismo, lo que desmerece su aportación a la lucha por la justicia y la libertad, que muchas veces le hizo entroncar partes de su obra más con el idealismo que con un auténtico materialismo científico.

5. Un modelo económico libertario

Es imposible entender el modelo económico propuesto por Kropotkin, si no lo encuadramos dentro del carácter general de su obra y concretamente en su principal objetivo: el bienestar y la felicidad del género humano. Kropotkin formula una nueva teoría de política económica en la que el deber de cualquier sociedad es procurar la satisfacción de todas las necesidades de sus miembros, a través de una organización de la producción que garantice estos logros. La satisfacción de las necesidades físicas, morales y éticas se convierte, pues, en una condición imprescindible para el desarrollo de las capacidades del género humano dentro de un marco anarco-comunista. Estamos, como se puede apreciar, ante una interpretación humanista aunque profundamente materialista, de la economía.

El método utilizado por Kropotkin para justificar la realización de sus teorías es muy simple, aunque difícilmente aplicable si no va acompañado de un cambio radical en las estructuras políticas de la sociedad. Se trataría de orientar la producción a partir de un estudio de las necesidades; lo que representa una profunda mutación en las bases teóricas de la economía clásica, puesto que Kropotkin no intenta avanzar hacia una sociedad autárquica –como creen interpretar Hobsbawm, Joll y Horowitz– como medio de eliminar la explotación, sino que está ofreciéndonos un modelo económico en el que la producción esté subordinada al consumo por un motivo esencial: la destrucción de los intereses económicos y resortes de dominación de la clase social que ostenta el poder y, como consecuencia, la liberación de la clase oprimida.

En dos de sus obras, Kropotkin nos expone sus análisis y razonamientos económicos: Campos, fábricas y talleres, y en menor grado La conquista del pan. En ellos se plantea una sociedad con un modelo productivo descentralizado, en el que se ha roto con la división capitalista entre campo y ciudad, en donde coexisten en rítmica armonía la pequeña, mediana y gran industria con las explotaciones agrarias; un modelo autogestionado y ecológico en donde la división social y especialmente técnica del trabajo no existen. Este es uno de los puntos esenciales de su análisis. Como dice en Campos, fábricas y talleres: «La economía clásica ha insistido en la división, nosotros proclamamos la integración y sostenemos que el ideal de la sociedad… es una sociedad de trabajo integral, una sociedad en la cual cada individuo sea producto de ambos, trabajo manual e intelectual, en la que todos trabajen lo mismo en el campo que en el taller industrial».

Nos encontramos ante la primera gran teoría anarquista de la economía, totalmente diferenciada de las tesis colectivistas en un punto esencial: la retribución del trabajo. Kropotkin, consecuente con sus planteamientos, niega toda posibilidad de existencia al salario en una sociedad organizada en los aspectos que propone. Es imposible sostener, desde su prisma, la existencia de los salarios (aunque venga disfrazada bajo la forma de bonos de trabajo después de haber proclamado la abolición de la propiedad privada y la posesión en común de los medios de producción. El principio colectivista «a cada cual según su trabajo» carece de sentido para Kropotkin. No hay un criterio objetivo y justo para poder evaluar la eficacia del trabajo realizado por cada persona; todos contribuyen por igual en la consecución de un mismo objetivo. En La conquista del pan nos dirá: «sólo queda una cosa: poner las necesidades por encima de las obras y reconocer el derecho a la vida en primer término, y el bienestar después, para todos los que toman parte en cualquier aspecto de la producción». El colectivismo significa, pues, un intento de suavizar las relaciones capital-trabajo, en un claro propósito de preservar la propiedad privada y la división social del trabajo; en definitiva reproducir el capitalismo bajo una estructura sociopolítica cualitativamente distinta. Las críticas al pensamiento económico de Kropotkin se centran en el fracaso de las tesis expuestas en Campos, fábricas y talleres, en donde cree ver a través del desarrollo industrial de las distintas colonias europeas una actuación de las contradicciones del sistema capitalista, al no poder éste absorber todos los productos dirigidos a sus mercados, lo que favorecería su vía hacia el comunismo. Llegados a este punto cabría preguntarse: ¿un error en las previsiones del desarrollo histórico desautoriza toda una teoría económica coherente?

6. Un proyecto revolucionario

No es descubrir nada nuevo afirmar que el «problema del Estado» es el eje central del pensamiento socio-político de Kropotkin. Para él, el papel que juega el Estado no es sólo el de órgano de dominación de clases, crítica que también establece el marxismo, sino que produce un efecto de suma importancia: impide por todos los medios el desarrollo del libre acuerdo, el apoyo mutuo y la autonomía; es decir, el Estado es la antítesis de la libertad. Enfocado desde esta perspectiva, el rol político del Estado varía. Kropotkin establece una diferencia entré Gobierno y Estado, ya que este último supone la existencia de un poder colocado por encima de la sociedad y que implica la existencia de nuevas relaciones entre sus miembros. Se deduce que de la existencia de un Estado surge la de un gobierno, pero que no de la de un gobierno surge la de un Estado. A pesar de su intento de analizar, muy interesantemente, la formación del Estado a partir de las comunas urbanas de la Edad Media, su análisis fue poco profundo y podía haber dado más de sí. Pero el Estado se sostiene gracias a los dos grandes principios opresores: la ley y la autoridad. Ambas se entremezclan para formar lo que se denomina el «orden» o lo que viene a ser lo mismo: la opresión organizada. Para Kropotkin, a pesar del Estado, la vida social continúa logrando realizar cosas infinitamente superiores a las que se realizan bajo la tutela gubernamental. Precisamente por ello, Kropotkin criticará cualquier vía estatal o gubernamental hacia el socialismo, en sus dos variantes: gobierno representativo y gobierno revolucionario. El primero lo considera como la forma política del régimen burgués, donde la democracia es indirecta y a través de la que no se llegaría nunca al socialismo. El segundo, al que dedicará uno de sus mejores escritos, Gobierno Revolucionario, será el nudo gordiano de la crítica anarquista al modelo de transición marxista y más concretamente leninista. Así nos dirá: «y todo esto porque no se ha entendido que una nueva vida exige formas nuevas; que no puede realizarse la revolución aferrándose a las formas antiguas. Por no haber comprendido que revolución y gobierno son incompatibles; por no haber entendido que el uno, sea cual sea la forma en que se presente, es la negación de la otra». La paradoja queda establecida así: si la revolución representa la supresión de toda autoridad, ¿cómo es posible construir un Estado obrero?, y si no se hace dicha supresión, ¿dónde queda la revolución?

La crítica al sistema dominante capitalista tenía que complementarse con un modelo socialista antiautoritario de sociedad que rompiese los esquemas opresores y que tuviese como base dos principios: la libertad y la igualdad social y económica que se resumía en el comunismo libertario. Kropotkin será uno de los principales teóricos junto a Malatesta y Reclus en desarrollar el «anarco-comunismo» en el que se rechaza tanto una opción individualista como colectivista. Para Kropotkin el individualismo puro es una teoría pequeño-burguesa que no representa las aspiraciones de los trabajadores. El colectivismo es una forma intermedia que algunos socialistas autoritarios y libertarios proponen para llegar al comunismo. Según él, cualquier vía intermedia supone tan sólo la reproducción de las condiciones de dominación, aunque sea bajo formas políticas diferentes. El único camino viable por el que podía y debía seguir la revolución era a través del comunismo. La revolución podía estar impulsada por una «minoría revolucionaria» pero debía ser realizada por la mayoría del pueblo, que debía poner su impronta a las acciones revolucionarias. Coincide con el marxismo al señalar que ésta sólo es posible cuando las condiciones «subjetivas» (proceso de concienciación) y las «objetivas» (realidad económica y social) favorecen el proceso social. La revolución es un proceso desigual, ya que mientras para el capitalismo se trata tan sólo de su defensa, para los trabajadores supone un triple esfuerzo: que sea internacional, que destruya el sistema económico capitalista y que al mismo tiempo construya un nuevo sistema social y económico. La organización de ese sistema social se establecería a través de una «libre federación de Comunas libres», en las que rigiesen dos principios básicos en contraposición a la ley y a la autoridad: el acuerdo libre y el apoyo mutuo. Su alternativa revolucionaria queda resumida como un proceso de lucha libre para imponer un socialismo libre, o lo que viene a ser lo mismo: «el fin no justifica los medios». Así nos dirá, criticando las alternativas alienantes: «No se puede abolir el Estado buscando meterse en sus filas. No se hace tambalear la religión yendo a misa… Lo mismo que no se puede abolir la propiedad practicando el robo».

Apoyó el sindicalismo revolucionario así como los movimientos de soviets de la época revolucionaria, pero se opuso a la dictadura bolchevique, porque estaba destruyendo todo germen de libertad y de solidaridad para volver a establecer el fantasma del orden, de la ley, de la autoridad y del Estado, aunque, eso sí revolucionario y socialista.

El Colectivo Trabajo y Libertad está compuesto por Rosa Asensio, Antonio Bug, Cecilia Forné, Juan Gómez, Juan José Jerez, Jesús Nicolás Lecha, Jordi Llastarri y Francisco Nadal

Publicado en Polémica, n.º47-49, enero 1992

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2 pensamientos en “Claves para una lectura de Kropotkin

  1. Dictadura y Dictum.
    Para cuestionar la dictadura es necesario el paso previo de revisar el concepto de dictum. Hay una antigua tesis que lo emparenta con el de iustitia. Pregunta directa: ¿es posible una sociedad en la que impere la justicia sin un dictado que la imponga? Caben dos posicionamientos: decir que la justicia se irá instalando gradualmente a partir de unas condiciones de igualdad económica y de oportunidades así como de libertad para todos o bien sostener que sin su exigencia siempre existirán iniciativas de oportunismos y de traidores que la imposibilitarán. El dictum representa la indicación de obligado cumplimiento sin opciones alternativas de ningún tipo para los asuntos del campo indicado: no matarás o no robarás, son órdenes precisas e inequívocas. Su transgresión exige una reparación de justicia. Si el proceso intelectual sobre este tema lleva aceptar el anterior predicado, la organización política tendrá que concretar el órgano institucional que se ocupe de garantizar tal exigencia.
    La legítima protesta del anarquismo al bolchevismo impositivo lo fue más por su condición dictadora que no que por la necesidad de ese concepto de exigencia de la justicia sobre la injusticia, de la libertad sobre la esclavitud, o de la del bien sobre el mal. Es completamente distinto el concepto de dictadura orgánica para el imperio de un buró sobre una sociedad con el pretexto de hacerlo en nombre de una clase mayoritaria en contra de los privilegios de una minoritaria, al concepto de impositividad de unas pautas para las cuales van a ser necesarias una formas de control.
    En principio una pauta justa tiene suficiente entidad por si misma como para que sea seguida e integrada mayoritariamente. El problema se da cuando el porcentaje minoritario que no la asume se aprovecha de la cancha libertaria de la realidad para sabotearla. ¿Qué se supone que hay que hacer el día después en que se inaugura un cambio de realidad con quienes no están dispuestos a asumir el nuevo patrón de comportamiento cívico-colectivo porque no lo aceptan? ¿Dejarles que evolucionen por su cuenta hasta que lo entiendan o forzarlos a dar un paso en su cambio de actitudes aunque no lo entiendan? Pues bien, si la respuesta es afirmativa a lo primero la demora del proceso evolutivo social queda para sine die, si la respuesta es afirmativa a lo segunda, la pauta emitida con apoyo social pero no con todo el apoyo social exigirá de un sistema de vigilancia y su transgresión será reconducida a un tipo de represión, a un dictum. Me horroriza la denominación de dictadura (y dentro de ella la de dictadura del proletariado), pero sin silogismo del tipo: o se cumple con tal condición de convivencialidad o se queda excluido de ella.
    Dentro del capitalismo asistimos a la experiencia de dictums concretos que en menos de dos años se han cumplido suficientemente (la supresión del humo de tabaco en locales públicos es uno de ellos). Se puede inferir que otros muchos (tales como repartir los puestos y horarios de trabajo o compartir propiedades) pese a las reacciones contrarias desencadenadas se asumirían también en un tiempo no tan larga. La cuestión es demostrar en la práctica e in situ que es posible vivir mejor, mucho mejor, sin los constructos de la ambición y de privacionismo reinantes.

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