Sobre el Municipalismo Libertario. Municipios democráticos

Luis ALTABLE

Recuerdos de la Historia

La-asamblea-abierta-al-barrio-una-herramienta-fundamental-del-movimiento.-Imagen-Asociacion-Vecinal-Familiar-de-Osuna_imagelargeEn su origen el municipio es esencialmente la asociación de todos los habitantes de una ciudad para ofrecer mejor resistencia al poder señorial, hacerlo fracasar y, finalmente, librarse de él.

El Municipio es la gran aspiración a la libertad y a la igualdad. Traduce la voluntad de los hombres de aquel tiempo (siglo XII) de asociarse para hacerse cargo de su destino libre y con una base de igualdad.

El pueblo llano, que trabaja en sus oficios se ha asociado a la revuelta municipal aliado de los ricos comerciantes. La liberación de las ciudades es en realidad una nueva sociedad que aspira a nacer sobre la base de nuevas relaciones sociales.

Muy pronto la gran esperanza de los municipios es abatida totalmente. El mundo de las ciudades está dominado por los ricos comerciantes que juegan un papel de primer orden. Los elementos más ricos de la burguesía se separan cada vez más del pueblo. A despecho de todos los juramentes igualitarios y manifestaciones de fraternidad, el dinero traza pronto en el seno de la nueva sociedad una nueva línea de estratificación social.

Los municipios desembocan en unas formas de desigualdad y de opresión. Este mundo de los municipios no es el mundo fraterno que había esperado el pueblo llano que se sublevó al lado de los ricos burgueses contra el poder feudal.

La historia contemporánea de los municipios es la lucha de la defensa de la autonomía frente al poder central. Al final el municipio ha sido convertido por el liberalismo en una mera corporación administrativa y ejecutor político del Estado. Aunque se habla de participación de los vecinos en el municipio, los puestos representativos y el poder de decisión que conlleva, no han sido, casi nunca, ocupados por el pueblo sencillo: ni por los siervos, ni por los labradores, ni por los jornaleros y, más tarde, tampoco por el proletariado; la representatividad municipal ha sido patrimonio de los burgueses, de la gente culta y de los caciques.

El municipio del liberalismo

La derecha y la izquierda europea coincidieron (finales de la segunda guerra mundial) en la necesidad de apuntalar el sistema económico, llegando a un pacto o compromiso, del que surge el Estado del Bienestar. El pacto socialdemócrata del que todos han hablado en algún momento (y del que todos vivimos, mal que nos pese), es un pacto de clase, instituido políticamente. Patrocinado especialmente por los gobiernos socialdemócratas europeos, forzados por el sistema liberal-capitalista, el pacto supone –a grosso modo– el que las organizaciones políticas y sindicales de la clase obrera (?) aceptan prácticamente todos los postulados del liberalismo y reducen sus reivindicaciones y proyectos (= ideología, reivindicaciones de calidad, proyectos transformadores, etc.) a cambio de la seguridad de un nivel mínimo de vida, de acogerse a los derechos liberal-democráticos, y del reconocimiento institucional de las propias asociaciones políticas y sindicales. En definitiva, las clases poseedoras aceptan las políticas de redistribución de las rentas a cargo del Estado y la presencia en la acción pública y privada de partidos y sindicatos «de izquierdas», pero exigen la intangibilidad de los fundamentos de la producción capitalista: la propiedad privada de los medios de producción sin limitación y el proceso de acumulación, al que corresponde total autonomía. Por ende, se exige el consenso de los referidos partidos y sindicatos a los postulados del sistema social del liberalismo, es decir, el Estado liberal y el régimen de democracia representativa liberal (= democracia controlada) que hacen posible y salvaguardan el sistema de producción capitalista, y entre uno y otro queda asegurada la hegemonía de poder y de dominio en manos del sistema liberal global.

En el marco del Estado liberal, el municipio es la entidad local básica del Estado. Son elementos del municipio el territorio, la población y la organización. Todos los residentes constituyen la población del municipio, son los vecinos.

El vecino, como individuo o asociado con otros, sobre el papel es el sujeto de todos los derechos del municipio; es el que dignifica y hace que el municipio sea un valor y no sólo una mera entidad administrativa.

El Ayuntamiento es la corporación que administra y gestiona el municipio, y está compuesto por un alcalde y varios concejales electos, aparte de los técnicos precisos (hoy la Ley configura al frente del Ayuntamiento un gobierno municipal presidencialista y tecnocrático, donde pierden peso incluso los concejales de la corporación). Las funciones genéricas del Ayuntamiento son las de satisfacer necesidades y aspiraciones de la comunidad vecinal.

Los partidos políticos actúan en la vida local, generalmente, por tres cauces:

  1. el grupo municipal (los concejales elegidos por el partido de que se trate);
  2. las organizaciones del movimiento ciudadano;
  3. directamente como partido hacia la opinión pública. Los partidos, según la Constitución de 1978, artículo 6, expresan el pluralismo político popular y son instrumento fundamental para la participación política.

En un segundo plano o escalón (por causa de la Ley) en la actuación de la vida local se encuentran los grupos privados de la sociedad civil: asociaciones, movimientos, ateneos, clubs, etc., desde donde se estructura la participación ciudadana en la vida municipal desde fuera del ámbito de los partidos políticos.

Detrás de todo esto está la otra realidad oculta, el municipio en el sistema liberal es un ámbito de competencia en el que actúan los bloques sociales presentes en el municipio, para conseguir, o defender, sus propios intereses; el municipio es la escena política local donde se producen los conflictos de clase de la problemática socio-urbana del sistema.

La función estructural que el sistema asigna al municipio en un modelo de sociedad jerarquizada como la nuestra, que aparece en la Constitución y desarrollada en la Ley de Régimen Local, e implícitamente aceptada por todos, consiste en que el municipio se presenta como una institución neutral, garante imparcial del bien común, que armoniza los intereses contradictorios de los vecinos. (Intereses contradictorios de los ciudadanos-vecinos, según los postulados del liberalismo, que no intereses antagónicos). En ese sentido, las corporaciones locales tienen que realizar una gestión socio-urbana tal que, al menos, evite graves conflictos intervecinales (de clase) y conflictos también graves, entre sectores vecinales y Ayuntamiento. O sea, es necesario evitar cierto tipo de conflictos que pongan en cuestión la legitimidad y el consenso del sistema municipal, y los intereses básicos del Estado liberal en vigor. En general, los vecinos tampoco están por este tipo de conflictos.

Esta función estructural del municipio requiere ser legitimada, para que sea aceptada por la mayoría de los vecinos y le presten su consenso. Para ello el Estado liberal utiliza, preferentemente, tres mecanismos: la elección popular de las corporaciones municipales; la participación de aquellos partidos que representan el «progresismo» y defienden intereses populares en la gestión municipal; la regulación de las reivindicaciones vecinales y los medios para realizarlas (se refiere a la participación del vecino en el campo de las reivindicaciones).

Hay razones para desconfiar de la neutralidad municipal (sin adentrarse en consideraciones ajenas al tema). Razones políticas y razones sociales.

Algunas razones políticas

En los Estados modernos los municipios están sometidos política, jurídica y económicamente a los órganos centrales del poder del Estado. De hecho, el municipio recibe realmente su legitimidad de los órganos del Estado, que determinan sus funciones, competencias y atribuciones, así como las normas según las cuales han de ser elegidos y cesados los representantes. Son cuestiones, todas ellas, que no dependen de los vecinos ni de las propias corporaciones municipales.

El municipio forma parte de las instituciones del Estado, por lo que no tiene mucho sentido hablar de poder municipal contraponiéndolo a poder central. En rigor sólo puede hablarse de un solo poder político, aceptado por todos, que se manifiesta a través de ese entramado de instituciones que configuran el aparato del Estado liberal.

Razones sociales y administrativas

La persistente existencia en las ciudades de un Norte y un Sur, traducido en barrios ricos y ricamente atendidos por los Ayuntamientos, y barrios pobres y pobremente atendidos por las Corporaciones locales, que han crecido urbanísticamente mal y poco, con una población vecinal-ciudadana que en vez de consumir equipamientos y servicios públicos de consumo colectivo, se consumen.

En este marco, sin embargo, las atribuciones que mantiene el Ayuntamiento en la organización de la vida local, con repercusión directa en la vida cotidiana del vecino, es evidente; tanto por lo que se refiere a las condiciones y calidad de vida, a la mejora de la ciudad, a favorecer la participación vecinal y la vida asociativa, como a proporcionar una conveniente información sobre la gestión municipal, entre otros temas. Otra cosa es que de ellas se haga buen o mal uso, y que beneficien a todos o a unos más que a otros.

Por otro lado, el Ayuntamiento y la Administración municipal, por tratarse de una institución periférica en la esfera de las instituciones del Estado y por ser más cercanas a los ciudadanos, es la más proclive a una cierta intervención vecinal y posibilita algún control sobre el mismo. (Sería necesario para ello disponer de una adecuada información; utilizar inteligentemente el derecho de participación; optar por la vida asociativa).

En el ámbito de las relaciones municipales, el Ayuntamiento se ha convertido en el sujeto, mientras el vecino es el objeto; por ello el ámbito de estas relaciones son jerárquicas y no humanas. Ser sujeto de la vida municipal, es ser sujeto de la vida cotidiana. En el caso de los vecinos de un determinado municipio, su vida cotidiana está más directamente ligada a la gestión municipal y menos directamente al propio vecino, pues la calidad de la vida cotidiana de tal vecino depende en muy buena medida del sentido cualitativo o cuantitativo de la política municipal en la gestión de los grandes capítulos que conforman la vida municipal, así como la solución que se dé a los conflictos sociales surgidos de la problemática socio-urbana en el municipio por causa de los intereses de clase en juego.

La ordenación del territorio y urbanismo; los servicios de mantenimiento y funcionamiento de la ciudad; los equipamiento colectivos; las concesiones de servicios públicos; la atención a los vecinos; medio ambiente, son otros tantos capítulos que conforman la vida municipal y que gestiona el Ayuntamiento; el sesgo que dé a esta gestión afecta, positiva o negativamente a la vida cotidiana de los vecinos.

¿Hay alguna diferencia cualitativa entre la gestión municipal de un Ayuntamiento de «izquierdas» y otro de «derechas»? Sin duda sí que la hay. Pero en todo caso, las grandes líneas de la vida cotidiana vienen marcadas por el modelo de organización social impuesto por la actual cultura y civilización dominante.

El espacio de lo cotidiano, de lo local, es uno de los espacios adecuados de participación ciudadana, con bastantes márgenes de posibilidades; avanzar por este camino requiere hacer trabajar la imaginación y con gente creativa y crítica. Por ejemplo: se trataría de cambiar el sentido de los servicios urbanos tal y como hoy se conciben, o sea pasar de lo cuantitativo a lo cualitativo: no confundir el deporte con la zona deportiva, pues cuando se confunde comporta construir unas instalaciones dispendiosas, para la competición y el récord; no confundir la cantidad de metros cuadrados de ladrillos usados en escuelas o en ambulatorios, con el saber y la salud. Se trata de otra forma de hacer deporte, de otra forma de aprender, de otra forma de curarse o de no estar enfermo.

Se trataría de aprender a disfrutar del espacio y del tiempo. Tener una ciudad en la que se desarrolle y prive el espacio público sobre el privado, donde poder estar, jugar, relacionarse…, donde la calle, en sus múltiples formas, y las plazas, sean espacios de libertad y espacio multifuncional de propiedad pública, de uso público y de mantenimiento público. Como no hay ciudad sin calles, no hay barrios ni participación ciudadana, sin el poder vecinal en la calle.

Se buscaría que en los barrios funcione la vida colectiva, la autogestión. Buscar espacios de autonomía funcional, de autoorganización, de cooperación; sin estar desconectados unos barrios de otros, ni de sus particulares formas de problemáticas socio-urbanas; sin estar desconectados del conjunto de la ciudad…

Y más y más iniciativas, ahora ahogadas por la rutina. Echar a volar la imaginación.

Democratización de los Ayuntamientos

La democracia liberal, entendida como patrón universalmente compartido, que proporciona legitimidad interna y reconocimiento externo de los regímenes políticos

No se trata de una forma de democracia directa, material o participativa, sino de democracia formal, muy criticada por diferentes corrientes de izquierda a causa de sus insuficiencias.

Por otra parte, a pesar del avance que supone la democracia liberal en la historia de la humanidad, el conjunto de sus instituciones es perfectamente compatible con amplios márgenes de desigualdad social, así como de manipulación y control del Poder por parte de las oligarquías consolidadas. Estas formas de dominación son más sutiles que el autoritarismo, pero no menos reales y efectivas. También lo es el hecho de que una mayoría pueda condenar «democráticamente» a los más débiles a la pobreza y a la exclusión social.

Para muchos la elección democrática de las corporaciones municipales, equivale a tener ayuntamientos democráticos. Sin embargo, entendemos que no es lo mismo que en los ayuntamientos haya concejales democráticos, que han sido elegidos en elecciones democráticas, que tales ayuntamientos sean considerados como realmente democráticos. El que haya elección popular de concejales es condición necesaria para que un ayuntamiento pueda tener una base democrática, pero no es suficiente para ser considerado realmente democrático y funcione como tal. Para estos muchos, la democratización del municipio y la propia legitimación municipal, se basa sólo en esa elección democrática de concejales municipales que figuran en las listas de los partidos políticos.

A estas alturas, otros muchos creemos que los ayuntamiento necesitan convalidar su estatus democrático. Para que un ayuntamiento y su municipio tengan hábitos democráticos y sea democrático en su raíz, se tienen que dar estos principios: autonomía, democracia funcional, participación, elección democrática de concejales y alcaldes.

Autonomía. El principio de autonomía (reconocido en la Constitución en su artículo 140) para que deje de ser una mera ilusión, como lo son tantos otros principios constitucionales, supone llevar a la práctica tres realidades: la Carta municipal (es la pequeña Constitución de los municipios; cada municipio hace la suya); las competencias (todas aquellas que sea capaz de gestionar, de modo que el municipio penetre en la vida social y económica con multitud de competencias); el régimen jurídico (para que sean inadmisibles los controles políticos del municipio por los órganos estatales, sino proceden de los Tribunales y ello solamente por transgredir la legislación).

Democracia interna. El principio de democracia interna se refiere a las prácticas democráticas en el funcionamiento de la corporación municipal misma. El presidencialismo del Alcalde distorsiona las bases sobre las que se debe asentar la democracia municipal.

Participación. En el organigrama del propio Ayuntamiento no se puede entender la participación ciudadana como una parcela más de la gestión municipal, con un concejal encargado, que hace lo que puede. La participación ciudadana afecta a toda la gestión. No es una parcela menor, sino un estilo, unos modos, unos métodos de gobierno, unas prácticas que afectan a toda la gestión municipal. De la política de participación ciudadana deben responder todos. La participación define y diferencia cualitativamente a un gobierno local de otro.

La descentralización de los organismos municipales y de sus competencias, especialmente en los municipios grandes, facilitaría el acercamiento del Ayuntamiento a los vecinos y la de éstos, y sus asociaciones a los órganos municipales, facilitando la participación en el control vecinal de la administración local.

Elección democrática de concejales. Se impone una reforma de la normativa actual para la elección de concejales y alcaldes. Ahora, por ejemplo, los elegidos sólo tienen que rendir cuentas de su gestión al partido al que pertenecen, que es quien les ha presentado como candidatos en una lista cerrada. La figura del Alcalde es presidencialista.

Municipios plenamente democráticos es prácticamente imposible que existan en un modelo social neoliberal de clase. (La democracia municipal plena implicaría eliminar el sistema social neoliberal, que se corresponde con el modelo piramidal-jerárquico de la sociedad y modelo de desarrollo social material, casi reducido a lo económico, y con ello al sistema de producción capitalista). No obstante es posible ir aumentando las cotas de democracia real. Siendo realistas, pues una cosa es la democracia mínima deseable y teóricamente posible de conseguir desde ahora y otra cosa muy distinta es el grado de democracia realmente posible en la coyuntura actual, teniendo en cuenta la relación de fuerzas. Lejos de adoptar una actitud derrotista ante esta situación, es necesario tener una actitud realista para afrontar la situación. Desde este realismo se puede conseguir aumentar las cotas deseables y posibles de democracia, municipal real, o lo que es lo mismo, luchar por una nueva, amplia y participativa democracia municipal.

La naturaleza de la lucha es democrática, manteniendo el logro de las «libertades» individuales conseguidas, pero más completamente vividas interiormente y exigidas y practicadas exteriormente. En el cambio radical de la realidad se puede apostar por una dinámica transformadora creciente. No se trata de fingir el cambio o aceptar que otros lo finjan para que todo siga igual.

La democratización de la vida municipal no estará orientada al prestigio de un partido en la gestión municipal, sino en conseguir una democracia real y no delegada; devolver el poder municipal a los vecinos y abrir nuevos espacios de libertad. A aquellos vecinos que ni ahora ni antes han tenido algún poder de decisión en el municipio porque no son burgueses, ni gente culta ni caciques (el pueblo, que son aquellos que tienen un proyecto de vida común, unos objetivos comunes, una práctica de lucha comunes, que les une; en función de unas necesidades y aspiraciones comunes).

Es evidente que, a pesar de las limitaciones, un Ayuntamiento «democrático» ofrece múltiples posibilidades a la lucha de los vecinos.

Participación ciudadana

El centro de la realidad social del territorio municipal responde al modelo de la sociedad neoliberal, que cubre el ámbito del trabajo y de la propiedad capitalista, de las profundas desigualdades, de las clases, del mercado, etc.; el espacio del reino del dinero, de la lucha de todos contra todos. Ahí están los vecinos, y así son.

Pero el municipio no es sólo eso; también hay oposición a eso. En el municipio también está la «izquierda social», o lo que queda de ella, un residuo. Es la gente que se identifica a sí misma como «izquierda». Representa poco en cuanto energía militante y muestra escasa vitalidad. Mantiene una adhesión a ciertos símbolos y valores de la izquierda plural. Es posible que muchas aspiraciones populares sigan expresándose en términos de izquierda, pero esta izquierda, ciertamente, ya no es lo que fue. Ahí también están los vecinos, y así son.

La Ley de Régimen Local asigna a los Ayuntamientos las competencias de satisfacer las necesidades y aspiraciones de la comunidad vecinal, en una interpretación homogénea de la comunidad vecinal y de sus necesidades y aspiraciones, sin distinción de clases sociales. El Ayuntamiento sería el gran sacerdote neutral que oficiaría la liturgia de satisfacer a todos, o a casi todos. Detrás de este maquillaje de la vida real de un municipio está la realidad de que el municipio es un ámbito de competencia en el que actúan los bloques sociales para conseguir o defender, según los casos, los propios intereses. El municipio es el campo político donde se producen los conflictos de la problemática socio-urbana del sistema. Por otro lado, el proceso de patrimonialización del municipio-Ayuntamiento por el partido en el poder local de turno, hace posible que el ejercicio del poder local se corresponda con las esencias de la tradición autoritaria, más o menos ilustrada; siempre en beneficio propio (el municipio se gobierna y administra a veces para el vecino, pero siempre sin el vecino-pueblo).

En todo ese ambiguo ámbito del municipio liberal, la estrategia de la derecha (vamos a llamarla así para entendernos) es un juego cerrado: utiliza las reglas de juego existentes para obtener un rendimiento en forma de beneficio. La estrategia de la izquierda que fue o puede ser (vamos a llamarla así para entendernos) es un juego abierto: diseña nuevas reglas de juego para obtener un rendimiento en forma de bienestar general, o sea para todos y de todos.

La derecha juega con ventaja pues sabe (la izquierda que no es retórica también lo sabe) que la izquierda no puede salirse, a la hora de diseñar nuevas reglas de juego, de las pautas esenciales establecidas por quien puede –tiene poder– para hacerlo; en caso contrario no la dejarían jugar y la expulsarían del terreno de juego.

A este respecto hay que dudar de una izquierda retórica. Las soluciones prácticas a los problemas existentes son intrínsecamente más difíciles para la izquierda que para la derecha. La derecha defiende los derechos ya existentes; la izquierda habla de un futuro intencionada y necesariamente idealizado, de proporcionar mayores oportunidades para los sectores menos afortunados. para la izquierda, los programas prácticos son más difíciles que para la derecha, porque implican hipótesis generosas y no demostradas que dejan, inevitablemente, espacios para el error.

Espacios en el ámbito municipal donde obtener, con la participación vecinal, el rendimiento en forma de bienestar general:

  • en el espacio de lo cotidiano
  • en el espacio de lo institucional
  • en el espacio de la dinamización de la comunidad vecinal.

El espacio de lo cotidiano. Había que reivindicar una política municipal del vivir cotidiano, mediante la mejora de las condiciones de vida y la mejora del territorio municipal, y en concreto de la ciudad y del medio ambiente territorial. Corregir los desequilibrios entre los barrios; favorecer la vida asociativa; proporcionar a los vecinos una información suficiente sobre la administración y gestión municipal, pues es el vecino el que debe saber lo que hace el Ayuntamiento, y no el Ayuntamiento lo que hace el vecino.

• El espacio de lo institucional. Ensanchar y profundizar la democracia municipal.

• El espacio de la dinamización social. Una tarea para la que es necesario que la comunidad vecinal esté bien informada de la problemática social y urbana y pueda ser sensible a los problemas y los asuma. Se precisa crear un entramado social en el que sean frecuentes los hábitos de colaboración, solidaridad, participación y asociación. Urgente necesidad de que resurja la prensa de barrio.

Hay una necesidad prioritaria de articular todos estos espacios en lucha; como también el que toda actividad tenga como base su correspondiente proyecto.

Una vez hecha esta opción, conviene matizar lo de participación de «los vecinos». La Ley Reguladora de Régimen Local entiende por vecino el español mayor de edad que reside habitualmente en un término municipal y que figura inscrito con tal carácter en el padrón. Está bien como definición política; sin embargo parece demasiado genérica desde la opción elegida. No todos los vecinos de una ciudad están dispuestos a actuar en ese sentido. Para trabajar en ese sentido son necesarios vecinos con ideales avanzados, superadores de los ideales conservadores, sin rechazar, por supuesto, a nadie. Que sientan la participación como un derecho; derecho de naturaleza asociativa, y como una necesidad de la persona, que afecta a sus dimensiones humana, social y política; nunca como una graciosa concesión del Poder. Un derecho ejercido como fruto de una decisión individual y constante, convertida en fuerza social crítica y de progreso. Una fuerza social capaz de superar las limitaciones de los partidos y las tesis restrictivas de la normativa sobre participación, que tanto agradan y utilizan los gobernantes municipales; igualmente superadora de la inercia rutinaria o de falta de voluntad, para aprovechar a fondo, aquellas posibilidades que los derechos que ya se tienen proporcionan. Participación, en ese sentido, es contrapoder y no una mera oposición al Ayuntamiento.

Una estrategia que se ha mostrado eficaz, desde la legalidad democrática, a cuyas libertades más o menos reales no hay que renunciar, pues ha costado muchos sacrificios traerlas y nos son vitalmente necesarias, es: crítica, presión y diálogo. Solo desde la crítica-confrontación (que es un elemento fundamental de la estrategia) se logra la presión necesaria para llevar a cabo el diálogo (que es un complemento indispensable). Por lo general, la Administración Local solo escucha si se la presiona.

De la concepción que se tenga del modelo de sociedad en que vivimos, así será la forma de plantearse la participación entre la gente con ideales «avanzados». Si se acepta un modelo de sociedad más o menos integrada, en la que se procura conseguir un nivel mínimo de vida, de cobertura de los derechos democráticos, y se acepta que las desigualdades sociales son por disfunciones del sistema, corregibles, el modelo de participación estará vinculado al poder y será de cooperación instrumental, y a veces crítica, con los programas y directrices de las administraciones. Si se percibe un modelo de sociedad escindido y conflictivo en su raíz, en la que operan ideologías contrapuestas que no pueden confluir, en la que el Poder es un poder de dominio, el modelo de participación es de carácter autónomo y no neutral, capaz de construir una nueva forma de contrapoder social al que haya que tener en cuenta. Ya la vez que se busca un rendimiento en forma de bienestar general, se intenta remover los cimientos del sistema.

Un inciso para terminar. El proceso de ensanchar la presencia activa de los vecinos en la gestión municipal se quedaría vacío de sentido si no se acompañara de un esfuerzo eminentemente cultural y pedagógico a través del que la comunidad municipal pueda autoafirmarse de valores y actitudes vitales capaces de poner en cuestión las relaciones sociales existentes, que permitan la difusión de objetivos contrapuestos a los que el sistema requiere y estimula, y que posibiliten la formación de unos sujetos populares dotados de la autonomía y voluntad para participar activamente en la vida pública.

Publicado en Polémica, n.º 61, mayo de 1996

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4 pensamientos en “Sobre el Municipalismo Libertario. Municipios democráticos

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  2. El asociacionismo ciudadano en una concepción municipalística de la vida podría tener más existe del que ha tenido históricamente si el gobierno local no estuviera tan alejado del sentir popular y frenara tanto el participacionismo ciudadano. ¿Cuándo se da la ruptura entre gobierno y ciudadano? A partir del momento en que la iniciativa de este es abortada o enlaberintada sin darle respuesta, a partir del momento en que el contacto entre el uno y el otro queda roto por el imperativo del poder del primero. Las experiencias de ayuntamientos abiertos al vecindario han sido encajonadas en vías muertas para crear la apariencia de una cancha pública. No es así, ni siquiera los instrumentos previstos legalmente de los plenarios funcionan ni quieren funcionar como espacios no limitados de libre acceso vecinal.
    Llevar, no obstante, a las coordenadas de cada localidad y de cada distrito y barrio (en las ciudades con diversidad morfológica, a partir pues de un quantum numérico bajo de residentes) es de un poderoso atractivo democrático. La ciudad o localidad en la que se vive significa para la mayoría de sus habitantes pasarse la mayor parte de su vida en ella. Lo cual les dota para co-pensar con el resto de vecinos las fórmulas más aptas para resolver problemas comunes. El rescate de la idea de municipio como autodefensa frente al poder feudal es vigente adaptándola a la estrategia para hacerlo ante los nuevos centros de poder. Una nueva conciencia cívica urbana catapultaría un sentimiento de copropiedad del espacio colectivo de uso común y de todos los bienes y enseres que contiene. No solo eso, el municipio libre de los factores de servidumbre hacia los centros de poder externos podría diseñar a su conveniencia economías particulares (incluso con monedas complementarias propias) con proyecciones en las zonas en regímenes mancomunados por recursos geográficos comunes. Con esto no pretendo hacer apología de un localismo o municipalismo, sino el traslado a lo concreto y al ámbito particular de los retos de transformación de la vida social que quedan diluidos en el ámbito de los general y en el allá y después. Para ir en esa dirección, los ayuntamientos deberían dejar de tener un régimen presidencialista y reconfigurarse como concejos que representaran tanto todas las zonas como todas las inquietudes. Así mismo de una manera periódica y regular deberían articular la convocatoria ordinaria fija de un plenario asambleario en el que discutir los ejes políticos fundamentales de cada momento.

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