Los Ateneos Libertarios y el anarquismo

Ateneo Libertario AL MARGEN

La curvilínea espada del tiempo nos desgarra…

Anarquista

Si algo hemos aprendido los anarquistas en estos últimos años es que el anarquismo no imprime carácter. Ni tan siquiera predispone, a quienes orgullosamente ostentan este título, a ser inteligentes. Todo parece haber sucedido como si las espesuras del tiempo nos hubieran atrapado en una pegajosa tela tejida con los excrementos del pasado. Pero es algo mucho más trivial. Todo ha sucedido según lo previsto. El inmenso ídolo erigido para ser adorado ha acabado por engullimos en sus insaciables fauces. Y allí, en sus entrañas, nos debatimos todavía intentando escapar de una pesadilla que nosotros mismos hemos contribuido a crear.

A alguien se le habrá ocurrido pensar quizás que Bakunin tenía razón cuando le reprochó a Fanelli el inmenso error que había cometido al venir a España a hablar de la Internacional con el programa de la Alianza. Sin embargo, este error –en el supuesto de que existiera nadie ha explicado todavía en qué consistió exactamente– no tuvo consecuencias prácticas en unos momentos históricos en los que la acción predominaba sobre la teoría y los problemas que surgieran en su momento se resolvieron en las barricadas que es el lugar en que mejor pueden resolverse asuntos en los que el debate está ya desde el inicio viciado.

Todavía no se han apagado los ecos del inmenso fragor producido por la destrucción de un movimiento que al final de la década de los setenta hizo estremecerse al poder. Incluso puso en peligro el pacífico y pactado proceso de la Transición que tantas alegrías nos habría de deparar. Pero bastó el transcurso de unos meses para que todo el edificio, que en apariencia gozaba de una gran solidez, se viniera abajo con estrépito.

Sería de una ingenuidad rayana en la estupidez concluir que el hundimiento había sido provocado por los embates de la represión. Además de ser un cómodo tópico, poco tuvo que ver en esta ocasión con el desastre final. El anarquismo ha atravesado a lo largo de su historia por momentos muy críticos en los cuales la represión se cebó en sus militantes con cruel saña y sin embargo supo salir airoso de ellos, cierto que con las fuerzas muy mermadas, pero con las ideas robustecidas.

La última crisis nos ha lanzado a un pegajoso y tétrico pantano, en el que las ideas putrefactas nos impiden casi respirar, nos ahogan con su fétido aliento y cuantos más esfuerzos hacemos por librarnos, más nos hundimos en sus descompuestas aguas. y lo paradójico de esta situación es que al encarar el análisis de este fenómeno nos separamos más de nuestros objetivos, haciendo rodar de nuevo la piedra cuesta abajo y cual Sísifos modernos recomenzar la lenta ascensión de la ladera lastrados con la pesada carga de la inútil polémica.

Habría que preguntarse antes que nada si vale la pena analizar una vez más las circunstancias que contribuyeron a abocamos a esta situación en la que, cual si atravesáramos un larguísimo túnel oscuro, jamás llegamos a ver la salida. De todos modos y aún a pesar de que la inutilidad del esfuerzo está casi asegurada, nos empeñaremos de nuevo en la vana creencia de que confluyan actitudes proclives a encontrar la raíz del problema. No cabe ninguna duda que sea quien fuere el responsable, a nadie se le escapa que encerrar el anarquismo en los estrechos marcos del sindicalismo es una aberración de funestas consecuencias. Que en las discusiones congresuales de 1979 no se llegara a ningún acuerdo positivo en torno a la elaboración de determinadas estrategias sindicales es perfectamente lícito. Pero deja de serlo el que una de dichas fracciones se arrogara la ortodoxia del anarquismo y enarbolando su bandera anatemizara a todos aquellos que no estuvieran de acuerdo con la historia.

Veinte años después –un lapso de tiempo suficiente para hacer reflexionar a seres inteligentes– seguimos en el mismo lugar. Cierto que algunas cosas han cambiado y que, a pesar de todo, se ha intentado superar de la mejor forma posible el vacío provocado por el enfrentamiento inútil de dos formas anacrónicas de plantearse la lucha contra el capital. Pero el peso abrumador del anatema ha congelado todas las iniciativas, que han ido dejando tras de sí jirones de propuestas olvidadas entre las zarzas del odio y el rencor.

Últimamente asistimos a un renovado debate sobre el mismo tema. Se intenta de nuevo acercar las posiciones de los irreductibles a fin de confluir en una propuesta común que nos permita avanzar en alguna dirección Es una iniciativa laudable que merece nuestra aprobación, pero nos da la impresión de que se trata de recomponer un juguete que nosotros mismos hemos destrozado. El resultado final sería una especie de organismo hecho de costurones, fabricado con deshechos tomados de cualquier parte. Un ente sin coherencia que acabaría por ser mucho más nocivo para el movimiento que lo que ahora tenemos.

Ambas vertientes del mismo problema han evidenciado de modo palpable su fracaso en encontrar una solución. Y, significativamente, por los mismos motivos: la deserción del proletariado de su papel revolucionario. De protagonista de la revolución se ha convertido en el referente abstracto al que todo el mundo alude sin saber muy bien de quién se está hablando. Los unos quizá confían en que, por alguna misteriosa razón, este proletariado –explotado hay más que nunca, no se nos olvide– cobre conciencia de esta explotación y engrose las filas del anarcosindicalismo nutriendo las huestes revolucionarias hasta alcanzar en la lucha contra el sistema las glorias de antaño. Los otros, confiando en que estos mismos proletarios acaben dándose cuenta del engaño a que son sometidos por los sindicatos vendidos y mediante su voto de castigo hagan del sindicalismo revolucionario una fuerza capaz de arrastrar a las masas proletarias a la conquista del bastión capitalista.

Además deberíamos preguntamos, cuál es la razón que nos mueve a ello en estos momentos, cuando lo más racional entonces hubiera sido que cada propuesta tuviera su línea de actuación. La práctica se hubiera encargado de demostrar lo que ahora ya sabemos, pero su resultado –estamos completamente seguros de ello– hubiera sido diametralmente opuesto. Posiblemente aquellos que más rabiosamente apelaban a la ortodoxia y que decretaban expulsiones a diestro y siniestro, pasando después –cuando ya habían hecho su labor liquidadora– a ocupar altos cargos en la administración o en los sindicatos reformistas, no hubieran tenido el campo abonado para deshacer en pocos meses un trabajo que había costado muchos años de esfuerzos a mucha gente que comenzó a desertar el campo minado de una práctica viciada.

Porque nos olvidamos, en la vorágine en la que nos vimos inmersos, que una de las características básicas del anarquismo ha sido históricamente la multiplicidad de su acción que abarcaba todos los aspectos de la actividad humana, integrándola en un corpus teórico-práctico no escrito, pero no por eso menos eficaz. Gracias a ello, configuró en su desarrollo una cultura que le era propia y lo diferenciaba radicalmente de cualquier movimiento político-social. Pero esto fue posible porque cada sector desarrollaba su propia actividad de forma absolutamente autónoma, confluyendo todos ellos en la acción.

Hoy asistimos al tremendo derroche de este bagaje cultural que nos fue legado sin que se sepan bien las causas que han provocado esta sangría. Los modernos Durrutis se pudren en la cárcel anatemizados por el sector ortodoxo, mientras se ensalzan las glorias de los héroes de antaño, sin darse cuenta apenas de que éstos fueron posibles porque una ingente cantidad de militantes anónimos trabajaban en la ingrata tarea de mantener en pie una estructura que les sirviera de cobertura. La fabricación de mitos condena inexorablemente a los trabajadores al papel de espectadores de una representación que les es absolutamente ajena. Y esto resulta tanto más cruel cuanto que el anarquismo se había concebido como un huracán que barriera todas las supersticiones.

Esta inmensa cultura anarquista que nos fue legada permanece –y muy posiblemente permanecerá– en el lado oscuro de nuestro interés. En líneas generales se sabe muy poco; tan sólo su vertiente más espectacular, aquella que se presta con suma facilidad a la función integradora, a su banalización como espectáculo. Muy pocos han tenido la osadía de acometer seriamente el estudio de nuestro común pasado. Ciertamente que para ser anarquista no hace falta aprenderse de memoria las obras completas de Bakunin. Basta ponerse una chapita en la solapa con la A circunscrita o embutirse en una camiseta con alguna frase contundente impresa en la tela. Pero no estamos hablando de eso. Insistimos en lo que nos es propio y que va directo a la raíz del problema. Si queremos crear algo debemos hacerlo desde una base que sea nuestra. De hoy, de ayer, de siempre. Si queremos debatir un problema necesariamente debemos proveemos de un método adecuado a nuestras ideas. o es pedir mucho, tan sólo un mínimo de reflexión.

Es evidente, a estas alturas del discurso, que hablamos desde el escepticismo, pero sin caer en el desaliento. Nos seguimos preguntando si es posible recuperar los últimos restos del naufragio y modelar con ellos las posibles líneas directrices que nos permitan construir una estructura adecuada a nuestras ideas. Nosotros seguimos pensando que la estructura básica del anarquismo es el grupo de afinidad, con todas sus limitaciones, pero al mismo tiempo capaces de desarrollar un entramado suficientemente sólido para permitir una acción efectiva en la lucha por una transformación social en la dirección que deseamos.

Si la CNT pudo acometer la ingente tarea de preparar la revolución fue gracias a la labor de los innumerables grupos anarquistas que diseminados por toda la geografía del país tejían una tupida red de relaciones que mantenía vivo el fermento de las ideas. Contribuyeron con su esfuerzo a crear una cultura revolucionaria que fue puesta a prueba en más de una ocasión. Desde el siglo pasado los Centros de Estudios Sociales y más tarde los Ateneos Libertarios fueron el núcleo organizativo anarquista más eficaz para seguir manteniendo en pie la lucha contra el sistema capitalista.

Se produjo una eficaz simbiosis entre la lucha de los trabajadores por sus derechos a través del sindicato y la lucha revolucionaria por una transformación social a través del anarquismo. Pero a medida que el sindicato se desarrollaba y se hacía más poderoso comenzó también a generarse, un cierto desequilibrio en la acción combinada de ambas fuerzas que acabó por decantarse de manera evidente hacia el anarcosindicalismo. Los grupos anarquistas pasaron a desempeñar un papel de comparsas en una organización –probablemente más eficaz coyunturalmente no vamos a entrar a discutirlo, pero contraproducente a largo plazo– que se presentaba como la depositaria de la ortodoxia anarquista. El anarquismo hispano crecido en la espontaneidad y robustecido precisamente por ella, la abandonó apenas se sintió fuerte para hacer la revolución a golpe de decreto.

Tras cuarenta años de dictadura. Roto el cordón umbilical que en otros tiempos de crisis había permitido mantener la continuidad necesaria, la reconstrucción se presentaba más como una lucha por el control de los comités –en los diferentes sectores en que había sido dividido el movimiento libertario– que como un intento de crear una estructura sólida. Se colocó en pie el carcomido edificio y se pretendió rellenarlo con gente que siguieran determinadas consignas. Cuando comenzó a aflorar –casi de inmediato– la terrible contradicción en la que se estaba incurriendo, ya habían comenzado las excomuniones. Los defensores de la ortodoxia –todavía no sabemos muy bien cuál– golpeaban a diestro y siniestro, en ocasiones de forma real, o se asaltaban locales en busca de enemigos a quien combatir. Triste espectáculo de aquellos que, incapaces de enfrentarse a las fuerzas de la reacción, necesitan golpear al compañero indefenso por el simple hecho de que no piense de la misma forma, a fin de reafirmar un ego desquiciado.

A muchos de estos radicales a los que se les llenaba la boca hablando de los principios del anarquismo, podemos hoy contemplarlos apoltronados en cómodas butacas de despachos oficiales, comiendo en el pesebre con las sobras que el poder les ofrece con sumo agrado por la labor realizada. La lucha por el poder anarquista les ha llevado a los sumideros del poder. Triste legado de unas prácticas que incluso hoy se siguen llevando a cabo. Los modernos héroes emulando a los aguerridos anarquistas de acción siguen golpeando a los traidores que les impiden con su acción dedicar todas sus energías a combatir por la revolución. Pero cuando en un plazo relativamente corto hayan acabado con todos ellos, ningún obstáculo se opondrá ya y la revolución será un hecho.

Estamos convencidos que si ha de producirse un despertar –algo se está ya produciendo en estos momentos en muchos lugares– deberá partir de la base misma del anarquismo: del grupo de afinidad. Con esta idea se convocó a una reunión de Ateneos Libertarios, para constatar, o mejor dicho seguir constatando, que la antigua división entre buenos y malos seguía fresca y lozana como siempre. Nos dimos cuenta de que –en la mente calenturienta de algunos– también los Ateneos Libertarios estaban controlados por unos u otros, aunque no sabemos muy bien cómo se realiza ese proceso de alquimia. La inversión del gerundio se había producido.

Pero quizás en el fondo todo sea mucho más simple de lo que a simple vista parece, reduciéndose lo complejo en este caso a una general apatía que nos conduce a manejar ciertas fórmulas aprendidas que nos resultan extremadamente cómodas, en lugar de contribuir con nuestro esfuerzo a intentar poner las bases de un proyecto común. Dándose la circunstancia de que ese es uno de los presupuestos básicos del anarquismo. Lo otro, aquello que ya ha sido ensayado con largueza ya sabemos los resultados que proporciona: mantenemos en un estado general de abulia que nos sumerge en la nada más absoluta.

Se argumentará –y nosotros también lo hacemos para no ser menos– que se han realizado encuentros en innumerables ocasiones sin que de ellos surgiera nada tangible, un proyecto viable, en fin, algo que llevarse a la boca y que, por tanto, estos encuentros serán unos más en la serie infinita que podemos programar. Es cierto, pero aunque sólo sea para vemos las caras, ya vale la pena que, de vez en cuando, nos demos cita en algún lugar. y no hay que olvidar, compañeros, que si algo ha de surgir dependerá en última instancia de nosotros mismos. Es nuestra inconmensurable soledad frente al infinito, que soslayaremos con alguna copita de ron. Decía Camillo Bemeri –en aquellos tiempos en que todavía valía la pena decir algo– que «el anarquismo es el caminante que marcha por los caminos de la historia, y lucha con los hombres tal como son y construye con las piedras que le suministra su época».

Y para finalizar unas sugerencias, que no directrices ni axiomas: los Ateneos Libertarios son los espacios físicos en los que se desenvuelven los grupos anarquistas que los componen, pero además es el lugar vital de la experiencia libertaria que irradia hacia el exterior su influencia en la medida de sus fuerzas. Nuestra pretensión, cuando tuvimos la genial idea de convocar a un primer encuentro de Ateneos Libertarios, era pulsar el nervio vital de nuestro movimiento, para tratar de ponemos de acuerdo en algunos puntos que a nosotros nos parecían cruciales. De ese encuentro salieron algunas iniciativas para tratar de posibilitar un contacto más fluido entre las diferentes experiencias que cada Ateneo desarrolla. Si al menos entre todos consiguiéramos poner las bases para lograr un deslinde de campos que permitiera que cada grupo, colectivo u organización anarquista actuara libremente en el área de su interés, sin que sobre sus cabezas pendiese a cada momento la pesada carga del anatema, habríamos hecho ya mucho en favor de nuestro movimiento.

De nosotros depende que la afirmación de Felipe Aláiz cuando decía que una reunión sólo servía para decidir que día nos teníamos que volver a reunir de nueva no sea cierta… del todo.

Publicado en Polémica, n.º 71, abril 2000

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