El ascenso de un almirante. La muerte de Carrero Blanco

Antonio TÉLLEZ

El 20 de diciembre de 1973, un atentado minuciosamente preparado acabó con la vida de uno de los personajes con más peso dentro del régimen de Franco: el almirante Luis Carrero Blanco.

1967.Carrero_vicepresidente

«Que nadie, ni desde fuera ni desde dentro, abrigue la más mínima esperanza de poder alterar en ningún aspecto el sistema constitucional, porque, aunque el pueblo español no lo toleraría nunca, quedan en último extremo las fuerzas armadas». Luis Carrero Blanco (Diario de Barcelona, 25 de abril de 1968)

El 20 de diciembre de 1973, hace ya treinta [cuarenta] años, en la calle madrileña de Claudio Coello, a las 9,28, se produjo un acontecimiento extraordinario: un automóvil Dodge Dart, modelo 3.700, de color negro, matrícula PMM 16416, de un peso de 1.758 kilos, con tres personas a bordo, despegó súbitamente con gran estruendo, entre una nube de polvo, frente al número 104, y después de elevarse unos 35 metros y saltar la fachada de un edificio, aterrizó en una terraza interior de un convento de jesuitas, situada en la parte trasera de la iglesia de San Francisco de Borja, donde, como todos los días, había acudido para oír misa y comulgar una eminente personalidad. Los tripulantes del bólido volador eran: Juan Antonio Bueno Fernández, de 51 años, inspector de Policía; el chófer, Luis Pérez Mogena, de 32 años, y el almirante Luis Carrero Blanco, nacido en Santoña (Santander) el 3 de marzo de 1903, presidente del gobierno español, alter ego del general Franco, «caudillo de España». Media hora después, el ministro de la Gobernación, Carlos Arias Navarro, era informado de la defunción del segundo hombre más importante del régimen. Cinco meses antes, el 20 de julio de 1973, Luis Carrero, al presentar a las Cortes su nuevo gobierno, en su primer discurso declaró:

Soy un hombre totalmente identificado con la obra política del Caudillo, plasmada doctrinalmente en los Principios del Movimiento y en las Leyes Fundamentales del Reino: mi lealtad a su persona y a su obra es total, clara y limpia, sin sombra de ningún íntimo convencimiento ni mácula de reserva mental alguna.

En el lugar donde el coche había levantado el vuelo se había formado un cráter de unos ocho metros y medio de diámetro por tres metros de profundidad. Podía haber sido producido por una explosión accidental de gas, pero no, se trataba de un atentado político inverosímil, pero de una perfección inigualable.

El ministro de la Gobernación, Carlos Arias Navarro, que entre sus obligaciones como tal era el responsable directo de la seguridad del almirante, y que para  sorpresa general sucedió en el cargo a la víctima que el 8 de julio había sido designado como cancerbero del régimen, tomó inmediatamente las resoluciones prácticas que se imponían, entre otras, a partir de entonces, el domicilio del nuevo jefe del gobierno, o sea el suyo, estaría bajo la vigilancia de un pelotón de la Guardia Civil de seis hombres, mientras que el de Carrero Blanco sólo se beneficiaba de la presencia de uno o dos Policías armados. También, a partir de entonces, el coche presidencial sería blindado.

Carrero Blanco pertenecía a una familia de tradición militar. Ingresó en la Escuela Naval a los 15 años Y allí nació su vocación. En 1922 era alférez de navío, y luego capitán de fragata. Al estallar la guerra civil en julio de 1936 logró escapar de la «zona roja», y pasar a la también mal denominada «zona nacional». Se incorporó al Ejército del Norte. En 1938 estaba al mando de los cruceros de la flota franquista, y al terminar la contienda fue designado jefe de operaciones del Estado Mayor de la Armada.

En 1940 fue nombrado consejero nacional del Movimiento, con lo cual inauguraba su noviciado en la carrera política. En 1941 fue designado subsecretario de la Presidencia del Gobierno y presidente del Consejo de Administración del Patrimonio Nacional, cargo que pasó a ser vitalicio. En 1951 era ministro subsecretario de la Presidencia, y en 1967, cuando ya era almirante, llegó a la vicepresidencia del Gobierno, cargo que había ocupado hasta entonces Agustín Muñoz Grandes. En 1973, seis meses antes de su paso a la inmortalidad, Franco le había nombrado Presidente del Gobierno, con lo cual había escalado la posición de segundo en el régimen que imperaba en España. Era realmente un «pez gordo».

Al margen de todas las hipótesis que se barajaron al producirse el «magnicidio», y que se prolongaron durante bastante tiempo, sobre los autores directos, indirectos, encubiertos o patrocinadores de tan increíble suceso, de lo que no cabe la menor duda es que fue concebido, planeado y ejecutado por la organización autodenominada Euskadi Ta Askatasuna (ETA), que en un comunicado del mismo jueves 20 de diciembre de 1973 reivindicó la responsabilidad del atentado.

¿Cómo se realizó tan magistral operación? El 31 de enero de 1973 un comando de la organización vasca asaltó un polvorín en Hernani (Guipúzcoa) llevándose 3.000 kilos del potente explosivo Goma 2. A mediados de noviembre del mismo año adquirieron un sótano en la calle Claudio Coello, número 104, destinado a servir de estudio a un «escultor». Luego compraron un Austin Morris que el día del atentado colocaron en doble fila para obligar al coche de Carrero Blanco a pasar por el medio de la, calzada, exactamente por encima de la mina preparada. A partir del 7 de diciembre comenzaron la excavación de una galería subterránea entre el sótano y el centro de la calle Claudio Coello, de unos seis metros y medio de longitud. La tierra de la excavación la depositaron en sacos en un rincón del local. Los explosivos, mechas y detonadores llegaron al lugar dentro de maletas o bolsas de viaje. El ruido originado en la excavación quedaba justificado con los martillazos del supuesto escultor, aunque tuvieron la suerte de que también quedaran algo disimulados con el ruido que hacían allí cerca los trabajos de demolición de un edificio. El 17 de diciembre el túnel estaba terminado. Colocaron unos 75 kilos de Goma 2 y luego taponaron unos dos metros de la galería con sacos terreros para que la onda expansiva no se dispersara. Otros diez kilos de Goma 2 se colocaron dentro del Austin Morris 1.300 que teóricamente debían explotar por simpatía junto con la mina, pero que fallaron. Para escapar después del atentado alquilaron un Seat 124 blanco que con el motor en marcha esperaba a los miembros del comando que en la esquina de la calle Claudio Coello, a unos 600 metros de la mina, debían encargarse de accionar el interruptor eléctrico de la explosión en el momento exacto. Todo salió a pedir de boca.

En julio de 1975 fueron detenidos dos de los etarras que participaron directamente en la operación, y otros cayeron con ellos. Todos los procesados fueron amnistiados en 1977.

Argala

Argala

José Miguel Bañarán Ordeñana (Argala) uno de los dirigentes de ETA y miembro del comando autor del atentado y supuesto accionador de la explosión, tuvo una muerte bastante similar a la del almirante. El 21 de diciembre de 1978, a las 9,30, salió con su esposa de su domicilio ubicado en la localidad francesa de Anglet, entre Bayona y Biarritz. Su coche estaba aparcado allí cerca, al aire libre. Cuando accionó la llave de contacto el vehículo y sus pasajeros volaron destrozados. Argala tenía 29 años.

Todas las especulaciones sobre la importancia que tuvo la muerte de Carrero Blanco en la aceleración del cambio de régimen no pasaron de ser meras suposiciones. El franquismo no estaba simbolizado ni materializado en el almirante, sino en el enano psicópata de El Pardo. No cabe duda de que lo sucedido el 20 de diciembre de 1973 influyó en la rapidez del cambio, pero lo que permitió una reflexiva preparación del mismo fue su larga agonía antes de exhalar su último suspiro el 20 de noviembre de 1975. El hombrecito tenía entonces 83 años y durante 39 había sido Jefe del Estado, Generalísimo de los Ejércitos y también, para sus cómplices y adoradores, «Caudillo de España», y su nombre podía ya figurar con brillantes entre las historias de los hombres de Estado que más sangre derramaron en sus desalmadas vidas.

Publicado en Polémica, n.º 82, noviembre 2004

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