La doble vida de Willem Elsschot

Francisco CARRASQUER

Willem Elsschot

Willem Elsschot

Se da de vez en cuando el fenómeno del escritor que aparece como tal sólo por la noche en círculos privados y para todo el mundo bajo seudónimo, mientras que de día y oficialmente va con su nombre propio y con su profesión reconocida y registrada. Por lo general, esta profesión está en las antípodas de toda artisticidad, al menos si se toma la del escritor como refractaria a carrera profesional en que domine el afán de lucro o de representación escalafónica. Así de pronto, en la literatura neerlandesa ya se me vienen a las mientes cuatro o cinco casos, ilustres además: Willem Elsschot –agente de publicidad–, Gerard Diels –agente de bolsa–, F.C. Terborgh –embajador–, Multatuli –alto funcionario en colonias– y Nescio –hombre de negocios. Ah, este último, cuyo seudónimo latino tanto nos recuerda al del gran Multatuli, está además estrecha y paralelamente relacionado con el primero, de quien vamos a hablar hoy. Nescio presenta, no sólo un neto paralelismo con Elsschot por haber nacido el mismo año y ocultado su persona jurídica de escritor bajo un seudónimo, sino sobre todo por su estilo: el de ambos es, en efecto, directo, más que desnudo, desnudador; y en ambos hay una misma capacidad de observación por ángulos de visión siempre sorprendentes y de síntesis que deja boquiabierto al lector. En lo que difiere Nescio es en que ha escrito menos que Elsschot: frente a las 750 páginas de las Obras Completas de Elsschot (once novelas y una cuarentena de poemas), Nescio cuenta con 4 libritos de cuentos, si bien considerados como joyas del realismo escéptico neerlandés en literatura.

Tal vez en otra ocasión hablemos de Gerard Diels, poeta que además tiene para nosotros el atractivo de su hispanofilia (traductor de Quevedo y García Lorca, por ejemplo). Pero hoy vamos a dedicar nuestro pequeño espacio a Willem Elsschot (seudónimo de Alfons de Ridder, nacido y muerto en Amberes, el 7 de mayo de 1882 y el 31 de mayo de 1960, respectivamente). Ya el deshacerse de nombre y apellido que tanto visten (Alfonso, nombre de reyes, y de Ridder, que significa el caballero) puede decirnos algo del personaje, porque si Guillermo es vulgar de tan corriente, Elsschot no tiene parecido con nada ni con nadie (léase Elsjot en español). O sea, una doble personalidad, pues, sobre una doble vida, al parecer. Y, sin embargo, la obra escrita de Elsschot no podría haber sido de este mundo sin la obra vivida de Ridder. Porque si ha habido un artista que ha sabido hacer de su realidad la verdad suya, ese es Elsschot. Todos sus libros operan ese prodigio tan propio y legitimador del arte literario que consiste en izar a la categoría de verdadero lo real; o en su caso, más estrictamente: elevar su biografía a la entidad de espejo universal con cierta convexidad/concavidad para reflejar la vida de todos, ya enfatizando arquetipos apaisados, ya adelgazando prototipos degenerativos.

Bueno, de la obra y estilo de Elsschot ya he hablado con alguna extensión en el libro que le dediqué hace ya muchos años: Willem Elsschot. Su obra poética (Isla de los Ratones, Santander, 1962), antología de su poesía, que traduje y precedí de un estudio de 20 páginas de análisis literario y de un prólogo del mismo Elsschot a su novela Queso que trata, precisamente, del estilo. Pero aquí no vamos más que a dar unas muestras de su poesía con esta breve presentación:

Multatuli

Multatuli

Willem Elsschot: una figura peregrina, incluso en Flandes –que es donde los españoles poníamos las picas, para vergü̈enza nuestra–, figura tan ceñuda y tan esquinada y, sin embargo, tan atrayente y enternecedora por desbordante y nunca desbordada humanidad. Elsschot podría haber funcionado a las mil maravillas, creo yo, como maestro de los poetas de la Generación de los 50 españoles (y pienso en casos límite como un Gabriel Ferrater, un Gabino Alejandro Carriedo, un Gil de Biedma o un Ángel González, cada cual por una de las cuatro puntas posibles (lucidez, retranca, contención y fábula). Y la prueba es que cuando se publicó mi antología elsschotiana, aun a pesar del poquísimo eco que ha tenido en el público lector español todo lo que en los últimos veinte años se ha publicado de la literatura neerlandesa, en lengua española (unas diez antologías de poesía, otra de importantes ensayos y media docena de grandes novelas), apareció un comentario del que vale la pena transcribir unas frases. El poeta y crítico literario Carlos Murciano, escribió, en efecto, entre otras cosas, lo siguiente:

«[Willem Elsschot] Seco, irónico, tenso e intenso, su verbo, como su obra misma, restalla y flagela, sacude mentes, despierta conciencias, araña, duele… Su actitud de denuncia, su lenguaje prosaico, directo, le convierte en un precursor de la poesía de hoy».

Se refiere, naturalmente, a la poesía de entonces en España, porque en el extranjero era muy distinta. Pero la de Elsschot se quedó en voz clamando en el desierto literario neerlandés. Porque, aparte del ya nombrado paralelo holandés llamado «Nescio» («No sé»), que en realidad era su coetáneo admirador, no ha tenido Elsschot seguidores inmediatos. Lo que no quiere decir que no haya ejercido influencia, porque lo ha hecho, y mucho, en los literatos neerlandeses posteriores, desde los experimentalistas de los años 50 hasta los posmodernistas y expresivistas de los 70/80, pasando por los neorrománticos y estetizantes de los 60/70.

En cuanto a la buena acogida de que gozó Elsschot por parte de nuestros poetas del compromiso o los llamados «sociales» o del «realismo histórico», puede ser debido al hecho de que es el poeta que tanto se acerca al profundo sentimiento del desengaño, españolísimo, unido a cierta emoción vagamente anárquica de revuelta, que ha sido también un registro de nuestros poetas de la segunda posguerra, así como lo fue de los poetas holandeses de la posguerra más inmediata. En este sentimiento rebelde es en el que más se nos aclara la admiración de Elsschot por el primer novelista holandés «Multatuli» («He soportado muchas cosas»), que es a su vez el primer gran rebelde de las letras neerlandesas.

También es un pecado de omisión (como decíamos a propósito de Multatuli (cf. Polémica, n.º 30), que el mundo hispánico no conozca todavía la obra narrativa de Elsschot, esas joyas que se llaman Villa des Roses, Queso, El fuego fatuo… Por cierto que Villa des Roses, la primera obra que hizo al flamenco Elsschot de un golpe famoso, se publicó primero en Holanda; y Max Havelaar, la obra cumbre del holandés Multatuli, apareció por vez primera en Bélgica. De estos cruces hay muchos en la historia literaria neerlandesa, aunque seguramente es bastante mayor el número de autores flamenco-belgas publicados en Holanda que viceversa. Pero no deja de ser ésta una prueba definitiva de que el campo literario neerlandés no conoce ni reconoce la artificial frontera holando-belga. Es el caso de una nación en dos estados.

He aquí ya cuatro muestras de la poesía de Willem Elsschot: una de su naturalismo trascendente, «Matrimonio»; otra de su ternura contenida en probetas de arsénico, «Madre»; y las dos restantes de conciencia social en exabruptos con volteretas de sentido común poco común: «El Limpiazanjas» y «Al pobre».

Matrimonio

Cuando descubrió cómo las nieblas del tiempo

le habían apagado, a su mujer, las chispas

de sus ojos y ajado la flor de sus mejillas,

la apartó de su vista y se hundió en el desaliento.

Volvió a mirarla sin despertarle el celo,

blasfemó y se mesó la barba hecho una fiera:

y vio el «pecado» más gozoso hecho galera

en el mirar aquél de agónico jamelgo.

Mas ella no murió, a pesar de que él, con boca

del infierno le chupaba hasta el tuétano la osambre.

y la mujer, sin fuerzas ya de hablar ni de quejarse,

vivía en un temblor saciando a su pesar una sed loca.

¡Qué no rumiaba! «La mato y hago arder la casa;

he de desoxidar mi cuerpo entumecido

y correr entre llamas y charcos, aturdido,

hasta otro amor que a un nuevo sol me aguarda».

Pero no la mató, porque entre sueño y acto

median las leyes e inconvenientes prácticos …

y esa melancolía extraña e inefable

que asalta antes del sueño y no se explica nadie.

Pasaron años y años. Los hijos, ya mayores,

veían a aquel hombre, al que llamaban padre,

sentado ante la lumbre, inmóvil e intratable,

perdida la mirada en visiones atroces.

MADRE

Mientras, como una bestia, padre duerme,

se hunde en un sueño y medio ríe, beato,

tú velas en la noche, avizorando

y llamando a tus hijos ¡que no vuelven!

Volaron como buitres ante el trueno,

llevándose un jirón del nido viejo

donde esperas, ansiosa, su regreso,

sin leer el reloj, libro del tiempo.

¡Que no arruine la pena tu vejez!

Los dientes ya no dan presa a tu boca

ni hay leche que refluya hasta tus pechos.

No se puede hacer nada, ya lo ves.

¡Ponte, pues, a cantar, bebe una copa,

que la Muerte ya tira de tus dedos!

EL LIMPIAZANJAS

Perdona, pero no me atrevo a ir a tu lado,

porque aún siento el rubor del rico desayuno

y debes de llevar, tú, ya, horas y horas curvo

deslodando tu zanja número mil cuatro.

Saludo con respeto tus terrosos lazos,

tus dobladas espaldas y tu barba en ruinas,

cayéndote hacia abajo a lo largo de la lluvia

con tus flacuchas piernas y tus grandotas manos.

Las vacas dejan de pacer, de vez en cuando,

para observarte con socarronería

y te imprecan, mugiendo, tu holgazanería…

si te ven descansar para alentar un rato.

Ah, esas bestias estúpidas, hasta te venderían;

cuidado, pues, y sigue paleando, paleando.

Desconfía también del taimado avechucho

que entre el barro se da a su labor vermicida.

La voluntad del señor cumples, ya lo ves:

hay que desembarrar la zanja. Yeso es todo.

Más te vale callar, ya que morirás pronto:

mira bien en el agua y lo podrás leer.

AL POBRE

Tú, a quien las manos tiemblan;

tú, el del sórdido atuendo:

cuando me miras, hielas

mi sangre, hozas mis huesos.

No tienes que contar

tu monótona vida:

que la llevas escrita

en tu cara y tu andar.

Letras de imprenta juegan

por tu ruinosa boca:

esa herida que llora

y tus dedos consuelan.

La cuentas con tus pasos,

solloza entre tus bromas;

rezuma en el aroma

que te envuelve sentado.

Viene a estorbar mis sueños

y a los suelos me arroja;

la degusto en la boca

y ríe en mi oído interno.

Iré a misa a maitines

a confesar mis yerros,

viviré con los perros …;

pero, así, no me mires!

Publicado en Polémica, n.º 42, junio 1990

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