La utilización de la mitología histórica para justificar un proyecto nacionalista. El ejemplo de Kosovo

Xavier LÓPEZ

En 1986 tuve la suerte de estar unos días en Kosovo, o Kosova, como reivindicativamente se le llama ahora. Kosovo es su nombre en serbocroata, Kosova es la transcripción más verosímil de su nombre en albanés, Kosove. Unos días para poder comprender lo injusta y absurda que llegó a ser la situación provocada allí por Milosevic a partir de 1989, y lo criminal de las numerosas connivencias que la permitieron.

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Después de entonces he oído cientos de veces que «los Balcanes son así», que «no me extraña con lo compleja que es la situación», en fin, que «es el peligro que conllevan los nacionalismos» –dicho, claro está, por un nacionalista–. Todas estas afirmaciones son reducciones propias, cuando menos, del desconocimiento.

La primera impresión, y la segunda –más profunda– también, que se llevaba de la antigua Yugoslavia cualquier observador medianamente atento al paisaje humano que ofrecía el entorno, no era la de una complejidad imposible de conciliar sino, bien al contrario, la de una diversidad enormemente rica y armónica. De ahí que resulte fácil situar, certeramente, la responsabilidad de lo que luego ha ocurrido en la manipulación política hábilmente diseñada e implementada por determinadas élites políticas, principalmente en Belgrado, y, en menor medida, en Zagreb e, incluso, en Sarajevo.

Es cierto que, desde que en 1389, el día siguiente a la batalla del Campo de los Mirlos, en Kosovo Polje, alguien anónimo empezó a deformar la Historia, la batalla de Kosovo ocupa un lugar central en el imaginario colectivo del pueblo serbio. Kosovo, la batalla, resume la quintaesencia de toda las grandezas que puede encerrar el ser humano y también de todo lo bajo que puede caer en su miserabilidad. Kosovo es el zar serbio Lázaro, comandante de una parte de los ejércitos cristianos (por cierto compuesto no sólo y puede que no mayoritariamente de serbios, sino también de bosnios, albaneses, húngaros, croatas, valacos, etc.), heroico luchador en el campo, tomado prisionero y ejecutado ante el cadáver del sultán turco, caído, a su vez, por la acción suicida de un guerrero serbio, otro héroe, Milos Obilic. Pero Kosovo es también la traición de Vuk Brankovic, con doce mil lanzas serbias, traición que, al decir de la leyenda, decidió el combate. Y Kosovo es, en fin, el miedo atávico al otro, representado por el musulmán, el turco, el oriental, el extranjero, el extraño. De la misma manera que, en España, Santiago ha sido «Matamoros», porque el «moro» ha encarnado exactamente lo mismo que el turco en Serbia.

Todo lo que hace referencia a la batalla está envuelto en la neblina de lo legendario. De tal manera que a menudo, entre los serbios sobre todo, se olvidan hechos tan relevantes como la presencia en la batalla del otro comandante de los ejércitos cristianos, el rey bosnio Tvrtko, y, como acabamos de reseñar, de otros importantes señores balcánicos como el voivoda valaco Mircea y de los jefes albaneses Georges Balsha y Demeter Jonima, luchando al lado de los serbios. Y, en el otro lado, se olvida la presencia en el ejército otomano de numerosos búlgaros y serbios. No sólo el ya mencionado traidor Vuk Brankovic, sino también otros personajes que, curiosamente, la propia mitología serbia ha convertido de traidores en héroes. Tal es el caso del legendario Marko Kraljevic, presente en un sinfín de poemas (poemas épicos) medievales serbios.

La incorporación del mito de Kosovo como un elemento central de la práctica política del nacionalismo radical serbio, sin embargo, se debe al recreador de la lengua serbocroata moderna, Vuk Stefanovic Karadzic, que con su poema La muerte de la madre de los Jugovic, recupera el mito en pleno siglo XIX. Para ser conscientes de lo que supone, sin más, el mito de Kosovo entre los nacionalistas radicales serbios, vale la pena recordar lo que, al respecto, dice Antonije Isakovic, miembro de la Academia serbia y uno de los autores del famoso Memorándum de la Academia de 1986:

Nuestros mitos nos hacen más fuertes y debemos vivir con ellos. Cada vez que estamos en dificultades, volvemos a [la batalla] de Kosovo, a Karadjordje [líder de la primera gran insurrección serbia del siglo XIX], a la poesía popular. Estos mitos y toda nuestra mitología, que conservan tan bien nuestros intelectuales como la Iglesia, nos conducen por un sendero bien definido.

Es por eso que, cuando en 1815 se proclamó el primer principado independiente serbio, la mirada de Milos Obrenovic, el primer soberano, se dirigía hacia Kosovo. Durante siglos los hajduk, una suerte de bandoleros buenos que mataban a los turcos para aliviar el yugo que pesaba sobre los pobres campesinos serbios, habían mantenido en sus canciones y en su mítica el recuerdo del drama de Kosovo. Es también por eso que la política exterior serbia durante todo el siglo XIX se dirigió en parte hacia Bosnia pero, sobre todo, hacia el Sur, hacia el campo sagrado de Kosovo. Que la población fuera serbia o no importaba bien poco. Kosovo era tierra serbia porque allí reposaban los restos de los héroes de la batalla de Kosovo, porque allí se encontraban los primeros monasterios de la Iglesia ortodoxa serbia, especialmente el primero, la sede patriarcal de Pec.

Así, en 1902, Nikola Stojanovic, un estudiante de Derecho serbio originario de Bosnia y presidente de la sociedad académica serbia La Aurora, pronunciaba un discurso en Viena, en la asamblea de la citada sociedad, entre cuyos contenidos no es posible obviar los que siguen al respecto de Kosovo:

La unión política de los serbios se operó por la defensa común en Kosovo [en la batalla de 1389], y más tarde por la servidumbre común a un mismo poder. La unidad cultural de la cual San Saya puso el fundamento se reflejó perfectamente en esta majestuosa defensa y en la fusión ulterior de la aristocracia serbia con la democracia (sic) en una amalgama inseparable y maravillosa –la democracia con la fiereza aristocrática–. En ello reside la importancia de la batalla de Kosovo, y es en este sentido que el desastre serbio en Kosovo significa una gran victoria.

Obsérvese más allá de las peregrinas pseudoelaboraciones en el terreno de la teoría política como hay algunos detalles curiosos en el texto. Por ejemplo, la apropiación exclusiva y excluyente del episodio histórico de Kosovo para los serbios. O también la curiosa y, por cierto, muy próxima trasposición de la derrota en quasi victoria, en el sentido de permitir un renacimiento, reconstitución, etc., como ha ocurrido entre nosotros con otros mitos (11 de setiembre de 1714, por ejemplo).

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En 1912, en el transcurso de la primera Guerra balcánica, las tropas serbias entraban en Kosovo, después de cinco siglos de ocupación turca. La descripción que hacen los cronistas de la época de la llegada de las vanguardias serbias al campo de batalla de Kosovo Polje son inenarrables: oficiales llorando, soldados presa del histerismo, etc. En 1913 ya se documentan, por un lado, acciones terroristas de fuerzas irregulares serbias, encuadradas en organizaciones secretas cetniks, tales como La Mano Negra, La Mano Blanca, Unión o Muerte, vinculadas estrechamente a los Ministerios de la Guerra y del Interior del Gobierno serbio, como lo acredita el excelente Informe presentado a la Fundación Carnegie para la Paz internacional por la Comisión de encuesta sobre las dos guerras balcánicas, en París, en 1914. Sólo en 1915, en plena guerra, según fuentes oficiales serbias, se habla de varias decenas de miles de víctimas. Por otro lado, un programa de colonización brutal con serbios y montenegrinos, implicando la confiscación de tierras a los albaneses, la desalbanización cultural y la serbización, etc. Por ejemplo, baste tomar como botón de muestra la política del Gobierno serbio de sustituir en las escuelas coránicas a los imanes albaneses por imanes bosnios y, por tanto, serbiohablantes.

Pero no es hasta 1937, en que ve la luz el ensayo Ise Ljavanje AmautaLa expulsión de los albaneses») de Vasa Cubrilovic, que no culmina el nacionalismo radical serbio su proyecto político para Kosovo. Este sujeto fue uno de los conspiradores en la conjura para asesinar al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo, que había de desencadenar la I Guerra Mundial. Ello le confirió una aureola de héroe que le permitió, incluso, ocupar algunos asientos en los Consejos de Ministros de Tito. El 7 de marzo de 1937, Cubrilovic presentó su documento en el Club cultural serbio de Belgrado. En algunos de sus párrafos más significativos dice:

El problema de los albaneses en nuestra vida nacional y estatal no data de ayer… ha adquirido una importancia determinante hacia el final del siglo XVII, en la época en que las masas serbias… emigraron hacia el norte. Los albaneses descendieron poco a poco de sus montañas hacia las llanuras fértiles de Metohija y Kosovo…

Cubrilovic se refiere a la gran emigración serbia bajo la guía del patriarca serbio Arsenije que tuvo lugar a finales del siglo XVII, después de una insurrección general serbia alentada por el emperador de Austria y la consiguiente represión turca. De todas maneras ni antes de esta gran emigración sólo había serbios en Kosovo, ni después sólo hubo albaneses. Ambas poblaciones vivieron durante siglos, en proporciones distintas, en todo el territorio del actual Kosovo. Obsérvese también el carácter «montañés» que reserva Cubrilovic para los albaneses, absolutamente falso por cierto o, cuando menos, tan «montañés» como el de los serbios de la época.

Sigue Cubrilovic:

Este rincón albanés, poblado de anarquistas, impidió en el siglo pasado el establecimiento de sólidos lazos culturales, educativos y económicos entre nuestras tierras del norte y del sur. Esta… fue la razón esencial por la cual Serbia no pudo tener, antes de 1878 […] la influencia cultural y política que podía haber esperado en razón de sus lazos geográficos favorables…

Los albaneses, pues, como obstáculo para la realización nacional serbia. Y sigue:

El error fundamental de las autoridades [serbias] consistió en que, olvidando donde se encontraban, en los Balcanes agitados y ensangrentados, intentaron resolver las grandes cuestiones étnicas con métodos occidentales [se entiende que demasiado suaves a pesar de todo lo dicho hasta ahora]…

Diserta a continuación sobre el peligro del crecimiento demográfico albanés con un discurso que está plenamente vivo en el Memorándum de la Academia serbia de 1987 y los eventuales planes de partición de Kosovo.

En resumen: es imposible rechazar a los albaneses únicamente mediante la colonización gradual… La única manera y el único medio de contenerlos es la fuerza brutal de un poder de Estado organizado, en el seno del cual siempre les hemos dominado. Si desde 1912 hasta hoy no hemos tenido éxito en nuestra lucha contra ellos, sólo es por culpa nuestra, ya que no nos hemos aprovechado de este poder de Estado como hubiéramos debido… Un medio será la represión ejercida por el aparato del Estado. Éste debe explotar las leyes a fondo, de manera que haga a los albaneses insoportable su permanencia entre nosotros: multas, prisión, aplicación rigurosa de todas las disposiciones de policía, condena de todo contrabando, de la deforestación,… y recurso a todo otro medio que pueda imaginar una policía experimentada… El desconocimiento de los antiguos títulos de propiedad y el trabajo en el catastro que, en estas regiones, debe acompañarse de la recaudación inflexible de los impuestos y del reembolso forzoso de todas las deudas públicas o privadas, la recuperación de todos los pastos del Estado y de las comunas, la supresión de las concesiones acordadas, la retirada de las licencias de ejercicio de oficios, la destitución de los funcionarios del Estado, de los empleados privados y municipales [albaneses, claro], etc., todo esto acelerará el proceso de expulsión. Se pueden también aplicar medidas prácticas y eficaces en el terreno sanitario: aplicación por la fuerza de todas las disposiciones, destrucción de los muros y de las murallas de las casas, aplicación rigurosa de medidas veterinarias, lo que conllevará la venta de los rebaños en los mercados, etc. Los albaneses son muy sensibles en materia de religión, hay que tocarlos también en este punto.

En fin, medidas y recomendaciones para hacer más difícil y, a ser posible, insoportable, la vida de los albaneses.

De todas maneras, por si no fuera suficiente

debemos, según las necesidades, distribuir armas a nuestros colonos… organizar la antigua forma de acción cetnik y ayudarla clandestinamente en sus operaciones… dejar ir un puñado de montenegrinos de las montañas para provocar un conflicto masivo con los albaneses… Este conflicto debe ser preparado por personas de confianza, ser instigado… fomentar disturbios locales, que serán ahogados en sangre y por los medios más eficaces, no tanto recurriendo al Ejército como a los colonos locales, los clanes montenegrinos y los cetniks. Resta aún un medio, que Serbia ha utilizado de manera muy práctica después de 1878 y que consiste en incendiar sistemáticamente los pueblos y barrios albaneses.

Un programa ciertamente espeluznante y que no es superado sino por su sencilla y drástica puesta en práctica en los últimos diez años.

Con este repaso general y, en cierto modo, simple, al paso del tema de Kosovo por la ideología nacionalista radical serbia, pretendo, sencillamente, demostrar hasta qué punto la cuestión de Kosovo y el ideario nacionalista radical serbio suponían un poso de ideología del calibre suficiente como para hacer uso de él como sustitutivo de la ideología que, hasta mediados de la década de los 80, había justificado la existencia misma del Estado yugoslavo, a saber, el socialismo y la concepción titista de la organización de un Estado plurinacional, resumida en el lema «Unidad y Fraternidad».

Cuando Milosevic, en 1987, fue a Kosovo encargado por el entonces presidente de la Liga de los Comunistas de Serbia, Ivan Stambolic, ya debía tener bien aprendidos algunos de los párrafos más significativos del Memorándum: «El genocidio físico, político, jurídico y cultural de la población serbia en Kosovo y Metohija representa el desastre más grande de Serbia en sus luchas de liberación desde Orasac en 1804 hasta la insurrección de 1941… la albanización de Kosovo y de Metohija fue preparada… siguiendo las instrucciones recibidas de Tirana», para rendir cuenta a continuación de toda una serie de agravios, agresiones, más supuestas que verdaderas, contra los serbios de Kosovo, y culminar en un discurso que tan bien hemos conocido en el España: «Los serbios de Kosovo… tienen una presencia viva en los valores espirituales, culturales y morales [de la patria serbia]: viven en la madre patria de su existencia histórica… EI éxodo de los Serbios de Kosovo… en la Yugoslavia socialista supera, por su envergadura y su carácter, todas las etapas precedentes de las grandes expulsiones del pueblo serbio», siendo, esto último, radicalmente falso.

En todo caso, Milosevic, un tecnócrata segundón sin ideología conocida y, probablemente, sin ideología alguna más que la del lucro personal y familiar, capta perfectamente las potencialidades de apoyo político en que pueden traducirse las reivindicaciones serbias de corte nacionalista. El 24 de abril de ese año, dirigiéndose a un grupo de manifestantes serbios nacionalistas en Kosovo, empieza con un «camaradas», para concluir con frases del tipo «en adelante, nadie alzará la mano contra un serbio».

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A partir de este momento, Milosevic impulsa en el seno de la Liga de los Comunistas de Serbia un discurso manifiestamente nacionalista que supone, progresivamente, la destitución de Stambolic a finales del 87, la de los dirigentes comunistas kosovares, Azem Vllasi y Kaqusha Jashari, en el otoño del 88 y, en fin, el 23 de marzo de 1989, la abolición de la condición autónoma de Kosovo, de manera totalmente ilegal y empleando al Ejército y la Policía serbias para obligar al Parlamento de Kosovo a aprobar su propia disolución. Sólo unos días después, en junio de 1989, con motivo del 600 aniversario de la batalla de Kosovo, Milosevic repite ante un millón de enfervorizados nacionalistas serbios su discurso de dos años antes. Milosevic acude al arsenal mitológico del nacionalismo serbio y reitera el carácter de «tercera insurrección» del movimiento que pretende encabezar [las dos insurrecciones anteriores a que se refiere son las que condujeron a la independencia de Turquía] para construir una patria serbia en la que puedan reunirse todos los serbios dispersos por las distintas repúblicas de la antigua Yugoslavia [los de Croacia, Bosnia, etc.], una patria a la que sólo falta añadir, como el III Reich, que duraría mil años.

La implementación de esta política está en la mente de todos. Sólo me interesa destacar un par de asertos. En primer lugar, que la desintegración de Yugoslavia y la recuperación de un discurso xenófobo, chauvinista, fascista en realidad, arranca de Kosovo, que es la piedra de toque de todo el problema yugoslavo o, mejor, serbio. No de las declaraciones de independencia de Croacia o Eslovenia, ni mucho menos de la de Bosnia, sino de la abolición por un poder centralista excluyente de la condición legal y, por así decirlo, ejercida con moderación, de un Kosovo autónomo. Por tanto, ningún paralelismo a establecer, como en ocasiones desean algunos dirigentes políticos españoles, con cualquier planteamiento de reivindicación política por parte de los nacionalismos históricos en España, sino más bien con el discurso centralista y homogeneizador de esos mismos dirigentes.

En segundo lugar, que la desintegración de Yugoslavia, como se ha podido comprobar, a sangre y fuego, no es producto de la casualidad, ni de la maléfica condición balcánica, sino de una planificación metódica dirigida por los poderes del Estado, esos mismos que con tanta contundencia reclamaba Cubrilovic, poderes que, a sabiendas de cuáles podían ser los efectos de su política, no dudaron en sacrificar a miles y miles de ciudadanos y ciudadanas, «camaradas», en aras de la implementación de un discurso ideológico que pudiera salvaguardar su condición personal de privilegio en tanto que élite política. No es de extrañar, pues, que Milosevic haya tardado tantos días y noches de lluvia de fuego sobre su pueblo para ceder, a la postre, Kosovo. Porque, haciéndolo, incumple la principal promesa que ligaba a los serbios con él y que fue formulada en el sagrado campo de los mártires de Kosovo Polje. Y, por tanto, haciéndolo, socava una de las bases principales de su poder. Finalmente, Milosevic ha sido rehén de su propio discurso, de los demonios que él mismo había resucitado.

Pero nada más lejos de mi intención que la complacencia en el ejercicio brutal del poder por parte de la máquina militar más destructiva que jamás haya contemplado la Humanidad, la OTAN. Ni que decir tiene que las repercusiones que tuvo el inicio de los bombardeos sobre Serbia para los kosovares, bien previsibles por cierto, ni la condición en la cual quedan, formalmente dentro de Yugoslavia, sin garantías sobre el poder político que gobernará el territorio en el futuro, a merced de un grupo militar como el UCK que, cuando menos, ofrece serias dudas sobre su voluntad de plegarse a los designios de eventuales autoridades civiles, contestan rotundamente las pretendidas razones humanitarias esgrimidas por la OTAN y los gobiernos occidentales para intervenir de la manera que lo han hecho en la antigua Yugoslavia.

Unos y otros, Milosevic, la OTAN, la Unión Europea, deberán rendir cuentas de sus actuaciones, tarde o temprano. Milosevic ante su pueblo y su país, diezmado y aniquilado por su ambición. La OTAN Y la Unión Europea ante los kosovares, las víctimas primeras del conflicto, olvidadas durante diez años, y probablemente utilizadas ahora. Pero también ante las ciudadanías de nuestros países, defraudadas por una construcción europea que parece sólo servir a intereses económicos empresariales y que olvida algo tan básico para el ejercicio legítimo de la Política como la Ética y la Moral en el desempeño de las responsabilidades públicas, también las referidas a la política exterior.

Y ante todo, un recuerdo para la esperanza: el del vecino serbio de Stolac (Bosnia oriental) que, reclutado a la fuerza por el Ejército serbio de Bosnia y obligado a disparar desde un puesto de morteros contra sus vecinos musulmanes y croatas, vació las cargas explosivas de los proyectiles y se limitó a disparar las cargas huecas con una inscripción que decía: «Queridos vecinos, esto es todo lo que puedo hacer hoy por vosotros». Como dice Xabier Agirre, del Tribunal Penal Internacional de La Haya para la antigua Yugoslavia, que es quien me explicó esta anécdota, en cualquier situación hay un margen para el comportamiento ético y para la reivindicación de la justicia.

Publicado en Polémica, n.º 69, septiembre 1999

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