Colin Ward. La mirada anarquista

David GOODWAY

Colin Ward

Colin Ward

Nacido en 1924, Colin Ward fue arquitecto, urbanista y pedagogo y escribió ensayos sobre filosofía, política y sociología. Desde muy joven colaboró con el grupo anarquista Freedom, posiblemente el colectivo libertario intelectual más importante del pasado siglo. En Freedom participaron en la difusión y actualización del pensamiento libertario gentes tan interesantes y capaces como Vernon Richards, Maria Luisa Berneri, Nicholas Walter, Herbert Read, George Woodcock, Alex Cornfort…

Desde la experiencia acumulada Colin Ward va repasando en una amplia conversación con David Goodway los diversos aspectos y avatares de su intenso compromiso político, a la vez que recuerda y rinde homenaje a sus compañeros de lucha. Lo que ahora publicamos es un extracto del libro Conversazioni con Colín Ward. Lo sguardo anarchico, publicado en Italia por Eleuthera a partir de la edición original inglesa.

Colin Ward murió el 11 de febrero de 2010.

¿Qué te atrajo de la idea anarquista en una época –los años treinta– en que el entusiasmo por el comunismo estaba en su apogeo?

No estoy seguro del todo de cómo conseguí no ser infectado por la idolatría por Stalin que afligía a la izquierda británica. Pero entre las publicaciones que se vendían en la librería anarquista de Glasgow, que yo frecuentaba, estaban los escritos de Emma Goldman y de Alexander Berkman. El mismo Frank Leech había impreso y publicado el panfleto de Emma Goldman Trotsky Pro tests Too Much (Trotsky protesta demasiado). Me habían impresionado mucho las obras de Arthur Koestler y George Orwell. Lilian Wolfe, una veterana de los primeros años de Freedom Press, había puesto mi nombre en la lista de destinatarios de varios periódicos de la disensión, como Polities, que Dwight MacDonald publicaba en 1944; todas aquellas publicaciones tenían un rasgo en común: la aversión al estalinismo omnipresente en la prensa de la izquierda tradicional. En 1944 Freedom Press había publicado el libro de María Luisa Berneri Workers in Stalin’s Russia (Trabajadores en la Rusia de Stalin), que conocería más reediciones en la posguerra y que sostenía que un criterio fundamental para juzgar cualquier régimen político es el análisis de las condiciones en que se encuentran los trabajadores. Y según este criterio el régimen soviético era un desastre, con los mismos extremos de riqueza y pobreza del mundo capitalista. El libro se había editado en un momento en el cual, por acuerdo tácito, la prensa británica no criticaba a la Unión Soviética. Estoy seguro de que las generaciones posteriores no acabarán nunca de comprender hasta qué punto las ideas marxista y estalinista habían condicionado las teorías de los intelectuales ingleses y europeos.

¿Cómo explicarías ese apasionamiento casi religioso?

Fue una especie de conversión para muchos: la búsqueda de certezas extremas. Creo que fue Orwell quien lo definió como «patriotismo desplazado», refiriéndose con esto a cuantos, habiendo abjurado de una lealtad incondicional al país de nacimiento, la aplicaban, como un esparadrapo, a otro país. Se observa bien en el decenio de la posguerra, en que los marxistas ingleses, desilusionados del estalinismo, ofrecieron su lealtad a la Yugoslavia de Tito y, desilusionados de nuevo, se pasaron inmediatamente a la Cuba de Castro. No conozco armas capaces de vencer esta tendencia, excepto la del ridículo.

¿Cómo defines el anarquismo? ¿Eres socialista? ¿Tu ser anarquista incluye la concepción de los sindicalistas, de los individualistas, de los pacifistas…?

Para dar una definición del anarquismo siempre recurro a las palabras de apertura de un artículo escrito por Kropotkin para la undécima edición de la Enciclopedia Británica en 1905; en el cual explica que es el nombre dado a un principio, o a una teoría de la vida y del comportamiento en base a la cual la sociedad es concebida sin gobierno: la armonía en su interior se obtiene no por sumisión a la ley o por obediencia a cualquier autoridad, sino por libre acuerdo estipulado entre los varios grupos, territoriales y profesionales, constituidos con fines de producción y consumo, pero también para la satisfacción de la infinita variedad de necesidades y de aspiraciones de un ser civil.

Estoy totalmente de acuerdo con esta definición, que después Kropotkin amplía. Eso significa que soy, por definición, un socialista o aquello que Kropotkin habría definido como un anarcosindicalista. Pero del mismo modo subrayo siempre que existe un terreno común para personas que han llegado a un acercamiento al anarquismo a través de diferentes rutas. Creo que el grupo de Freedom Press de los años de la guerra reunió gente que expresaba todas las tendencias, y que ésta ha sido una característica de aquellos que han estado ligados a Freedom durante toda su historia. En realidad no me fío de los anarquistas que pasan su tiempo demoliendo la posiciones de otra facción anarquista.

Comprendo lo que dices, pero debo insistir en un aspecto. No veo ninguna referencia al socialismo (propiedad común de los medios de comunicación, de distribución y de intercambio) en la definición que has tomado de Kropotkin.

Porque la mayor parte de las versiones de socialismo que conocemos implican la actividad de un gobierno central o local. Pero el movimiento cooperativo supone en todo el mundo una multiplicidad de formas de propiedad común de los medios de producción, de distribución y de intercambio, sin depender del Estado.

Cierto, pero pienso que la definición de Kropotkin se atiene al específico campo del anarquismo y no del socialismo, aunque tenga bastantes implicaciones socialistas ¿En que relaciones estás, personalmente, con el sindicalismo?

Me parece que el control obrero de la producción es el único sistema compatible con el anarquismo, por eso defiendo de los objetivos del sindicalismo. He visto a menudo cómo una minoría militante intentaba alimentar conflictos de importancia secundaria hasta convertirlos en luchas extremas, perdiendo inevitablemente el apoyo de la mayoría y consiguiendo que la mayoría de los obreros se alejaran de la militancia. Los sindicalistas, como los novelistas y los sociólogos, tienden a sobrevalorar la presencia de las grandes fábricas fordianas, organizadas con precisión militar, en el sector manufacturero, cuando, como revelaba Kropotkin hace un siglo, el puesto de trabajo típico es el de una pequeña oficina. Quizás, cuando los sindicalistas consigan disminuir un cierto romanticismo histórico, sabrán explotar plenamente las nuevas tecnologías de la comunicación para combatir el capitalismo internacional a escala global.

¿Y el individualismo?

No es necesario que te diga que las personas más individualistas que he conocido estaban entre aquellas que rechazaban la ideología del individualismo y creían firmemente en el comunismo anarquista. No es una interpretación, sino una observación cotidiana.

¿Y el pacifismo?

También he podido observar a varias generaciones de anarquistas que han tenido posiciones diversas concernientes a la violencia y a la no violencia. Recuerdo a un simpatiquísimo viejo irlandés, un anarquista de los viejos tiempos, Matt Kavanagh, que repetía a menudo: «iEl problema de los pacifistas es que te golpearían con el puño en la nariz sin pensárselo dos veces!». Pero a quien considera ingenuo o simplista el pacifismo contemporáneo, le aconsejaría leer el libro de mi amigo Michael Randle, Civil Resistance, que analiza los límites y la potencialidad de la acción pacifista.

Estoy seguro que George Orwell –quien durante la Segunda Guerra Mundial dedicó tanto tiempo a atacar la posición pacifista de amigos suyos como Alex Comfort y George Woodcock– observaba, pese a todo, que los más dispuestos a criticar la ideología de la no violencia son también aquellos que tienen más presente la naturaleza horrible, sórdida y arbitraria de la violencia.

Durante toda tu vida adulta has estado ligado a la misma casa editorial de Londres, Freedom Press, ¿quieres explicarme algo de su historia?

El primer número de Freedom salió en 1886, a cargo de una mujer extraordinaria, Charlotte Wilson, que mantenía correspondencia con Kropotkin y con su mujer, Sophie, a quienes pidió que fueran a Inglaterra después de que Kropotkin saliera de la cárcel en Francia, en enero de 1886. La notoriedad de él, unida a la capacidad organizativa de ella dieron lugar a una revista que retomaba la apuesta de la experiencia ginebrina de Kropotkin con Le revolté en 1878, y de la parisina de La Revolte, en 1885.

El periódico fundado entonces consiguió sobrevivir, pese a las irrupciones de la policía y las encarcelaciones durante la Primera Guerra Mundial, hasta 1928. En aquel año, Tom Keell, que había sido el inquieto director editorial desde 1907, dejó Londres con su compañera Liliam Wolfe para ir a la Whiteway Colony, una comunidad Tolstoyana de la Inglaterra occidental que, desde su fundación en 1898, se había convertido en hospitalario refugio de muchos anarquistas.

Keell continuaba publicando un Freedom Bulletin para los abonados que quedaban y, mientras tanto, buscaba vislumbrar las señales de un reinicio de la actividad anarquista. Estas se presentaron en 1936, cuando fue interpelado por Vernon Richards, hijo de un viejo anarquista italiano trasladado a Londres, Emidio Recchioni (1864-1934), el cual tenía un conocido negocio de alimentación, el King Bomba, en el número 37 de Old Compton Street, en el Soho.

Vero, como se llamaba en realidad y como lo llamaban los amigos, había fundado una revista, Free Italy, que a partir de 1936 fue sustituida por Spain and the World. y Tom Keell se felicitó del hecho de que fuera un nuevo espacio para albergar las ideas y los viejos opúsculos que había guardado. Cuando la Guerra de España se encaminó ya a su triste conclusión, en 1939, la revista volvió a cambiar de nombre, primero a Revolt y después a War commentary for Anarchism, para después retornar a la cabecera original Freedom, en 1945.

¿Quiénes eran las personalidades más importantes de Freedom Press y cómo te han influenciado?

Las personalidades centrales eran sin duda Vero y María Luisa Berneri, incluso por el simple hecho de que participaban hacía tiempo en la redacción de la revista. Vero desde 1936, cuando tenía 21 años, y María Luisa desde su llegada a Inglaterra en 1937, cuando tenía 18 años, después que su padre, Camillo Berneri, hubiera sido asesinado en Barcelona. El conocimiento que tenían del movimiento anarquista internacional, de sus tendencias y sus principales exponentes, y la capacidad de utilizar otros idiomas hacían que sus opiniones fueran las más escuchadas.

Vero era un hombre fascinante y se dedicaba con deleite al arte culinario, preparando platos deliciosos con ingredientes sencillos. Había estudiado ingeniería civil y hasta su detención había trabajado en las construcciones ferroviarias. Era fascinante escucharlo cuando hablaba de trenes y estaciones, pero no ha escrito nunca nada con ese argumento. Desgraciadamente ha muerto, a los 86 años. Me ha apenado siempre no haber conseguido convencerlo para que escribiera sobre varios aspectos de su vida: sobre los niños urbanos, las vías férreas o la horticultura, temas sobre los que tenía una experiencia directa y cosas importantes que decir.

Por otra parte, huelga decirlo, todos estaban enamorados de María Luisa. Un famoso periodista inglés, Frances Partridge, la describe de esta manera, narrando una visita hecha el 22 de enero de 1941 al escritor Gerald Brennan y a su mujer: «Tenían como huésped en su casa a una amiga, la anarquista italiana María Luisa, que se había casado con el hijo de King Bomba, el tendero del Soho. Creo que es la chica más bella que haya visto nunca, y su belleza se acompaña de una extrema dulzura, de una voz baja y ronca y de una evidente inteligencia». Y cuando Lewis Mumford, también autor de un estudio sobre las utopías, escribió la recensión del libro de María Luisa, Viaje a través de la utopia, halló que era «un libro que sólo una inteligencia audaz y un espíritu ardiente están en condiciones de producir».

Tengo poquísimos recuerdos personales de María Luisa. Recuerdo especialmente una ocasión en la que comimos juntos en un modestísimo restaurante griego, comiendo moussaka y discutiendo sobre la importancia de William Morris. Se comportaba como si aquella sencilla comida fuese una ocasión especial, como en efecto lo era para mí. La conocía hacia sólo dos años y a menudo me he preguntado cuáles y cuántos libros habría escrito de no haber muerto trágicamente en 1949 con sólo 31 años.

Otro miembro de la redacción de Freedom Press que contribuyó inmensamente en aquellos años fue George Woodcock. Había nacido en Canadá, en 1912, y lo habían traído a Inglaterra de niño. Y a Canadá retornó en 1949, destacando como uno de los más conocidos autores del país. Ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial tenía una postura pacifista, en 1940 había publicado una revista de literatura, Now, y en 1942 había entrado en la atareadísima redacción de War Commentary.

Era de largo el más prolífico de nuestros polemistas, escribió una serie de panfletos en un campo en el cual la propaganda anarquista en inglés (y quizás en otras lenguas) era muy débil: el de la aplicación de las ideas anarquistas en aspectos específicos de la sociedad. Me atraje ron sus escritos porque entre ellos estaba el ensayo Railways and Society y un panfleto sobre el problema de los alojamientos Homes or Havels?. Pero para mí tuvo sobre todo importancia su estudio sobre el regionalismo en una serie de artículos para Freedom (más tarde agregado, me parece, a su biografía de Kropotkin), donde relacionaba a los geógrafos racionalistas franceses como Reclús, a través de Kropotkin y de Patrick Geddes, con las tesis sobre descentralización de Ebenezer Howard, la Regional Planning Association of America y la obra de Lewis Mumford. George murió en 1995 en Vancouver.

John Hewetson (1913-1990) había llegado al anarquismo, pasando por el Forward Movement, nacido de la escisión de una asociación pacifista, la Peace Pledge Union, y había empezado a escribir en War Commentary en 1942. Ejercía como médico y en el momento de su arresto era médico jefe de traumatología en el hospital de Paddington. Salido de prisión, durante el resto de su vida ejerció como médico generalista en los barrios pobres de Londres. Estuvo entre los primeros en batirse por la contracepción gratuita y por el aborto y por mantener una actitud abierta respecto de los consumidores de drogas.

Philip Sansom (1916-1999) provenía de la misma zona de Londres que yo y enseñaba grafismo publicitario. Era ya objetor al servicio militar cuando, en 1942, descubrió a los anarquistas y a los surrealistas de Londres. En War Commentary y después en Freedom se ocupaba del mundo sindical, pero dibujaba también viñetas de gran fuerza satírica. En la posguerra trabajó en la imprenta que imprimía la revista y recuerdo bien dos ocasiones en las que me telefoneó al trabajo para pedirme permiso para tirar copias de más de mis artículos para distribuirlas como octavillas desde su «palco» de orador en Hyde Park. Yo, por supuesto, me sentí enormemente halagado por su petición, y aún lo estuve más cuando me pidió que escribiera el prólogo de su opúsculo Syndicalism: the worker’s New Step. La característica principal de su carácter era una generosidad sin reservas, y de él me quedan en la memoria las francas risotadas y las canciones improvisadas.

Cuando entré en la redacción de Freedom Press, de ella formaba parte también John Olday (1904-1977), las ilustraciones del cual para la revista se recogen en el volumen March to Death, donde se reúnen noticias y artículos del tiempo de la guerra elegidos por Maria Luisa Berneri. La primera edición del libro es de 1943, pero ha sido reeditado recientemente.

Olday había pasado la infancia en Hamburgo, su padre era inglés y su madre alemana (su verdadero nombre era Arthur William Oldag) y en la Alemania anterior al nazismo formó parte de un movimiento juvenil similar al de los Wanderroget, participando después en la lucha contra el nazismo. Las autoridades alemanas no ignoraban sus actividades y aprovechó la doble nacionalidad para refugiarse en Inglaterra en 1938. Allí publicó su autobiografía, Kingdom of Rage y en 1939 se enroló voluntario en el ejército inglés. Cuando decidió desertar, otros compañeros del grupo de Freedom tuvieron la ingrata tarea de lanzar su fusil (un Lee Enfield de cañón largo) en el canal próximo sin que nadie los viera.

Estuvimos los mismos meses en prisión por haber incitado a los soldados a quedarse con las armas. Olday era un hombre fascinante, que me explicaba anécdotas folclóricas sobre revolucionarios alemanes, como Max Holz, y que me enseñó algunos acordes de guitarra. Al inicio de los años cincuenta John Olday emigró a Australia, pero después de veinte años volvió trayendo de gira a la escena gay inglesa y alemana un espectáculo de cabaret […].

Los colegas de la redacción de Freedom han tenido una fuerte influencia sobre mí, no sólo en la interpretación del anarquismo, sino en muchos otros aspectos. No hay que olvidar que de los 18 a los 23 años había estado en el ejército, la mayoría del tiempo en lugares remotos, y procedente de esa nada me encontré en un ambiente que a mis ojos aparecía refinado y cosmopolita. Entre las nuevas alegrías que podía disfrutar estaba la de la comida, sobre todo la cocina italiana y francesa. Y, obviamente, trabajando en el centro de Londres había dado a conocer a mis colegas del estudio de arquitectura el King Bomba, donde un siempre sonriente Eugenio Celaría suministraba a todos sugerencias gastronómicas mientras empaquetaba los manjares.

[…] pero, quizás, el rastro más profundo que me ha dejado el grupo de Freedom Press viene de su actitud de libertad y de apertura en los debates sobre sexo. No creo que ningún otro grupo político tuviese en su programa algo al respecto, y mucho menos los marxistas. El artículo de Maria Luisa «Sexuality and Freedom», publicado en la revista de George Woodcock Now (n.º 5, 1945) estuvo entre los primeros en abrir el debate en la prensa inglesa sobre las teorías de Wilhem Reich. Y John Hewetson fue un pionero, entre los médicos de sexo masculino, de la contracepción gratuita y del aborto voluntario. Él, como Maria Luisa, estaba interesado en las implicaciones sociales de las tesis de Wilhem Reich. Uno de sus colegas en el ambulatorio del servicio sanitario nacional en Londres era el doctor Robert Ollendorf, el cuñado de Reich […].

Explícame algo más de la cultura anarquista de los años cuarenta y cincuenta

En los años cincuenta se había pensado en constituir un círculo anarquista en pleno centro de Londres. Al principio había uno alejado, en Holborn; no lejos de la librería de Freedom. En 1954 el círculo se trasladó, con el nombre de Malatesta Club, a Percy Street, en las cercanías de Totthenham Court Road, una zona en donde cien años atrás se habían instalado muchos anarquistas alemanes, rusos e italianos. El mismo Malatesta vivió allí, trabajando de electricista. El club albergaba conciertos de jazz tradicional y una larga serie de oradores interesantes. Lo que recuerdo con más placer son ciertas canciones satíricas, escritas y cantadas por Philip, que se acompañaba de un tambor hecho con una caja de cartón. Tras cuatro años el club tubo a cerrar a causa del aumento de los alquileres en el centro de la ciudad.

Herbert Read

Herbert Read

No se estilaba todavía ocupar edificios vacíos para hacer centros sociales (la única excepción era el Tenant’s Corner, un palacio ocupado en la zona sur de Londres, que durante veinte años ofreció asesoría a los inquilinos de las casas comunales sobre los métodos para crear cooperativas locales).

Después estaban las escuelas anarquistas y las Summer Schools…

Sí, estaba la escuela progresista de Burgess Hill, en la zona norte de Londres, que entre el personal docente tenía a muchos anarquistas: Tony Weaver, Tony Gibson, Marjorie Mitchell. Por lo que recuerdo, ahí se desarrolló la primera escuela anarquista estival, en 1947, seguida de otra en Liverpool en 1948 y en Glasgow y en la isla de Arran (en el estuario del río Clyde, en Escocia) en 1949. Varios años después uno de los anarquistas de Glasgow de mi generación, Robert Lynn, organizó una escuela estival anual en aquella ciudad.

Uno de los organizadores de la primera escuela de verano anarquista donde participé era el psicólogo Tony Gibson (1914-2001), que enseñaba en la Burgess Hill School, quien continuó organizando campos de verano para niños y adultos de 1946 a 1957. En Londres, en efecto, entre los anarquistas había una vida social más bien intensa, pero quien debía utilizar los domingos para escribir artículos no tenía ocasión de participar en todas las actividades.

Para mí la persona más simpática entre los supervivientes de la generación anarquista precedente era Matt Kavanagh, un irlandés que, como Lilian Wolfe, había entrado en el grupo de Freedom antes de la Gran Guerra y que había conocido en persona a Malatesta, Kropotkin, Emma Goldman y toda una generación de míticos oradores anarquistas.

Dos chicos del lugar, Norman Potter y su hermano, que había tomado el seudónimo de Louis Adeane, se aproximaron al anarquismo gracias a Matt. Louis se convirtió en poeta y crítico, y colaboró con la revista de George Wodcock, Now. En la inmediata posguerra me encontraba a menudo con él y su compañera, Pat Cooper, pero en 1951 se trasladaron a Cornualles y el pobre Louis murió, todavía joven, poco tiempo después.

Norman Potter se dedicó al diseño y a la producción de muebles. Es autor del libro What is a designer?, considerado un texto fundamental en la materia. En los años cincuenta me encontraba a menudo con Norman y Caroline en la hospitalaria casa de los Hewitson, pero después sólo lo vi a intervalos de diez años, cuando intentaba convencerle para que hiciese el discurso inaugural a sus estudiantes de Londres, Bristol o Plymouth. Cuando murió, en 1995, las necrológicas reseñaron la deuda que tenía, como yo, respecto del grupo de Freedom Press.

En mi papel de divulgador anarquista hace muchos años que me intereso por la sociología de los grupos autónomos y el de Freedom Press, como lo conocí en el inicio, me parece un ejemplo interesante, en cuanto contaba con una sólida red interna, basada en la amistad y en compartir las competencias, y en una serie de redes externas de contactos en diversos ambientes.

Uno de ellos, gracias a John Hewetson, era el de la experimentación en el campo de la medicina social, con el centro sanitario de Peckham, en la zona sur de Londres; otro atañía a la experimentación didáctica, con la Summerhill School de A. S. Neill, donde Maria Luisa hizo una serie de fotografías, y con la Burgess Hill School.

Precisamente en la Burgess Hill School conocí a Herbert Read, que era uno de los directores de la escuela. Sus Poetry and Anarchism, publicado en primera edición por los TIPI de la Faber en 1938, y The Philosophy of Anarchism, publicado por Freedom Press en 1940, están entre aquellos textos fundamentales, cuya influencia llevó al anarquismo a muchos de mi generación y a otros más viejos. Esto vale para diferentes lectores suyos, incluido Murray Bookchin.

En los años treinta, cuando Philip Samsom era todavía un estudiante en West Ham, él y sus compañeros se impresionaron con la lectura del libro de Read Art and Industry, publicado en 1934. Poco antes de que muriera le envié la colección de ensayos de Read que tú preparaste, Herbert Read Reassessed, y me telefoneó para confirmarme que cuando, en 1943, había entrado en el movimiento libertario se sorprendió de que su maestro de diseño fuera un defensor de la anarquía.

Alex Comfot

Alex Comfot

A Alex Comfort lo conocí en 1946, cuando todavía estaba en el ejército, aunque ya libre de participar en las reuniones del domingo por la noche del London Anarchist Group. El encuentro con George Orwell llegó mientras bebía un té en la Holborn Hall de Grays Inn Road, cuando George Woodcock lo convenció para intervenir en una reunión para pedir la liberación de aquellos desafortunados exiliados españoles prisioneros en Francia, primero por los alemanes y después por los ingleses, e internados aún en un campo de concentración en Lancashire.

Read y Comfort eran los anarquistas ingleses más conocidos en la época. ¿Qué impresión te producían como personas y qué opinas de su obra?

Read era un tipo tranquilo y amable, pero cuando nos cruzábamos evitaba dirigirme a él porque sabía que era importunado continuamente por aspirantes a poeta o novelista que solicitaban su ayuda para publicar sus obras noveles. A mí sólo me interesaba pedirle permiso para publicar el texto de una transmisión radiofónica en Freedom Press o en Anarchy.

Apreciaba a Read porque su actividad de promoción del anarquismo llegaba a un público mucho más vasto que el que la mayor parte de nosotros podía soñar. Su Education through Art, junto al opúsculo publicado por Freedom Press, The Education of the free men, eran importantes no tanto por el contenido, sino porque daban un referente fiable a los enseñantes que luchaban porque se reconociese el rol del arte en la educación. Hasta finales de los años setenta llevé a cabo la tarea de difundir el recurso de la expresión artística en la educación ambiental y pude verificar que los escritos de Read gozaban todavía de una alta consideración en el campo intelectual.

La relación con Alex Comfort eran más sencilla, porque tenía un carácter alegre y bromista. Como sabes, su primer acto público a favor de la libertad sexual fue la publicación del libro que le editó en 1948 Freedom Press, Barbarism and sexual Freedom, basado en las conferencias que daba en el London Anarchist Group. Ningún lector actual puede hacerse idea de lo sofocante que podía ser la represión sexual en aquellos días, incluso para quien llevaba una vida normal, y le sería difícil valorar completamente la sutil inteligencia de Comfort, que recurría a la ironía para desnudar y desmontar los comportamientos autoritarios. Para mí ha sido importante el método utilizado con el que nos ilustraba a todos nosotros sobre los temas centrales de la sociología.

No he dicho nada de Read y Comfort como novelistas y poetas, porque su importancia, en mi opinión, está en los textos que han afrontado temáticas sociales y no en las «obras de creación».

Pero si entré a formar parte de las redes de relación y de debate de las que ellos formaban parte lo debo, en el fondo, a la iniciativa que un Vernon Richards de veintiún años puso en marcha a finales de 1936 para hacer renacer la prensa anarquista en Londres. En el número que celebraba los cien años de Freedom, Philip Sansom escribió: «Si Richards no hubiera sacado a la calle Spain and the world, toda la historia del movimiento anarquista inglés moderno hubiera sido, no digo diferente, sino inexistente, porque es de aquella primera simiente que nació. Y el movimiento actual, con todas sus ramificaciones, se ha desarrollado en gran parte gracias al grupo inspirado por Freedom Press».

Publicado en Polémica, n.º 84, abril 2005

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