La impostura revolucionaria castrista

Octavio ALBEROLA

fidel-castroTras liberar al pueblo cubano de la gangsteril dictadura batistiana, los barbudos de Fidel Castro prometieron ser los más fieles defensores de la libertad reconquistada. Pero, esa libertad fue muy efímera. Desde el mismo instante en que Fidel se apoderó del poder no toleró crítica alguna. Rápidamente se quitó la careta democrática y el régimen castrista se transformó en dictadura. En vez de pugnar por una sociedad libre y crítica, Castro exigió credulidad y sumisión, dejó de cumplir sus promesas y reprodujo por triplicado lo que antes había cuestionado del régimen de Batista.

Las expectativas pluralistas y libertarias duraron pocos meses. Los partidos, los órganos de prensa y los sindicatos dejaron de ser plurales, salvo en la clandestinidad o en el exilio. Los que quedaron tuvieron que dejar paso al partido único, a la prensa y al sindicato al servicio del gobierno y de Fidel Castro. Todas las experiencias sociales, culturales y económicas autogestionadas fueron liquidadas por el capitalismo de Estado al servicio de la burocracia castrista y de Fidel Castro entronizado Jefe Máximo.

Desde entonces han pasado 45 años y nada de esencial ha cambiado: los burócratas castristas gobiernan, «administran», y los trabajadores obedecen y trabajan. Como antes, bajo la dictadura de Batista. La diferencia es que ahora no tienen derecho a protestar, a hacer huelga, y que en nombre de la «Revolución» se les obliga a aceptar condiciones de trabajo pésimas y salarios de miseria. Además de que se les exige aplaudir al Comandante so pena de perder toda posibilidad de subsistencia. ¡Cómo encontrar trabajo, si todo depende del Estado!

La «Revolución» no ha liberado a los trabajadores de la explotación, sólo les ha cambiado de patrón. Con la desventaja de que es un patrón único, tan arbitrario como lo eran los de antes, y que ahora sí puede asfixiarles laboral y políticamente.

Esto lo sabe todo el mundo en Cuba y fuera de Cuba. No obstante, los castristas y sus incondicionales siguen llamando «Revolución» a esa farsa siniestra que es el capitalismo de Estado impuesto por Fidel Castro. Un capitalismo gestionado por una nomenclatura que, pese a reclamarse anticapitalista, no ha tenido ningún reparo en aliarse con grandes multinacionales (españolas, canadienses y francesas) para repartirse la plusvalía producida por los trabajadores cubanos.

Digan lo que digan los epígonos del castrismo, la «Revolución cubana» no sólo no ha acabado con el salariado y la desigualdad, sino que no ha permitido ninguna tentativa de autogestión de la economía por los propios productores: una gestión sin intermediarios, sin jefes, sin privilegios, en beneficio de todos y con el derecho a la crítica y a la libertad de experimentación. Desde el comienzo, el único objetivo del castrismo fue la concentración del poder político, económico, sindical y hasta el cultural en el partido único y el Estado, copiando fielmente el modelo soviético. Además: el castrismo se alejó de los ideales que inspiraron la lucha contra la dictadura de Batista y traicionó las ansias de libertad del pueblo cubano al imponerle un poder autocrático.

Como todos los dictadores (los Batista, Franco, Pinochet, etc.), Castro no tuvo y no tiene otro objetivo que el de permanecer indefinidamente en el poder. Esto es lo que le motiva profundamente y esta es la razón por la que se declaró marxista y mantiene aún el mito de la «Revolución»: ese mito que le permite seguir en el poder e impedir que la voluntad popular pueda manifestarse y ejercerse.

Como los Stalin, Mao y tantos otros dictadores «marxistas», Castro asumió y esgrime el marxismo únicamente como justificación teórica para «legitimar» la imposición de la dictadura y su permanencia en el poder. La ideología marxista es, además de un eficaz instrumento propagandístico para confiscar la voluntad popular y poder negar el pluralismo ideológico, la excusa perfecta para disimular su ambición personal de poder (absoluto) tras la de cumplir una misión histórica … Es el marxismo el que explica y justifica el «deber» mesiánico de encarnar la Revolución.

Desde Marx, esta ha sido la excusa argü̈ida por todos los políticos que han querido realizar sus ambiciones personales de poder sirviéndose de los movimientos llamados «progresistas». Para los que lo hayan olvidado, les recordaremos que ya en la Primera Internacional fue por esto que los libertarios se apartaron de Marx y después de la «Revolución rusa».

Nuestra denuncia de la deriva totalitaria implícitas en la teoría y prácticas marxistas no es reciente y, desgraciadamente, los hechos históricos no han cesado de darnos la razón. ¡Los hechos históricos y hasta los propios comunistas, puesto que ellos también han tenido que condenar ese totalitarismo bajo el calificativo de «estalinismo»!

Libertad y dictadura son antinómicos, conforman un antagonismo indisoluble. Todos sabemos hoy que los medios prefiguran los fines, que no se alcanza la libertad por la vía de la imposición. y eso es lo que pasó en Cuba, como antes en Rusia. El proceso ha sido el mismo: la aristocracia, fingidamente proletaria que se fue gestando en el seno del gobierno «popular», se opuso, con todas sus fuerzas y por todos los medios, a la democratización del proyecto revolucionario. Proyecto reducido al mesianismo religioso del culto al líder y a la perennidad de su poder.

Esta es la grotesca realidad del castrismo y de la llamada «Revolución cubana». Ayer y hoy: una burguesía burocrática que se considera dueña de todo y que no tiene escrúpulos en festejarlo públicamente mientras la mayoría del pueblo se ve privada de lo esencial.

La Cuba castrista es una sociedad dividida en dos clases: la que está cercana al poder y a los dólares, y la que el poder explota y paga en pesos, además de vigilarla y reprimirla. Cualquiera que viaje por la isla constatará esta evidencia que salta a los ojos. La demagogia revolucionaria sigue, pero la vida cotidiana de la nueva burguesía no es la misma que la del resto de los cubanos. De esos cubanos que tienen que vivir y trabajar en esa Cuba socialista, supuestamente sin clases, pero con ricos y pobres.

Por ello, cueste lo que cueste, seguiremos denunciando la demagogia revolucionaria con la que el castrismo quiere ocultar la desigualdad y justificar la represión, Hoy como ayer seguiremos reclamando libertad para el pueblo cubano: porque la merece y porque sólo a través de ella se podrán conseguir la igualdad y la fraternidad.

La cuestión ya no es por qué las condiciones laborales son en la Cuba castrista más o menos peores (de hecho lo son) que las de otros países con «democracia», sino por qué, pese a la Revolución (más de cuarenta años de estar en marcha), el castrismo no ha puesto fin a la condición de esclavitud laboral en que viven los trabajadores en Cuba, y por qué tampoco lo hicieron los demás regímenes llamados socialistas.

Es cierto que hoy, salvo los anarcosindicalistas, nadie sigue reclamándose de ese ideal emancipador, y que el sindicalismo y los partidos «progresistas» de casi todos los países capitalistas han renunciado a reivindicar el fin de la esclavitud laboral y se han resignado a pedir únicamente la restitución de una parte de la plusvalía que el Capital despoja al trabajador por su trabajo. Pero lo grave, en Cuba, es que el castrismo pretende aún que el objetivo de la Revolución es el deponer fin a la explotación, y que esa es la excusa con la que justifica el sacrificio de la libertad. No es pues sorprendente que en Cuba, como sucedió en la Unión Soviética y en todos los países de la órbita comunista, los trabajadores se hayan vuelto escépticos hacia todas las ideologías emancipadoras y que asuman sin rechistar la esclavitud laboral. La misma que el Capital impone a los trabajadores en todo el planeta.

El retroceso histórico de la aspiración a la emancipación –que era el ideal de la clase trabajadora– es el resultado de más de un siglo de promesas no cumplidas y de engaños al proletariado por el reformismo sindical y el totalitarismo revolucionario.

Este es el gran servicio que el posibilismo político y sindical y el mesianismo revolucionario han prestado al capitalismo para su afirmación como única alternativa deseable por la humanidad.

Se impone pues sacar consecuencias, y no olvidar que, para combatir al capitalismo, debemos también combatir toda forma de impostura.

Publicado en Polémica, n.º 84, abril 2005

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