El antiintelectualismo de la CNT y la revolución de julio de 1936

Víctor GARCÍA

139909_CNT___19___julio___1936Las raíces del antiintelectualismo de la CNT se remontan en el pretérito decimonónico. Los atisbos más palmarios se pueden observar en los primeros congresos de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) y partiendo del mismo momento de su fundación, en Saint Martin’s Hall, Londres, el 28 de septiembre de 1864, cuando el espíritu proudhoniano, por boca de los delegados galos, inspiró los principios obreristas internacionales. Fue una creación francesa que el despotismo de Napoleón III forzó a que se manifestara en Inglaterra.

El manifiesto redactado por la delegación francesa, de regreso de Londres, ya señala las intenciones de marginación frente al intelectual:

«El trabajo confirma su igualdad frente a las demás fuerzas y quiere conquistar su puesto en un mundo moral y material y ello en base a su propia iniciativa y al margen de todas las influencias que durante estos últimos tiempos ha sufrido e, inclusive, solicitado».

Es la prosa de Proudhon en su De la Capacité politique des Classes Ouvrieres. Cuando tiene lugar el primer congreso de la AlT, en Ginebra, en septiembre de 1886, a los dos años de su creación, el obrerismo per sé se agudiza todavía más. Marx ya le había escrito a Engels, el 6 de abril de aquel año: «Debo decirte con franqueza que la Internacional no va bien…» y repite, el 23 del mismo mes: «Desde aquí (Londres) haré todo lo posible porque el congreso de Ginebra tenga éxito, pero no asistiré a él. De esta manera evito toda responsabilidad personal». Esta noticia desagradó a los delegados ingleses en particular, pero fue celebrada por la nutrida delegación francesa:

«Como obrero –dice Henri Tolain en su intervención– agradezco al ciudadano Marx no haber aceptado la delegación que se le ofrecía. Haciendo esto el ciudadano Marx ha demostrado que los congresos obreros sólo deben estar compuestos de obreros manuales. Si admitimos aquí a hombres perteneciendo a otras clases, no faltará quien diga que el congreso no representa las aspiraciones de las clases obreras, que no está integrado por los trabajadores, y creo que es útil demostrar al mundo que estamos suficientemente preparados para poder obrar por nuestros propios medios'”»1

Estas intenciones de exclusión de intelectuales en los comicios de la AIT llegan a ser justificadas por el propio Marx en carta a Engels del 25 de febrero de 1865:

«Los obreros parece que tienden a excluir a todo hombre de letras, lo que es, sin embargo, absurdo ya que los necesitan en la prensa, pero es excusable vistas las traiciones continuas de los intelectuales».

Luego irrumpe Bakunin en las luchas manumisoras y pone en guardia a los obreros contra «el gobierno de los sabios» que es una alusión directa y certera a las ambiciones de los intelectuales, siempre convencidos de su superioridad.

«Un intelectual, por su naturaleza, se halla inclinado a toda clase de corrupciones morales e intelectuales, siendo su principal vicio la exaltación de sus conocimientos y su propio intelecto así como el desprecio para todos los ignorantes. Dejadlo gobernar y será el tirano más insufrible, porque el orgullo intelectual es repulsivo, ofensivo y más opresor que no importa cual otro. Ser el esclavo de los pedantes, iqué destino para la humanidad!».

Es también la actitud de Georges Sorel, que homologa al intelectual con el cortesano y se opone abiertamente a lastrar al movimiento obrero con las enseñanzas de los intelectuales:

«El proletariado debe intentar emanciparse, desde ahora, de toda dirección que no sea interna… La primera regla de su conducta ha de ser: permanecer exclusivamente obrero, es decir, excluir a los intelectuales».

En la misma página de su polémico libro añadirá: «El papel de los intelectuales es un papel auxiliar: pueden servir como empleados de los sindicatos».

Aplastada la Comuna y, un tiempo después, restablecidas ciertas libertades, los trabajadores franceses agrupados en torno a las Bourses du Travail inspiradas y dinamizadas por Fernand Pelloutier, celebran su primer congreso el 2 de octubre de 1896. El documento del comité organizador dice:

«Hemos querido que el congreso fuera exclusivamente obrero y cada uno ha comprendido enseguida nuestras razones. No hay que olvidarlo, todos los sistemas, todas las utopías que han asociado a los trabajadores no han sido jamás de ellos, todos emanan de los burgueses».

En España el antiintelectualismo no se quedaba atrás. En El Condenado del 9 enero 1874, aparece una muestra arquetípica de este sentimiento antiintelectual. Va firmado por «Un Internacional» y dice:

«¿Queréis conocer el secreto de una revolución verdadera? Pues oíd: para que lo sea es preciso que la lleven a cabo y exclusivamente esos que llaman descamisados, chusma, canalla, las turbas desarrapadas, los trabajadores, en fin, los que padecen verdaderamente hambre y desnudez; éstos son, y en contra de los privilegiados de todos géneros, los únicos que pueden y quieren la revolución verdadera. Ni los periodistas, ni los abogados, ni las dignidades militares o eclesiásticas, ni los diputados que fueron, ni los que lo son, ni los que desean serlo, ni los concejales, ni los escribanos, ni los jueces, ni los comerciantes, tenderos ni banqueros, ni los propietarios, ni los fabricantes, ni los maestros dueños de taller, ni los empleados o aspirantes a serlo, ninguno, en fin, que no sienta sobre sus desnudas o mal cubiertas espaldas el peso de las injusticias… puede querer la revolución verdadera».

En el dictamen del Congreso de Constitución de la CNT, de septiembre de 1910, hito mucho más trascendental que la visita del cometa Halley, coincidente con dicho magno evento, la renuencia a los intelectuales es un motivo de fondo a lo largo de todo el documento:

«No es la obra de ellos mismos cuando encargan de su emancipación a otros; ni es posible que se emancipen quienes empiezan por estar sometidos a las buenas o malas intenciones, a los acertados o disparatados actos de otros, a la voluntad perezosa o activa de los demás, a las conveniencias particulares o no de otros. La emancipación de los trabajadores ha de ser obra de ellos mismos, y agregaremos con Farga Pellicer que esta afirmación está fundada en el hecho de que no hay institución ni clase social alguna que por la obrera se interese».

Y se da con otro párrafo igualmente significativo:

«Y al decir esto no es posible olvidar que los obreros llamados intelectuales sufren en su mayoría penurias parecidas a las de los manuales, pero como entre ellos se reclutan los políticos, los vividores de toda especie, escalando no pocos de los puestos de privilegio, en general no tienden a la destrucción del régimen y antes bien lo consolidan y aún procuran servirse de los manuales para esos encumbramientos que les hacen placentera y grata la vida».

El estupendo notario de Bujalance, Juan Díaz del Moral, cita un discurso de Sánchez Rosa en Écija que reproduce La Voz del Cantero del 19 de julio de 1912:

«Tengo que deciros, obreros de Écija, que cada uno de vosotros vale tanto como los más grandes pensadores del mundo. Don Santiago Ramón y Cajal, sabio eminente a quien yo respeto y admiro, no vale más que ninguno de vosotros. Marconi, el célebre inventor de la telegrafía sin hilos… no le creo más acreedor a nada que ningún campesino».

Ya unas 150 páginas antes, Díaz del Moral trata de explicar esta peculiaridad antiintelectualista:

«Nunca militaron en sus filas [del anarquismo español] hombres del relieve intelectual de un Reclus o un Guillaume; jamás contó en su estado mayor con el núcleo de profesores y literatos que enaltece al partido socialista; los hombres de profesiones liberales que lo dirigieron pueden anotarse en números dígitos; sus inspiradores y maestros son exclusivamente trabajadores manuales autodidácticos; el partido es netamente obrero. Tal vez estos hechos, el recuerdo de algunas frases de Bakunin y la influencia del sindicalismo francés hayan engendrado la corriente antiintelectualista que a veces se nota en él, no más intensa, ciertamente, que la de los otros sectores proletarios».

Al respecto cabe, sin embargo, una seria objeción de nuestra parte ya que el antiintelectualismo tiene que ver tan solo con el anarcosindicalismo y no con el movimiento anarquista, como quiere establecer Díaz del Moral. Gerald Brenan, gran observador de nuestra historia, señala que después de la pérdida de Cuba: «Una nueva brisa comenzó a soplar sobre las mortecinas hojas del anarquismo» por lo que se abandonó la bomba a favor de la huelga general al tiempo que afirmaba que el camino hacia el ideal eran las escuelas. Elogia la obra de Francisco Ferrer, todo y considerándolo «pedante de estrechas miras y con pocas cualidades atractivas».

«Este movimiento correspondió a un período de expansión intelectual. Nunca hasta entonces había contado el anarquismo español en sus filas con hombres cultivados y de ideas. Comenzó, asimismo, a abrir sus filas a las clases medias. Tárrida del Mármol, uno de los dirigentes anarquistas de la época, era director de la Academia Politécnica de Barcelona, y provenía de una de las mejores familias de la ciudad. José López Montenegro, que dirigía La Huelga General, había sido coronel del ejército. Ricardo Mella, ingeniero gallego, fue el único español que aportó alguna contribución a las teorías del anarquismo. También numerosos escritores e intelectuales quedaron dentro de la órbita acrática. Pío Baroja, Maeztu y Azorín se sentaron por algún tiempo en cafés anarquistas y flirtearon con las ideas libertarias…, la aparición del sindicalismo terminó de cerrar las filas anarquistas a los simpatizantes burgueses. Desde 1910, la actitud del anarquismo español hacia los intelectuales ha sido de constante hostilidad. Han poseído sus propios escritores y pensadores y no se han preocupado de los demás».

Es indudable que hay buena intención en Díaz del Moral, en Brenan y en algunos, muy pocos, escritores e historiadores. Escapa a su examen, sin embargo, el hecho de que el anarquismo resultaba una actitud comprometedora para todo individuo incrustado en el stablishment, como se dice ahora, y que después de los flirteos, como señala Brenan, venía siempre el acaparazonamiento en el refugio de la seguridad y la garantía que una militancia anarquista no aseguraba jamás. Renunciarán a estas seguridades y a estas garantías un conde Tolstoi, un príncipe Kropotkin, un noble Bakunin, un burgués Mateo Morral, doctores como Vallina, Isaac Puente, José Pujol, Solá, pudientes como Fermín Salvochea, Sebastían Faure, Carlo Cafiero, pero serán siempre las excepciones que confirman la regla. La gran mayoría, después de un tiempo más o menos breve, regresará a sus predios originales y aprobará la sentencia de Clemenceau: «El que a los veinte no es anarquista, es un pusilánime; el que a los cuarenta lo continúa siendo, es un idiota».

De ahí que sea obligada la conclusión a la que llegan los anarquistas y los anarcosindicalistas en cuanto al manifiesto recelo que existe contra los intelectuales. Además, ¿acaso la historia no está saturada de sus traiciones? Todos podemos recordar el valiente discurso de Ignacio Silone en la conferencia internacional del Pen Club, el 3 de junio de 1947: «Los acontecimientos han demostrado, una vez más que el ejercicio de las letras y de las artes no supone una garantía de moralidad o de firmeza de carácter: han probado que cada vez que la clase dirigente naufraga en una crisis o en los extravíos y errores que la engendran, la mayor parte de los hombres de letras y de los artistas son también arrastrados».

También nos viene al recuerdo el célebre libro de Julien Benda La trahison des Clercs, denuncia como pocas contra los escritores y los intelectuales en general que durante la Primera Guerra Mundial se balancearon en la cuerda floja de la apostasía. Es posible que, aparte Romain Rolland, y un puñado más de valientes, nadie escapara a la traición. «De los intelectuales –dice un intelectual: el doctor Juan Lazarte, y anarquista por más señas–, de las minorías selectas poco se puede esperar; en la historia tenemos un ejemplo terrible para la ciencia y la cultura, en el manifiesto de los 93 profesores alemanes y las opiniones de sus colegas franceses e ingleses. El pensamiento se hizo sirviente de la contienda».

«Se nos ocurre echar una mirada a la frustración, a la traición de los intelectuales –dice Diego Abad de Santillán en la introducción a una obra de Carlos Díaz cuando este amigo transitaba por los senderos anarquistas–, de la intelligentsia, una traición contra sí mismos, y contra sus pueblos, contra todos los pueblos, contra la justicia, contra el progreso, pese a sus aportes científicos y tecnológicos, y contra la libertad, ese bien supremo de que nos hablara el predicador Don Quijote de la Mancha».

En lo que a España concierne se puede afirmar que la tan mentada «Generación del 98», integrada por las plumas más relevantes de todo un cuarto de siglo amplio, no supo comprender la significación que entrañaba su acercamiento a la clase trabajadora. Unamuno, tan admirado en muchas de sus facetas, incluida la del coraje ante el fascismo español, se negó a reconocer lo meritorio de la labor de Francisco Ferrer Guardia llenándolo de insultos y vejámenes, todo ello debido a la condición anarquista del creador de La Escuela Moderna: «Yo no puedo con los anarquistas y lo que más me repugna de ellos es su simplicidad mental –escribe al escritor peruano José de la Riva Agüero, el 10 de enero de 1910– su fanatismo ciego y su superstición científica… y luego todos dicen lo mismo siempre y del mismo modo. No hay literatura más pobre y más monótona que la anarquista». El apoyo que Ferrer recibiera del extranjero de científicos como los hermanos Reclús o, en el campo español, de parte del biólogo Enrique Llúria, o de Odón de Buen en ciencias de la naturaleza no significaba nada para el catedrático de Salamanca. El fusilamiento de Ferrer fue aplaudido por Unamuno y prensa hubo, como La Nación de Buenos Aires, que ensució sus páginas publicando la colaboración de Unamuno favorable a tan horrendo crimen.

Lo mismo en cuanto a Azorín, que tuvo sus acercamientos con el anarquismo, para terminar siendo partidario del reaccionario Maura y prostituyendo su pluma con panegíricos al troglodita La Cierva, al patrocinador del levantamiento fascista español, el millonario Juan March y, como broche de oro, para el mismo Franco. De Pío Baroja, igualmente transeúnte en los predios ácratas pero que, llegada la vejez y siéndole grande el exilio, no titubea en escribirle a Franco solicitando permiso para el regreso. Igual con el irreverente Valle Inclán, panegirista de Lerroux y hasta del propio Mussolini.

Durante la revolución de julio de 1936, la trahison des Clercs se hizo más manifiesta todavía y los que no aprovechaban la primera oportunidad para cruzar los Pirineos, como Gregorio Marañón –que viaja a París en misión que le confiara la Ministro de Sanidad, Federica Montseny, y decide quedarse allí, no sin antes declarar que «los anarquistas y los sindicalistas son, en nuestra revolución, la expresión más auténtica de la psicología nacional»–, corrían a refugiarse bajo las alas protectoras de un Partido Comunista raquítico y mínimo deseoso de abultar sus filas de cuanto ingenuo o hábil calculador pudiera, de modo especial intelectuales y burgueses. Esto explicaría, dicho sea de paso, la inconsecuencia de Antonio Machado, admirable en tantas cosas, con las absurdas loas dedicadas al destructor de las colectividades de Aragón, Enrique Líster.

En toda la América Latina encontraron ubicación multitud de intelectuales que, en cuanto estalló la guerra civil, abandonaron el suelo español dejando que fueran los otros los que defendieran la causa que mejor les gustara. Para muchos de ellos, la causa era la de esperar la presencia de un vencedor para rendirle cortesano tributo.

Mientras, hacen sus tanteos y se lanzan improperios mutuamente a la espera de una sinecura que algún día el Estado, si hay suerte, sabrá proporcionarles.

Esta deserción, por un lado, de los intelectuales, y, por el otro, el recelo de los trabajadores anarcosindicalistas hacia ellos, obligó a éstos a prepararse a fin de suplir la ausencia de aquéllos. Este autodidactismo enfureció mucho a los egresados de universidades e institutos académicos, en parte siguiendo la trayectoria trazada por Marx, tan alérgico a los empíricos, como él designaba a los sin título académico o universitario. Quizás el que más improperios lanzara contra el proceder anarcosindicalista, tanto español como internacional, fuera el teórico comunista italiano Antonio Gramsci, un intelectual químicamente puro que no toleraba al anarquismo y que hallaba en el movimiento ácrata, debido a la presencia de puro autodidacta, un impacto antihistórico, un anacronismo y una morbosidad hacía los cánones antañones ampliamente superados. Gramsci ha contado y cuenta con muchos adeptos en la tarea de despreciar al anarquismo y a las organizaciones anarcosindicalistas. Son todos los convencidos de que hay un socialismo utópico, el nuestro, y un socialismo científico, el marxista.

Era de rigor, pues, que frente a este alejamiento de los letrados, el anarquismo, y la CNT en España, tratara de valerse por sus propios medios haciendo de sus ideales la obra de ellos mismos como reza el documento constitutivo del Palacio de Bellas Artes de Barcelona, del 3 de noviembre de 1910.

«Quedó, por tanto [la CNT], reducida a sus propias élites. A aquellos intelectuales que se habían formado en su seno a base de una voluntad de hierro, alternando las peripecias de la lucha con furtivas lecturas. Estos héroes autodidactas dirigían y redactaban periódicos y revistas, hacían pinitos en el libro, la novela, la poesía y la tribuna e incluso en la escuela. Damos algunos ejemplos. Organizadores: Salvador Seguí, Ángel Pestaña; agitadores y hombres de acción: Francisco Ascaso, Juan García Oliver, Buenaventura Durruti; divulgadores: Isaac Puente, José Sánchez Rosa; educadores: Ramón Acín, Juan Roigé, Eleuterio Quintanilla; historiadores: D.A. de Santillán, José Peirats; escritores: Federica Montseny, Higinio Noja Ruiz; oradores: V. Orobón Fernández, José Villaverde, Vicente Ballester; poetas: Salvador Cordón, Elías García; periodistas: Felipe Aláiz, Eusebio Carbó, Juan Peiró. Muchos de los citados ejercieron todas estas especialidades al mismo tiempo, con competencia y hay muchísimos más que no citarnos».

En esto radica el éxito de la revolución de julio de 1936, en que la organización anarcosindicalista española se hallaba integrada, sin tener que acudir al intelectual híbrido e indeciso, atrincherado detrás de sus diplomas y su currículum vitae, por toda clase de gente preparada para que la producción, la economía, la enseñanza, la salud, la vivienda, el transporte no se paralizara cuando la sociedad capitalista y republicana colapsó frente al levantamiento fascista y sólo los trabajadores españoles supieron, con valentía única, arrebatar las armas al ejército en las ciudades más importantes de la Península.

En Cataluña y otras partes de España, la CNT logró que una nueva sociedad funcionara en todas sus facetas a pesar de que toda la población apta para empuñar el fusil tuvo que acudir a los frentes de batalla a combatir al fascismo. De no haber mediado el contubernio internacional: los países fascistas aportando armas y hombres en favor de Franco y los países llamados demócratas y con gobierno socialista, como el francés, oponiéndose a toda clase de ayuda en favor de la zona que todos ellos decidieron en llamar «roja» a fin de asociarla con el comunismo y desmerecer la verdadera inspiración libertaria del movimiento; de no haber mediado esta confabulación del cortesano intelectual y el político de Europa, repetimos, la contienda no habría durado treinta y tres meses y la victoria hubiera sido de las fuerzas antifascistas.

No nos ciega el sectarismo y por ende deseamos reconocer el esfuerzo que escritores extranjeros han sabido aportar en favor de la causa anarcosindicalista española. Pensamos, principalmente, en George Orwell que tan positivamente impresionado quedó con la organización social y productora de la CNT en Cataluña, como está reflejado en su obra Homenaje a Cataluña; en Burnett Bolloten, que desenmascaró acertadamente la maniobra estalinista en su magnífico testimonio El Gran Engaño, en John Brademas cuya fiel exposición de los aportes confederales hallamos en su Anarcosindicalismo y revolución en España. En todo un puñado de escritores, historiadores y sociólogos que, desafiando el úkase de Moscú y la pusilanimidad internacional, no titubeó en testimoniar en favor del anarcosindicalismo español. Pensamos en Franz Borkenau y su The Spanish Cockpit; en Simone Weil y sus Ecrits historiques et Politiques; en Gerald Brenan y su El Laberinto Español; en Hanz Erich Kaminski y su Ceux de Barcelone; en Albert Camus y toda su obra; en Elene de la Souchere y su Explication de l’Espagne; en Noam Chomsky y sus múltiples obras; en Pierre Broué y Emile Temime y su La Revolución y la Guerra en España» y un buen puñado más de honestos intelectuales que salvan a esta clase social del naufragio total y definitivo.

En cuanto a los escritores e historiadores anarquistas internacionales, formados, la mayoría de ellos en el seno del movimiento ácrata y anarcosindicalista de Europa y América, «a base de una voluntad de hierro –como señala José Peirats– y alternando las peripecias de la lucha con furtivas lecturas» que defendieron desde España y desde el extranjero la causa confederal, la nómina resulta tan inconmensurable que, obviamente, no es posible reseñar aquí en detalle. En base a un censo improvisado y conscientes de que seremos injustos con muchos, nos atrevemos a mencionar a Gastón Leval, Luce Fabbri, Hugo Fedeli, Camilo Berneri, Emma Goldman, Alexandre Berkman, Max Nettlau, Rudolf Rocker, Sebastien Faure, A. Prudhommeaux, Daniel Guerin, Stephen Spencer, Herbert Read, George Woodcock, Vernon Richards, Murray Bookchin, Sam Domgoff, Paul Avrich, Aristides Lapeyre, Helmut Rudiger, Agustín Souchy, Hem Day, Carlos Brandt, los chinos Li Pei Kan, C.S. Wong, Ma Schmu y los hermanos Lu Chien Bo, Pierre Besnard, Rodolfo González Pacheco, José Oiticica, el Premio Nobel de Medicina 1984, César Milstein y su hermano Oscar, Max Sartin, René Bianco, Pietro Ferrua, Gino Cerrito, Carlos M. Rama, Edgar Rodrigues, Emilio Santana, los japoneses Taiji Yamaga, Agustín Miura y Kou Mukai, Maurice Joyeux, Armando Borghi, Ilario Margarita, Virgilio Galassi, Ahrne Thorne, José Grunfeld, José Néstor Mourelo, Albert de Jong, E. Castrejón, H. Koechlin, Eugen Relgis, Angel J. Cappelletti, Raúl Colombo, Carlos Doglio, Libert Forti, Antonio Rizzo, Martín Gudell, Georges Fontenis, Renée Lamberet, Abba Gordin, Ken Hawkes, Giuseppe Rose, Luciano Farinelli, Albert Meister, Franco Leggio, Wenceslao Zavala, Gerardo Gatti, Giovanni Baldilli, Emile Armand, Han Ryner, Louis Mercier Vega, Fernand Planche, Voline y aquí nos paramos.

La causa ácrata y anarcosindicalista, a pesar del vacío en que pretendieron sumirla aquellos intelectuales invertebrados, sin esqueleto, por cuyo motivo deben arrastrarse, no ha estado ni está huérfana de abogados. Por un lado, como hemos visto, no han faltado los honestos escritores e historiadores que, desafiando las presiones de los arquistas, desde los totalitarios a los llamados liberales, pasando por los dictadores, los regímenes monárquicos, los llamados democráticos y socializantes, han sabido romper una lanza en nuestro favor. Por otro lado, y como hemos tenido oportunidad de señalar, esta causa que abraza la aspiración más intensa y extensa de libertad, igualdad y fraternidad, el tríptico irrespetado de la Revolución Francesa de 1789, ha sabido crear su propio grupo de escritores, historiadores y sociólogos, así como ha sabido atraerse conciencias sensibles de otros predios logrando así, establecer sus defensas ante el acoso de todos los arquistas.

El antiintelectualismo de la CNT y el anarcosindica1ismo en general subsistirá mientras y tanto el intelectual no baje de su pedestal y deje de lado sus pretensiones de superioridad.

«El dogma de que la revolución tiene que ser dirigida por los intelectuales profesionales –escribe Heleno Saña-, constituye no sólo una afrenta contra la dignidad del proletariado, sino también una falsificación de la historia. Si es cierto que los trabajadores han aprendido de los intelectuales, lo es también que los intelectuales han aprendido mucho más de los obreros. No es la praxis obrera que nace de las teorías de los intelectuales, sino a la inversa, son las teorías de los intelectuales que nacen de la praxis obrera. Cuando la teoría, como ocurre hoy, se aleja e independiza de la praxis obrera formando un cuerpo extraño y artificial –es decir, intelectualista– los trabajadores se vuelven de espaldas a ella».

Publicado en Polémica, n.º 22-25, julio 1986

victorgarcia1Tomás Germinal Gracia Ibars, más conocido como Víctor García nació el 24 de agosto de 1919 en Barcelona. Fue militante anarcosindicalista, escritor, traductor e historiador del movimiento anarquista internacional, miembro del sindicato fabril de la CNT desde el 1933 y de las Juventudes Libertarias del barrio de Gracia desde 1936. Militó, junto con Abel Paz, Liberto Sarrau y otros, en el grupo anarquista Los Quijotes del Ideal fundado en agosto de 1936 y que se opuso al colaboracionismo anarquista en el gobierno de la República. Durante la guerra combatirá en la columna Los Aguiluchos y cuando se produce la militarización de las milicias abandona el frente y se suma a la colectividad de Cervià de les Garrigues con Abel Paz y Liberto Sarrau. Tras el desastre del Ebro, se unió a la 26 División y, herido en Tremp, pasó a Francia, donde tras ir y venir de un campo de concentración a otro (Argelers, Barcarès, Brams), es detenido como resistente y encarcelado en el campo de Vernet por el Gobierno de Vichy, del que consigue huir. La Liberación de Francia lo coge en París. A finales de 1946 vuelve a España clandestinamente para trabajar en las Juventudes Libertarias del Interior, pero es detenido en diciembre y encarcelado en la prisión Modelo de Barcelona. En julio de 1947 fue liberado y después de vivir un tiempo en Barcelona, logró cruzar la frontera. Viajó por todo el mundo siempre ligado a la militancia anarquista. Víctor García murió, después de una larga y penosa leucemia, el 10 de mayo de 1991 en Francia.

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