Los anarquistas, el poder y la violencia

José ESPAÑA IBER

anarquismo-bandera-negraLos anarquistas sostienen que la función del Estado es distinta de las funciones administrativas normales; que el abuso de la autoridad no es accidental sino inseparable de la naturaleza del Estado, cualesquiera que sean los gobernantes. Repudian el Poder aún a título provisional y no creen que su conquista pueda servir para destruir el Estado, pues éste conquista a todos sus conquistadores. La sociedad del Estado –represión, burocracia, funcionarismo– es un círculo vicioso de intereses artificiales difícilmente irreversibles; la institución estatal es una inversión de valores, puesto que el individuo, que creó la sociedad para su servicio, es absorbido por ella. En consecuencia, es estatal toda sociedad que pierda de vista al hombre, al sacrificarlo a dogmas abstractos –interés general, patria, religión, causa suprema revolucionaria–, y es anarquista toda sociedad que sirva al individuo concreto, estimule la iniciativa de abajo arriba y garantice la libertad del hombre sin más limitación que la de sus semejantes.

Habiendo colaborado en esta definición es sin empacho que la entresaco de una gran publicación, ahorrando el entrecomillado.

Según el llamado «Herodoto de la anarquía» (Max Nettlau) una historia del anarquismo es inseparable de todos los movimientos por la libertad. En la remota antigüedad, el principio de autoridad encontró muchos obstinados campeones de la rebeldía. Según la mitología griega, los titanes asaltan el Olimpo, Prometeo se subleva contra Zeus, etc. Hay reminiscencias de huelgas de los constructores de pirámides. Los mismos griegos prefieren la autonomía de sus ciudades al despotismo oriental. En la mitología cristiana el Diablo pone en jaque al Todopoderoso. El estoico Zenón de Citio, tal vez el primer materialista filosófico, proclama toda coacción exterior dañina para el individuo. En los últimos siglos de la Edad Media florecen los municipios libres contra el naciente centralismo de los grandes Estado-naciones. François Rabelais pone como lema a su abadía de Thelema el «Haz lo que quieras». Desde Campanella hasta Isaac Puente abundan las utopías de vida libre. Hubo sarampión de colonias libertarias en el Nuevo Mundo. «Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados… porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío», dice El Quijote. En el mismo libro la pastora Marcela se erige en campeona del amor libre.

Un libro de William Godwin (Investigación acerca de la justicia política) coloca la primera piedra de la teoría anarquista moderna, y entre los primeros liberales románticos destaca la tirada del norteamericano Thomas Jefferson: «Sólo el error necesita del apoyo gubernamental. La verdad puede mantenerse por sí sola. Someted el pensamiento a la coacción. ¿A quién llamaría como juez? A hombres falibles gobernados por malas pasiones, por razones privadas tanto como públicas. ¿Para qué la coacción? Para producir la uniformidad. Pero, ¿es deseable la uniformidad? No, como no lo es la uniformidad de los rostros y de la estatura. Introducid el lecho de Procusto, y como existe el peligro de que los hombres fuertes puedan maltratar a los débiles, nos ajustarán a todos al mismo formato, recortando a los grandes lo que tienen en demasía y estirando a los cortos hasta que lleguen a la medida exacta».

Los historiadores del anarquismo rastrean también huellas ácratas entre las víctimas del jacobinismo. En medio de los guillotinados en olor de santidad federalista figuran les enragés, los hebertistas, Jacques Roux (éste se quitó la vida antes de subir al cadalso). Pero el anarquismo toma contorno mediante un grupo de fuertes personalidades del siglo pasado: Proudhon, Bakunin, Kropotkin, Elíseo Reclus, Errico Malatesta. Y, entre los españoles, Anselmo Lorenzo, González Morago, Farga Pellicer, Fermín Salvochea, Ricardo Mella

Proudhon fue el primero en llamarse anarquista:

—¿Sois republicano?

—Republicano sí, pero esta palabra no representa nada. Res pública es cosa publica. Pero cualquier partidario de la cosa pública, bajo qué forma de gobierno, puede llamarse republicano. Los reyes también son republicanos.

—¿Entonces sois demócrata?

—No.

—¿Constitucionalista?

—iDios me libre!

—¿Entonces sois aristócrata?

—De ninguna manera.

—¿Queréis, pues, un gobierno mixto?

—Menos todavía.

—¿Qué sois, pues?

—Soy anarquista.

He aquí lo que pensaba Proudhon del gobierno: («Ser gobernado es ser detenido, inspeccionado, espiado, dirigido, legislado, reglamentado, aparcado, doctrinado, controlado, censurado, mandado…»

Nuestro Pi y Margall, seducido por Proudhon durante su emigración forzada a Francia –también su traductor en España– le copia al pie de la letra:

«Todos los hombres son iguales y libres. La sociedad, por naturaleza y destino, es autónoma, como quien dice, no gobernable. Estando determinada la esfera de cada individuo por la división natural del trabajo y por la elección de una profesión (las funciones sociales), y siendo las funciones sociales combinadas para producir un efecto armónico, el orden resulta de la libre acción de todos. No hay gobierno. El que pone la mano sobre mí es un usurpador, un tirano: le declaro mi enemigo».

José Álvarez Junco, en su prólogo a la reedición de El proletariado militante, de Anselmo Lorenzo (Alianza Universidad, Madrid, 1974), rompe el fuego con estas fulgurantes frases:

«Pocos movimientos y doctrinas son tan desconocidos o desfigurados como el anarquista. No sólo el público medio sino también eruditos e intelectuales manejan lugares comunes y, con la misma imprecisión, definen el anarquismo como individualismo radical, solidarismo y pacifismo cuasicristiano, negación de la sociedad, negación sólo del Estado, desorden, utopismo y violencia… Y si de sus fundamentos ideológicos pasamos a sus causas o a su explicación más honda, el abanico de respuestas es aún más amplio y diverso».

(Y más abajo insiste):

«Como Larra se preguntaba si en España no se lee porque no se escribe o no se escribe porque no se lee, podríamos plantearnos si desconocemos el problema anarquista porque sus obras no están a nuestro alcance o si la explicación es inversa».

En efecto, la explicación es diversa, pero carecemos de espacio para entrar en esto. Nos limitaremos a afirmar que pesa sobre el anarquismo una doble leyenda negra de la que, sólo en parte, los anarquistas son responsables. Buscad el vocablo anarquismo en cualquier enciclopedia, en cualquiera de la más pretenciosa de ellas. Es rarísimo no tropezar con un texto e ilustraciones abracadabrantes, hediendo a pólvora y sangre. La asociación mental del anarquismo con la dinamita y el horror (infrecuente cuando se trata de su vis-avis el Estado, aún con su carga nuclear), clisé inevitable, es la resultante de un minucioso lavado de cerebro, incluso por los devotos del espurio Stalin. En su mayoría, los politólogos, burgueses y capitalistas, escritores policíacos, y muchos interesados en hacerse perdonar su mala conciencia, se descargan cargando lindamente en el anarquismo sus remordimientos. «El anarquismo tiene las espaldas muy anchas», dijo Octave Mirbeau.

Otro de los grandes detractores ha sido el marxismo, que también tiene que olvidarse lo suyo. Desde su aparatosa topada con Proudhon, a quien había exaltado hasta los cuernos de la luna, Carlos Marx desató contra él una ofensiva personal sin merced y, por extensión, sobre el anarquismo. Marx, que había descubierto la cuadratura del círculo en su Manifiesto Comunista, trató de atraer hacia su sociedad al filósofo de Besançon. La respuesta que obtuvo fue ésta:

«Hago profesión con el público de un antidogmatismo económico casi absoluto. Busquemos juntos, si usted quiere, las leyes de la sociedad, la manera en que estas leyes se realizan, el progreso según el cual llegamos a descubrirlas; mas ¡por dios! después de haber demolido todos los dogmatismos a priori no queramos a nuestra vez doctrinar al pueblo; no caigamos en la contradicción de su compatriota Martín Lutero quien, después de haber derrocado la teología católica se puso en seguida, a golpe de excomuniones y anatemas, a fundar una teología protestante. Desde hace tres siglos Alemania sólo se ocupa de destruir el revoque del señor Lutero. No convirtamos el género humano en un nuevo trampolín para nuevas argamasas. Aplaudo de todo corazón su idea de fundir un día todas las opiniones. Hagamos por suscitar una nueva y leal polémica; demos al mundo el ejemplo de una tolerancia sensata y previsora, pero por el hecho de que estamos en cabeza del movimiento, no nos convirtamos en jefes de una nueva intolerancia; no nos mostremos como apóstoles de una nueva religión, aunque fuera ella la de la lógica, la religión de la razón. Acojamos, suscitemos protestas, evitemos exclusiones, misticismos; no demos nunca una cosa por agotada, y cuando hayamos apurado hasta el último argumento, volvamos a empezar si es necesario, con elocuencia e ironía. Bajo esta condición formaré gustosamente parte de su asociación; si no, no».

Este sería el primer choque espectacular entre el marxismo y el anarquismo. Marx se vengaría del desaire escribiendo una réplica despectiva al libro de Proudhon Filosofía de la miseria, bajo otro título-retruécano: Miseria de la filosofía. Fue la ruptura entre dos pensamientos distintos. Las espadas siguen en alto.

Proudhon fue un fino observador del funcionamiento del Estado. De ahí su idea de la descentralización y el federalismo. Creía al centralismo la epidemia del siglo. De ahí que el comunismo marxista le produjera náuseas. Su condición de artesano le inclinaba por las comunidades autónomas y solidarias, que los marxistas siguen motejando de «socialismo utópico».

En tanto que economista, conocida es su diatriba sobre el principio de propiedad sintetizada en esta rotunda frase: «La propiedad es el robo».

Pero todos los grandes principios, traducidos a la práctica, tienen sus más y sus menos. Lingü̈ísticamente hablando existe una importante cantidad de palabras que, con la práctica y la erosión del tiempo, han ido cambiando su estructura y hasta su antiguo sentido. No sólo hay que cargar a los adversarios del anarquismo su leyenda negra sino que incumbe cargar la parte alícuota a los propios anarquistas. Una insidia no es siempre humillante para el que la recibe. A menudo es motivo de arrogancia, sobre todo si magnifica en el afectado sus cualidades viriles. ¿Por qué el parentesco del anarquismo con la violencia? Indudable que el primer vagido del oprimido consciente es la rebeldía. Y de la rebeldía a la violencia hay poco trecho. ¿Y qué es lo que dispara la rebeldía? Sin lugar a dudas es la injusticia. ¿Pero es necesariamente violenta la rebeldía? He aquí el quid de la cuestión. La rebeldía no es violenta por necesidad, pero de hecho lo es en una infinita cantidad de casos. Quienes mayormente sufren el peso de la injusticia social son y serán los desheredados de la fortuna, los menesterosos, los explotados por los poderosos, los débiles. Si lo son de espíritu sufren sin rechistar las humillaciones. Si son inteligentes recurren a medios inteligentes para hacerse respetar. Y los hay, desgraciadamente, que sin recurrir a la violencia, cifran su desquite en la conquista del Poder. En este último ejemplo, la dictadura del proletariado oculta subconscientemente un desquite. La burguesía lo ha adivinado al interpretar la revolución como una revancha. En la España de los años 30 el supercapitalista Francesc Cambó habló en una conferencia del «anarquista de Tarrasa», al cual atribuyó el síndrome revolucionario violador de guapas y perfumadas mujeres burguesas.

Hay muchas maneras de oponerse al despotismo además de la violencia primaria, pero el que se siente desvalido (aunque no lo sea siempre, y abundan los casos de déspotas monstruosos que físicamente son simples mequetrefes) no ve otra arma defensiva que la violencia. De ahí que adolezcan de crueldad las multitudes desbordadas. Frente al mastodonte Goliat, el pequeño David no encuentra otra solución que hacer vibrar su honda. He aquí un ascendente de Vaillant, Czolgosz, Angiolillo, etc.

¿Es anarquista la rebeldía violenta? No, si tenemos en cuenta que la violencia es ciega. Pero no sólo es inevitable a veces, sino desgraciadamente necesaria. He aquí la gran tragedia. El instinto nos acompaña siempre y, acosados, la violencia es o puede ser una fuga hacia adelante. Las fieras más temidas por el hombre son las que huyen hacia adelante. El 75% de su fiereza es miedo, susto. El límite incierto entre la violencia ofensiva y la defensiva engendra muchas veces al anarquista violento por sistema, por halago, testicular.

Por otra parte el anarquista es un tipo caballeresco; un quijote enamorado de las causas justas; no importa si perdidas de antemano. Su innata inclinación a favor de las reacciones populares proviene de que siempre son los más los que más padecen. Las sublevaciones, como la de Espartaco con sus gladiadores; las revoluciones históricas contra los poderes constituidos; la causa obrera con sus huelgas, manifestaciones y choques; las conspiraciones, organizaciones secretas, complots e insurrecciones, constituyen el caldo de cultivo de muchos anarquistas, no siempre de más cortos alcances. Pero las armas artesanales, el tufo de la pólvora y la manipulación de artefactos infernales son en el anarquista menos habituales de lo que se pretende. Entre ellos, además, no faltaron nunca objetores de talla. Citemos sólo a Luigi Fabbri, a quien copiamos de su Crítica libertaria. Dice:

«No existe una teoría del anarquismo violento. La anarquía es un conjunto de doctrinas sociales que tienen por fundamento común la eliminación de la autoridad coactiva del hombre sobre el hombre, y sus partidarios se reclutan, en mayoría, entre personas que repudian toda forma de violencia y que no aceptan ésta sino como medio de legítima defensa. Sin embargo, como no hay una línea precisa de separación entre la defensa y la ofensa, y como el concepto mismo de defensa puede ser entendido de maneras muy diversas, se producen de vez en vez, actos de violencia cometidos por anarquistas, en una forma de rebelión individual, que atenta contra los jefes de Estado y de los representantes más típicos de la clase dominante […]. De hecho todos los partidos, sin exceptuar a ninguno, han pasado por el período en el cual, uno o varios individuos cometieron, en su nombre, actos violentos de rebeldía, tanto más cuanto cada partido se hallara en el extremo último de oposición a las instituciones políticas que dominaran…»

Según el mismo autor, la mayoría de los atentados anarquistas, especialmente en Francia y España, fueron jaleados por escritores no anarquistas, que por el contrario obraban en completo desacuerdo con el anarquismo, si no llegaron más tarde a sostener, con el mismo ardimiento, ideas diametralmente opuestas. Ravachol, que tuvo pocas simpatías entre los anarquistas, fue saludado por el después militarista Paul Adam, de esta manera: «Por fin nos ha nacido un santo». Refiriéndose a los atentados anarquistas, el intelectual Tailhade soltó este canto en un banquete: «iQué importan las víctimas si el gesto es bello!».

Anarquistas eminentes como Elíseo Reclus denunciaban con indignación tales intoxicaciones, pero los había populacheros que las reproducían en sus folletos de propaganda. En fin, como colofón y participación anarquista a su propia leyenda negra, copiamos otro fragmento de Crítica libertaria.

«Cuando Émile Henry, en 1894, arrojó una bomba en un café, todos los anarquistas que yo conocía encontraron ilógico e inútilmente cruel dicho atentado y no disimularon su descontento. Pero cuando en el proceso Émile Henry pronunció su autodefensa, que es una verdadera joya literaria –confesado así hasta por el mismo Lombroso–, y cuando después de su decapitación tantos escritores, sin ser anarquistas, ensalzaron la figura del guillotinado, su lógica y su ingenio, la opinión de los anarquistas cambió, por lo menos en una gran mayoría de éstos, y el acto de Henry encontró entre ellos apologistas e imitadores».

Añadamos que el penalista César Lombroso es autor de la tesis sobre el anarquista como criminal nato. Ante los tribunales, el terrorista anarquista, Jorge Stievant atacó a la justicia histórica en nombre de la irresponsabilidad genética del individuo, tesis compartida por Lombroso. Sin embargo, un anarquista de los quilates de Malatesta, arguyó: «Un juez de mal corazón, pero de ingenio, pudo responderle: “Tienes razón, yo no puedo castigarte justamente y ni siquiera censurarte, pero con las mismas razones que has expuesto, no son responsables el sacerdote que te ha engañado, el patrono que te ha llevado al hambre, el esbirro que te ha torturado, y no soy responsable tampoco yo, que te envío a presidio o a la guillotina”».

Pasemos ahora del ámbito de las ideas al del anarquismo organizado o, más concretamente, al de sus intentos de raigambre popular. Por lo que a España se refiere hay una secuencia de hechos que arrancan de la proclamación en Cádiz, de la primera Constitución en 1812. Pero hasta 1840 no se produce, por cabetistas y fourieristas, la penetración de las ideas socialistas. Fue en este preciso momento que surge en Cataluña la primera sociedad obrera. Estos tres acontecimientos no parecen haber obedecido a ninguna estrategia combinada; sino a que Joaquín Abreu, un demócrata andaluz, de vuelta del destierro francés, impregnado de las ideas de Fourier, desembarcó en Cádiz, dedicándose simplemente a propagar el falansterismo. Por otra parte, Abdón Terradas y los hermanos Monturiol, cabetianos convencidos, con su biblia bajo el brazo (Viaje por Icaria), lo hicieron por Cataluña. Es posible que tuvieran éstos que ver con la fundación por Juan Munts, en la misma fecha, de la primera Sociedad obrera en Barcelona. Pero hasta 1868-1869, recién producida la revolución que destronó a Isabel II, no penetró en la vieja España una verdadera doctrina revolucionaria. Este mérito corresponde al anarquismo y su vector fue el ruso Bakunin, quien se hizo representar en Madrid y Barcelona por un propio: el italiano Giuseppe Fanelli, primer embajador de Acracia en la península.

Nacida en Londres, en 1864, en ocasión de un acto de confraternidad obrera intercontinental, se produjo la fecunda y corta vida de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT). Casi desde el inicio de las conversaciones comparecieron, de una parte, delegados parisinos impregnados de las ideas de Proudhon (este moría al año siguiente), y de otra, el sector marxista, al frente del cual destacaba el propio Carlos Marx. Los primeros, influidos por De la capacidad política de la clase obrera; los segundos por el Manifiesto comunista. Y, como argamasa, las más o menos anodinas Trade Union’s británicas.

Desde el primer momento, Marx se situó en las palancas de mando. Suya es la Declaración (Addres) en la que puso sus jalones. La llamada a la puerta por Bakunin incomodó al solitario liderazgo marxista, y lo que hubiera podido ser un enriquecimiento ideológico, fue una atmósfera asfixiante por exceso de oxígeno. Para lo primero, la AlT hubiera tenido que ser federalista. Pero Marx era centralista.

La voz de España se hizo escuchar casi desde los primeros congresos universales de la Asociación. La del misterioso Sarro Magallán, en el tercer congreso (Bruselas, 1868); en el cuarto, por Farga Pellicer y Gaspar Santiñón (Basilea, 1869); en la Conferencia de Londres, por Anselmo Lorenzo (Londres, 1870); y en el de La Haya (1872) por Morago, Marselau, Farga y Alerini. Este quinto congreso fue el de la escisión. Había expulsado, entre otros, a Bakunin, que no asistió. Los protestatarios, a su vez, se constituyeron en congreso en Saint Imier, adoptando la siguiente moción:

«El Congreso declara: que la destrucción de todo poder político es el primer deber del proletariado. Que toda organización de un poder político supuesto provisional y revolucionario para llegar a esta destrucción no puede ser sino un engaño más y sería tan peligroso para el proletariado como todos los gobiernos que existen hoy».

Esta declaración fue refrendada por la Federación Regional Española (FRE) en su Congreso de Córdoba de fines del mismo año. La línea del Congreso de Saint Imier marcaría al movimiento libertario español en todas sus expresiones futuras. A saber: de 1870 a 1881, como Federación Regional Española; de 1881 a 1888, como Federación de Trabajadores de la Región Española; de 1889 a 1896, como Pacto de Unión y Solidaridad de la Región Española; de 1900 a 1906, como Federación Regional de Sociedades de Resistencia de la Región Española; hasta 1907, como Unión Local de Sociedades Obreras de Barcelona; de 1907 a 1910, como Federación Solidaridad Obrera, primero local (Barcelona), luego regional (Cataluña); en adelante, como Confederación Nacional del Trabajo (CNT).

Pero si París bien vale una misa, la muerte (pues que muerte hubo tras no muy prolongada agonía) de la primitiva AlT, bien merece un breve colofón.

De la muerte de la Internacional se acostumbra a hacer responsable a la rivalidad personalista entre Marx y Bakunin. Sin negar rotundamente esta rivalidad, no es menos cierto que la crisis tuvo como principal detonante lo inconciliable de dos concepciones doctrinarias. Es evidente que entre el material de propaganda que aportó Fanelli a España figuraba la manzana de la discordia. Por una parte el «Adress» que había redactado Marx contenía un comprimido de sus ideas personales que había colado de contrabando a los candorosos componentes del primer Consejo General. El propio Marx se alabaría de la maniobra en su correspondencia con Engels. El comprimido es este párrafo: «Es por esto que ha llegado a ser un deber de la clase obrera la conquista del poder político. Parece que lo ha comprendido, ya que en Inglaterra, Alemania, Italia y Francia, se nota un renacer simultáneo, han sido hechos muchos esfuerzos espontáneos para llegar a reconstruir el partido de la clase obrera».

Por otra parte, también aportó Fanelli a los catecúmenos madrileños la declaración de principios de la sociedad secreta, Alianza de la Democracia Socialista, fundada por Bakunin, en la que consta muy claro: «Enemiga de todo despotismo (la Alianza) no reconoce ninguna forma de Estado y rechaza toda acción revolucionaria que no tenga por efecto inmediato y directo el triunfo de la causa de los trabajadores contra el capital; pues quiere que todos los Estados políticos y autoritarios actualmente existentes se reduzcan a simples funciones administrativas, estableciendo la unión universal de las libres asociaciones, tanto agrícolas como industriales».

Marx, que ha visto en la Internacional un campo de maniobra par la expansión de sus ideas políticas convencionales; y Bakunin que ha transformado en revolucionario el pensamiento de Proudhon; uno desde el Consejo General de la AlT y otro desde la Alianza, tratan de influir a su manera en el proletariado internacional.

Publicado en Polémica, n.º 22-25, julio 1986

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