Durruti, Ascaso y García Oliver

Francisco CARRASQUER

1. Zaragoza, la clave

trioTodo el mundo sabe cómo se perdió Zaragoza, pero nadie se lo explica. Recuerdo los días, las semanas, los meses en que se estuvo discutiendo el tema en el frente de Aragón, al comienzo de la guerra. Con qué dolor se comentaba la traición del general Cabanellas y con qué acentos iracundos se pedían responsabilidades a los pocos militantes cenetistas que habían podido salir de Zaragoza. Entre correligionarios, no se daba la culpa al gobernador civil ni al confiado gobierno central que no había sospechado de un gobernador militar felón, sino que se pedía la cabeza de la dirección cenetista zaragozana, en la creencia de que allí donde triunfó el antifascismo fue exactamente donde triunfó la CNT, a pesar o en contra de las autoridades oficiales y oficiosas. Si en Barcelona se había derrotado al ejército faccioso, ¿no había sido porque la CNT no había esperado órdenes de nadie y se había saltado a la torera todas las medio medidas e instrucciones de los políticos en el poder y todas las recomendaciones de las oficiosas «fuerzas vivas»? Fue en Barcelona donde, por primera –y única– vez, el pueblo derrotó al ejército, en acción directa –a pesar de la Generalitat– y omisión indirecta –contra la voluntad del gobierno de Madrid–. En los medios milicianos del frente de Aragón se creía a pie juntillas que no había otro medio de salvación de la República que el de entregar al pueblo todas las armas posibles. Pero ni Azaña, ni Casares Quiroga, ni Companys, ni Miaja, ni Núñez del Prado, ni ningún manipulador del aparato político de la hora, quería llegar a ese extremo. A la distancia histórica de hoy bien puede afirmarse tranquilamente que todas las plazas fuertes españolas se perdieron para la República por no ceder a la desesperada reclamación de armas por parte del pueblo; así como por el contrario, las que se salvaron lo fueron por haber desbordado la calle toda autoridad y haberse hecho con las armas sin más contemplaciones.

O sea, que el gran fallo lo cometió la CNT de Zaragoza por no haber puesto todos sus arrestos en arrebatarles las armas a los militares y haberse lanzado a la calle con ellas sin pérdida de tiempo.

Pero sin duda, a la hora de echar culpas se encontrarían atenuantes. Porque, ¿quién habría podido creer que todo un General de División Orgánica, masón por añadidura, que había conspirado varias veces contra la dictadura de Primo de Rivera, y que tenía tan buena fama de liberal y moderado, pudiera dar el chaquetazo de repente y se vendiera a los enemigos mortales de sus creencias e ideas político-religiosas?

El caso es que la traición se consumó. Y que de la noche a la mañana, el segundo foco libertario de España, Zaragoza, fue atrapado en la ratonera más miserable.

Que Zaragoza era una baza decisiva en el fratricida juego de escarnio que se estaba iniciando en España, el 18 de julio de 1936, no cabe la menor duda. Por su condición de centro de Aragón y partes adyacentes de las regiones permeadas de Castilla, Valencia, Navarra y Cataluña, por la circunstancia de ser una de las guarniciones más importantes y sede de la V División Orgánica y, más que nada aún, por el puesto que ocupaba en aquel momento del pronunciamiento militar fascista en la península, ya que el foco más peligroso de la facción, Navarra, sólo se mantuvo en pie gracias a la esperanza de ayuda de Zaragoza. El secretario de Mola, José Mª lribarren, ha escrito después que «tan negras eran las perspectivas el 29 de julio que el general consideró incluso la posibilidad de suicidarse» (S.G. Payne, XI, 314). Retengamos que es toda una semana de apuros la que pasa Mola. ¿Qué habría sido de este primer cabecilla de la rebelión de no haberle llegado la ayuda de Zaragoza, y aún sin esta ayuda, qué suerte habría corrido de no haber contado con la seguridad (moral y militar) de todo un Aragón guardándole las espaldas? El mismo Payne comenta en otro momento: «Azaña y Casares Quiroga se daban cuenta claramente del peligro que representaba la izquierda. Esa izquierda que da tanto miedo se llama CNT. Nada más, ni nada menos. En ambos casos, y siempre, el horror a la CNT hace retroceder a las autoridades de todo tipo. Tanto, que podría muy bien concebirse como lo más verosímil del mundo el hecho de que en Madrid se hubiesen resignado a perder Zaragoza (o a tomar el riesgo de perderla) antes que saberla ganada por y para la CNT».

¿Habrá que recordar que Zaragoza era, después de Barcelona, el segundo centro anarcosindicalista de España y en cuanto a densidad revolucionaria, a lo mejor el primero? En todo caso, si había cerca de 30.000 cenetistas en aquella Zaragoza, los fascistas mataron a más de la mitad. Pero, estadísticas de sangre aparte, recuérdese que Zaragoza fue el centro de operaciones en el movimiento del 8 de diciembre de 1933 y que el 1 de mayo de 1936 se celebra en la capital aragonesa el Congreso Nacional de la CNT más importante de la historia de esta Sindical. Luego, lo que trato de sugerir es que, con haber perdido Zaragoza, no sólo perdía la Segunda República la guerra, sino que se perdía un colosal generador de energía revolucionaria, por no decir que la pérdida de Zaragoza significaba el naufragio definitivo de la revolución española de 1936.

¿Por qué se perdió Zaragoza?

Cabanellas gozaba de la confianza general y se la inspiraba muy especialmente a su «hermano», el gobernador civil, y éste transmitía la misma confianza a algunos de los líderes obreros de mayor confianza a su vez que, sin darse cuenta, iban reduciendo el recelo en el ámbito de los militantes más activos y responsables. Chueca, que quería hacerse con las armas y adueñarse de Zaragoza, se quedó solo (con lo bien que le habría venido el refuerzo de un Joaquín Ascaso, de un Miguel Jiménez y otros más, retenidos por casualidad en Cataluña). Pero aún así, no me parecen factores éstos definitivos. Veamos el testimonio de Chueca:

«En el transcurso de la primera quincena de julio, Abós y yo tuvimos una entrevista con el gobernador civil Vera Coronel, para pedirle que distribuyera preventivamente armas a los hombres de la CNT, pues la probabilidad de un golpe de Estado aumentaba día tras día. El gobernador se negó rotundamente, alegando que la guarnición era leal, que era preciso creer en el juramento de los militares y en su sentido del honor; más aún, pretendió temer que la Confederación aprovechase la ocasión para instaurar el comunismo libertario, como ya había intentado en un pasado cercano. Abós quedó convencido de las explicaciones de Vera Coronel, por cuanto éste era francmasón como el general Cabanellas. A partir de este momento, trató de calmar la inquietud de sus camaradas y a persuadirles de la eficacia de las soluciones negociadas. En la noche del 18, cuando los trabajadores, obedeciendo a una indicación de nuestros Comités, nos retiramos a las barriadas obreras, ningún militar había hecho todavía irrupción en las calles. Se sabía únicamente que las armas que el gobernador no había querido entregar a los obreros, habían caído en poder del fascio. Hemos de reconocer que nosotros fuimos muy ingenuos. Perdimos demasiado tiempo celebrando entrevistas con el gobernador civil; llegamos a fiar incluso en sus promesas. ¿Pudimos haber hecho más de lo que hicimos? Es posible. Fiamos exclusivamente en las promesas del gobernador y concedimos demasiado valor a nuestra fuerza; no se quiso prever que frente a una acción violenta como la que podía desencadenar el fascismo hacía falta algo más contundente que los treinta mil obreros organizados de Zaragoza. Nosotros, los militantes de la Organización Confederal de Aragón, sufrimos el craso error de no tomar nunca en serio al fascismo ni a la vieja España. Y cuando la triste y vergonzosa realidad nos mostró sus desnudeces, comprobamos con dolor que nuestras fuerzas eran insuficientes para atajar el peligro que teníamos enfrente, victorioso y retador» (J. Peirats. La CNT en la Revolución Española, pag. 147. París, 1971).

Lo primero que nos sorprende es eso de que «no tomaran en serio al fascismo», cuando lo que se vivía en Barcelona en los mismos medios cenetistas era todo lo opuesto: más de una semana ya en estado de alerta día y noche llevaban los militantes en los locales sindicales. Pero luego vemos que, efectivamente, hay una infundada confianza en el gobernador (¿labor de Abós?) y un exceso de seguridad en el «valor de nuestras fuerzas»: en aquellos treinta mil hombres y pico por las calles. Pero la calle se barre en un minuto con una ametralladora. Y se nos ocurre pensar que esa idea felizmente obsesiva de Juan García Oliver de «derrotar por fin al ejército», eso que hizo en Barcelona el pueblo, de ver venir al ejército y prepararse para replicarle con las armas, eso no se vivía, al parecer, en Zaragoza, y la prueba está en que: «Los trabajadores nos retiramos a las barriadas obreras… obedeciendo a una indicación de nuestros Comités». ¿Porque éstos disponían de la mágica declaración de huelga general revolucionaria? ¿Fue acaso un empacho de teorías revolucionarias alucinatorias lo que «indispuso» la práctica revolucionaria de los anarquistas zaragozanos y el enemigo les sorprendió cuando estaban entregados a sus «delicias de Capua»? No se concibe, por ejemplo, cómo no surtió ningún efecto la arenga de García Oliver por la radio, diciendo cosas como éstas:

«A la ciudad de Zaragoza no se la podrá considerar, de ahora en adelante, como el baluarte de la CNT, si no abate con rapidez fulminante a los fascistas… No olvidéis, trabajadores aragoneses, vuestro historial y vuestros entusiasmos por la causa sagrada de la libertad. Salid de vuestras casas. Arrojaos sobre el enemigo. No aguardéis un minuto más. Militantes de la CNT y la FAI, debéis haceros matar. Tened en cuenta que si el proletariado catalán respondió como un solo hombre, se debió a que los militantes destacados ocuparon las filas de mayor peligro… Vamos a salir hacia Zaragoza. Os decimos que Durruti y el que os habla –García Oliver– partirán al frente de la columna revolucionaria… Hay que lanzarse como hienas sobre el enemigo… No aguardéis a que yo finalice mi discurso. Abandonad vuestras casas, quemad, destruid, batid al fascismo». (Transcrito en Solidaridad Obrera, Barcelona, 23 julio 1936).

¿Por qué no se excitó la calle ante la cerrazón que planeaba sobre España? ¿Por qué no vieron el peligro en Zaragoza en toda su magnitud? ¿Qué fue lo que le impidió ver claro y justo al pueblo zaragozano? La huelga revolucionaria produjo un vacío, de seguro; pero esos vacíos pueden ser muy peligrosos. Es lo que pasó con el vacío de Barcelona el 19 de julio: que no se puso a funcionar la máquina de repuesto, y la vieja máquina siguió accionándola Companys, hasta eliminar toda posibilidad de montar la nueva que se le habría ido de las manos. En el caso de Zaragoza, el vacío lo aprovechó el coronel Monasterio para hacerle mentir en público al paternal gobernador de las blancas barbas, dando la versión de que estaba montando el sistema de seguridad de la República mientras los Comín y demás boinas coloradas se preparaban para la matanza. Hemos de convenir, pues, en que el instinto popular falló en esta ocasión. Puede que aquel compuesto mágico paralizara el normal funcionamiento del instinto, porque de haber funcionado normalmente habría hecho abalanzar a los militantes zaragozanos sobre las armas y habría puesto en aprieto a la guarnición por fuerte que fuese, siquiera en espera de la columna prometida a punto de salir de Barcelona.

De todos modos, la huelga general revolucionaria duró diez días. No es de despreciar el dato. Retengámoslo. Así como este otro de que, entretanto, algunos militantes de entre los más impacientes y fogosos, se echaron a la calle a la desesperada. Si la columna Durruti salió el 23, bien hubiese podido empalmar su línea de fuego desde fuera con estas llamaradas del interior.

2. Con Francisco Ascaso en vida

Apechemos con el hecho: Zaragoza cayó en poder de los fascistas sin encontrar apenas resistencia. Pero ahora otro si. ¿y SI, aún habiendo caído Zaragoza, no hubiese caído Francisco Ascaso?

En tal eventualidad no habrían sido pocas las probabilidades de que se hubiera reconquistado la capital aragonesa, con los dos grandiosos corolarios de ganar la guerra y, de momento al menos, la revolución. ¿En qué nos fundamos? Dicho de prisa, en la creencia de que Ascaso tenía en su mano la potenciación máxima de las fuerzas antisfascistas de choque, a través de su influencia sobre los primeros dirigentes de la CNT, fuerzas susceptibles de reconquistar Zaragoza para la República, primero, y para la Revolución Social después, quizá.

Más, en primer lugar, porque habría sido Ascaso, y no Durruti (o no Durruti solo), quien habría salido a la conquista de Zaragoza al frente de los voluntarios en columna. Tremenda diferencia.

Al fin y al cabo, Ascaso era el más indicado. Que habría sido él el primero en partir para Aragón no creo que lo ponga en duda nadie. Y no sólo porque, a Aragón, habría sido más de cajón mandar a un aragonés, sino sobre todo porque Ascaso habría sido más rápido en organizar la partida. Esto supuesto, lo más importante, lo verdaderamente definitivo es pensar que Francisco Ascaso no habría cometido los errores de Durruti. (Hipótesis anacrónico-regresiva.)

Sin contar con que, también en la retaguardia, habría habido más eficiencia revolucionaria de haber funcionado aquel colosal triunvirato García Oliver-Ascaso-Durruti. Y la garantía y condición sine qua non de que esta formidable troika funcionase a pleno rendimiento era que Ascaso estuviese en medio. ESTUVIESE. Porque estar Ascaso significaba multiplicar la capacidad guerrera de Durruti y la eficacia revolucionaria de García Oliver, estirando lo guerrero y lo revolucionario un poco arbitrariamente, porque ambos servían para las dos cosas, como de hecho demostraron en la historia de nuestra guerra civil, pero con las fallas que ahora vemos debido al eslabón roto de Ascaso.

3. Francisco Ascaso, exponente de Buenaventura Durruti y base potencial de Juan García Oliver

Para mí está claro que Ascaso había demostrado ser el único capaz de potenciar a Durruti y, a su vez, ser potenciado por García Oliver. Me explico. La riada que venía a ser Durruti necesitaba la presa y cauce de Ascaso; pero la violencia concentrada de Ascaso necesitaba, a su vez, la visión y tino de García Oliver. Esto entraña, por lo tanto, que para mí, García Oliver era el más inteligente de los tres, que Ascaso era el de más carácter y Durruti el de mayor fuerza expansiva. Si hubiéramos de clasificarlos según la clasificación corriente en sicología general de lo volitivo, lo afectivo y lo intelectivo, Durruti estaría en plena afectividad, García Oliver en pleno intelecto y Ascaso en plena volición. Y, sin embargo, el díptico de contraste caracterológico que nos presenta Abel Paz en su libro Durruti. El pueblo en armas, puede parecer satisfactorio a todo el mundo. Dice así:

Las diferencias de carácter no vienen más que a hacer resaltar mejor las semejanzas entre estos dos hombres. Ascaso, pequeño, delgado, nervioso; Durruti, atlético y calmo. Ascaso se hacía antipático a primera vista por su mirada filtrante y recelosa; Durruti, por el contrario, era de una simpatía radiante y contagiosa. Cálculo helado, racionalismo y desconfianza en el uno; pasión y optimismo bajo la calma exterior aparente en el otro. (Abel Paz, Durruti, le peuple en armes, París, 1962, pág. 45)

Lo que contradice en parte mi caracterización, pero es algo más matizada y completa la de Paz que el breve apunte de Gerald Brenan. (Gerald Brenan, El laberinto español, París, 1972, p. 190)

Durruti era un hombre robusto, de ojos negros y expresión ingenua y Ascaso un hombre pequeño, moreno y de apariencia insignificante. (Esta última expresión es lo único que recogen Pierre Broué y Emile Témime en su conocida obra (La Révolution et la guerre d’Espagne, París, 1964, p. 45).»

Para Abel PazAscaso sería más racionalista que voluntarista, pero no veo por qué. Siempre he creído que el aragonés se guía mucho por la razón, pero se lo lleva sobre todo la voluntad. Por eso no es el racionalismo su característica principal, porque queda más o menos eclipsada, esta característica, por su desaforada voluntad. Más preciso: por la razón llega el aragonés a un convencimiento, eso desde luego; pero como ese convencimiento se adueña de todas sus acciones y pasiones por mor de la voluntad que de él irradia como un ciclotrón, queda la volitiva como la potencia señera del carácter aragonés.

Puestos pues en razón no le niego que la tenga, Abel Paz, pero en el caso de nuestro aragonés creo que hay peligro de confusión en este término que hay que afinar al máximo. Lo de «cálculo helado, racionalismo y desconfianza», igual podría traducirse por: sangre fría, lucidez y espíritu hipercrítico.

Pero dejémonos ya de caracterologías empíricas. Lo que nos importa es señalar que Durruti necesitaba a Ascaso y Ascaso a García Oliver, o sea, que Ascaso venía a ser en realidad como el centro y fiel de este trío excepcional juntado en unas circunstancias más excepcionales todavía. Conviene remachar estas cosas, porque se han mezclado mitos entre medio y reputaciones o conspiraciones de silencio que no prestan ningún buen servicio a la sana información que ha de tener nuestro pueblo del anarquismo. Una de las particularidades del anarcosindicalismo aragonés tal vez sea el que en él se haya criado poco y mal la FAl. Prueba de buen instinto, porque si vale decir la verdad, la FAl no ha servido más que de espantapájaros que se han cuidado muy bien de agitar y presentar todo lo feroche que han sabido los reaccionarios de la derecha y de la izquierda. Lo triste del caso es que la FAl no ha tenido mucha importancia, en sentido positivo, y solo ha servido para que el enemigo pudiera explotar su imagen negativa, su falsa aureola de «secta» terrorista. Hay que proclamar y repetir hasta la saciedad que en el movimiento libertario español no ha habido más que CNT. Todo lo demás ha sido parasitario. Hay que enterar a todo el mundo que los que eran de la FAl, etc., estaban en la CNT y actuaban en todo caso como sus afiliados. y que no eran más anarquistas los de la FAI que los de la CNT, muchas veces al contrario. Leyendo el libro de García Oliver se aprende que muchos de los que dieron más nombre a la FAl o se dieron nombre por ella, no fueron los más puros revolucionarios, ni siquiera los más intransigentes. Ya digo que, en torno a la FAl se ha forjado mucha leyenda. Ahora parece que ha vuelto a resurgir formal y oficialmente la FAI, lo que me parece un error garrafal. Y voy a decir mi razón: porque la FAI, queriendo ponerse al lado de la CNT, o pretendiendo ser su guía y su guardián de pureza, se comporta antianarquistamente. Desde siempre y en todos los tonos, el anarcosindicalismo español ha criticado a toda central que se abriga bajo el ala de un partido político. Es decir: la famosa correa de transmisión que entonces resulta ser una sindical obediente a las consignas del partido que dice guiarle, inspirarle políticamente, etc. La CNT no necesita ningún sistema purificador, o no lo necesita más que la FAl, ni más que cualquier otra organización social. Si los anarquistas quieren agruparse, allá ellos, pero no dándoselas de guías o mentores de una sindical de trabajadores, porque entonces caen en los mismos vicios que los políticos haciéndose los iniciados y pastores del rebaño sindical. En El eco de los pasos, de García Oliver, queda todo eso claro: hechos, cosas y personas.

Empalmando otro momento digresivo pero no ajeno a nuestro tema, quisiera decir cuánto lamento que haya tenido tan mala prensa este gran luchador y lúcido político, sin duda alguna el primer orador libertario, a pesar de que él mismo decía que lo había sido Salvador Seguí. Murió en el verano de 1980 y su muerte pasó casi inadvertida. García Oliver tuvo la desgracia de hacerse antipático a muchos por sus maneras a veces excluyentes y su arrogancia. Peor es, no obstante, que se haya hecho odiar tanto por haber dicho cosas inteligentes y verdaderas que, como ya se sabe, suelen doler por su verdad misma. Ocurre con hombres como García Oliver que parecen muy pagados de sí mismos y es porque, una vez han puesto su vida en el tablero, no admiten regateos ni inciensos, subterfugios ni coartadas. Es también regla de conspiradores: hecho el juramento de jugarse la vida, no se juega otra cosa. García Oliver ha tenido fama de Robespierre y no ha llevado a nadie a la guillotina; al contrario: ha sido el único ministro de Justicia que ha dado amnistía verdaderamente general y universal, a políticos y comunes, a mayores y menores de edad, a hombres y mujeres. García Oliver ha tenido hasta fama de dictador, pero ha sabido demostrar en su gestión que ha contado siempre con los demás y se ha atenido en todo momento a los acuerdos de la asamblea, por mucho que discrepara con ellos. El ejemplo cumbre lo tenemos en su comportamiento de militante frente al principal acuerdo del primer Pleno de Locales y Comarcales de la CNT y la FAl en Barcelona, después de abatir al fascismo. Había sido el único del grupo Nosotros en proponer ir «a por el todo» –a pesar de que Abel Paz da a entender que fue Durruti, pero no consta que dijera palabra, y a pesar de que Ricardo Sanz (otro del Nosotros) haya escrito que «el grupo consideraba… que se debía ir a por el todo apechugando con todas las consecuencias». Según las actas, García Oliver fue secundado tan solo por la Comarcal del Bajo Llobregat. En vano. Porque se llevó la inmensa mayoría la proposición de colaborar con los demás partidos y sindicatos, defendida por los «faístas». Pues bien: García Oliver acató el acuerdo y se puso a colaborar democráticamente como el primero. Este fue un momento crucial, definitivo para la suerte de la CNT, de la Segunda República y de España entera. Arriesgado es ponerse a vaticinar desde atrás, pero yo más bien diría que, de haber estado presente, Francisco Ascaso no se habría callado –según recuerda García Oliver que hizo Durruti–, sino que más bien me inclino a creer que habría apoyado al compañero de Reus y habría saltado al vacío con él… y con el pueblo, que por entonces estaba ya en escorzo para dar también ese salto. El historiador de la CNT, Peirats, pasa un poco como sobre ascuas por este momento que puede considerarse cimero, ya que en él se convoca al destino de un pueblo.

«No vamos a examinar aquí –dice Peirats– la justeza de esa apreciación. Lo que está fuera de duda es que la mayoría de los militantes influyentes interpretaron la realidad del momento de modo parecido. De entre ellos, las voces de algunos, que desentonaban, se perdieron en el vacío; el silencio de otros fue verdaderamente enigmático. Entre los que protestaron en balde y los que callaron por falta de resolución, la solución colaboracionista se abrió camino».

Los tres grandes del grupo Nosotros

Veamos cómo García Oliver juzga a Durruti y a Ascaso, a través de su libro biográfico El eco de los pasos (París-Barcelona, 1978), sin necesidad de ser exhaustivos, tan solo para hacernos una idea de cómo veía éste a los otros dos gigantes del grupo Nosotros. A Durruti, primero:

Entre los miembros del grupo, Durruti tampoco era bien visto. Solamente Ascaso, que ejercía mucha influencia sobre él, le toleraba su propensión egocéntrica. Los demás opinábamos que pertenecer a un grupo de afinidad para terminar por hacer lo que a uno le viniese en gana, tampoco era coherente. La disyuntiva de García Vivancos y Alfonso de Miguel adquiría de nuevo importancia: no resultaba conveniente formar parte de un grupo al que perteneciese Durruti, por su carencia de espíritu colectivo.

Y como Durruti nunca se solidarizaba con los demás miembros del grupo, sin habernos puesto de acuerdo, ninguno de nosotros adoptó su defensa.

Más o menos, todos los compañeros, con excepción de Ascaso, abundaron en los argumentos expuestos por Durruti, es decir, apegarse a las fórmulas del pasado. Ascaso, con su sonrisita sempiterna, se expresó así: «Me gustaría compartir la opinión de Durruti y no tener que aceptar los puntos de vista de García Oliver, porque en Durruti veo la expresión de lo que debe ser el pensamiento de los que esperan que no se produzcan grandes cambios o trastornos en la manera de vivir; o sea, el deseo de una paz burguesa, sin inquietudes. Si yo opinase de igual modo que Durruti, hoy saldría de esta reunión poseído de una gran tranquilidad espiritual y tendría un sueño reparador. Desgraciadamente, no será así, pues tengo la sensación de que el porvenir es como lo ha visto Juan. ¿Existe o no otra salida de la que nos presentas?

—No, no hay otra –y les expuse razonados los cinco puntos más arriba expresados.

Intervino nuevamente Durruti, esta vez dando un sorprendente viraje:

–Estoy totalmente de acuerdo con García Oliver y si me expresé de manera distinta fue con el fin de apurar los pros y contras.

Algunos juicios sobre Francisco Ascaso

Es difícil seguir a García Oliver en su libro citado, para separar el análisis de uno y otro de sus compañeros de acción triunviral, y sobre todo establecer el grado de interrelación entre todos ellos. Aun cuando pretendamos ahora ceñirnos a Ascaso, los juicios y citas que ofrecemos se referirán posiblemente a ambos y a cada uno, e incluso a los tres miembros del grupo.

Ascaso resultaba siempre convincente. Me avine a que nos reuniésemos los que quedábamos del grupo Los Solidarios, sin formar grupo y sin compromiso de grupo. (p. 128)

Comentando la actitud de silencio de Durruti en el famoso Pleno en que se discutió la idea de «ir por el todo» o colaborar, García Oliver se refiere a una no muy lejana reunión anterior del grupo, premonitoria de lo que días más tarde iba a suceder.

—Puesto que nos hemos decidido por la revolución —preguntó Ascaso— ¿quién de nosotros será el primero en morir?

Contesté, no con pretensiones de vidente, sino para frenar el extraño nerviosismo que observaba en él:

—Tú serás el primero, Paco.

—iHombre, gracias, Juan! ¿Por qué?

—Tu pregunta ha puesto de manifiesto tu estado de ánimo desde que dejaste la secretaría del Comité Regional de la CNT, de la que saliste apenado por la interpretación que algunos dieron de tu conducta durante el movimiento de octubre.

—¿Crees que no es injusta esa actitud?

—Sí que lo es. Pero no basta para que te comportes como si estuvieras esperando la oportunidad de ir a la muerte para callarles la boca a algunos.

—Sé que dices esto por afecto… ¿Quién será el segundo?

—Creo que serás, tú, Durruti; no por los motivos que empujan a Ascaso, sino por otros distintos. Tu gran enemigo, Durruti, está dentro de ti. Morirás víctima de tu demagogia, en el buen sentido de la palabra… Cuando intervenimos en algún mitin, los oyentes se sienten satisfechos porque les dirás lo que ellos quieren escuchar. Es como si hablasen por tu conducto. En cambio, cuando yo intervengo, la reacción es distinta: «y ahora, ¿qué nos dirá éste?». Quiero satisfacer vuestra curiosidad: mi muerte será gris y posiblemente llegue con demasiado retraso. (Págs. 188-189).

Siempre es bueno deshacer mitos. De Durruti se ha hecho una figura romanticota, un héroe facilón. No quiero con esto minimizar sus grandes cualidades humanas y de luchador revolucionario. Lo que me importa señalar aquí es el fuerte papel de nexo que asumía Ascaso entre García Oliver y Durruti. Por eso hablaba de Francisco como potenciador de Buenaventura y potenciable, a su vez, por Juan. Me parece muy significativo que se le hubiera asignado repetidamente a Ascaso, en ocasiones importantes, un puesto o papel central, ya sea de coordinador, como en Barcelona, el 6 de octubre de 1934, ya de broche de oro, como en la última reunión de la FAl antes del alzamiento, cuando se le reservó a Ascaso el último turno en el uso de la palabra, después de haber hablado SanzDurruti y García Oliver, en este mismo orden. No sé si en alguna parte consta en acta aquel discurso que vino a redondear todo lo dicho por los prominentes del grupo Nosotros, pero tengo un recuerdo de algo muy sensato a la vez que muy valiente, de algo que venía a resumir y realzar a un tiempo la llamarada de Durruti haciéndola soplete, la «técnica revolucionaria» de García Oliver encuadrándola en un marco revolucionario globalizador y haciendo de todo aquel sueño de ansias justicieras y libertad encandiladora un plan viable, humanamente hacedero.

La muerte de Ascaso

La muerte de Francisco Ascaso fue el principio del fin para nuestro montaje a posteriori. Porque, sin él, Durruti va a la deriva y García Oliver no puede acudir a todo. Insisto en que García Oliver necesitaba el ímpetu rectilíneo y el afilado intelecto irónico de un Ascaso haciendo cuña en el frente político y militar. Pero Ascaso habría necesitado a su vez la tromba de Durruti, que puesto en marcha y montado en cólera lo arrasaba todo a su paso. Hay que ver el daño que ha hecho la mala conciencia (dicho a la francesa, o los cargos de conciencia, dicho más a la española). Ascaso estaba en ascuas por restablecer su honor de revolucionario aguerrido en entredicho, aunque solo fuera al mirarse al espejo. Y esa impaciencia pudo obnubilarle la agudeza que de costumbre dominaba en sus actos frente al peligro. La muerte de Ascaso significó el principio del fin porque, con él en vida, habríamos evitado la actuación de Durruti, sometida a extrañas influencias, causa de que no se conquistara a tiempo Zaragoza e impedido una Zaragoza fascista, a su vez, causa de que no se ganara la guerra en el bando republicano.

Los fallos de Durruti

Lo inverosímil es que Durruti se hubiese dejado llevar por la papanatería de creer en la «ciencia logística» profesional de los militares Farrás y Manzana, porque no me cabe en la cabeza que un revolucionario tan bragado como el leonés se parara a hacer frente y se decidiese por la guerra de posiciones. ¿Cómo pudo ponerse al nivel de los militares, rebajarse a su nivel, desde el punto de vista moral, y pretender elevarse al mismo desde el punto de vista militar, sabiendo que el enemigo no era más que eso: eminentemente militar de pies a cabeza? Dejarse llevar a terreno tan familiar para el enemigo como desconocido para sí era venderse de antemano. Si lo más importante en la guerra es la sorpresa, la movilidad, la agilidad de operación y la libertad de iniciativa, lo que se imponía era la guerra de guerrillas. Primero, como español, y segundo como libertario. ¿Qué más natural, además, para unas fuerzas armadas improvisadas de voluntarios? Amén de ser una táctica tan española que ha pasado como préstamo, la palabra guerrilla, a todas las lenguas de la tierra, resulta incomprensible que un luchador tan español como Durruti no la adopte preferentemente en su estrategia de combate.

Creo que ya desde el principio, desde la salida, falla Durruti donde no creo que hubiese fallado AscasoDurruti se dejó agasajar por el camino y perdió un tiempo precioso. Por añadidura, Durruti no se preocupó de avanzar de noche y con las fuerzas bien dispersas, en despliegue de guerrillas, sobre todo si hubiese partido de esa idea guerrillera. Ascaso, mucho más rápido y cauteloso, habría salido en seguida de Barcelona, y sin menos agasajos ni festejos, habría llevado sin parar a sus gentes hasta los arrabales de Zaragoza y habría hostigado por todas partes la ciudad que tan bien se conocía, hasta abrir brecha, hasta conseguir una primera hemorragia del ejército en el interior y llegar a la confraternización entre milicianos y soldados, principio desmoralizador que dio la victoria en Barcelona en todos los casos, máxime ayudado por tantos y tantos compañeros valientes que habrían hecho lo imposible por enlazar con los hermanos asaltantes. Como ya se dio de hecho: algunos grupos de libertarios zaragozanos se echaron a la calle, electrizados por la arenga de García Oliver desde la radio de Barcelona. Y todo eso en las dos semanas que duró la huelga revolucionaria. Ascaso habría mandado a Pérez Farrás a freír espárragos, para empezar. Ascaso, aunque hubiese sufrido el descalabro que sufrió Durruti por la aviación enemiga, se habría recuperado mucho antes y no se habría estacionado jamás en Bujaraloz, aquel llano inhóspito, fácil blanco de aviones, difícil de intendencia y tan vulnerable para todo. Así pensaba yo, más o menos, hasta que leí El eco de los pasos de Juan García Oliver. También él habla de guerra de guerrillas. Pero lo más chocante es que el mismo Durruti había defendido esa misma táctica guerrillera a capa y espada, si hemos de creer a su biógrafo Abel Paz, que escribe:

El desacuerdo entre García Oliver y Durruti se puso de manifiesto en el congreso de la CNT cuando Durruti y Oliver se enfrentaron al tratar los dos, de manera personal, el tema de la Revolución. Oliver apuntó la idea de constituir una organización paramilitar como único medio eficaz de oponerse a la contrarrevolución que veía venir, y capaz de asegurar de paso el triunfo del proletariado. Durruti consideraba que ni aún so pretexto de eficacia no podía sostenerse semejante concepción militarista. «Cierto es –decía– que la proposición de García Oliver es más admisible desde el punto de vista militar que la guerrilla que defiendo yo. […] Hagamos que nuestra revolución se desarrolle según sus propios principios». (XII, 266)

Es de suponer que esos «propios principios» entrañan la opción de la guerra de guerrillas. Por lo que se refiere a la proposición de García Oliver, por ella se podría decir que merece más bien ser equiparado a Trotsky, y no a Lenin como alguna vez se ha dicho. Por cierto que, a propósito de nuestra suposición anterior, en el caso de que hubiera vivido Ascaso, podríamos preguntarnos qué habría sido de Lenin sin Trotsky y figurarnos la permuta de lo ocurrido: García Oliver privado de Ascaso. Con la salvedad de que, en nuestros medios, la influencia podía haber jugado mucho más intensa y libremente, sin la rigidez de aparatos burocráticos ni aquel sentimiento de la jerarquía que se hace sentir tan abrumadoramente en el Partido.

Pasemos ahora a la revelación que nos hace García Oliver de una extraña actitud por parte de Durruti y de toda la plana mayor de la CNT-FAI, empezando por Marianet (Mariano Rodríguez Vázquez, el secretario general del Comité Nacional de la CNT) y las cabezas visibles de la intelectualidad libertaria española: Diego Abad de Santillán y Federica MontsenyGarcía Oliver insiste, en efecto, sobre el hecho tan extraño de que Durruti no hiciese pesar toda su influencia en el debate más importante de la historia de la CNT frente a la alternativa de revolución social libertaria o colaboración con la República. A este propósito expresa reiteradamente la sospecha de que, si decía que había que ir por el todo una vez conquistada Zaragoza, lo decía como excusa, con la secreta intención de no elegir nunca por la revolución anarquista. Y por si su mutismo en el Pleno de Locales y Comarcales no hubiera sido bastante, le lleva más aún a esa sospecha la reunión que él mismo (García Oliver) convocara por la noche, después del Pleno. He aquí el relato que hace de esta reunión en El eco de los pasos:

La misma noche, terminado el Pleno de locales y comarcales, reuní el grupo Nosotros, ampliando la asistencia a los compañeros convenidos en el Club Náutico, sede entonces del Comité de Milicias, con Marcos Alcón, García Vivancos, Domingo Ascaso, hermano de Paco, y su primo Joaquín Ascaso. Fui lacónico en la exposición de los motivos que tenía para reunirlos: el desarrollo del Pleno regional y los acuerdos negativos que en él recayeron.

—Es cosa inexplicable. En realidad, los derrotados no hemos sido la Comarcal del Bajo Llobregat y yo, sino toda la Organización. Las consecuencias de esta derrota no son visibles de momento, pero sí previsibles. Nos encaramos con un porvenir tan inseguro que ni siquiera sabemos qué hacer a partir de este momento. Como organización mayoritaria sustraída al proceso revolucionario, estamos creando un enorme vacío…

[…] Creo que, una vez más, el Grupo Nosotros debería marcar la tónica a seguir por la Organización, que debe terminar la obra que inició el 18 de julio. Debemos aprovechar la concentración de fuerzas que mañana se pondrán a las órdenes de Durruti y proceder al asalto de los principales centros de gobierno, Generalidad y Ayuntamiento, con una rama de la columna que podríamos dirigir Marcos Alcón y yo. Teléfonos y plaza de Cataluña, con otra rama de columna dirigida por Jover y Ortiz. Y Gobernación y Dirección de Seguridad con otra rama dirigida por Durruti y Sanz, pudiendo sumarse a cualquiera de ellas los Ascaso y García Vivancos, siempre que estéis de acuerdo.

Habló Durruti. Siquiera ahora romperíamos la incógnita de su actitud.

—La argumentación de García Oliver, ahora y durante el Pleno, me parece magnífica. Su plan para realizar el golpe es perfecto. Pero a mí no me parece que sea éste el momento oportuno. Opino que debería ser realizado después de la toma de Zaragoza, cosa que no puede tardar más de diez días. Insisto en que debemos dejar esos planes para después de tomar Zaragoza. En estos momentos, sólo con Cataluña como base de sustentación, estaríamos reducidos geográficamente a la mínima expresión.

Se calló Durruti. Los demás guardaron silencio, con una dureza tan grande en sus expresiones que los labios, apretados, parecían inexistentes.

Ascaso –nuestro Paco– acababa de morir por la revolución social y Durruti le estaba dando la espalda. Ninguno de los presentes dejaba de darse cuenta de que Durruti eludía la marcha adelante. No decía abiertamente que no, pero apelaba a un subterfugio para no decir que sí. Se agarraba a la toma de Zaragoza como a un clavo ardiendo.

Volví a tomar la palabra. Dije que la argumentación de Durruti era de apariencia y no de realidades. Las realidades con las que se enfrentan las organizaciones mayoritarias como la nuestra, obligan a tomar las riendas de la revolución desde el primer momento, no dejando la revolución en la mitad de la calle en espera de que se tome ésta o aquella ciudad. La toma de Zaragoza no sólo es insegura ahora, sino que además puede no ser tomada en tres o seis meses, o nunca. Pero hasta para marchar adelante en esa empresa no bastaba con estar al frente de una columna de milicianos, luchando por una abstracción como el antifascismo. Hay que luchar como revolucionarios que defienden una causa sagrada, que saben que están luchando por algo propio y no para defender al gobierno de la Generalidad y al gobierno de Madrid.

—Comprendo que ya no vale la pena de proseguir la reunión, porque se han producido en el grupo Nosotros dos cosas que trastruecan fundamentalmente su fisonomía. La muerte de Paco es una y la división irremediable de opiniones es otra. Sólo me queda esperar para ver los resultados… y colaborar en la medida que me lo permitan mis fuerzas. (VII, 190-191)

Cita larga, pero todo lo que se ha transcrito me parece tan sustancial e importante que no podía pasarlo por alto.

Pues bien; no se puede discutir una sospecha, claro. Puestos a recelar, no me explico cómo García Oliver no haya pensado en otra plausible motivación de la actitud de Durruti, que además cuadra con sus voliciones casi transparentes. Quiero decir, si no llevaría entre ceja y ceja la intención de hacerse bonapartizar tras la victoria, o jugar al césar para actuar como procónsul, aupado por la «enfervorecida multitud» que hace de su héroe su guía y padre, mentor genial y protector supremo, etc. Ya sabemos la canción. Sin Ascaso que lo atara corto, y avivada hasta el paroxismo la rivalidad con García Oliver, que quizá se le había adelantado en una actitud valiente y generosa, sólo le quedaba hacerse el prudente, el hombre sólido, y un poco el símbolo del «pueblo en armas» (como refleja el título de Abel Paz), de todo el pueblo, sin distinción de tonos del rojo ni carnets. En espera de hacerse proclamar, a la vuelta, victorioso, «salvador de la patria», o de lo que fuera, pero salvador capaz de eclipsar a un García Oliver, por de pronto. De todas maneras, si éste sospechaba sería por algo, porque si alguien era capaz de ver claro y sopesar en su justa tara la situación de entonces, ése era García Oliver, en quien se había ubicado el centro neurálgico de la revolución en Barcelona. Creo que cuando dice que «la muerte de Paco» es una de las dos cosas (iy la pone delante!) «que trastruecan la fisonomía» (del grupo) dice lo que yo afirmo, esto es: que al faltar Francisco Ascaso faltó el grupo Nosotros y que con este grupo se hundió la guerra y la revolución, porque a lo mejor lo uno no iba sin lo otro y viceversa. Sin hacer la revolución no podía haber moral para ganar la guerra, por ayudas interesadas, y no ganar la revolución. Lo que sí sigue siendo verdad es que tampoco la ganaría el pueblo. ¿Acaso le importaba al pueblo español salvar al régimen que lo había defraudado? Tan trabado está lo uno con lo otro, para el sentir del pueblo, que no podía concebir el sacrificio de la guerra si no iba garantizado por la recompensa de la revolución. Porque no hay sacrificio sin esperanza de obtener algo a cambio. Aunque sea la gracia de Dios, o el Cielo, o el triunfo de una causa, sagrada o no, o la salvación de alguien, de un hijo, de una persona amada, lo que sea: sacrificio requiere e implica aceptar o arrostrar un mal en espera de conseguir un bien mayor, más altamente considerado. Originalmente, el de aplacar la ira de los dioses, o el de congraciarse con ellos. Así el pueblo español: si se sacrificaba, no iba a hacerlo para sacarles las castañas del fuego a aquellos líderes republicanos que no tenían ni idea de su existencia como pueblo, que no le habían tratado como mayor de edad y que eran tan incapaces como para no lograr una triste reforma agraria y una limpieza de la policía y del ejército, desde siempre los protectores de la reacción. Vuelvo a llamar la atención sobre ese hecho inaudito: que en el caso que nos ocupa, el pueblo estaba mental y físicamente dispuesto a ir más lejos que los mismos líderes. Y si por líder popular ha pasado a la historia Durruti, en las memorias de García Oliver vemos confirmada esa circunstancia nunca dada en la historia. Porque donde se paraba Durruti, quería el pueblo seguir la marcha. Pero este punto hemos de tratarlo más despacio.

Decíamos que la pérdida de Ascaso nos explica los fallos de Durruti ante la Revolución. iPara que luego digan que la historia se hace sola, o con hombres poco menos que intercambiables! Al contrario; nada menos mecánico que la historia. El margen de libertad del hombre es mínimo, de acuerdo, pero ese margen da suficiente juego para hacer virar la historia de rondón, a veces, y otras muchas imprimirle un ángulo muy obtuso.

Aquel muchacho de Almudébar, nacido a un año de diferencia de este siglo para acá y con apellido de otro lugar aragonés (del Ayuntamiento de Boltaña), pudo haber sido un pivote histórico tal, que, al desaparecer, por su hueco se fuera toda la sangre de una revolución única en su género, como se va por un engullidor toda el agua del brazal que debería fertilizar un campo.

Seguramente Durruti no tenía arrestos mentales para atacar esa empresa de los siglos que habría sido la revolución anarcosindicalista española. Pero casi podríamos asegurar que se habría aventurado a hacerlo con Ascaso; aunque tal vez no con García Oliver, como tampoco éste con Durruti; y en cambio podría haberse embarcado el catalán con Ascaso, a quien admiraba por su valentía, sus dotes de persuasión y su entereza.

Pues bien; si con Ascaso se hubiese ganado Zaragoza, y con ella todo Aragón, Rioja y quién sabe qué más, la revolución cenetista habría cobrado otro cariz y otra envergadura que la que tuvo en realidad. El Consejo de Aragón, por de pronto, habría sido un gobierno que habría podido tratar de poder a poder con el de Cataluña, aun suponiendo que en Cataluña no se hubiera ido por el todo, como quería García Oliver; pero, apoyado decisivamente por Francisco Ascaso, me parece que habría sido inevitable. Donde sí se habría dado eso de ir a por el todo habría sido en Aragón, de haberse conquistado Zaragoza. Y no hay que olvidar que en la misma Cataluña, los militantes aragoneses tenían mucha influencia en la CNT. Luego… Y quien dice el Consejo de Aragón dice las colectividades; sin guerra, sin frentes, en Aragón habrían funcionado en plena retaguardia, mucho más a sus anchas y con muchas más facilidades económicas y técnicas. En fin, todo el sistema político aragonés habría tenido una potencia defensiva infinitamente superior y contra la que no habrían prevalecido las brigadas de Líster y compañía. Y hablando de paradojas… ique fuesen precisamente los comunistas los que se revolvieran contra la organización comunista de las colectividades! O, como en el plano bélico, ique fuesen también los enemigos de la guerrilla y los partidarios del ejército «regular» y de la guerra de posiciones! ¿Qué habrían dicho Ho Chi Ming y el Ché?

En resumen, mala suerte para la causa de la revolución española que manejase su punta de lanza un hombre tan admirable pero tan poco avisado como Durruti.

Publicado en Polémica, n.º 22-25, julio 1986

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2 pensamientos en “Durruti, Ascaso y García Oliver

  1. Pingback: Durruti, Ascaso y García Oliver en la Revolución española. Zaragoza y Ascaso. Dos pérdidas: la pérdida (y II) | Polémica

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