Barcelona, 19 de julio de 1936. Las sirenas de las fábricas llaman a los trabajadores a la lucha

Federica MONTSENY

4621964748_0134a29a1cAmaneció el 19 de julio en Barcelona entre el ruido ensordecedor de las sirenas que llamaban al pueblo a las armas.

Todo el día 18, y el 17, y el 16, se los habían pasado los trabajadores montando guardia cerca de los cuarteles y centros oficiales. Hasta las cuatro de la madrugada del 19 permanecieron los militantes en los sindicatos, en la Generalidad y en todos los centros y ayuntamientos de los pueblos y poblaciones de Cataluña. Llegaban noticias confusas de toda España. Que si en Zaragoza se ha sublevado Cabanellas, que si en Sevilla Queipo de Llano y en Canarias el general Franco. Que si se espera el golpe en Barcelona para esta noche. Abad de Santillán, García Oliver, Ascaso, Durruti y Assens, los dos últimos en representación del Comité Regional y de la Federación Local, habían estado en Gobernación y en la Generalidad, exigiendo de Companys la entrega de armas, indispensables para organizar la defensa en el centro de la capital y en las barriadas. Se las negaron hasta el último momento y los primeros combates tuvieron que sostenerse dando el pecho desnudo a los fusiles y a los cañones. Y ya comenzada la lucha, sólo nos dieron un centenar de pistolas. El pueblo tuvo que armarse, conquistando las armas a las tropas sublevadas.

Las descargas de fusilería, el fragor de los combates retumbaba de un ámbito al otro de Barcelona. En la región, el pueblo estaba también sobre las armas. Los trabajadores acudían de todos los pueblos, concentrándose sobre las plazas fuertes. Figueras y Gerona fueron durante bastantes horas motivo de gran preocupación. El pueblo rodeaba los cuarteles, impidiendo la salida de las fuerzas rebeladas contra la República. Lérida y Tarragona no llegaron a sublevarse, pues el movimiento, no triunfante en Barcelona en las primeras horas, apareció ya sin solución de continuidad en el resto de Cataluña.

Todo el día 19 la suerte estuvo indecisa… La toma de la Telefónica y de Capitanía fueron los primeros triunfos efectivos del pueblo. Tan pronto pudo establecerse el corte que detuvo el avance de las fuerzas que se dirigían, desde los distintos cuarteles, a tomar los edificios oficiales y las radios, se tuvo la seguridad que en Barcelona no se declararía el estado de guerra. En los barrios altos y en los aristocráticos, donde estaba la gente de derecha y los conventos, la lucha iba adquiriendo caracteres decididos de guerra social. Atacaban y se defendían desde las iglesias y cenobios, y el pueblo, de modo espontáneo, volvió todo su furor contra ellos. Y mientras los aviones leales volaban sobre el cuartel de San Andrés, sobre Capitanía y sobre el Parlamento catalán, mientras tronaban los cañones arrebatados a las tropas sublevadas, en la plaza de Cataluña y en el cuartel de la Avenida Icaria, mientras las fuerzas de Asalto y Seguridad, algunos guardias civiles que no se habían sublevado ni quisieron permanecer a la expectativa, y los militantes de la FAI y la CNT, a la cabeza de esas fuerzas, tomaban la Telefónica –Durruti fue el primero que entró en ella–, el Hotel Colón, Capitanía y Atarazanas, las mujeres, los hombres y hasta los chicos, atacaban como podían los conventos. Falangistas, requetés, la gente de derecha del Somatén se habían refugiado en ellos y hacían fuego, junto a los monjes, contra las masas. El furor milenario y contenido de las multitudes hacia la Iglesia, multiplicaba las energías. El fuego iba extendiéndose de un edificio a otro, mientras los frailes y sus satélites escapaban por las alcantarillas.

La epopeya de Capitanía

Los guardias civiles, de Seguridad, Asalto y Carabineros que se sumaron al pueblo, habían arrojado sus guerreras y sus gorras y luchaban en mangas de camisa, confundidos con los obreros. Mezclados con el pueblo luchaban también los soldados y los militares antifascistas. Fue así como los guardias seguían electrizados a García Oliver y a Durruti, transfigurados por el dolor y la rabia de la muerte de Ascaso, yendo de un lugar a otro, acudiendo a todas partes, como si tuvieran el don de la ubicuidad, terribles, imponentes, barriendo al enemigo con sus fusiles. Toda la ciudad fue teatro de la revolución desencadenada. El pueblo, a medida que ocupaba los reductos del enemigo, se armaba. Los cañones se arrastraban por las calles a fuerza de brazos humanos. Entre tanto, las cosas se iban organizando. Mientras la lucha continuaba, se comenzó a preparar el amanecer de un nuevo día, ya que Barcelona, Cataluña estaban en manos de la Revolución triunfante. El Comité de Milicias Antifascistas, constituido el día 20, y en el que se hallaban representados todos los sectores en lucha contra el fascismo, era, de hecho, el verdadero Gobierno de Cataluña. La Generalitat desaparecía ante la fuerza del nuevo organismo revolucionario surgido de la voluntad popular. Los Sindicatos de la Alimentación y de la Distribución estaban encargados de regular el abastecimiento de Barcelona. De ellos salió el Comité de Abastos, que luego se convertiría en Consejería. En las barriadas, los Comités revolucionarios asumían la responsabilidad de organizar el desenvolvimiento de la situación.

En las comarcas de Cataluña ocurría lo mismo. La intentona fascista había sido reducida inmediatamente; los ayuntamientos estaban en poder del pueblo; los Comités de Milicias Antifascistas creados; la Revolución era ya un hecho grandioso y esperanzador.

La bandera rojinegra ondea al viento triunfadora

Pero las noticias que llegaban de otras regiones no eran tan satisfactorias. Madrid se sostenía gracias al empuje de los trabajadores y al bloque de voluntades antifascistas inmediatamente establecido. Zaragoza estaba en poder de los rebeldes, por culpa de la traición del gobernador. Marruecos y Mallorca, también. Sevilla se defendía, con los obreros refugiados en Triana, vendiendo caras sus vidas.

Mas en Barcelona, en Cataluña, el 19 de julio se extinguía gloriosamente, en la embriaguez revolucionaria de una jornada de triunfo popular. Las letras CNT-FAI destacaban en muros y edificios, en las puertas de casas, en los coches, sobre todas las cosas. La bandera rojinegra ondeando al viento era una imagen que contemplábamos con el alma y los ojos iluminados, preguntándonos si estábamos dormidos o despiertos.

No, no dormíamos. A recordarnos la realidad fecunda y trágica venían las viudas y los huérfanos. ¡Cuanta sangre derramada! ¡Cuantos hombres caídos en el fragor de los combates, confundidos en su heroico anonimato!

El valor espartano de nuestras mujeres

Recuerdo a las mujeres de la familia Ascaso, estoicas, espartanas. Y a la compañerita de Obregón, secretario de la Local de Grupos Anarquistas, muerto en combate en la plaza de Cataluña, preguntándonos, mientras nos daba la comida en el improvisado refectorio en el antiguo Fomento del Trabajo, convertido al ocuparlo los trabajadores, en casa CNT-FAI, a todos, cada minuto: ¿Habéis visto a Obregón? Si lo veis decirle que me dé noticias; estoy inquieta… Comenzaba el gran drama, la gigantesca obra y la terrible lucha. Pero esto ya pertenece a la historia que aún no se ha escrito y que estamos haciendo todos los catalanes y todos los españoles.

Publicado en Polémica, n.º 22-25, julio 1986

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