Shelley. El primer poeta inglés de la libertad

Francisco CARRASQUER

Shelley

Shelley

Percy Bysshe Shelley, nacido en Field Place, Horsham, Sussex, el 4 de agosto de 1792, y muerto el 8 de julio de 1822 en la bahía de Spezia (Liguria italiana), cuenta en la crítica internacional como uno de los máximos representantes del Romanticismo inglés –puede que sólo Byron le haga un poco de sombra– y la poesía de Shelley se la siente siempre inspirada por un hálito humanitario que surca todas sus creaciones líricas y que, por lo mismo, la hace única.

A pesar de que vivió muy poco (murió por naufragio a sus 30 años), ha dejado numerosos escritos importantes y de bastante extensión.

Repasemos algunos de sus principales títulos: La necesidad del ateísmo es un panfleto que da a conocer a sus 19 años y que le costó ser expulsado de la Universidad de Oxford.

En 1816 publica Alastor, o el espíritu de la soledad», uno de los largos poemas del Romanticismo inglés más peregrinos, en el que se destila la esencia de las experiencias interiores y externas de su viaje por Europa (París y Suiza principalmente) con Mary, su segunda mujer, la hija de William Godwin, con la que se fugó al dejar a su primera, Harriet Westbrook, que había sido para Shelley en su día un dechado de femineidad y belleza, pero que a la larga no le daba réplica ni eco siquiera mental y espiritualmente. No se explica muy bien por qué tuvo que fugarse con Mary, siendo la hija de Godwin, quien para Shelley, después de Platón, era su mentor más completo y directo, conocido y reconocido precisamente por su libertarismo en la literatura inglesa. William Godwin (Cambridge, 3-3-1756 – Londres, 7-4-1836, en quien hasta su apellido parece providencial… si él mismo hubiese creído en la Providencia, puesto que podría traducirse por el que «a Dios gana»), ha sido un prolífico escritor revolucionario, un filósofo y autor de novelas de tesis como Caleb Williams (1794) y St. Leon (1799). En 1797 se unió con Mary Wollstonecraft, la primera teórica del feminismo anglosajón, autora de la famosa Reivindicación de los Derechos de la Mujer. Por eso aún se explica menos que teniendo padres así, Shelley tuviese necesidad de llevársela clandestinamente de casa, a Mary Godwin Wollstonecraft. Se han recogido los escritos más importantes de William Godwin (novela y cuentos, mucho teatro –gran número de tragedias– y no menos ensayos sobre temas filosóficos y sociológico políticos de orientación anarquista) en sus Obras Completas, que acabaron de ser editadas en 1873. Hasta 1946 no se publicó su biografía, escrita por G. Woodcock, con un prólogo del brillante crítico de arte, también libertario, Herbert Read.

Mary Shelley

Mary Shelley

Pues bien, Shelley se confiesa tan influido por Godwin que, en carta de 1812, el joven poeta le escribía al maestro ácrata: «Usted ha formado y ordenado mi mente». En ese mismo año fue a verle y dos años más tarde se unía en secreto, como hemos dicho, con Mary, la hija de Godwin y Mary Wollstonecraft. No es, pues, por eso nada extraño que la poesía de Shelley sea tenida como la expresión lírica más libertaria de los poetas románticos que, a su vez, son los más libertarios de las letras inglesas.

En 1818 sale de su pluma La revuelta del Islam, cuyo título original era Laon and Cythna, la pareja protagonista. Es un largo poema de 12 cantos en estrofas spenserianas (combinación de 8 decasílabos y 1 dodecasílabo), consagrado a cantar la rebelión por el amor con sacrificio interpuesto, porque después de haber logrado la sublevación del imaginario pueblo mahometano de la epopeya, acaban siendo quemados en la hoguera. Pero de la unión de estos amantes nace una especie de serafín humanado, quien, tras un viaje mágico, los transporta hasta el templo del Espíritu donde son eternamente celebrados el genio y la «virtud» (entendida en sentido clásico, no católico, por supuesto).

En 1819 escribe una obra de teatro en verso titulada Los Cenci, tragedia sacada de un episodio histórico de Italia con un tema escabroso y osado como pocos: el tabú de los tabúes, el incesto.

Pero es al año siguiente cuando sale a la luz una de sus obras señeras: Prometeo desencadenado. Su obra épico-lírico-filosófica más ambiciosa. Es el primer mito del pensamiento libre de la humanidad, Prometeo, víctima de Júpiter que lo hace encadenar y martiriza cruelmente, pero que en la obra acaba siendo liberado por Demogorgon, creador de mundos, asistido por la Tierra y la Luna. La idea superior de la tragedia es que el gran amor lleva a la liberación del ser humano. Aunque a lo largo de los 4 actos de Prometeo desencadenado, Shelley tiene ocasión de cantar sublimes himnos a la libertad y acerados apóstrofes contra la tiranía.

En 1812, escribe Shelley su Epipsychidion, directamente inspirado en dos fuentes a cuál más ilustre para el tema del amor: el Dante de Vita Nuova y el Platón de El Banquete. Y aún, en este mismo año, escribe también una elegía con ocasión de la muerte del gran poeta inglés John Keats (nació en Londres el 31-10-1793 y murió en Roma el 23-2-1821), el renombrado autor de Endymion e Hyperion, dos mitos griegos que magnifica Keats en alta poesía para el gusto moderno.

William Godwin

William Godwin

Y su última gran obra, por cierto inacabada, se publicó después de su muerte, entre sus Posthumous Poems (1824), bajo el título El Triunfo de la Vida. Es un poema que, por su simbolismo alegórico, representa un arriesgado desafío para los críticos y exégetas. En cualquier caso, aquí la Vida está asociada a la imagen de un auriga que transporta sin dejar de arrear a mucha gente. Según Rousseau, la visión del poeta se plasma en que la Vida triunfa en aquellos que están a su carro encadenados y, como tales prisioneros de la Vida, aparecen personajes tan ilustres como Napoleón, Platón y Alejandro Magno.

Ya hemos adelantado que la poesía de Shelley está empapada de la filosofía de Godwin, sobre todo en obras tenidas por la crítica en general como sus más logradas: Reina Mab, Prometeo desencadenado y Hélade. Y lo cierto es que, con la poesía de Shelley, entra el anarquismo en la gran literatura universal.

«Un hombre –proclama Shelley– no tiene órdenes que dar ni que obedecer. El Poder, la Autoridad corrompe todo lo que toca, como la peste, y hace del ser humano un esclavo».

Si no fuera tan largo, nos habría gustado publicar aquí todo el poema de Shelley titulado Oda a la Libertad (1820), pero con el poco espacio que tenemos en este rincón, nos limitaremos a una estrofa, la I, en la que casualmente sale a relucir España, con motivo de la vuelta de los liberales al gobierno español desde el exilio tras la victoriosa sublevación del general Riego que le impone a Fernando VII acabar con su reaccionario régimen. ¡Qué no hubiera cantado ante una gesta del pueblo español como la de julio del 36! Pero la experiencia de la guerra de la Independencia, para la intelectualidad de Inglaterra (país que tanto ayudó a España a sacudirse el yugo de la tiranía napoleónica) parece que fue suficiente para captar todo aquello de lo que era capaz el pueblo español para defender su dignidad y luchar por su libertad.

Oda a la libertad

Ha hecho vibrar de nuevo un gran pueblo glorioso.

El relámpago de todas las naciones: la Libertad;

De un corazón a otro, de torre en torre España adentro;

Propagándose el fuego de los cielos, al rojo

Blanco. Mi alma se ha sacudido el cadenal del tedio

y con ligeras plumas de un cantar plebeyo

Se ha revestido tan sublime y tan fuerte

Como aguilucho remontándose al alba hasta las nubes

y cerniéndose sobre su presa de costumbre;

Hasta que, desde un apostadero, en el Cielo de la fama

La vorágine del Espíritu lo rapta; y aquel rayo

Desde la más remota esfera en la llama del vivir,

Que pavimenta el vano de detrás, despídelo

Como espuma de un buque a toda marcha, cuando oyóse

Una voz de los abismos: «¡Quiero sentir lo mismo!».

Publicado en Polémica, n.º 47-49, enero 1992

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