El legado cultural del anarquismo ibérico

Paco MADRID

1284154781377solidaridaddnCuando Giuseppe Fanelli se apeó del tren que desde Génova le había conducido a Barcelona, a principios del mes de noviembre de 1868, nadie que hubiera seguido de cerca las dificultades, especialmente económicas, que había encontrado para realizar este viaje a España, hubiera dado crédito a sus ojos.

Sólo su voluntad y tenacidad lo hicieron posible. Y la ayuda de republicanos amigos suyos, como Elías Reclús y Aristide Rey, con los cuales se reunió en la ciudad Condal, allanó las primeras dificultades. Señalemos además que la inapreciable ayuda del republicano socialista, Fernando Garrido, poniéndolo en contacto con algunos exponentes obreros de ideas avanzadas, como González Morago, facilitaron en gran medida su labor propagandística.

Inútil preguntarse si fue la venida de Fanelli a España lo que propició la formación de la Internacional en nuestro país y al mismo tiempo el desarrollo del anarquismo a través de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista. De hecho, cuando Fanelli es comisionado por Bakunin para realizar este viaje, todavía en Italia no se había constituido ninguna sección de la Internacional. La primera que lo hizo fue la de Nápoles en enero de 1869.

Sin embargo, no cabe duda que su propaganda germinó rápidamente en un terreno que ya se encontraba suficientemente abonado. Conviene no olvidar, además, que Isabel II había sido destronada apenas dos meses antes, dando lugar a un proceso revolucionario que puso en efervescencia a amplias capas de la población española y propició el desarrollo de organizaciones de diverso corte que hasta ese momento eran inimaginables; entre ellas la asociación obrera revolucionaria.

Con el desarrollo de la Internacional comienza a cobrar importancia una cultura obrera propia impregnada de anarquismo. Florecen los Centros de Estudios Sociales, lugares de reunión, agitación y educación integral (como en aquella época se denominaba), en los que se intentaba combinar la lucha obrera con el esfuerzo por la revolución social.

La suerte de estos centros estuvo naturalmente ligada a la del movimiento anarquista y la represión se cebaba en ellos de forma sistemática al par que sobre el movimiento obrero en su conjunto. Así los vemos desaparecer en 1874 con el golpe de estado del general Pavía; para reaparecer de nuevo en 1881 con la creación de la Federación de Trabajadores de la Región Española. Las leyes de represión del anarquismo de la última década del siglo pasado acaban de nuevo con ellos y de nuevo florecen a principios del siglo XX con el resurgir del movimiento anarquista.

Estos centros estuvieron siempre animados por grupos anarquistas formados sobre la base de la total independencia del individuo en el seno del grupo y la ausencia de jerarquías, salvo –en todo caso– la dimanante del carisma personal de cada uno de los miembros del mismo.

La actividad de los grupos anarquistas franqueó los propios límites de estos centros culturales y se desarrolló igualmente en aquellos lugares donde no era posible establecer una institución de esta naturaleza.

Como vehículos de transmisión de sus ideas se utilizaron los periódicos, las octavillas, los folletos e incluso los libros, así como cualquier otra forma hablada o escrita de propaganda. De todos ellos es posible detectar una enorme producción, que resulta imposible imaginar sin tener en cuenta la importancia que para el movimiento anarquista revistió la propaganda.

El objetivo principal del periódico iba dirigido a contrarrestar la información oficial, mediante una información casi exclusiva de carácter obrero: huelgas, reuniones, asambleas; completaban la información las notas facilitadas por los corresponsales sobre la actividad obrera de sus respectivos lugares. Junto a la información, artículos de fondo o debates tendentes a la propaganda de las ideas anarquistas; sin olvidar una abundante literatura de producción obrera. Con el folleto o el libro, se buscaba la educación del obrero siguiendo una línea positivista-racionalista o bien la intensificación de la propaganda con la edición de las obras de los escritores y propagandistas anarquistas: Kropotkin, Malatesta, Grave, Faure, Mella, Prats, entre muchos otros.

Pero la cultura libertaria estaba formada también por todo ese sutil entramado de relaciones que hacían posible la aparición y continuidad de la organización y sus manifestaciones programáticas, sin necesidad de ningún centro director que la asegurase.

Por otra parte, era lógico esperar que toda esta producción cultural reflejara los enfrentamientos ideológicos en el seno del anarquismo. Principalmente las divergencias entre colectivismo y comunismo que marcaron su impronta en la década de los ochenta del siglo pasado.

Tras la fracasada experiencia de desarrollo organizativo del movimiento obrero anarquista a principios de nuestro siglo y el espectacular auge de los grupos anarquistas en esos años, el nacimiento de la CNT señaló el inicio de una casi perfecta simbiosis entre una organización obrera moderna de corte sindicalista sobre bases colectivistas y una organización anarquista centrada en el grupo de afinidad sobre bases comunistas. Paradójicamente –al menos en apariencia– la precariedad de la organización de grupos confirió al anarcosindicalismo una agilidad y facilidad de movimientos, así como una relativa potencialidad de aparecer y desaparecer que de otra forma no hubiera logrado. De este modo el anarco-sindicalismo español pudo presentar una cohesión organizativa sorprendente (sin parangón en ningún país, salvo en todo caso Italia, aunque en menor medida) unida a una voluntad revolucionaria que tuvo diversos momentos de manifestación. Por otro lado demostró una gran capacidad de resistencia a los embates de la represión.

En la vertiente cultural, el desarrollo del anarquismo a partir de 1910 logra un auge considerable y una difusión extraordinaria facilitada por la organización sindical. Se multiplican por todas partes los Ateneos libertarios o sindicalistas y se difunde la educación libertaria a través de las escuelas racionalistas, cuyos antecedentes hay que buscarlos en las escuelas laicas del siglo XIX, pero sobre todo en la Escuela Moderna que Ferrer Guardia fundara en Barcelona en 1901.

De nuevo los periódicos, tanto sindicalistas como anarquistas, representan el vehículo privilegiado para la transmisión de las ideas, junto a las demás formas de propaganda.

Sin embargo, era lógico esperar que también se desarrollaran las contradicciones –ya señaladas en el debate ideológico entre colectivismo y comunismo– entre una estructura organizativa de carácter colectivista y la organización comunista de los grupos. La revolución de 1936 puso dramáticamente de manifiesto estas contradicciones.

La historia –como le corresponde– ha sedimentado todo este proceso de producción cultural, dejando en pie tan solo los hechos espectaculares perfectamente integrables en el discurso del poder.

En nuestros días, han comenzado a multiplicarse las instituciones culturales libertarias. Pero a diferencia de antaño, es una cultura referida a la historia. Vacía en numerosos casos del acto creador que en otros tiempos era el germen que vivificaba su realización.

Por ello creo que es lícito preguntarse si en estas condiciones no estamos allanando el camino para que el sistema «fagocite» con toda tranquilidad los aspectos vivos del anarquismo después de haberlos fijado en cuadros históricos preciosistas perfectamente digeribles.

La revolución del 36-39 fijó la atención, haciendo olvidar que solo una labor continuada durante muchos años por innumerables militantes pudo hacerla realidad.

Pero no es la investigación histórico arqueológica quien rescatará del olvido este inmenso bagaje cultural del movimiento obrero anarquista en nuestro país. Tan solo la práctica de la libertad del individuo en la gestión de la problemática social puede recomponer este entramado mosaico que hoy permanece sepultado bajo la indiferencia.

Esto no quiere decir –claro está que se desprecie la memoria histórica. La formación de bibliotecas con el objetivo de recuperar todo el material libertario posible es una labor a todas luces encomiable. Como lo sería igualmente la formación de grupos de discusión sobre todo este inmenso bagaje cultural.

Mi escrito solo pretende –en la medida de lo posible– llamar la atención sobre las posibles consecuencias de un determinado uso de una herencia cultural, que si bien es patrimonio de todos, no por ello nos es lícito derrocharla en manifestaciones vacías de sentido o –en el mejor de los casos– intentando hacerla aparecer como algo digno de pertenecer… al museo de la historia.

Los problemas que se nos plantean hoy son múltiples. No es ya solo la superación del problema organizativo en su sentido práctico; sino además el tratar de encontrar la forma más adecuada de extraer las consecuencias más idóneas de todo este inmenso bagaje cultural que nos ha sido legado. Aunque, quizá, en el fondo todo forme parte de la misma cuestión; esto es, la actualización del pensamiento anarquista en su vertiente de subversión revolucionaria. Publicado en…

Publicado en Polémica, n.º 44, enero 1991

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