Poderes y cultura: instituciones y creación

Francisco CARRASQUER

Agustín García Calvo

Agustín García Calvo

Si en principio nos parecen dos conceptos incompatibles, para demostrarlo palmariamente, bien podríamos empezar partiendo de la contradicción que entraña el término «instituciones culturales». De momento es un hecho que estamos invadidos y, por lo tanto, empapados por esa expresión ubicua y omnipresente como Dios, y así no hay hora del día y de la noche que no nos asalte con una u otra institución cultural, ya sea de alcance local, regional o nacional, ya por vía de la tele, de la radio, de la prensa, de la publicidad en la calle, en los tablones de anuncios y periódicos murales que cuelgan en los vestíbulos de escuelas, iglesias, academias, universidades, ateneos, bibliotecas, sociedades recreativas y comercios en general.

Bien pensado, es este un tema que abarca mucho más de lo que parece a simple vista, porque como la cultura se mete por todas partes en que hay hombres y mujeres para hacerles mover como tales, es natural que el Estado y todo lo que de él depende trate de controlar ese movimiento. Por eso se empeña en intervenir en la enseñanza, desde el parvulario hasta la universidad; por eso quiere meter baza en las artes y en el espectáculo, en la urbanización y en el paisaje, pero sobre todo en las comunicaciones y en la información. Y así resulta que esas instituciones culturales son el instrumento más idóneo del Estado para alcanzar sus fines de mediatización, resultado éste con el que tiene a los pueblos cada día más a su merced. O sea, que tiene a los pueblos cada vez más incultos. Dado que mediatizar es quitarle principios y fines a la gente, mientras que la cultura no tiene otro objeto, precisamente, que éste: procurar siempre mejores fines y principios, que para los medios ya tenemos a la civilización.

De hecho, nos lo jugamos todo en esta baza. Hace mucho tiempo que se discute en los países llamados avanzados sobre si el Estado ha de ayudar o no al artista, al investigador, al inventor. Pero, ayudar ¿cómo?, ¿y a qué? No será a hacer su trabajo, porque entonces habría de ayudar a toda la población activa. Y si el investigador, el inventor y el artista trabajan, justo es que se les pague; pero su trabajo, no su creación cultural. Por eso habríamos de tener cuidado en que al hablar de trabajo y su correspondiente remuneración, la noción «cultural» no interfiera para nada y venga a trabar esas ruedas de relación mecánica, porque sólo sirve para pararlas. Y así, cuando los autores reivindican, por ejemplo, que se les dé un porcentaje del importe de sus libros leídos en bibliotecas de préstamo, no tienen razón en exigir semejante reivindicación fundándose en criterios culturalistas, y sí en bases laborales, sin más. La cultura no es ni deviene jamás producto, sino que es, precisamente un constante salirse del producto hecho para ennoblecer constantemente la vida del individuo. Los holandeses han obtenido, seguramente, las mejores patatas de la tierra a fuerza de experimentar con razas cruzadas y estudiar los condicionamientos de suelo, clima, humedad, etc., hasta conseguir óptimos tubérculos. Pues bien, a eso lo llaman ennoblecer la patata. ¿Y no es eso también, mutatis mutandis, la cultura entendida como un permanente ennoblecimiento del ser humano? Decimos muchas veces enriquecimiento a ese resultado (¿o sería mejor decir a ese «resultar»?), pero ennoblecimiento es más exacto y completo. Y está más que claro que no nos referimos a una nobleza de pergamino y blasón, porque en tal caso sí que podría el Estado darnos cultura como da títulos de nobleza. No, no. Se trata de ennoblecer por la obra, nos referimos a esa nobleza que tan clara y distintamente sentimos en nuestros grandes pensadores y artistas, en nuestros poetas, en nuestros intelectuales, en una palabra (por cierto muy baqueteada, últimamente). No hay nada que ennoblezca como la obra. O mejor: no hay nada que ennoblezca más que la obra. Y el conjunto de esas noblezas es la cultura. Pero el conjunto en acción y pasión, no en mercadería, como un stock. Porque si ya la naturaleza no entiende de economías, aún es menos compatible con la economía la cultura que la naturaleza. La economía, como todo lo infraestructural, es cosa de automatismos y de procesos mecánicos del tipo vagatónico o del gran simpático, a lo más, en un marco de homeóstasis organicista. Mientras que la cultura circula por todo el cuerpo social y siempre entre los intersticios que quedan al margen de todo determinismo y donde se aloja la libertad. No hay noción de utilidad ni de servicio en la cultura. Por lo tanto, nada tampoco susceptible de beneficiarse por parte de los empresarios y políticos.

Por eso, en cuanto las instituciones se ponen a «hacer cultura», la deshacen. Como pasa con las revoluciones, que todas se pierden al institucionalizarse. Y es que institución es pararse para ordenar el Poder, no para poder ordenarse, como algunos pretextan. No hay institución que no esté creada para servir de instrumento de manipulación, expropiación o apropiación de algún derecho ajeno o común, de algún poder en manos de aquel o de aquellos que, para eso, la han puesto en pie yen marcha, más o menos conscientemente ya desde el principio. La cultura, como la revolución, como la libertad, en suma, no puede pararse ni ser dependiente, sino que ha de estar siempre en tiro, en movimiento, pero eso sí: motu propio. Por lo mismo, a todo lo más que puede aspirar una institución, que se dice fundada para favorecer a la cultura, es a servir de infraestructura coyuntural (otra contradictio in terminis). Y si quiere fomentarla, promoverla o potenciarla –como tanto se dice hoy– pierde nobleza. De ahí que haya que andarse con mucho cuidado con eso de vulgarizar, propagar y popularizar la cultura. Porque no es de extrañar que saque la oreja, por entre estas expresiones hechas realidad, el nefasto despotismo ilustrado, esa imposible falacia que desde Carlos III hasta Carlos Marx ha hecho tantos estragos farisaicamente, ya que siempre se sobrentiende bajo ese concepto que hay que enseñar, instruir, amaestrar, guiar, dirigir, mentalizar, imbuir, inculcar, dictar y, en definitiva, someter a la gente que se pretende ilustrar, al consabido lavado de cerebro orwelliano.

No por otra razón se oponen tanto los intelectuales de entre los más finos detectores de la verdadera cultura, a esa avalancha de certámenes, concursos, encuentros, festivales, «movidas culturales» de todo género y número que viene últimamente desencadenando el Poder en España. Hace tiempo que nos advierten contra el peligro plumas bien cortadas y maestros del libre pensamiento. Baste citar dos de entre los más incorruptibles y libres de nuestros escritores: Rafael Sánchez Ferlosio, y Agustín García Calvo. Y no hay que entender tal actitud como la podría interpretar –¡vulgarizándola!– un beocio cualquiera: «Antes, con Franco, todo era quejarse de que se machacaba lo que oliese a cultura, y ahora que tenemos un régimen que se desvive por la vida cultural, se quejan igualmente; y es que no hay quien los saque de un llevar siempre la contraria». No van por ahí los tiros, claro, sino contra ese «desvivirse», exactamente, por una labor que no les incumbe a los que mandan. Todo lo que ha de hacer el gobierno, o en general el Estado, es observar el undécimo mandamiento: con no estorbar basta y sobra. Que los políticos hagan su política, mientras no podamos impedirlo, y que los economistas hagan ver que hacen su economía, pero los mandados, los funcionarios, que no se metan en lo que no les importa. Es más: no creemos que se pueda hacer verdadera política ni economía ni justicia social, mientras se entiendan estas tareas como de oficio y planificación desde apartados gabinetes y sobre el papel al compás y a la regla, fuera del tajo y a espaldas de la gente que ha de sufrir la planificación, sin estar viviendo la problemática política, económica, social y humana in situ. En el fondo, tenemos una mala política, una mala economía y una mala administración por haberse puesto todo eso de espaldas a la cultura –que es la gente– y por no entenderse como artes esas actividades «profesionales» y sobre todo el arte englobadora de todas: el arte de vivir solos y acompañados.

Pero la cultura de que estamos hablando es todavía más exigente en materia de localización y de utopías, porque se da en el plano del individuo como centro; y nada que esté o sea ajeno al individuo capaz de hacer cultura puede intervenir en el proceso de culturalización. Y así se explica que la cultura no pueda instituirse, y menos institucionalizarse, porque sería tanto como negarse a sí misma. Toda institución es una lata de conservas, mientras que la cultura es un constante reventar de latas (de conservas y de las otras), un empecinado romper moldes, hacer saltar casillas, quebrantar normas… Por cierto, recuerdo que el uruguayo Mario Benedetti escribía a este propósito, que la cultura avanza a golpes de transgresión de normas. En todo caso, lo establecido requiere institución, que por algo al conjunto de instituciones de una nación se llama en anglicismo universalizado establishment.

Rafael Sánchez Ferlosio

Rafael Sánchez Ferlosio

¿Qué actitud tomar, pues, para hacernos eco de lo que Rafael Sánchez Ferlosio y Agustín García Calvo, entre otros no tan pares, sugieren? Ya va con lo dicho implícitamente aludida, ¿no? Que las instituciones no se metan en hacer cultura, que la cultura no se hace sino que nace, mana como una fuente; que los robots del Estado se limiten a dejar hacer y deshacer a los agentes de cultura, a los creadores en el campo que sea: del pensamiento, de la ciencia, de las artes, de las letras, del espectáculo y de la comunicación e información. Sólo con decir «creación» basta para calar en el sentido que distingue a la cultura de las instituciones. Una institución, no sólo no es creadora, sino que es anti creadora. Mientras que la cultura, por el contrario, sólo vive en creación continua, sobre todo la alta cultura. Los aspectos van referidos a modos de estar y aparecer, pero los niveles se corresponden con categorías del ser. Si no perdemos de vista nuestra premisa de que cultura no es producto, sino proceso de creación y recreación ennoblecedor, los aspectos de la cultura dependerán del punto de aplicación y de sus catalizadores en cada caso; intelectual puro, sicosomático, manual, mixto, abstracto, concreto, parcial, global. Pero lo que reviste mayor importancia son los niveles de la cultura, puesto que –como decíamos– se trata de ennoblecimiento, y las ejecutorias de cultura son tanto más altas cuanto más y mejor mezcladas, complejas, poligénicas, contrariamente a la tristemente célebre condición de la nobleza española tan tratada por nuestros clásicos de teatro que se fundaba en la esterilizante «pureza de sangre». La nobleza cultural se habría de medir –de ser necesario, que no lo es en absoluto–, por la abundancia de sangres ingredientes, de genes culturalizantes, culturíferos o culturógenos formando bellas síntesis, también tanto más nobles cuanto más bellas, y cuantas más mutaciones provoquen mejor, porque es muy probable que las más grandes transgresiones de lo instituido se deban a esas mutaciones culturogenéticas que llamamos genios.

No haya miedo, por otra parte, a la falta de medios oficiales. Sabemos por experiencia que los fenómenos de cultura verdaderamente grandes surgen de los más insospechados y deslumbrados rincones y se gestan entre los más oscuros e inextricables matorrales generacionales, como el cante jondo, el tango, el romance, las catedrales, las herejías y las revoluciones. Lo que dice García Calvo de las lenguas podría decirse de las culturas:

«De las lenguas puede bien decirse que son del pueblo o de la gente, que es una manera de decir que no son de nadie y, consecuentemente, no aparecen nunca ni unificadas –sino mudando según se pasa de uno a otro valle–, ni limitadas a un territorio de fronteras definidas».

Porque es verdad que hasta ahora hemos estado hablando de cultura en singular, cuando hay razones para hacerlo también en plural. Pero desde el título hemos entendido la cultura como concepto generalizado, así como decimos «hombre» en vez de «hombres y mujeres», o «género humano». Hay sin embargo, algo más que aboga por el singular, y es que enfrentamos este fenómeno tan huidizo como universal y tan misterioso como específico de la cultura al plural de «instituciones». Y no podríamos emplear el plural de un singular sustancial como el nuestro sin que dejara de serlo, frente a un plural tan contingente como el de instituciones, que no puede reducirse, por otra parte, a singular, sin desnaturalizar su función semántica en nuestro contexto. Si decimos culturas hemos de poner instituciones para cada una de esas culturas. Así como tomando el ejemplo anterior de las lenguas, tampoco podríamos poner lenguas y pueblo, sino lengua de un pueblo o unos pueblos y sus lenguas, ya que lo uno y lo otro es sustancial, pero instituciones en plural valdría para el singular de ambos. Las culturas son ubicaciones no intercambiables, pero sí equivalentes en cuanto culturas in statu nascendi, impregnando todas y cada una al hombre siempre del afán de serlo cada vez más, sin renegar de su naturaleza. Un factor que ennoblece las culturas entre sí (cultura de segundo grado) es el traductor, lo que no siempre se estima bastante en su propio valor. Pero tanto aquí –recreación– como allá –creación de autoría–, siempre ha de haber ese afán. Cuestión de tensión, pues, es la cultura, y no sólo tendencia. Luego, sería cultura el tensar desde lo natural a lo humano –nunca demasiado, oh manes de Nietzsche, siempre más–. Todo el empeño del hombre, en cuanto tal o con conciencia de serlo, es estirarse hacia el saber, el misterio, la belleza y el amor en libertad. Todo lo contrario, en suma, de la tendencia a constreñirse, a ser intercambiable, a encogerse y anquilosarse o congelarse que es lo propio de las instituciones, por definición conservadoras.

La experiencia histórica que posiblemente se acerca más a esta lección nos la dio la anti institucional CNT de España antes de la guerra civil, que estuvo siempre de espaldas al Estado, sin consentir empleados a sueldo ni profesionales de la política ni del sindicalismo y que, en cambio, supo crear una cultura popular sui generis, probablemente irrepetible. Aquella cultura, ¡ay! la aplastaron en el huevo todas las instituciones habidas y por haber –nunca mejor dicho–. Y entre todas la mataron y ella sola se murió.

Publicado en Polémica, n.º 44, enero 1991

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