Guerrilleros antifascistas. El misterio de Manuel Fernández Soto

Antonio TÉLLEZ SOLÁ

Manuel Fernández Soto

Manuel Fernández Soto

La actuación del guerrillero Manuel Fernández Soto (o Coronel Benito) en la lucha antifranquista en Galicia está todavía sumida en nubes de interrogantes. Los comunistas, poco prolijos en todo lo que a él se refiere, si lo mencionan es para acusarlo de traidor, de delator, de hombre peligroso; incluso se le atribuyen las peores acciones en fechas posteriores a su muerte en 1949, desaparición que, por lo que sabemos, nunca ha sido reconocida por los «suyos». Este pertinaz silencio sobre un destacado guerrillero, que ocupó cargos de mucha responsabilidad, hace que su nombre sea generalmente ignorado en las «historias» sobre la lucha armada contra el régimen franquista.

Manuel Fernández Soto nació en Mugardos (La Coruña) en 1902. Al estallar la sublevación militar en julio de 1936, Manuel pertenecía a la tripulación del viejo acorazado Jaime I, que el día 18 zarpó de Santander y entró en Vigo el día 19 para carbonear. Su comandante, el capitán de navío Joaquín García del Valle, solicitado por las fuerzas del ejército de la plaza, se negó a secundar lo que se dio en llamar el Alzamiento. El Jaime I se hizo a la mar en las primeras horas del 20 de julio y cuando el buque doblaba el cabo de San Vicente, el tercer comandante y otros oficiales se sublevaron, pero la marinería, a su vez, se contrasublevó y después de dura lucha consiguió la victoria, que fue comunicada a Madrid, y el navío prosiguió rumbo a Tánger.

El 17 de junio de 1937, la explosión de su santabárbara hundió el Jaime I en Cartagena, y, aunque más tarde fue puesto a flote, ya no volvió a navegar. En la catástrofe murieron unos 300 hombres de su dotación. Nunca se supo si fue un accidente o un sabotaje.

Después de la guerra civil, Manuel fue a parar al puerto tunecino de Bizerta y desde allí embarcó hacia la URSS. Durante la Segunda Guerra Mundial luchó en la retaguardia del ejército alemán como francotirador. En 1945 regresó como un héroe a la Unión Soviética y luego fue a proseguir la lucha en España como guerrillero.

Según F. Aguado Sánchez (El maquis en España), Manuel llegó a Galicia junto con Antonio Seoane Sánchez y José Gómez Gayoso, a finales de 1945. Antonio y José fueron detenidos y ejecutados en La Coruña el 6 de noviembre de 1948. Citamos esta fecha de llegada a España, a falta de otra mejor, sin gran convencimiento, ya que todo permite suponer que su llegada fue posterior.

El mismo autor señala que «el 22 de junio (1949), en Peña Primera, del término de Bóveda (Lugo) era cazado el Coronel Benito con dos de sus incondicionales. Su eliminación trajo consigo el desmantelamiento total del PCE tanto en la provincia de Orense como en la de Lugo».

La muerte de Manuel parece quedar desmentida por el testimonio del guerrillero Francisco Rey Balbis (O Moncho), publicado por Andrés Sorel en Guerrilla española del Siglo XX (p. 101).

«Manuel Soto es quien se opone a la política del Partido. Discute con José Pedreira, fiel a las consignas del mismo. Lo mata de un tiro. Soto tenía ideas nuevas. Ha ordenado uniformar a todos los guerrilleros. Graduó a los jefes y comisarios. El mismo se ha autointitulado general. Quiere formar un verdadero ejército. Se distancia del pueblo, cual si nosotros fuéramos gente superior y éste debiera servirnos y obedecernos ciegamente. Malos tiempos realmente para la guerrilla. Después de tantas muertes… Y buenos para el enemigo, que facilitaba su búsqueda gracias a nuestros uniformes. Mientras, Soto sigue hablando y hablando de un auténtico ejército militar… Aquel hombre, Soto, al fin huyó, no sé dónde, huyó, si no…»

Por otra parte, en una carta de Santiago Carrillo del 23 de enero de 1950, dirigida a los «Guerrilleros de Galicia», publicada por F. Aguado en El maquis en sus documentos (p. 427-428) se dice:

«…teniendo en cuenta que Pepe ha sido denunciado por el traidor Soto […] Pepe debe evitar bajar a la ciudad, ya que su enemigo podría localizarlos fácilmente, si, como es de prever, el traidor Soto lo ha denunciado…»

He aquí, pues, sobre el controvertido Manuel Fernández Soto (O Coronel Benito), el testimonio directo del guerrillero gallego Mario Rodríguez Losada (O Pinche), que convivió algún tiempo con él y que testifica que fue asesinado por un Guardia Civil infiltrado:

—A primeros de 1949 tuve noticias de uno que llegó de la URSS. Su nombre era Manuel, pero todo el mundo lo llamaba Benito, a secas. Cuando se sublevaron los militares en España, él andaba en la marina. Después se marchó a la Unión Soviética y luchó como guerrillero en la retaguardia alemana. Me contó que, por aquel entonces, temía más a los perros amaestrados para darles caza que a los propios nazis.

»Era un verdadero activista, un tipo que luchaba y que no se andaba con historias. Cuando llegó a España, primero enlazó con los de La Coruña. Luego se fue a Orense y se metió en la casa de unas chicas que trabajaban en telégrafos, fascistas hasta la médula; se hizo novio de una y consiguió ponerlas de su parte. A él le interesaba muchísimo estar al corriente de los mensajes telegráficos.

»Primero nos mandó un enlace a Monforte, que por cierto se presentó en nombre de la Alianza Nacional de Fuerzas Democráticas (ANFD). Quería organizarnos y, si hacía falta, mandarnos gente de La Coruña. Yo le hice saber que teníamos puestos en todos los pueblos y que incluso nos sobraban hombres que no sabíamos dónde meter. Entonces me sugirió que, si era así, yo podría ir con mi partida a La Coruña. Yo le respondí que ¡Nanay!, que fuera él.

»Después ya llegó Benito personalmente y estuvo con nosotros tres días en A Póboa, un pueblecito de Lugo. Llegó con el tren y fue a esperarlo uno de nuestros enlaces, pues la estación quedaba a algo más de un kilómetro del pueblo. Le habíamos dicho que, para poder identificarlo, llevara un pañuelo atado en el cuello.

Con nosotros estuvo en las casas del pueblo y habló con los lugareños. Cada noche dormía en una casa distinta. Entonces andaba yo, entre otros, con Evaristo González Pérez (O Roces) y Roberto (O Pajarito) de la Rúa Petín, que terminó marchándose a Francia.

»Fue Benito quien se empeñó en bautizar las partidas de guerrilleros con nombres comunistas. Dijo “a partir de ahora sois destacamentos”. A uno le puso Santiago Carrillo, a otro Lister… al mío Pasionaria… Todo esto era puro cuento, pues, en realidad, no cambió nada de nada. Como que nosotros andábamos por los pueblos, parando en ellos, los “destacamentos” no podían tener más de cinco o seis hombres, y así y todo se necesitaban como mínimo dos casas, no se podían meter todos en una.

—¿Recibisteis entonces consignas de actuación? ¿Se os asignaron misiones concretas?

—Bueno… mira… Benito quería que cometiéramos atracos, y también algún sabotaje… pero sobre todo lo que le interesaba eran los atracos. Quería dinero, dinero; decía que el Partido necesitaba mucho dinero… Pretendía que cada “destacamento” aportara 15.000 pesetas por atraco, pero ¡je! yo me reí. No siempre sacábamos tal cantidad y era claro que no podíamos robar sólo para él, nosotros teníamos que sobrevivir.

—¿Os ayudó en algo el Partido? ¿Os facilitó, por ejemplo, metralletas, que era el arma más adecuada para vuestra actividad?

—¡Je, je, je! ¡Nada! A Benito tuve que darle yo una pistola. Las armas que tuvimos, siempre nos las agenciamos nosotros.

—¿y la munición?

—La munición y las bombas primero las conseguíamos de los que venían del frente. Unos nos las daban, a otros se les pagaba tres o cuatro pesetas por cada bala. Yo tenía una buena pila de cajas de munición. Todos mis amigos de antes de que andara fuixido, cuando llegaban de permiso me traían algo, me mandaban recao y yo iba a por ello. La munición que más abundaba entonces era la del 9 largo. Una vez me dieron cuatro bombas juntas ¡no veas lo orgulloso que yo andaba con ellas!

—¿Y la propaganda…?

—Eso dependía del secretario general de La Coruña. Nosotros mandábamos a por ella a una mujer (casi siempre fue una mujer) desde Trives o desde Lugo. Había estado sirviendo mucho tiempo en La Coruña e iba muy contenta porque al mismo tiempo se veía con un novio que había tenido allí. Era una mujer muy inteligente, listísima; cuando volvía llevaba todo el cuerpo forrado de propaganda. O Roces también se hizo novio de ella.

—¿Qué pasó con Benito?

—Me dijo: «Mira, Pinche, tendrás que volver a Trives, a tu zona, eres el más indicado porque tú conoces bien todo aquello. Aquí se quedarán Evaristo González Pérez (O Roces), Guillermo Morán García, fulano, zutano y menguano. Entonces, algunos caseros de allí le dijeron a Benito que si Roberto (El Pajarito) y yo nos marchábamos, ellos cerrarían las casas. Benito se puso hecho una fiera. No te pongas así, hombre —le dije— ten en cuenta que esta gente, sí, conoce a Roces, que ya estuvo aquí una vez conmigo, pero a los otros… no saben si son compañeros o no; tienen razón en ser desconfiados».

»Roces, es cierto, conocía aquella zona de O Barco, Monforte, A Póboa do Brollon, de cuando andaba conmigo. Ellos habían hecho polvo la zona de El Bierzo (León), todos sus puntos de apoyo y enlaces habían sido descubiertos, y ya me habían pedido con anterioridad que les dejara estar por allí. «¡Joder! —les había dicho— de manera que yo abro una zona virgen, que se puede andar por ella como dios, y ahora vosotros la queréis ocupar para descansar y yo… ¡me toco los c…!».

»Terminé por aceptar, aunque aquello era una locura. Ellos se quedaron allí. Yo me marché a Trives. Me acordaré siempre. Salimos una noche malísima, llovía a cántaros, y nosotros… ¡ale!, a Trives. Luego ocurrió la catástrofe que yo veía venir y que ya te contaré. Me marché muy cabreao, tan cabreao que ni tan siquiera escribí a Benito como habíamos convenido; tardé cerca de un mes en hacerlo.

»¡Ahl En aquella reunión también se acordó que el dinero conseguido dejaría de repartirse entre todos, como hacíamos hasta entonces. Se crearía un fondo común y cuando alguien necesitara alguna cosa, botas, un traje, etc., el dinero se sacaría del fondo. También aceptamos entregarle una parte, pues había que ayudarlo, pero nada de sumas fijas.

»Durante ese período fuimos a atracar a un recaudador de contribuciones que era de O Barco do Valdeorras. Lo esperamos por la parte de Viana do Bollo (Orense).

»La segunda reunión que tuve con Benito fue más importante. Llegó de Orense o de La Coruña, no sé exactamente. Se enviaron enlaces a los diversos “destacamentos” y todos los delegados nos reunimos en el pueblo de Albaredos, del ayuntamiento de Queiroga (Lugo). Allí nos juntamos unos 25 guerrilleros. La reunión se celebró en una mina abandonada, a la izquierda del camino que va a La Rúa. Las chicas del pueblo nos llevaban la comida del mediodía y, por la noche, cenábamos y dormíamos en el pueblo. Por la mañana, un poco antes del amanecer, salíamos hacia la mina. Estuvimos tres días y se armó la de dios.

»Fermín Segura, que había andado conmigo, había dicho a Roces y a Guillermo Morán que yo los había tratado de “cabrones”, que lo único que se merecían eran cuatro tiros, que si esto, que si lo otro. En la reunión, pues, Guillermo y Roces estaban cabreados contra mí, y además le habían contado a Benito que yo pensaba matarlos. Se armó una discusión de mil diablos pero yo aclaré que lo que yo tenía que decir ya se lo había dicho a ellos en la cara. Además les puntualicé que si se quedaron allí, en la zona de Monforte, cerca de Chavaga, fue porque a mí me dio la gana y ellos lo sabían perfectamente.

»La discusión fue subiendo de tono hasta que intervino Benito para cortarla: “Ya está bien —dijo—. ¡No quiero oír hablar más del asunto!”. Y no se habló más.

Mario Rodríguez Losada

Mario Rodríguez Losada

»Roces y yo fuimos a acompañar a Benito. Teníamos que cruzar obligatoriamente por un punto llamado Boca do Monte; el río Sil pasaba por debajo pero no se podía vadear porque estábamos en invierno y era ancho y llevaba mucho caudal. Al salir de Boca do Monte teníamos que subir una cuesta muy empinada para llegar a Montefurado, que es donde estaba la estación. Yo caminaba delante, con mi naranjero y Roces con Benito detrás. Como que soy alto, allí en la cuesta todavía parecía más grande y Benito quedó muy impresionado. Lo supe después por uno que llegó de La Coruña; parece ser que siempre hablaba de mí.

»Antes de llegar a Montefurado había un puesto bastante importante de Guardia Civil, pero tuvimos suerte, todo salió bien y se marchó a La Coruña.

»Yo ya me fui y Roces y los suyos siguieron por allí. Conmigo se quedó un tal Emilio, que era de La Coruña y había llegado con Benito. Estuvo conmigo … no sé, tres o cuatro meses; un día cogió la documentación de uno y se marchó por donde había venido. Antes de marchar, le insistí a Roces en las recomendaciones que ya les había hecho: que dejaran aquella zona independiente de las otras, que desde allí no salieran ni llegaran enlaces, que se las arreglaran como pudieran, pero que no relacionaran aquella zona con la mía ni con ninguna.

»Pero todo fue inútil. Yo ya sabía que Fermín Segura, que se había quedado con Roces, había mandado a su novia, que era una chica de la casa donde paraba en Chavaga, varias veces al pueblo de Albaredos y, cuando cayó aquello, la detuvieron y cantó inmediatamente que nosotros parábamos en Albaredos, con lo cual nos detuvieron a dos chicos solteros del pueblo, Julio y Emilio, y los asesinaron; les aplicaron la ley de fugas.

»Más tarde, estando yo en Monforte, después de la exterminación de la partida de Roces en el mes de abril (1949) —que te tengo que contar—, sería pues en el mes de junio, se presentó por allí un fulano que nadie conocía y que hacía averiguaciones para entrar en contacto con los guerrilleros de la zona, hasta que logró dar con un enlace en Toiriz (Lugo), entre Monforte y Chantada, un tal Garrido, que era farmacéutico, y éste metió la pata pues dio las indicaciones necesarias. Gracias a su astucia, aquel tipo recorrió con las partidas el sudoeste de Lugo, con lo cual conoció puntos de apoyo y enlaces.

»Cuando Benito se enteró del caso, sospechó inmediatamente que aquel sujeto no era trigo limpio, pues decía que había llegado de Francia para reforzar la guerrilla gallega y, de ser cierto, el comité de La Coruña hubiera informado de ello.

»Benito decidió ir a buscarlo para interrogarlo a fondo y aclarar el caso. Yo tenía que ir con él, pero a último momento tuve que desplazarme a Trives para un asunto urgente y le hice saber que no podía contar conmigo en aquel momento.

»Así, pues, Benito, un tal Elías López Armesto y otro llamado El Pájaro, fueron a por él. Pero el fulano, por lo visto, tenía su papel bien estudiado y se lió a hablar, hablar y hablar y, tan bien lo hizo, que llegó a convencer a los tres que habían ido para liquidarlo. Lo cierto es que, a pesar de todo, se confiaron demasiado. El tipo aprovechó una buena oportunidad cuando Benito se estaba afeitando tranquilamente, El Pájaro quitándose las botas, y Elías haciendo sus necesidades o no sé qué, para apoderarse de una metralleta y matar a dos. Elías pudo escapar gravemente herido y antes de morir tuvo fuerzas para escribir en un papel lo que había ocurrido, papel que un pastor encontró junto a su cadáver y que luego nos entregó.

»Eso ocurrió cerca de Remesar, a unos kilómetros al noroeste de Bóveda (Lugo), en un xestedo (retamal).

»Aquel fulano, que al parecer era un coronel de la Guardia Civil, desapareció de allí para siempre, lo cual no impidió que las informaciones que él pudo reunir durante su permanencia con los guerrilleros permitieran asestar duros golpes a los luchadores antifranquistas en el triángulo Monforte de Lemos-A Póboa de Brollon-Bóveda.

Publicado en Polémica, n.º 30, diciembre 1987

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