El suicidio de la ballena. Las crisis del Movimiento Libertario Español

José PEIRATS

AIT-1En el número 19 de Polémica se publicó un artículo de Lorenzo Iñigo con título aproximado al que encabeza éste mío. No me propongo apostillarlo. Pero va a servirme de liebre para ampliar el análisis en profundidad. Lo más que permitan mi experiencia directa y el conocimiento de lo que no he vivido. Mi memoria, dada mi avanzada edad, es un desastre pala las cosas inmediatas. En cuanto al pasado, la reputo óptima. Haré lo posible para no utilizar documentos. Habiendo hecho almoneda de textos fundamentales en ocasión de un trasplante, mi pequeño cajón de sastre me servirá de asidero pala poder salir del paso. Siendo la CNT un episodio de la historia general del Movimiento Libertario Español (MLE), orillaré, de momento, el triste acontecimiento de su 75 aniversario. Partamos, pues, de la matriz en que nos gestamos: la Federación Regional Española (FRE). Tras el paso fructuoso de un emisario de Miguel Bakunin por Barcelona y Madrid reciente la revolución política de 1868, se produjo un amago de crisis entre González Morago y Francisco Mora, ambos, con Anselmo Lorenzo, trípode del Consejo general. ¿Incompatibilidad de caracteres? ¿Trasfondo ideológico? Lo primero, con frecuencia, engendra lo segundo o lo abulta. Morago, cultísimo, pero algo extravagante (empezó por no acudir a la reunión que él mismo había convocado para escuchar la buena palabra, en un español macarrónico, de Giuseppe Fanelli); Mora, elemento responsable, inteligente aunque con poco calaje ideológico; Lorenzo, abierto, leído, moderador, catalizante. Sus impresiones de la Conferencia internacional de Londres (1871), entre otras, dicen más o menos lo siguiente: «Si lo que allí se dijo de Bakunin es cierto, éste es un infame; lo serían sus acusadores de tratarse de una vil calumnia. No hay vuelta de hoja». Pero la pugna a dúo en la cumbre de la FRE prosigue y el diablo aprovecha para meter la pezuña. La revolución de septiembre (La Gloriosa) ha sorprendido a los vigías Marx y Engels encastillados en el Consejo General de Londres. A Marx le ha fallado su erudición. Tal vez por la impresión mediocre que de España, justa o inmerecida, en el extranjero se tiene. En el espectroscopio marxista (materialismo dialéctico) las cosas ocurren como en una película. Está todavía en boga el progreso rectilíneo resultado del evolucionismo darwinista o neo. El aditivo que asume el marxismo se debe tal vez (hegelismo aparte) a haber descubierto fallas en la teoría madre. La afinidad de los contrarios haría tal vez de calzador para meter un pie demasiado ancho en una bota rebelde. ¿Se había truncado la cinta de la película? Los bakuninistas también tenían su western. Muerto el villano Estado, casábanse el chico y la chica, eran felices y comían perdices. Otra de las reminiscencias era la revolución finalista a la vuelta de la esquina, advenimiento también calculable como la órbita de los otros. Pero los bakuninistas habían articulado una filosofía social originalísima: su fe en la libertad y el descubrimiento de su infausta contraria. La antinomia del autoritarismo táctico; la teología del estatismo con aditivos pintorescos, ahora macabros. La trocha dialéctica, científica hacia la liberación. Aparentemente lo mismo. Pero no se pueden confundir los medios con los fines. Cada oveja con su pareja. Sin perder la esperanza en la libertad; sin usar la marcha del cangrejo, se interroga uno fríamente sobre lo que llamaría Nettlau más tarde la continuity de la historia, o tentación contrarrevolucionaria de la revolución. Los propios naturalistas, tras la derrota de la herencia de lo adquirido, se planteaban si revolución y regresión biológica no eran dos fases del mismo fenómeno. Esto haría meditar a Enrique Lluria, de vivir ahora, sobre su tesis La evolución superorgánica, libro publicado bajo lo auspicios de la Escuela Moderna con un soberbio prólogo de Ramón y Cajal, de lo mejor que ha leído uno en prólogos en sus tiempos mozos. Se arruinaría la teoría revolucionaria si otro gran bakuninista no nos hubiera enriquecido con su anarquismo voluntarista, no científico por perder la ciencia su brújula al traspasar el dintel de la psicología humana; no fatalista, pues hasta los teólogos más acérrimos echan de lado el destino al ver peligrar los nada escolásticos intereses de la multinacional en que operan. Nadie es fatalista pie a tierra. Ni los investigadores fuera del laboratorio; ni los físicos fuera de sus antros de brujería moderna; ni los médicos luchando a brazo partido con el microbio, criatura del destino, en el supuesto que en la hora suprema no se peguen como oblea al santísimo sacramento. El tándem Marx-Engels, encadenados –y volvemos a las andadas– a los prejuicios intelectuales y, también, a los apetitos autoritarios, tampoco cree en el fallo inapelable del destino dialéctico a la hora de valorar sus intereses políticos de tejas abajo. Quedaron Marx y Engels perplejos ante las consecuencias sociales de la revolución política de septiembre. Y al advertir el fallo forzó la marcha el alter ego. En su panfleto «Los bakuninistas en acción», se afirma enfáticamente que entre el Cantón murciano y los acontecimientos de Alcoy se saboteó la pieza clave de un régimen democrático burgués. Marx estaría escribiendo un libro, si ya no lo había hecho, recriminatorio para con los communards sacrificados por no haber establecido la dictadura del proletariado. Marx se fijo en España cuando Bakunin, menos científico y más intuitivo, se le había adelantado en nuestro país más de un cuerpo de caballo. A causa del baño de sangre en París, se plantó Lafargue en Madrid con su esposa, Laura Marx. Esta había dejado una imagen imborrable en el entonces joven y romántico Anselmo Lorenzo. Lafargue cumplió impecablemente su cometido. Lo primero fue tantear a Pi y Margall sobre la fundación de un partido político obrero. Don Francisco declinó aduciendo que los internacionalistas españoles no querían saber de su propio partido. Sin embargo, el Partido Federal había sido el caldo de cultivo del anarquismo en Cataluña, y otras partes de España. Bien es cierto que Pi y Margall, en sus exilios en Francia había sucumbido a las seducciones de Proudhon, a quien tradujo al castellano adicionando elementos del federalismo español medieval. Lafargue volvióse entonces hacia el Consejo federal de la FRE, cuyo nuevo fracaso le obligó a una maniobra más sutil. Actuaba entonces en Londres, como secretario de las relaciones españolas, Federico Engels, con el que cambiaba relaciones clandestinas Lafargue. En el epistolario de ambos, publicado en Francia, se pueden leer las instrucciones de «El Capitán», que así se firmaba Engels a los efectos epistolares con su corresponsal madrileño. La nueva táctica consistió en tantear la solidez moral de los hombres del Consejo federal, y uno de los primeros en corresponder parece fue Francisco Mora. El dispositivo de ataque a la FRE fue entonces la denuncia pública de la doble militancia a la ilegal Alianza de la Democracia Socialista que lideraba en Suiza el Entorno de Bakunin. Todos o casi todos los componentes del Consejo federal de la FRE pertenecían a la Alianza, incluso el recién llegado Pablo Iglesias. Y aquí una pregunta: ¿cómo puede pasar Pablo Iglesias por fundador del Partido Socialista Español, un neófito, por no decir un segundón, y no Francisco Mora, quien promocionado por Lafargue y ayudado por José Mesa (el único intelectual del grupo disidente) puso la primera piedra del PSOE, que no lo fue oficialmente hasta después de una larga y penosa marcha de travesía del desierto? ¿Hizo Iglesias de Moisés? Hay, pues, el contencioso de una denuncia pública, por la serpiente bíblica, de los clandestinos de la Alianza, con posibles repercusiones policiales. La respuesta fue la expulsión de los considerados delatores, que no reconoció Londres sino que albergó y, de ahí, el cisma. A Marx-Engels les sentó la crisis (que ellos mismos habían fomentado) como un guante. Con vistas al próximo congreso universal, desencadenaron la guerra contra el hombre que más temían, odiaban y deseaban aniquilar: Miguel Bakunin. En el congreso de La Haya (1872) hubo una delegación española doble: la oficial y la representada por Lafargue con la bendición de «El Capitán». Al decir de los bakuninistas, este congreso tomó resoluciones mediante una mayoría prefabricada, la cual expulsó a Bakunin y expidió el Consejo general a la tumba de Nueva York. Este «AIT-pudras» parece demostración patente de que sin representaciones prefabricadas, el tándem y sus allegados hubieran sido incapaces de sostener a la organización internacional. De haber podido sostenerla no hubieran recurrido al suicidio de la ballena. Proseguiremos, si es posible… Publicado en Polémica, n.º 20, enero 1986

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