Errico Malatesta

Ricardo MESTRE

Malatesta

Malatesta

En la forja de las grandes personalidades de la historia, se reúnen elementos y circunstancias distintas. A veces, en virtud de situaciones interinas y de circunstancias de violencia, brillan, en primer plano, quienes lógicamente no deberían figurar en el firmamento del intelecto y de la docencia, mientras viven completamente apagados los que tienen un valor permanente y universal. Este es el caso de la figura que hoy nos atrevemos a siluetear.

Entre los hombres nacidos al calor de la Primera Internacional Obrera, destacan con matices distintos, pero con características similares, Bakunin y nuestro biografiado, Errico Malatesta. Los dos tenían una enorme capacidad de trabajo y un cerebro perfectamente preparado para las labores intelectuales, pero los dos consumieron su larga existencia en la fiebre de la acción, y no porque no sintieran el deseo de expresar en letras de molde sus ideas; Malatesta, había manifestado el deseo de intentar añadir un eslabón más en la cadena teórica iniciada por Bakunin y continuada por Kropotkin. No llegó nunca a realizar de una manera ordenada su obra. La dejó esparcida en revistas, publicaciones y correspondencia durante 70 años. Trabajos completamente terminados, sólo recordamos tres y los tres de divulgación popular de su pensamiento: Entre campesinos, En el café y Anarquía.

Malatesta vivió intensamente un período histórico de grandes conmociones. Nacido el 14 de diciembre de 1853, desaparecía del mundo de los vivos el 22 de julio de 1932, cuando Italia pasaba por una de las etapas más terribles de su existencia. Temperamento rebelde dejó, a los cuatro años de iniciados, sus estudios de medicina para aprender un oficio manual. A los 14 años es arrestado, por primera vez, por haber publicado una carta amenazadora contra el rey Víctor Manuel II.

Muchos años hace que dejó de existir esta poderosa personalidad; este hombre de excepcionales condiciones morales e intelectuales; esta figura que había hecho de su vida un ejemplo y cuya actuación detallada constituiría la historia épica más conmovedora que se haya podido escribir. Personaje de leyenda, calificado de utópico y soñador, al analizar sus ideas, hoy vemos que pocos han sabido prever con tanto sentido práctico la dirección de los acontecimientos mundiales de nuestra época. En 1919 prologaba un libro de otra gran figura del socialismo libertario, Luigi Fabbri, del que entresacamos estas frases:

Quizá la verdad sea simplemente ésta: que nuestros amigos bolchevizantes entienden, con la expresión “dictadura del proletariado”, simplemente el hecho revolucionario de los trabajadores que toman posesión de la tierra y de los instrumentos del trabajo y tratan de construir una sociedad, organizar un género de vida en el que no haya lugar para una clase que explote y oprima a los productores.

Entendida así la “dictadura del proletariado” sería el poder efectivo de todos los trabajadores dirigido a la destrucción de la sociedad capitalista y se convertiría en la anarquía apenas cesara la resistencia reaccionaria y nadie más pretendiera obligar por la fuerza a las masas a obedecer y trabajar para otros. Y entonces nuestro disentimiento no sería más que una cuestión de palabras. Dictadura del proletariado significaría dictadura de todos; es decir, no sería ya dictadura, como gobierno de todos no es ya gobierno, en el sentido autoritario, histórico y práctico de la palabra.

Pero los partidarios verdaderos de la “dictadura del proletariado” no lo entienden así, y esto lo evidencian perfectamente en Rusia. El proletariado, naturalmente, entra en ella como entra el pueblo en los regímenes democráticos, esto es, simplemente, para esconder la esencia real de las cosas. En realidad se trata de la dictadura de un partido o, más bien, de los jefes de un partido; y es una dictadura verdadera y propia, con sus decretos, con sus sanciones penales, con sus agentes ejecutivos y, sobre todo, con su fuerza armada, que sirve hoy también para defender la revolución de sus enemigos externos, pero que servirá mañana para imponer a los trabajadores la voluntad de los dictadores, detener la revolución, consolidar los nuevos intereses que se han ido constituyendo y defender contra las masas una nueva clase privilegiada.

También el general Bonaparte sirvió para defender la revolución francesa contra la reacción europea, pero al defenderla, la ahogó. Lenin, Trotsky y sus compañeros son, seguramente, revolucionarios sinceros, dentro de la forma en que entienden la revolución, y no traicionarán; pero preparan los cuadros gubernamentales que servirán a los que vengan después para aprovecharse de la revolución y matarla. Serán las primeras víctimas de su método y con ellos, me temo, caerá la revolución. Es la historia que se repite: mutatis mutandis; es la dictadura de Robespierre, que lleva a Robespierre a la guillotina y prepara el camino a Napoleón.

Estas son mis ideas generales sobre los asuntos de Rusia. En cuanto a los detalles, las noticias que tenemos son todavía demasiado variables y contradictorias para poder arriesgar un juicio.

Puede suceder también que muchas cosas que nos parecen malas sean el fruto de la situación y que en las circunstancias especiales de Rusia no hubiera sido posible obrar diversamente de como se hizo. Es mejor esperar, tanto más cuanto que lo que nosotros digamos no puede tener influencia alguna sobre el desarrollo de los sucesos en Rusia y podría en Italia ser mal interpretado y dar a entender que nos hacemos eco de las calumnias interesadas de la reacción.

Lo importante es lo que nosotros debemos hacer, pero permanezcamos siempre allí; yo estoy lejos yen la imposibilidad de cumplir mi tarea…

¿Quién podría actualmente, al leer estas líneas, tachar de utopista a Malatesta? ¿A qué persona honesta y de pensamiento socialista le queda hoy alguna duda sobre el significado de la «dictadura del proletariado»? «Esta es la historia que se repite: mutatis mutandis; es la dictadura de Robespierre que llevó a Robespierre a la guillotina y preparó el camino a Napoleón». Cómo debieron sonreírse Trotsky, Lenin y la mayoría del equipo bolchevique al leer en su época estas palabras de Malatesta. Ninguno ce ellos ha escapado a la maquinaria totalitaria que crearon. Un personaje de segundo plano es hoy la primera figura.

A pesar de las victorias militares de los rusos, no creemos justo el paralelo de Stalin con Napoleón, pero el medio ambiente, la situación, las circunstancias históricas, todo el decorado, todo el aparato que se necesita para que surja, está ya maduro. En Rusia, de momento, surgió el grupo que se encargó de enterrar al socialismo.

De cosas nacen cosas

Para Malatesta era un crimen la inactividad. Había que hacer algo siempre. Actuar, iniciar, secundar e intervenir en cualquier movimiento popular de tipo progresista. «De cosas nacen cosas», repetía constantemente y él no paraba ni un solo instante para demostrar el valor del axioma. Nunca, a pesar de su gran capacidad de acción, se sintió cansado. Nunca dejó de formar en la primera línea de cualquier hecho revolucionario, procurando despertar el sentido de responsabilidad de las gentes, haciendo que intervinieran activamente en la realización de las cosas.

No tenía el concepto brutal y estridente de algunos pseudo revolucionarios. Siendo una cabeza privilegiada, no se consideraba nada más que un hombre de fila. No creía en la revolución del odio; admitía la violencia como reacción natural a la violencia organizada; no daba a la violencia ningún valor constructivo. Expresaba sus ideas sobre esto con la claridad en él acostumbrada, como se puede apreciar en el siguiente párrafo:

La revolución brutal se producirá, ciertamente, y podrá servir incluso para dar el golpe de gracia, el último empujón para echar por tierra el sistema actual; pero si no encuentra el contrapeso en los revolucionarios que obran por un ideal, tal revolución se devorará a sí misma. El odio no produce el amor, y con el odio no se renueva el mundo. y la revolución del odio fracasaría completamente o bien instalaría una nueva opresión que podría incluso llamarse anarquista, como se llaman liberales los gobernantes de hoy, pero que por eso no sería una opresión menor ni dejaría de producir los efectos que produce toda opresión.

Tampoco, a pesar de su aversión a la exaltación del odio, caía en el otro extremo. Definía perfectamente su término medio. Ni terroristas, ni tolstoianos, y lo definía de manera que no dejaba lugar a dudas:

Es curioso observar cómo los terroristas y los tolstoianos, precisamente porque unos y otros son místicos, llegan a consecuencias prácticas casi iguales. Aquéllos no vacilarían en destruir media humanidad, siempre que triunfase la idea; éstos dejarían que toda la humanidad quedase bajo el peso de los más grandes sufrimientos antes que violar un principio. Por mi parte violaría todos los principios del mundo con tal de salvar a un hombre; lo que, por lo demás, sería respetar el principio, pues, según mi opinión, todos los principios morales y sociales se reducen a éste solo: el bien de los hombres, de todos los hombres.

Fue partidario decidido de la organización, teniendo polémicas violentas con los elementos individualistas, enemigos de la misma. A consecuencia de ello en Paterson, New Jersey, USA, fue herido por un exaltado, oponiéndose Malatesta a que se convirtiera aquel acto en bandera que acentuara las divisiones.

El terror revolucionario

Insistiendo sobre el terrorismo, expresaba sus ideas de la siguiente forma:

Vano y, peor que vano, criminal, es el llamado terror revolucionario. Ciertamente es tan grande el odio, el justo odio, que los oprimidos incuban en su alma; son tantas las infamias cometidas por los gobiernos y por los señores; son tantos los ejemplos de ferocidad que vienen de lo alto, tanto el desprecio a la vida y a los sufrimientos humanos que demuestran las clases dominantes, que no hay que maravillarse si en un acto de revolución la venganza popular estalla terrible e inexorable. No nos escandalizaremos y no trataremos de frenarla sino con la propaganda, pues quererla frenar de otro modo llevaría a la reacción. Pero es cierto, según nosotros, que el terror es un peligro y no una garantía de éxito para la revolución. El terror, en general, hiere a los menos responsables; valoriza los peores elementos, aquellos mismos que habrían hecho de esbirros y de verdugos bajo el viejo régimen y son felices de desahogar en nombre de la revolución sus malos instintos y satisfacer sórdidos intereses.

Y esto si se trata del terror popular ejercido directamente por las masas contra sus opresores. Pues si el terror hubiese de ser organizado desde un centro oficial por orden del gobierno, por medio de la policía y de los tribunales llamados revolucionarios, entonces sería el medio más seguro para matar la revolución y sería ejercido, más que en daño de los reaccionarios, contra los amantes de la libertad que resistiesen las órdenes del nuevo gobierno y ofendiesen los intereses de los nuevos. privilegiados… Vanas son las medidas de policía; pueden muy bien servir para oprimir, pero no servirán nunca para libertar… A la defensa, al triunfo de la revolución se atiende interesando a todos en su éxito, respetando la libertad de todos y quitando a quienquiera que sea, no sólo el derecho, sino la posibilidad de explotar el trabajo ajeno…, poniendo a todos, a todos los hombres válidos, en la imposibilidad de vivir sin trabajar.

EI odio y el deseo de venganza son sentimientos irrefrenables que la opresión despierta y alimenta naturalmente; pero si pueden representar una fuerza útil para sacudir el yugo, son luego una fuerza negativa cuando se trata de sustituir la opresión, no por una opresión nueva, sino por la libertad y la fraternidad entre los hombres. y por eso debemos esforzarnos por suscitar aquellos sentimientos superiores que toman la energía en el ferviente amor al bien, aun guardándonos de romper el ímpetu, hecho de factores buenos y malos, necesario para vencer. Dejemos que la masa obre como la pasión le indique, si para orientarla mejor hiciese falta ponerle un freno, que se traduciría en una nueva tiranía; pero recordemos siempre que los anarquistas no podemos ni ser vengadores ni justicieros. Nosotros queremos ser libertadores y debemos obrar como tales por medio de la práctica y del ejemplo. La fe en el terror es un prejuicio corriente en ciertos ambientes revolucionarios, que tiene origen en la retórica y en las falsificaciones históricas de los apologistas de la gran Revolución francesa y que ha sido vigorizada en estos últimos años por la propaganda de los bolcheviques. Pero la verdad es propiamente lo opuesto. El terror ha sido siempre instrumento de tiranía… Los que creen en la eficacia revolucionaria, libertadora, de la represión y de la ferocidad tienen la misma mentalidad atrasada de los juristas, que creen que se puede evitar el delito y moralizar al mundo por medio de penas severas.

EI terror, como la guerra, despierta los sentimientos atávicos belicosos todavía mal encubiertos por un barniz de civilización y eleva a los primeros puestos a los peores elementos del pueblo. Y, más bien que para defender la revolución, sirve para desacreditarla, para hacerla odiosa a las masas y, después de un período de luchas feroces, culmina necesariamente en lo que hoy se llamaría normalidad, es decir, la legalización perpetua de la tiranía. Venza una parte u otra, se llega a la constitución de un gobierno fuerte, que asegura a unos la paz a expensas de la libertad y a los otros el dominio sin excesivos peligros.

Los juicios anteriores tienen una actualidad extraordinaria. Al final de la última guerra mundial, en diversas partes del mundo se produjeron hechos de tipo revolucionario y socialista. Y hubiera sido conveniente que las minorías activas y más conscientes que intervinieron en estos hechos hubieran tenido un concepto claro de la eficacia o ineficacia del terror. Y no estaría mal que lo tuvieran en cuenta algunos de nuestros amigos, que aún ven el futuro español como una solución apocalíptica. Malatesta expresó sus puntos de vista de una manera tan clara y contundente que obliga a reconocer que el terror, en nombre del pueblo, perjudica los objetivos e ideales perseguidos.

El robo para la propaganda

Entre los grupos distintos del socialismo internacional se consideró en determinados momentos justificado cualquier medio para llegar a conseguir lo que se deseaba. Una serie de robos, algunos de ellos de resonancia universal por su aparatosidad, fueron realizados por elementos que se llamaban anarquistas. Otros, por la minoría del Partido Social Demócrata Ruso, conocido con el nombre de Partido Bolchevique. Con relación a este procedimiento táctico para adquirir medios económicos para la propaganda, Malatesta se expresaba muy claramente:

El método ha sido predicado en varios países y en diferentes épocas practicado por grupos anarquistas especiales; pero siempre ha dado frutos desastrosos… El dinero corrompe, y corrompe también la necesidad de esconder el propio ser, de fingir, de engañar, de adoptar aquellas artes necesarias al ladrón si no se quiere ir a la cárcel como un imbécil. ¡Cuántos jóvenes generosos, cuántas bellas naturalezas se han consumido por esa fantasía de robar para la propaganda! Se comienza por buscar la compañía de los ladrones de oficio, porque también el robo es un oficio que hay que aprender. Se pierde el hábito y la voluntad de trabajar y, por tanto, del producto del robo hay que deducir la cuota para alimentar al ladrón; a la propaganda va lo que queda, si queda algo. y con el hábito de no trabajar viene el gusto de lujo y de la orgía y se acaba por olvidar las ideas, la propaganda, los principios y se vuelve uno un ladrón vulgar…

Los mejores, aquellos que consiguen salvarse de la peor decadencia moral, son los que se dejan atrapar al comienzo de la carrera y van al presidio antes de haberse corrompido completamente. Puede haber excepciones individuales; yo mismo las podría citar si el argumento no fuese tan delicado. Pero lo cierto es que en todos los ambientes en que ha sido admitido el hurto para la propaganda han entrado la corrupción, la desconfianza entre los compañeros, la maledicencia, la sospecha y, por tanto, la inercia y la disolución… No; mejor la penuria de medios, mejor el céntimo dado y recogido con esfuerzo que da al trabajador el orgullo de concurrir con el propio esfuerzo a la obra común, antes que, por la esperanza casi siempre ilusoria de la gran suma, correr el riesgo de ver corromperse y desaparecer algunos entre los compañeros más enérgicos y más emprendedores.

Un concepto de la moral

Aunque su vida estaba enmarcada en una conducta moral sin discusión, no consideraba posible, ni conveniente, exigir a los compañeros de lucha, ni a ningún hombre, la perfección. Huía de estos puritanos verbales que con machacona insistencia exigen de los demás lo que no son capaces de realizar. Consideraba que el medio ambiente influye extraordinariamente en el comportamiento de los hombres. Pero consideraba que la posición del anarquista es luchar contra esta influencia del medio y poner la máxima voluntad en su transformación en medio favorable para la bondad y el bienestar de los hombres. Decía al respecto:

Naturalmente se trata de más o menos, porque nadie puede ponerse completamente fuera y contra el ambiente; pero el que, con la excusa del ambiente, hace todo el mal que el ambiente comporta y no realiza ningún esfuerzo para mejorarse y mejorar al que está en su contacto, no puede ser anarquista ni hombre que aspira a un progreso cualquiera. Y aquellos a quienes el ambiente ha corrompido completamente hasta convertirlos en instrumentos de los opresores y delincuentes sin escrúpulos o en esclavos embrutecidos incapaces de toda rebelión, podemos compadecerlos, y trabajar también en su redención, pero no podremos ciertamente considerarlos de los nuestros. Sin embargo, ningún puritanismo excesivo, ninguna pretensión de encontrar hombres perfectos (nosotros mismos estamos bien lejos de la perfección); pero tampoco la idea absurda de abrir los brazos a todos y hacer del anarquismo el receptáculo de todos los desperdicios y la bandera que sirve para cubrir toda mercancía averiada.

Una lección a los patriotas

A los nacionalistas y patrioteros que justifican las agresiones colectivas en nombre de la patria los aleccionaba de la siguiente manera:

«Hay quienes justifican la guerra con el patriotismo. Pero, ¿en qué consiste propiamente el patriotismo? El amor al lugar donde hemos sido criados, donde hemos recibido las caricias maternas; donde, siendo niños, jugábamos con los niños, y ya jovencitos conquistamos el primer beso de una muchacha amada; la preferencia por la lengua que comprendemos mejor y, por tanto, las más íntimas relaciones con los que la hablan, son hechos naturales y benéficos. Benéficos, porque mientras encienden el corazón con más vivas palpitaciones y estrechan más sólidos vínculos de solidaridad en los diversos grupos humanos y favorecen la originalidad de los diversos tipos, no hacen mal a nadie y no obstruyen, sino que favorecen el progreso general. Y si les disteis preferencia y no ciegan ante los méritos ajenos y ante los propios defectos; si no os hacen despreciativos de una más vasta cultura y de más amplias relaciones; si no inspiran una vanidad y una petulancia ridículas que hacen creer que se vale más que otro porque se ha nacido a la sombra de determinado campanario yen ciertos límites, entonces pueden ser elemento necesario en la evolución futura de la humanidad. Pues, abolidas casi las distancias por los progresos de la mecánica, abolidos por la libertad de los obstáculos políticos, abolidos por la comodidad general los obstáculos económicos, son la mejor garantía contra la rápida afluencia de masas enormes de emigrados hacia los lugares más favorecidos por la naturaleza o mejor preparados por el trabajo de las generaciones pasadas; cosa que crearía un grave peligro para el pacífico progreso de la civilización»

Malatesta, que físicamente era una insignificancia, ejercía en todos una influencia avasalladora. Tenía una gran simpatía personal. Gendarmes, carceleros, jueces, trabajadores, hombres de ciencia, todos los que por cualquier causa establecían contacto directo con él quedaban prendados en aquella aureola de dignidad y con aquella capacidad de convicción. No fueron pocos los que por este contacto llegaron a militar en el movimiento anarquista internacional. Malatesta, por sus persecuciones y sus afanes proselitistas, recorrió medio mundo. Hablaba y escribía el francés y el español como su propia lengua, y con bastante perfección el inglés. Leía el alemán y el esperanto. Sus actividades, allá por los años 1891 y 1892, lo llevaron a España, haciendo una gran labor en pro de sus ideas en Barcelona, Madrid y Andalucía.

En 1914, cuando la Primera Guerra Mundial, no se olvidó, ni por un solo instante, de que el socialismo era idea fundamentalmente universal y discrepó públicamente de aquéllos, sus más íntimos amigos, que olvidaron lo básico de las ideas, tomando actitudes al lado de alguno de los beligerantes. Más tarde, cuando Italia, por sus contradicciones internas y por la influencia extraordinaria que ejerció en el mundo la revolución rusa, parecía estar en condiciones de realizaciones socialistas auténticas, Malatesta y las gentes que actuaban en las organizaciones libertarias italianas señalaron claramente a los trabajadores el único camino para realizar su liberación.

Cuando, en virtud del conflicto de los metalúrgicos, los trabajadores italianos se apoderan de las fábricas, son Malatesta y sus amigos los que no se cansan de indicar que la toma de los elementos de producción y de distribución, sin la destrucción del aparato de represión del Estado, conduciría al fracaso del movimiento. Desgraciadamente los anarquistas italianos tuvieron razón. La reacción ante la solución reformista que impusieron los socialdemócratas cobró vuelos. Poco tiempo después de aquella victoria a lo Pirro, el histrión Mussolini y su banda de asesinos tomaban el Poder con la complicidad de la monarquía, para intentar liquidar definitivamente toda sombra de espíritu liberal en el pueblo italiano.

Malatesta, a pesar de la violencia fascista, continúa trabajando, trabajando para ganarse la vida y trabajando por sus ideales. Era tal su fuerza moral, que ni el mismo Mussolini se atrevió a realizar una agresión directa contra aquella noble figura. Se conformó con aislarlo. Molestó continuamente a todo aquel que, por lo que fuera, se le acercara. Intentó calumniarlo, insinuando. concomitancias de Malatesta con conservadores y monárquicos adversarios del fascismo. A esto. respondió públicamente, y en la propia Italia, de manera que no dejaba lugar a dudas. Sus juicios sobre los conservadores y sobre los fascistas son definitivos. Ahí va la muestra:

Hay diferencia entre los conservadores del género Albertini y los fascistas. Aquéllos son reaccionarios de raza, defensores conscientes e inteligentes del orden burgués vigente, que no quieren tocar, sino para consolidarlo, un organismo estatal enteramente orientado hacia la protección de los privilegios sociales. Son capaces de todo: desde las leyes liberticidas… a los estados de sitio… a las matanzas… Pero están dotados del sentido del límite, que les hace ajenos a ciertos excesos que se vuelven dañinos para su causa… Son generalmente, en la vida ordinaria, personas educadas y corteses, y pueden ser también objetivamente honestas… Los fascistas, en cambio, salvo las debidas excepciones individuales, son soldados de aventura… tránsfugas de todos los partidos, traidores siempre dispuestos a la traición, desorbitados a quienes la visión de un poco de dinero embriaga… no frenados por ningún escrúpulo moral ni por ninguna exigencia intelectual… arrojados en el territorio de Italia como un ejército invasor, como una banda de malhechores… renovadores de los peores hábitos morales y políticos de nuestra historia.

Para comprender el valor de estas manifestaciones hay que indicar que fueron hechas dentro de la misma Italia, en 1926, a los cuatro años del inicio de la era fascista.

De Malatesta podríamos decir muchas cosas más, pero nunca llegaríamos a expresar, ni medianamente, lo que se merece. Fue un hombre de los que enorgullecen a la especie y una figura de las que enaltecen la Historia.

Publicado en Polémica, n.º 7, abril 1983

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