Las crisis de la CNT

Lorenzo Íñigo

Lorenzo Íñigo

Lorenzo Íñigo Granizo (1911–1991) afiliado al sindicato del Metal de la CNT en 1931. Fue elegido Secretario General de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias (FIJL) en el Congreso de Valencia (1938), y consejero de Industria en la Junta de Defensa de Madrid en noviembre de 1936. Terminada la Guerra Civil, pasó por varios campos de concentración y prisiones hasta 1945 en que quedó libre y se reincorporó a la lucha clandestina. Secretario General de la CNT en el interior desde marzo de 1946, fue detenido en abril de ese mismo año y condenado a 15 años de prisión. En 1965 colaboró en el proceso del cincopuntismo y participó en las reuniones que se celebraron con jerarcas del sindicato vertical. Como demuestra en este artículo, nunca renegó de aquella actuación.

Lorenzo Íñigo

En el número 18 de Polémica, aparece una carta de Horacio Martínez Prieto, de fecha 8 de septiembre de 1965, dirigida a mí (aunque en ésta no aparece destinatario) contestando a otra mía en la que le informaba de las conversaciones abiertas sobre los «cinco puntos», acompañándole el texto de ellos, e invitándole a que viniera a España a incorporarse a nuestra comisión, para seguir las conversaciones con los verticales.

Para nosotros, lo concreto de aquella carta de Horacio, sin entrar en más disquisiciones, estaba expresado en este párrafo:

«Me apena tener que deciros que lamento no poder corresponder a vuestro deseo. Yo soy muy viejo y muy condicionado mentalmente para poder saltar de una concepción a otra, o de una convicción a otra. Para mí, el sindicalismo tiene un valor secundario, sean cuales sean sus trasfondos, y tiene un valor principal lo político. He aquí lo fundamental de nuestro desacuerdo».

Conociendo a Horacio, aceptamos como definitiva esta respuesta y no insistimos. La preferencia de Horacio por lo político ya la conocía desde hacía muchos años, pero pensaba que cuando se trataba de sacar al anarcosindicalismo de las catacumbas y de contribuir a restaurar la libertad en España, podríamos contar con su concurso. Nos equivocamos y no volvimos a insistir sobre el tema. Él, que yo sepa, tampoco lo hizo.

Me ha sorprendido desagradablemente la publicación de esa carta y la nota que explica su inserción, en la que se dice que «es un exponente claro de su actitud (la de Horacio) respecto a un período de la vida confederal que abrió o agrandó una de las crisis más profundas y permanentes entre los hombres de la CNT, que quizás sea el origen y la consecuencia de la actual situación orgánica, y que ofrecemos como un documento que refleja la claridad y firmeza de su pensamiento». Lamento discrepar y me atrevo a pensar que hay una total ignorancia de los hechos en la citada nota. Si la operación de los «cinco puntos» estaba motivada por algún interés, era por el de sacar a la Organización de la crisis en la que ya había caído, como pretendo demostrar en estas líneas.

Los hechos

Para mayor ilustración recordemos, en fugaz recorrido por la historia del anarcosindicalismo español y sin remontarnos a épocas anteriores, que las crisis de la CNT se vienen arrastrando desde su escisión, en 1931, provocada por los «treintistas» tras el Congreso del Conservatorio, cuyas consecuencias duraron hasta el Congreso de Zaragoza de 1936, aunque los rescoldos no se extinguieron nunca.

Enlazando con aquella crisis se produjo otra también con escisiones consumadas, en octubre de 1934, con motivo del pacto de Alianza Revolucionaria propuesto por la UGT a la CNT y que, como era norma general, se discutió en la FAl antes que en los sindicatos. En ésta ocasión, la discrepancia produjo una grave escisión de los grupos anarquistas, llegando en Madrid la división en dos federaciones locales de la FAI, bajo el calificativo de «aliancistas» y «antialiancistas», que se extendió a los sindicatos y como la anterior, quedó aparentemente resuelta en el Congreso de Zaragoza, pero sólo aparentemente.

Vino la guerra civil y aquel acontecimiento trajo nuevos problemas. El día 20 de julio de 1936, acudió una representación de la CNT y de la FAl de Cataluña, a la entrevista pedida por el Presidente de la Generalidad, en la que los libertarios aceptaron participar en el gobierno de Cataluña. García Oliver, que formaba parte de aquella comisión, declararía:

«Hemos aceptado este compromiso por que no teníamos otra alternativa; o el comunismo libertario, que sería igual a la dictadura anarquista, o la democracia, que significaba la colaboración».

Los acuerdos del Congreso de Zaragoza celebrado dos meses antes y expuestos en la ponencia «Concepto Confederal del Comunismo Libertario» fueron totalmente ignorados.

A pesar de todo esto, durante los primeros meses de la guerra, al estar todos absorbidos por la lucha contra el fascismo, todo se daba por bueno si contribuía a ganar la guerra. Pero según avanzaban los meses y las adversidades militares se sucedían una tras otra, fueron reviviendo los viejos problemas, con enfrentamientos graves en la familia libertaria, que desembocaron en el Pleno Nacional del Movimiento, celebrado en Barcelona, a finales de octubre de 1938, en el que se hicieron afirmaciones como estas:

  • Comité Nacional de la CNT. Precisamos arrojar nuestros bagajes literarios y filosóficos para podernos situar y conseguir mañana la hegemonía. Nuestra división interna, reconocida por nuestros enemigos, nos sitúa en franca inferioridad. Existen dos interpretaciones. La de la FAI que no quiere que estemos en el gobierno y la de la CNT que no queremos estar en la oposición. ¿Para qué queremos la dignidad ideológica si somos derrotados?
  • Comité Peninsular de la FAl. «El bagaje doctrinal y la literatura trasnochada a que se ha aludido no puede ser motivo de discordia para los anarquistas. Esa tendencia a justificarlo todo, acusándonos a nosotros mismos, es nefasta y nos lleva a posturas poco gallardas. Las debilidades presentes hay que superarlas poniendo fuera de la dirección de nuestro Movimiento a los que no creen ya en la Organización, por ignorancia o apostasía».
  • Horacio Martínez Prieto, de la regional del Norte, dice: «Estamos abocados a una escisión. Me alegraría que se demostrase lo contrario. Que nadie se erij̈a en detentador exclusivo de ideas».

Este mismo compañero había publicado en la revista Timón de aquel mismo mes, un artículo bajo el título «Estudio polémico», en el que propugnaba por que la FAl se convirtiera en el partido político del Movimiento Libertario para llevar esta gestión más allá de la guerra civil, si no la perdíamos.

Como escribió Peirats en su libro La CNT en la revolución española, «el Movimiento Libertario se hallaba dividido en dos tendencias: la representada por el Comité Nacional de la CNT, era claramente fatalista; la del Comité Peninsular de la FAl representaba una reacción tardía ante aquel fatalismo. Pero entre el fatalismo de la CNT y los estertores de ortodoxia de la FAl estaba la tendencia, no circunstancialista, de franca rectificación de tácticas y principios. Esta tendencia, que propugnaba convertir a la FAl en un partido político encargado de representar al Movimiento Libertario en el gobierno, en los organismos del Estado y en las contiendas electorales, era la cosecha de todas las siembras de claudicaciones que desde el 17 de julio de 1936 habían efectuado tanto la CNT como la FAI».

Agonía de la CNT

El final de la guerra civil, con el exilio consiguiente de los militantes que pudieron emigrar, impuso una tregua en la discordia. Pero tan pronto acabó la guerra mundial y los libertarios del exilio se reagruparon, renacieron las pugnas que se fueron agravando hasta llegar a enfrentamientos y descalificaciones por quienes se habían hecho con los comités del Movimiento, llegando a expulsiones colectivas de los que no se sometían a sus dictados.

Aquellas luchas y sucias maniobras, fueron trasladadas a la Organización de España desde los primeros momentos y ejecutadas aquí por los «mandarines» del lntercontinental, que, con tácticas bolcheviques, prefirieron destruir la Organización si no conseguían someterla a su disciplina. Esto acabó con la moral de los militantes honestos que durante tantos años habían estado luchando tenazmente contra la dura represión del franquismo y los ataques de los comandos del lntercontinental, terminando por rendirse agotados ante las continuas embestidas de los dos frentes.

Los «cincopuntistas»

En aquellas circunstancias se produjo la operación de los «cinco puntos» que, como estamos viendo, no fue la que provocó la «crisis más profunda y permanente entre los hombres de la CNT».

Cuando la Organización de España hacía muchos años que no daba señales de vida, en el mes de julio de 1965 se produjeron las conversaciones que aprobaron las bases de los «cinco puntos». Sobre este tema he relatado todo el proceso, desde su iniciación hasta el final, en un libro que espero publicar. Explicarlo aquí en su detalle es imposible y sin esos detalles no se pueden comprender aquellas gestiones. Lo que sí quiero decir es que en aquellas conversaciones (pues solamente conversaciones hubo, ya que no se firmó ningún compromiso) no existieron ni traidores ni desertores. Que nunca se invocó la representación de la CNT y que los que en ellas participaron lo hicieron a título personal, como antiguos militantes anarcosindicalistas. El contenido de los «cinco puntos» ha sido ampliamente divulgado y en ellos nadie podrá encontrar un sólo párrafo que choque con el espíritu sindicalista libertario.

Al poco tiempo de redactarse las bases de los «cinco puntos», los ministros del Opus Dei plantearon en un Consejo de ministros que «los dirigentes de los sindicatos verticales habían establecido un compromiso con los de la CNT por el cual, estos actuarían libremente en aquellos sindicatos, lo que les permitiría influir en éstos y desde ellos actuar libremente contra el Régimen».

Ante aquellas acusaciones se produjo tal enfrentamiento entre los ministros, que Franco ordenó acabar radicalmente con aquellas relaciones. Así terminaron los «cinco puntos» y las conversaciones que los aprobaron. Después, militantes de diversas regiones actuaron en aquellos sindicatos, algunos de los cuales ya venían haciéndolo antes de los «cinco puntos», como lo hacían los comunistas de Comisiones Obreras, los de USO y de UGT, de donde todos ellos sacaron sus clientelas futuras.

Después del franquismo, la CNT reconstruida dio una nota oficial publicada en  Frente Libertario del mes de octubre de 1976, en la que se decía:

«El tema del cincopuntismo fue tratado por primera vez, oficialmente, en el Pleno Nacional de Regionales, celebrado en Madrid el día 26 de abril de 1976, en el cual se tomó la siguiente resolución: Se examinó uno de los problemas resultantes de la prolongada clandestinidad, o sea el del llamado cincopuntismo, estimándose que los propios sindicatos habrán de resolver en cada caso en que cualquiera de los implicados presente su petición de ingreso».

Algunos de aquellos compañeros lo hicieron y militaron nuevamente en los sindicatos de CNT. Yo y otros más no lo hicimos nunca, a pesar de ser requeridos por otros compañeros de los comités confederales, pues conscientemente nos quedamos al margen de la Organización, por que no queríamos meternos en aquel avispero ni vernos implicados en las luchas de tendencias que se vivían, como veremos a continuación.

La reconstrucción de CNT

Nada más producirse la muerte de Franco, ocurrida el día 20 de noviembre de 1975, los viejos partidos políticos y organizaciones sindicales abandonaron las catacumbas en que habían vivido o vegetado. La CNT se encontraba entre aquellas organizaciones.

La historia de la CNT se mantenía viva en la memoria de quienes la temían o la respetaban. El momento era propicio para la reconstrucción confederal y los trabajadores acudieron a la llamada. Como ha escrito Fredy Gómez en su libro Ser o no ser, la convocatoria encontró respuesta entre los obreros que acudieron con entusiasmo a la llamada. Aquellos reagrupamientos se hicieron contra la voluntad de ciertos grupos autónomos y sin la autorización de la CNT oficial del exilio, la que ya disponía de un Comité Nacional oficial en España, cuya principal misión era velar por los intereses y la burocracia celestial.

Pero ante el cariz que tomaban las cosas, el sector oficial se vio obligado a aceptar el encuadramiento, consiguiendo crear un Secretariado permanente que se estableció en Madrid, asumiendo la representación de la CNT. Existía, por fin, esa CNT renaciente, tan esperada y tan discutida. Esperada por la generación vencida, pero dividida en mil pedazos. Todos los que durante cuarenta años vivieron de un recuerdo y a veces gracias a una esperanza, pensando en una CNT sólidamente cimentada, bien enraizada en la clase trabajadora, abierta al espíritu de la época y a la gran marea posterior del Mayo francés de 1968, a las nuevas formas de lucha, a las sensibilidades diseminadas y diluidas del frente de lo cotidiano. Y luego estaban los otros, los mantenedores de una especie de culto del pasado, los de «la CNT será siempre la CNT», los inamovibles guardianes de la ortodoxia, sujetos a una miserable parcela de poder; los aplastadores del más mínimo síntoma de modernidad, montando guardia junto a principios históricos, principios que por otra parte no dudaban en transgredir. Todo eso existía y muchas cosas más. Un océano de contradicciones.

La reestructuración de la CNT se convirtió en una alternativa, en la alternativa. Los militantes se adhirieron al proyecto. Puede que lo hicieran apresuradamente, por lo que la incoherencia de los primeros tiempos tuvo algo que ver en el posterior estallido de las contradicciones. ¿Pero podía haber sido de otra forma…?

Dentro de la profusión de etiquetas aplicada a talo cual tendencia: «marxistas infiltrados», «sindicalistas puros», «consejistas», «asambleístas», «anarcosindicalistas», etc., a menudo se disimulan conflictos personales o apetitos de poder. La CNT es una encrucijada de mil caminos. Cada una de estas tendencias pretende imponer su propio criterio sobre la lucha confederal, lo que trae como consecuencia que los trabajadores sencillos y honestos, que no entienden más que de la defensa de sus intereses ante las patronales, al no realizarse esto, abandonan los sindicatos con tanto apresuramiento como llegaron a ellos.

El choque entre las tendencias que bullían en el Movimiento Libertario era inevitable, dada su virulencia y agresividad insultante. La publicación libertaria Confrontación del mes de abril de 1978, dividió estas tendencias en dos vertientes: los sindicalistas clásicos, que comprende a «reformistas», «faístas» de distintas tendencias, «anarcosindicalistas», etc., y a las nuevas generaciones formadas en España, que comprende a anarcosindicalistas críticos y abiertos, comunistas libertarios puestos al día, jóvenes tocados por el marxismo, consejistas. El choque de estas vertientes estaba determinado por el componente «pasota» de unos y por el leninismo de los otros.

La publicación Askatasuna simplificaba este problema a dos tendencias: la anarcosindicalista y la anarcocomunista. Esto quedaba reflejado en la ponencia de la Federación Local de Sestao, en julio de 1977.

En octubre de 1978, Juan Gómez Casas, secretario del Comité Nacional, ve a la CNT polarizada «alrededor de un claro concepto anarcosindicalista clásico, por un lado; y por otro, alrededor de una idea más abierta de la misma, en la que participan partidarios del espontaneísmo, del asambleísmo radical, del antiburocratismo y del concepto de organización integral.

Para José María Elizalde, las tendencias se agrupaban en dos vertientes: una, la sindicalista, en cuyo seno hay «una enorme diversidad», desde los viejos pestañistas un poco reformistas, hasta los duros de la FAl; otra, más asambleísta, comprendiendo desde movimientos espontaneístas hasta marxista-consejistas.

Uno de los protagonistas de todas estas clasificaciones, las definió así: «No sirven nada más que para definir los buenos de los malos y, con frecuencia, para desplazar un comité para elegir otro, porque el primero es reformista y el segundo faísta.

En este borrascoso ambiente, en este explosivo clima, se convocó el 5.° Congreso de la CNT, celebrado en la Casa de Campo de Madrid, en diciembre de 1979.

Las actas de aquel Congreso se pueden leer en los números 23 y 24 de la revista libertaria Bicicleta, a través de las cuales se conocerá la manipulación y la dictadura que presidieron todas las sesiones, dando lugar a que los delegados honestos, indignados, arrojaran la toalla abandonando el Congreso antes de terminar. Posteriormente se celebró en Barcelona un Pleno Nacional de Regionales, convocado por las delegaciones que abandonaron el Congreso de Madrid, en el que quedó constituida otra CNT, consumándose una escisión más, que tiene pocas perspectivas de resolverse. Hoy están los sindicatos y comités confederales divididos en dos organizaciones irreconciliables, sin fuerza ni capacidad de actuación ninguna de ellas en los medios obreros y sin perspectivas de futuro.

Esta es la historia negra de la CNT en la que los «cincopuntistas», como queda demostrado, incidieron muy poco. A través de este rápido recorrido por la triste historia confederal, se puede ver quiénes fueron los que, a través de mil batallas, acosaron a la CNT hasta llevarla a su actual agonía.

Publicado en Polémica, n.º 19, octubre 1985

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2 pensamientos en “Las crisis de la CNT

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