Hans Magnus Enzensberger, Durruti y Bakunin

Francisco Carrasquer

Hans Magnus Enzensberger

Hans Magnus Enzensberger

He aquí a un poeta alemán que debería ser más conocido de los españoles, siquiera sea por lo bien que él nos conoce, por no decir nos quiere, que el amor es el conocimiento supremo.

Complacencias chauvinistas aparte, Hans Magnus Enzensberger se merece ser más conocido porque está muy lejos de encarnar los defectos arquetípicos del intelectual y más aún del poeta clásico o romántico. Enzensberger no es un hombre retraído ni recoleto, sino muy enterado de la actualidad universal, muy empapado de las grandes culturas y que se mueve con la misma desenvoltura en temas sindicalistas, como en la problemática de los mass media, desde el periodismo a la televisión y que al mismo tiempo es capaz de irse a una isla griega a profundizar una idea, como venirse a Barcelona o a Madrid para actuar en un jurado de premio literario. En suma, es una cabeza de aquellas que Ortega y Gasset llamaba claras, como pocas, sostenida por un corazón con tan múltiples registros como un órgano barroco. Pero ahora y aquí me gustaría acercar a Enzensberger a nuestro mundo libertario por dos de sus obras: una novela sui generis sobre Durruti y un poemario en el que figura una larga balada dedicada a Bakunin.

Durruti

Durruti

La «novela» a que me refiero es El corto verano de la anarquía. Vida y muerte de Durruti (Grijalbo, Barcelona, 1976). Doce capítulos de esta «novela» tratan de la vida y muerte del obrero metalúrgico Buenaventura Durruti, quien tras una juventud combativa y aventurera, se convierte en una de las figuras claves de la revolución española de 1936. El libro empieza con un Prólogo y termina con un Epílogo. Y entre medio se va contando la historia del héroe proletario desde su infancia en León hasta sus «siete muertes», que hasta ahora no han podido reducirse a una muerte única y de fiel atestado. Hay muchas voces que toman la palabra para contar esta historia, a base de folletos de la época, panfletos y reportajes, discursos, declaraciones, informes, expedientes, memorias, entrevistas, deposiciones, en fin, de amigos y enemigos, de compañeras y compañeros, de testigos oculares de sus grandes hechos y de su trágico final.

La novela cobra forma literaria entre un discurso narrativo y una reconstrucción documental, cimentados uno y otra con las acotaciones alternantes del autor.

Los doce capítulos constituyen el gran contingente de la novela. Con los ocho de fuentes declaradas, suman 259 páginas. Y sólo las 44 restantes son del propio Enzensberger, que se distribuyen a lo largo del libro en otras ocho acotaciones –o apostillas– glosas, o introducciones, en cursiva, de las correspondientes etapas episódicas de la novela. El cuerpo documental-testimonial está formado a base de ochenta y cuatro fuentes distintas y muchas de éstas (autores o publicaciones) se repiten varias veces en diferentes fragmentos estratégicamente escalonados.

Ahora bien, ¿con qué derecho Enzensberger llama a un libro así novela?

En la primera apostilla expone ya el autor su personal criterio sobre la historia y apunta la justificación que se da de identificar su libro con los del género novelístico. Empieza con una cita de Ilia Erhenburg de 1931, que dice: «No hay escritor que se atreva a escribir la historia de su vida, por parecerse demasiado a una novela de aventuras» (Hombres, años, vida, Iª parte, traducción alemana, Munich, 1962). «Sin embargo –replica EnzensbergerErhenburg cuenta su versión del hombre Durruti, y una versión de la que no nos da fuentes, porque está tomada de boca anónima, de la voz colectiva». Por boca de ganso, vamos, dicho en plata, a la española.

«La historia en cuanto ciencia –prosigue Enzensberger– existe sólo a partir del momento en que dejamos de atenernos a la tradición (transmisión oral), desde el momento en que se ponen a oraculizar los documentos: notas, inscripciones, pragmáticas, protocolos, actas, pregones, códices, edictos, atestados, sumarios… Pero nadie retiene en la memoria viva la historia de los historiadores o historiógrafos. Hay contra esta historia una aversión ancestral que todos experimentamos desde la escuela primaria. Para los pueblos, la historia ha sido, es y será un haz de historias. […] Así hay que ver la novela de Durruti: no como una biografía recompuesta con hechos presentados a la manera de un tratado científico. El horizonte narrativo trasciende la silueta y el semblante de una sola persona.”

Creo que esta última frase nos da la clave. Hay otras en que Enzensberger se explica aún más, pero sería alargar demasiado las citas y con lo transcrito nos basta. Ahora comprendemos por qué llama novela a este libro y nos justificamos que lo haga. El protagonista de primer plano es Durruti, pero el verdadero protagonista del fondo es el pueblo español que se incorpora en el biografiado como en su héroe y se identifica con su lucha. Así como el autor nominal es Enzensberger, pero el verdadero novelista es también colectivo; la narración está montada por una multitud de voces, por un clamor: el clamor popular que le da cuerpo en el tiempo y en el espacio, que le da anécdota y biografía a un mito. Por ambas vertientes sentimos los efectos del arte creador –en este caso del arte de novelar, por el mismo hecho de la operada transcendentalización y en esa capacidad de transformar en universal lo individuado.

Gracias a esta doble transcendencia lograda por el arte del poeta alemán, hasta la mentira irradia su parte de verdad; y hasta las sombras de la contradicción interesada ayudan a perfilar con más vigor la dialéctica de la revolución/contrarrevolución española, así como con más nitidez el claro ejemplo histórico del anarquismo español.

Este juego de contradicciones y de claroscuros es el juego del autor: desmitificación personal y mitificación colectiva. La novela El corto verano de la anarquía es el resultado, la arriesgada apuesta que Enzensberger ha sabido ganar con honor, a fuerza de aplicación concienzuda al rendimiento de los contrastes, de honradez y tino en dar la palabra a los testigos convocados a punto, y a fuerza de amor al personaje de «las siete muertes» encarnando las siete tribus inmortales de un pueblo que vive en tanto lucha a brazo partido por su libertad. ¡Qué lejos estaba Comorera de sospechar que aquel pretendido insulto de tribus lanzado contra los libertarios se transmutara un día en honor altísimo! Pero esto puede que no lo haya sabido el amigo Enzensberger. Tanto mejor.

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bakunin

bakunin

Y vamos ahora a la poesía de nuestro germano que, por una vez, admite su paranomástico «hermano». La editorial Anagrama –para la que Hans Magnus actúa a veces de jurado en los concursos que la misma organiza para el premio de ensayo Anagrama– ha publicado un poemario de Enzensberger titulado Mausoleo, en 1976, traducido por Kim Vilar. Y con su venia, nos place insertar como broche de oro de esta semblanza, el poema en esta colección publicado en las páginas 85 y siguientes que se titula «M.A.B. (1814-1876)» (o sea: «Michail Alexandrovitvh Bakunin»), no sin recomendar al lector que lea todo el volumen con sus 37 baladas dedicadas a otros tantos héroes que para nuestro hombre, nacido en Kaufbeuren (Alemania Occidental) el 2 de noviembre de 1929, personifican lo más intenso y extenso de nuestra cultura a partir de sus propios epitafios verdaderos, supuestos o soñados; y todo centrado en los bandazos, asaltos y negaciones a que está sometido el concepto llamado progreso en nuestro tiempo. Pero en la forma, la ironía es la reina, tal y como nos advierte Octavio Paz, que reacciona la poesía posmoderna, más aún que la moderna, ya a trasmano.

M.A.B. (1814-1876)

¡Sólo una cosa quisiera –clamaba–. ¡El don de la indignación, para mí tan sagrado, poder conservarlo hasta el fin de mis días!

¡Charlatán, cabezón, maldito cosaco! –Esto es el amor

por lo fantástico, un defecto capital de mi ser. –¡Mahoma

sin Corán! –El sosiego me desespera. –Un malabarista.

un Papa, un chapucero! –Una hoguera su cabeza y su corazón.

Sí, Bakunin, así debió de ser tu vida. Errar permanente, insensato, incontrolado. ¡Absurdo, improcedente, insostenible: así eras tú! Da igual, Bakunin: vuelve, o sigue donde estás.

Un tipo alto con levita azul, en las barricadas de Dresde; un rostro que refleja la cólera más brutal. ¡Vamos! ¡Fuego a la Opera! Y cuando todo estaba perdido, a punta de pistola exigió del gobierno Revolucionario Provisional la delicadeza de dinamitarse (con él) por los aires. (Qué curiosa impavidez). La moción fue rechazada por absoluta mayoría de sus señorías.

¿Te acuerdas, Bakunin? Siempre lo mismo. Resultabas molesto. Y no me extraña. ¿Comprendes? Aún hoy molestas. Simplemente molestas. Y por eso te ruego, Bakunin: vuelve, vuelve, vuelve.

Interrogado, machacado contra el muro de las casamatas de Olmutz, condenado a muerte, arrastrado a Rusia, indultado a cadena perpetua. ¡Un individuo muy peligroso! Un bienhechor envía a su celda un piano de cola de Lichtenthal. Se le caen los dientes. Para su ópera Prometeo compone una dulce y triste melodía a cuyo compás mecía como un niño su cabeza leonina.

Bakunin, Bakunin, esto es muy tuyo. (Aún mecía su cabeza leonina veinte años después en Locarno). Y porque esto es tan tuyo, porque no nos sacas de apuros, Bakunin: sigue donde estás.

Deportado a Siberia, evadido, siguiendo el Amur, azul de hielo, surcando el Pacífico, a vela y vapor, atravesando América en trineo, a caballo, en tren expreso, sin parar, sin escalas. Y a los seis meses, por fin, en Paddington, en vísperas de Año Nuevo, saliendo raudo del Hansom, escaleras arriba, se abalanza en brazos de Herzen y exclama: ¿Dónde hay ostras frescas?

Porque, en resumen, eres inútil, Bakunin, porque no sirves para cliché, ni salvador, ni burócrata, ni pontífice, ni gorila, ni de derechas ni de izquierdas, Bakunin: ¡vuelve, vuelve!

Exilio de nuevo. No sólo el rugido revolucionario, el bullicio de los clubes y el tumulto de las plazas; también la inquietud de la víspera, también las consultas, las cifras, las consignas: le hacían falta. ¡Oh, gran vagabundo acosado de rumores, leyendas e improperios! ¡Ingenuo, pródigo, corazón magnético! Gritaba y renegaba, alentaba y decidla, de día y de noche, incesantemente.

¿No es cierto? Porque tu actividad, tu haraganería, tu apetito, tu sudor constante, tan lejos están de la medida humana, como tú mismo, Bakunin, te aconsejo: sigue, sigue donde estás.

Su biógrafo, sabelotodo, dice: era impotente. Pero Tatiana, la prohibida hermanita, que tañía el arpa en el blanco palacio, lo ponía a delirar. Sus tres hijos no eran suyos, cierto, pero escribía a Nechaev, el mitómano, el asesino, el jesuita, chantajista y mártir de la revolución: «¡Pedazo de tigre, mi amor, salvaje fierecilla! (No hay peor despotismo que el ilustrado)».

No hablemos del amor, Bakunin. La muerte no te atraía. No fuiste un ángel exterminador político-económico. Te hacías un lío como nosotros, y eras tan cándido… ¡Vuelve, Bakunin, vuelve! Y, finalmente, la noche de Bolonia. En agosto. Apostado en la ventana, espiaba la ciudad. Todo seguía en calma. Las campanas dieron la hora. Había fracasado la insurrección. Amanecía. Un carro de heno le sirvió de escondrijo. La barba afeitada, vestido de cura, con gafas verdes y un cesto de huevos al brazo, fue cojeando con un bastón a la estación. Y de allí a Suiza, a morir en la cama.

Esto fue hace tiempo. Era demasiado pronto, como siempre, o ya muy tarde. Nada te ha contradicho, nada demostraste. Por eso mismo, sigue donde estás. O da igual, vuelve si quieres.

Masas enormes de carne y grasa, hidropesía, dolencias de vejiga. Ríe estentóreo, fuma sin parar, jadea, le tortura el asma, lee cifrados telegramas y escribe con tinta simpática:

Explotación, gobierno: todo es lo mismo. Está hinchado, desdentado. Por doquier ceniza de cigarro, periódicos, cucharillas de té. Chivatos pululan delante de la casa. Caos, cochambre por doquier. El tiempo pasa. Y sigue Europa oliendo a policía. Y porque nunca en parte alguna, Bakunin, no ha habido, ni hay, ni habrá una estatua a Bakunin, te lo ruego, Bakunin, vuelve, vuelve, vuelve, vuelve ya.

Publicado en Polémica, n.º 33, agosto 1988

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