Jules Vallés, destructor de mitos

Víctor ALBA 

Jules Vallés

Jules Vallés

En 1871, cuando se proclama en París el poder popular de la Commune, los escritores que se consideraban de izquierdas, lanzan resmas de lodo sobre los artesanos y pequeño burgueses parisienses que se atreven a querer mandar en su ciudad.

Anatole France, el satírico anticlerical; el Zola de Germinal, la Georges Sand feminista; Flaubert, el revelador de las flaquezas burguesas, claman contra la Commune.

Esto tiene, cuando menos, una virtud: hacernos ver que los intelectuales que se creen de izquierdas, cuando llega la hora de la verdad, se ponen al lado de los poderosos y los represores contra el pueblo.

La Commune es uno de los grandes mitos de la historia del movimiento obrero. Un mito que ha causado más mal que bien, porque, como todos los mitos, aleja de la realidad y, por lo tanto, aleja del momento del triunfo.

Pero alguien no se dejó engañar por el mito y, sirviendo a la Commune con todas sus fuerzas, sirvió al mismo tiempo a la verdad.

En 1985, se cumplen cien años, que ese alguien murió: Jules Vallés.

En 1870, los prusianos del Canciller de Hierro, Bismark, derrotaron a los ejércitos de Napoleón III, al que Víctor Hugo llamó «Napoleón el Pequeño», y llegaron a las puertas de París.

Del París asediado salió, en globo, Gambetta, quien proclamó la República. De esta se apoderaron pronto antiguos políticos monárquicos y conservadores, con Thiers a la cabeza, que negociaron con los alemanes.

El pueblo de París se alzó contra la perspectiva de ver a los prusianos hollar sus calles. Achacó a las clases dirigentes la capitulación y estableció su propio poder, el de la Commune –es decir, del municipio–, dispuesto a resistir a los prusianos. Esperaba encontrar el apoyo del pueblo del resto de Francia, a la vez contra los alemanes y contra los capituladores, que habían instalado su capital en Versalles, la antigua sede de los reyes.

Durante varios meses, los communards resistieron al asedio de los versalleses –mientras los alemanes esperaban a que los franceses se acabaran de matar entre ellos–. La Commune adoptó diversas medidas de tipo populista, destruyó algunos símbolos de la opresión y, finalmente, fue vencida. Las tropas de Versalles entraron a sangre y fuego en la ciudad, asesinaron por las calles a centenares de artesanos, pequeños burgueses y obreros, y deportaron a miles de otros a las islas de Oceanía. Por cierto que los caldoches de hoy, los franceses que en Nueva Caledonia se oponen a la independencia de estas islas, son descendientes de aquellos communards deportados. Como se ve, el espíritu inconformista no se hereda.

Marx, desde Londres, escribió estudios y manifiestos para la Primera Internacional, defendiendo a la Commune. Pero el proletariado no se movió en apoyo de la misma. Marx quería presentar a la Commune como el primer ejemplo de poder obrero.

En realidad, fue el resultado de la conjunción del nacionalismo exaltado de los obreros, los artesanos y la clase media baja, al que se mezcló un sentimiento de desquite social. Pero no hubo nada de poder obrero sino sólo de poder popular, multiclasista.

Esto no obsta para que la Commune haya quedado, en la historia del movimiento obrero como un mito glorioso. De él cabe deducir muchas lecciones –que en general se olvidan–. En todo caso, la Commune dejó una figura –también casi olvidada– que merece recordarse, la de Jules Vallés.

Vallés nació en una ciudad provinciana francesa en 1832, en pleno reinado de Luis Felipe, aquel rey que aconsejó a sus partidarios: «Enriqueceos». Su madre, muy religiosa, le pegaba todos los días, para que no se creyera un niño mimado. Más tarde, Vallés diría: «No tuve infancia ni familia». A los 21 años, Vallés participó en un complot contra el régimen imperial, lo que le valió un breve encarcelamiento. Se ganaba la vida como maestro en una escuela de provincias. La abandonó para irse a París.

En 1857 publica su primera novela, El dinero, en la cual, fingiendo hacer un elogio de la riqueza, satiriza ferozmente la avidez de los ricos. Publica crónicas en algunos diarios, que luego reúne en libros como La calle y Los refractarios. «Escribe con vitriolo –dijo de él un crítico–, pero piensa con el corazón». Consigue lanzar su propio periódico, La calle, que la censura imperial asfixia.

Amigo de Blanqui, el gran conspirador, toma parte en dos intentos de sublevación contra el imperio, y cuando se proclama la Commune, redacta el «Cartel Rojo» que la anuncia y del que se enorgullecerá toda su vida. Su diario Le Cri du Peuple es el verdadero órgano de la Commune. Vallés lucha en las barricadas y, al caer la Commune, logra huir a Suiza y luego se instala en Londres, hasta que una amnistía le permite regresar a París, poco antes de su muerte.

En el exilio escribe su obra maestra, la trilogía de Jacques Vingtras, nombre de su protagonista. Los tres tomos tienen un éxito enorme. El niño narra, en cierto modo, la propia infancia del autor; El bachiller, sus estudios y la vida de las escuelas francesas. Finalmente, El insurgente, es la historia novelada de la Commune. Andreu Nin la tradujo al catalán en 1934.

De regreso a Francia, publica Las blusas, otra novela, y consigue hacer reaparecer La Cri du Peuple en 1883. Pero dos años más tarde –ahora hace cien– Jules Vallés muere, apenas pasada la cincuentena, agotado su organismo por la miseria de su juventud y las luchas de su madurez.

Vallés es el primero, en Francia, que escribe como se habla. Y sus libros quedan. Tal vez se vuelvan a leer y editar. Lo merecemos.

Publicado en Polémica, n.º 17, mayo 1985

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