Horacio Martínez Prieto: el profeta maldito

Juan BERNAT 

Horacio Martínez Prieto, quien fuera secretario del Comité Nacional de la CNT en 1936 murió en 1985. Por este motivo, ese mismo año, Polémica publicó un dosier sobre este controvertido personaje de la historia de la CNT. Joan Bernat, Lorenzo Iñigo, Manuel Chiapuso y José Peirats analizan desde diferentes ópticas su actuación y el momento que le tocó vivir. A lo largo de los próximos días iremos publicando en el Blog estos artículos, junto con una carta –que se publicó en Polémica por primera vez– que el propio Horacio envió a la CNT con fecha 8 de septiembre de 1965. 

Horacio Martínez Prieto

Horacio Martínez Prieto

Horacio Martínez Prieto (HMP), ha muerto. El adversario del purismo impasible y sin fisuras, apologista de la duda, razonador heterodoxo; el ex Secretario Nacional de la CNT cuando ésta salió reforzada unitariamente en mayo de 1936, partidario de nuestra intervención gubernamental en el gobierno de guerra de Largo Caballero, y otros cargos que dejaremos para sus biógrafos; el ex ministro del Gobierno Giral en exilio, junto a José E. Leiva; el eterno abanderado de la innovación, rehabilitador del realismo frente a cierta deformación mental de los hechos, ha dejado de existir.

La personalidad de Horacio, su historia, su indeclinable voluntad investigadora, sus exhortos al Movimiento Libertario (ML) para que cambiara de singladura, sus análisis implacables contra la, según él, ejecutoria táctica obsoleta que mantenía este movimiento, le acarrearon galernazos de críticas en unos, aplausos cálidos y estimulantes en otros, los menos. Lo cierto, lo que nadie podrá nunca poner en duda es que este hombre no ha dejado indiferentes a quienes lo han leído o escuchado. Polemista singular, sólido detractor de inercias, de prejuicios, lugares comunes, o pensamientos fosilizados por la rutina o la pereza mental de unos; contra el fanatismo, la impermeabilidad intelectual de otros, nunca pasó desapercibido. De la raza «maldita», de los que dejan estela por doquier, su destino fue la estima o el odio, jamás la indiferencia. La expresión más deslumbradora de un genio, del pensamiento original de un autor, sea filósofo o sociólogo, hombre público o literato, transformador, regeneracionista o moralista, es precisamente ésa: provocar el quehacer crítico, la reflexión, el estudio, la adhesión o el escándalo, jamás el desinterés. Estos hombres de élite –no tengamos reparo en utilizar expresión tan repudiada en nuestros lares–, nunca hablan para no decir nada, o nada nuevo, o al menos examinar los problemas desde ángulos diferentes, en esa especie de perspectivismo nietzscheano, que tiene la virtud de mantener vivo el pensamiento, el razonar, preservándolos de una anquilosis sectaria, del inmovilismo dogmático.

José E. Leiva, su compañero en el Gobierno Giral, me contaba una vez, en casa de Pedro Campón, que Horacio, cuando tomaba la palabra en Consejo creaba automáticamente esa atmósfera tensa y atenta que envuelve a una reunión cuando el orador es conocido por su originalidad expositiva o retórica, argumental o discursiva.

No sabría decir cómo se me ha ocurrido la palabra maldito que encabeza estas líneas. Aunque, a decir verdad, Horacio fue un profeta maldito. Probablemente pensando, al azar, en los famosos «parnasianos». Acaso en otros ilustres solitarios históricos, desde Copérnico, Galileo o Servet, hasta Van Gogh. El caso es que, guardando las proporciones debidas a esos grandes nombres, fue maldito como ellos. Incluso fisiológicamente no puede decirse que tuviera la redondez oronda y autosatisfecha: seco como una vara, de rostro ascético y «neurobilioso», como gustaba autodefinirse: nos lo recuerda el periodista Vicente Talón en un magnífico artículo inserto en El Correo Español-El pueblo vasco, del 11-5-85. Por eso precisamente tuvo en el Movimiento Libertario español un puesto aparte, un lugar único donde convergían relevancia y profetismo crítico, desde el cual recibió andanadas de insultos, espuertas de invectivas frenéticas, de apóstrofes violentos. Quiso robar el «fuego sagrado» de la duda, de la incertidumbre. Todavía en los residuales vestigios del ML actual –si nadie lo remedia–, continúa siendo un profeta maldito. Pero lo que nadie puede negar, es su revancha póstuma, triste, pero revancha al fin y al cabo, cuando observamos e, infiérese para todo aquel que en este país no quiera mecerse en tranquila voluptuosidad, que su profecía se va cumpliendo paso a paso, hora a hora, instante tras instante.

¿Quién si no el profeta maldito pronunció la más implacable recusación contra nuestras faltas, o vicios, o carencias, o desatinos, o traiciones al positivismo, al realismo, al posibilismo? ¿Quién osará decir lo contrario? Quién puso en guardia con más vehemencia y penetración proféticas que el ML, en tanto que organización de voluntades redentoras y socialistas, tendría que admitir la irremediable adaptación a los cambios que toda sociedad moderna conlleva, so pena de erosión paulatina, primero, de desintegración, luego, de muerte redonda, al fin? Todo lo que Horacio dijo, repito, se está cumpliendo. Se encarga de demostrarlo la historia, juez supremo cuya sentencia es inapelable.

En la encrucijada

El anarquismo se halla hoy en la encrucijada más decisiva de su historia. O la anarquía, para emplear el distingo que Fernando Savater formula en su ensayo Para la Anarquía y otros enfrentamientos. Los anarquistas, pues, no el anarquismo, noción esta última abstracta, de todas maneras, si se la separa del hombre, tienen, a su albedrío, dos actitudes a adoptar de forma clara, sin ambigü̈edades: o se inclinan por un conceptualismo platónico, desencarnado, de eso que Savater califica «el sinpoder», es decir una postura simplemente especulativa donde el sueño, la dulce utopía y el bizantinismo teórico pueden encontrar fácil asiento; o bien se organizan, se agrupan, con arreglo a una cristalización socio-política global y dinámica de sus aspiraciones socialistas, poco o mucho teñidas de milenarismo, concebidas teóricamente desde Godwin, Proudhon y Bakunin, hasta Kropotkin, Reclus y Malatesta. La tesis del «sinpoder» savateriana es marginalista, esteticista, subjetivista, diletante, en cierto modo sensualista, o, apurando mucho, moralizadora; puede llegar hasta el arrobo místico –¿por qué no?–, puesto que ejemplos de sectas filosófico-morales no religiosas abundan como las arenas del desierto. Más si otra raza de anarquistas se dispone a cambiar el mundo, a transformar esta sociedad con ánimo artesanal, operativo, racional, creativo, con fuerza y convicción militantes, entonces hemos de ocuparnos de algunas cuestiones fundamentales que el pensamiento de Horacio espigó a lo largo de su vida.

Estoy convencido, más que nunca, de que esto se ventila en la próxima década; es decir, la supervivencia o la muerte de un Movimiento Libertario español. Redigo: de un Movimiento Libertario como fuerza política, herramienta de cambio, estructura socio-política de transformación social, vector de nuevas formas existenciales, nueva jurisprudencia, nuevas relaciones propietarias, nuevas relaciones de clase, nueva ética, nueva educación, nueva economía, nuevo usufructo de la plusvalía, nuevas relaciones familiares, vecinales; nuevas relaciones político-administrativas comarcales, provinciales, regionales; nuevo gubernamentalismo, nuevo parlamentarismo, nueva democracia.

Si los libertarios, y ahora defino como tales, con este nombre y no el de anarquistas, a los que opten por el segundo término de mi alternativa, quieren todo esto, entonces hay que revisar varias ideas recibidas, varios conceptos-cerrojo que necesariamente tendremos que descerrojar:

Un racionalismo ilimitado, casi mítico; creencia supersticiosa en un falso espontaneísmo creador de las masas, del pueblo; excesivo voluntarismo, legado por Malatesta, que, a veces, y todo y reconociendo su virtud, nos conduce a distorsionar lo concreto; fe inflexible en el apoliticismo por considerar lo político como un producto exógeno a la sociedad, encarnación del Mal; fe no menos granítica en el anti-Estado a ultranza estimando al Poder como algo extraño a la sociedad civil, y el Estado como históricamente impuesto por guerreros y conquistadores y no algo que, con la Urbe, el hombre ha tenido que fraguar penosamente; predilección por el aventurismo revolucionario, legado de sociedades pre-industriales y autocráticas; persistencia en aplicar esquemas socialistas novecentistas en el umbral del siglo XXI; tendencias nihilistas; resabios de angelismo rousseauniano en los análisis de comportamiento individual y colectivo.

Si extraemos de este catálogo incompleto los temas Política y Estado, salta a la vista que ambos constituyen dos nociones medulares en el cuerpo crítico neolibertario que tendríamos que examinar los libertarios «operacionales» en contraposición a los «especulativos», cuya adherencia a una preceptiva teórica clásica permanecerá, a mi juicio, inalterable.

Jean William Lapierre, distinguido etnólogo y sociólogo, especialista en etología o ciencia del comportamiento animal, en Suvivre sans Etat? Ensayo sobre el poder político y la innovación social (Editions du Seuil, París, 1977) nos afirma lo siguiente, que yo comparto: «…El hombre es el único animal socialmente político porque es el único animal socialmente innovador. Esta capacidad de innovación se halla estrechamente vinculada al modo de comunicación que le es propio. Las sociedades humanas no pueden prescindir de la regulación artificial garantizada por un poder político porque las relaciones sociales se transforman y correrían el peligro de no sobrevivir a dichas transformaciones si éstas no estuvieran reguladas y dirigidas».

Georges Balandier, en su Antropología política, llega, por caminos puramente humanos-tribales, al mismo resultado que Lapierre. Este último, contestando a Pierre Clastres, autor de La Sociedad contra el Estado (excelente estudio cuyas conclusiones quedan desmentidas por la ya desarrollada ciencia relativamente joven que tiene como incontestable y gran representante a Georges Balandier) dice: «Yo sostengo, contra Clastres, que no existe poder enteramente desprovisto de coerción, incluso entre los indios de América» (pág. 77).

Sobre el Estado, Engels, «socialista científico», conocida es su tesis expuesta en El origen de la familia, la propiedad y el Estado, afirma que, una vez «desaparecidos los antagonismos de clase, el poder público pierde su carácter político cuando toda la producción esté concentrada en manos de individuos asociados». Engels no explica, pese a todo, cómo se organizarán y dirigirán las operaciones de producción sin gobierno de los hombres. Los fallos teóricos del socialismo marxista o libertario son evidentes. Elaborar una doctrina socialista moderna sin tener en cuenta estos fallos, sería condenarnos de nuevo a la esterilidad. Daniel Guérin, en su Marxismo Libertario, lo señaló ampliamente. Por otra parte, no se puede desposeer al socialismo de sus elementos utópicos. Siempre los habrá, porque la génesis del socialismo es utópica. Más poco es poco, y mucho es mucho. El socialismo significa, ante todo y por encima de todo, un estilo de vida, una concepción de la justicia, de la distribución del poder, de libertad, de moral.

Cohn Bendit y el posibilismo

¿En qué consistió, pues, el trabajo de Horacio durante casi medio siglo? Pues precisamente en el de formularle al ML las mismas preguntas arrancadas, no solamente de su considerable cultura libresca, sino de algo más precioso, de una experiencia vivida durante nuestra guerra como atento vigía de todo lo que hizo, o no hizo, o no pudo hacer nuestra trinidad revolucionaria: CNT, Juventudes Libertarias, FAI. Exigente consigo mismo y los demás, tuvo fama de político por lo menos tan aquilatada como Ángel Pestaña. Mas algo sustancial le distinguía del fundador del Partido Sindicalista: nunca se le ocurrió crear –contrariamente a las calumnias lanzadas por integristas y, subrepticiamente, por determinados militantes que ellos sí fundaron un llamado Partido Obrero del Trabajo, recordémoslo–, el Partido Libertario, porque ese histórico paso hacia la integración libertaria en el cuerpo político del país –con el nombre que se quisiera– correspondía al ML en su conjunto. ¿Utopía? ¿Propósito irrealista? Tal vez. Pero al menos tengan los calumniadores la honestidad de reconocerle a Horacio el beneficio de esta actitud.

Hasta su muerte, nunca quiso siquiera sugerir otro procedimiento que no fuera el libremente discutido y aceptado por las tres ramas organizativas. Hoy, en el estado decadente en que nos encontramos, quién sabe cómo se llegará y si se llegará a este formidable viraje. Quizá ese remozamiento se produzca contra la voluntad de ideólogos y feligreses. Se perciben síntomas de que algo se mueve. El 26 de mayo, en el primer canal de la Televisión francesa, tuvimos ocasión de escuchar a Cohn Bendit, el mediático-revolucionario, como él mismo se califica con sorna, del 68 estudiantil. Nos dijo que había cambiado, después de veinte años casi.

Y a fe que nos lo demostró. Sereno, cáustico, irónico, vehemente, plácido, insinuante y cortante, toda la gama de su innegable talento oratorio desbordaba la pequeña pantalla. A varias preguntas de la presentadora, habló de cosas importantes: del movimiento ecologista alemán, del movimiento alternativo, creador, según él de espacios interesantes de economía colectiva que ha proporcionado de doscientos a seiscientos mil puestos de trabajo. Al terminar, ante una hábil insinuación de la simpática presentadora, respondió, irónico:

—Dentro de veinte años más yo seré diputado en el Parlamento alemán y mi hermano, del francés —es sabido que su hermano vive y milita en Francia—, y quizá sea yo ministro y mi hermano también.

Por segunda vez le oigo afirmar esta posibilidad ministeriable; la primera, en una entrevista dada al periódico Le Monde. De todas formas, enhorabuena, camarada.

Posible, posibilidad, posibilismo. El mundo es muy complejo, apuntó de refilón Cohn Bendit. Pues claro. Es lo que no se cansó de repetirnos Horacio. En 1937 ya. Recuerdo una explosiva reunión, a la caída de Málaga, a causa del sórdido caso Peña, celebrada en la casa CNT-FAI de Barcelona. Todos los asistentes pudimos escuchar una terrible requisitoria contra nuestro desmadejamiento y constancia obcecada en tácticas que no respondían a las realidades político-sociales del país, pronunciada por Horacio ante un silencio sepulcral. Los grandes temas de su análisis crítico fueron expuestos. Si queda algún asistente vivo (que yo sepa dos: Federica y Marcos Alcón) lo recordarán. Allí estábamos: Mariano R. Vázquez, García Oliver, Federica Montseny, Manuel Escorza, Pedro Herrera, Doménech y Joaquín Cortés por el Comité Regional de Cataluña, Aurelio Fernández y el que esto escribe por la Federación Local de Barcelona, Marcos Alcón, Nieves Núñez. Entre otros que no puedo recordar.

En 1938, publicó unos artículos en Timón que levantaron gran polvareda; en 1945, El anarquismo en la lucha política; en 1947, Marxismo y Socialismo Libertario; en 1966, Posibilismo libertario. Antes, otra pieza de escándalo: Carta a los presos de España, 1948, firmada por 18 militantes entre los que me encuentro. Al morir, deja varios tomos mecanografiados de temas diversos.

Si es cierto que a cada cual le roen el alma sus pequeñas o grandes obsesiones, Horacio no cejó en pelear contra las suyas; éstas se llamaban doctrinarismo, ideas confusas, tópicos, fariseísmo, estereotipias. Desterrándose en su ensimismamiento, lacerado por el enojo y la amargura, los últimos años, casi ciego, solo con su pensamiento tumultuoso, han debido ser una tortura indecible. La de un profeta maldito.

Bibliografía de Horacio Martínez Prieto:

Facetas de la URSS (1932)

Anarcosindicalismo. Cómo haremos la Revolución (1932)

El anarquismo español en la lucha política.

Gobierno Vasco. Algunos antecedentes para el Libro Blanco de Euskadi-Norte.

Semblanza y personalidad de Galo Díez.

Marxismo y socialismo libertario.

Los utopistas (Semblanzas de militantes obreros y libertarios).

Los vaniloquios (Aceradas criticas sobre el señoritismo).

Tres tomos de semblanzas de personajes y acontecimientos, entre

los que figuran Indalecio Prieto, Negrín, Lerroux, Largo Caballero, etc.

El Movimiento Libertario español y sus necesidades urgentes (Folleto que contiene las líneas fundamentales de su propuesta de creación de un Partido Libertario).

Posibilismo Libertario (lvry-sur-Seine, 1966)

Publicado en Polémica, n.º 18, julio 1985

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4 pensamientos en “Horacio Martínez Prieto: el profeta maldito

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  3. ¿Para qué pedís dejar un comentario, si el mismo es crítico y revelador de vuestras contradicciones, incoherencias y posturas –o conductas– contrarias al verdadero y sincero sentir de lo que siempre decís con respecto a la clase obrera, lo prohibís?
    Todas las organizaciones (y sus miembros) se consideran por encima de la clase que sufre las tropelías de todos los que se consideran superiores por haber ido a la universidad. Casi es general que dichos miembros proceden de la burguesía y viven como tales, sin que les preocupe en absoluto la triste marginación de los que sufren los más bajos salarios. Y no es menos lamentable el estado de los jubilados-proletarios), de los que nadie se acuerda, sobre todo para bien y a su favor.
    No escribo más porque me lo vais a borrar antes de terminar de leer el mensaje; os alegraréis
    de que no siga, porque os molesta.

  4. Esto de las biografías nunca ha tenido solvencia real; es más, la abrumadora mayoría de los personajes biografiados, en el ámbito de las ideologías políticas y religiosas, están adulterados. Puedo citar una ingente cantidad de ellos. No obstante, voy a dar los nombres de algunos pocos: Jesucristo, Juan el Bautista, “San” José, María, del lado eclesiástico ;Flavio Josefo, Viriato, Juana de Arco, Agustina de Aragón… desde el punto de vista histórico; Marx, “Gorki”, Miguel Hernández y Cipriano Mera, desde el ideológico. Toda esta nomenclatura carece de absoluta fiabilidad; no existe ninguna garantía de que sea verdad lo que se ha escrito y se escribe. Y no sólo es falta de autenticidad, sino que resalta lo imposible, en muchos aspectos, lo que se cuenta de estos personajes aquí citados; que, lógicamente, no son los únicos manipulados.

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