Transgénicos: el futuro bajo amenaza

Xavier MARTÍ ALONSO

La biotecnología, convertida en herramienta al servicio de multinacionales sin escrúpulos, está convirtiendo la vida en este planeta en un gran laboratorio donde transformar la naturaleza, con el único fin de incrementar los beneficios de las grandes empresas agrobiotecnológicas. Como el elefante que entra en una cacharrería, multinacionales como Monsanto o Bayer están dispuestas a trastocar cualquier equilibrio y traspasar cualquier barrera con tal de engordar sus cuentas de resultados. Los riesgos los pagaremos todos, los que vivimos y los que aún no han nacido.

¿Qué es un transgénico?

trPensemos por un momento en un huevo de gallina, un huevo previamente fecundado por un gallo. Cualquier persona y hasta los más niños saben que si el huevo es incubado, al cabo de cierto tiempo de este huevo saldrá un pollo que crecerá hasta convertirse en otro gallo o gallina. Nadie espera que al joven pollo le puedan crecer bigotes de gato, dientes de perro o mucho menos hojas de árbol en lugar de plumas.

Esto nunca ocurre porque en todas las especies de seres vivos, los progenitores pasan a su descendencia toda la información hereditaria propia y exclusiva de cada especie.

Esta información está codificada en los genes, constituidos esencialmente por ácido desoxirribonucleico (el famoso ADN). Los genes, a su vez, se hallan contenidos en los cromosomas de las células; donde se alinean en gran número como las perlas de un collar.

Un transgénico u OMG (Organismo Modificado Genéticamente) es un organismo producto de la biotecnología, al que le han sido introducidos artificialmente uno o varios genes (tramos de ADN) de cualquier otra especie (bacteria, animal, ser humano o planta). Esto en la naturaleza no ocurre nunca porque es totalmente inviable. Los cruces naturales entre especies o por selección genética tradicional en agricultura y ganadería sólo son posibles entre especies muy próximas entre sí. La ingeniería genética, sin embargo, es capaz de traspasar la barrera entre cualquier especie de ser vivo, por muy diferente que sea uno de otro. Podemos decir, pues, que un transgénico es, en esencia, un ser contra natura, una puerta abierta hacia el caos biológico-evolutivo.

La biotecnología avanza imparable. Vino a nuestro encuentro desde el futuro y con ella los transgénicos. Por transgénico entendemos todo aquel ser vivo al que le ha sido modificado su código genético utilizando técnicas de biología molecular. En muchos casos, estas nuevas «especies» están en condiciones de transmitir su material genético a sus descendientes y crear así nuevos linajes de engendros biotecnológicos. Una nueva era ha comenzado, los aprendices de brujo a sueldo de las grandes multinacionales agrobiotecnológicas estadounidenses (Monsanto, Dupont, Mycogen y Delta and Pine) y europeas (Syngenta –antes Novartis y Zeneca–, Bayer Crop Sciences y Limagrain) han abierto la caja de Pandora. El patrimonio genético de virus, bacterias, plantas, animales y humanos es mezclado de un modo irresponsable con fines absolutamente lucrativos, aunque intenten presentárnoslo como el fin del hambre en el mundo y el principio de una nueva era feliz: la era de los transgénicos, los clones, los ciborgs…

Las barreras genéticas entre especies han sido violadas y lo mismo ha sucedido con las fronteras naturales entre los reinos vegetal, animal y humano. La lucha por el control estratégico sobre la producción mundial de alimentos ha comenzado. La moral y la ética son apartados que no figuran entre los objetivos de producción de las empresas del sector, y si son tenidos en cuenta es sólo para prostituirlos. Los objetivos reales no son otros que el control y el monopolio mediante biopatentes del suministro global planetario de las semillas transgénicas –que los agricultores deberán cultivar en todas partes– y de los animales también alterados genéticamente –que los ganaderos deberán criar con soja y maíz transgénicos para su rápido y “seguro” engorde.

Así, cada vez más, la distancia entre Norte y Sur se volverá más insalvable, pues los agricultores de los países pobres nunca podrán valerse por sí solos para construir su futuro, siempre dependerán de otros. En Europa tampoco nos irá mucho mejor, los monocultivos transgénicos resistentes a plagas y herbicidas (al menos mientras hierbas e insectos no se vuelvan inmunes) dominarán el paisaje y será cada vez más difícil encontrar en el supermercado alimentos libres de transgénicos.

Sabemos cómo ha empezado todo, pero no cómo acabará. Hace unos años intentamos volver a las vacas carnívoras alimentándolas con piensos de origen animal y conseguimos, literalmente, volverlas locas, además de peligrosas para el consumo humano. Manipular a nuestro antojo la vida tiene un precio, aunque no todos –incluyendo gobiernos, multinacionales, distribuidores y consumidores– parecen darse cuenta. Aparentemente no pasa nada por insertar genes de una bacteria, de un virus y de una petunia en el genoma de la soja (es el caso de la soja transgénica de la empresa Monsanto, resistente al herbicida Roundup que ella misma fabrica), ni por criar cerdos clónico-transgénicos para un posible mercado de órganos humanizados (xenotrasplantes) o por modificar cabras y vacas para obtener leche con proteínas humanas apta para bebés. El tiempo pondrá todo en su lugar, pero entonces será ya demasiado tarde para reaccionar. Ahora es el momento de detener esta pesadilla futurista exigiendo alimentos y medicamentos debidamente etiquetados, sin tapujos, en cuanto a su procedencia transgénica o no, pues no sólo comemos transgénicos, sino que también nos medicamos con ellos. No podemos renunciar al derecho de libre elección del tipo de alimentación y medicación que queremos para nuestros hijos o para nosotros mismos. En esto, como en muchos otros ámbitos de la vida, nos estamos jugando el futuro día a día, con cada decisión que tomamos y con cada elección que hacemos.

Peligros de la agricultura transgénica

Uno de los principales riesgos que conlleva el cultivo de variedades de plantas transgénicas es que no hay manera de evitar la polinización cruzada debida al viento o a insectos con las variedades tradicionales o incluso con sus parientes silvestres. La transgenización en cadena de plantas de cultivo y silvestres conllevará efectos ecológicos del todo impredecibles nunca antes vistos en la historia de la evolución de los seres vivos sobre nuestro planeta. Según un estudio del Laboratorio Nacional de Riso (Dinamarca), podría darse una contaminación genética en el campo a partir de plantas portadoras de genes de virus o bacterias. Observaron que un gen insertado en el genoma de la colza se trasladó a otra especie cercana. Si los genes que dan resistencia a los herbicidas empiezan a contaminar las variedades silvestres –«malas hierbas»–, éstas se volverán también resistentes al herbicida y el agricultor necesitará cada vez mayores dosis del mismo para mantenerlas a raya. La acumulación de sustancias tóxicas en plantas resistentes a altas dosis de herbicidas y pesticidas es nociva para los consumidores humanos o animales y además contamina el medio ambiente.

Otro peligro ecológico y sanitario que provocan los cultivos transgénicos es la posibilidad de que genes resistentes a antibióticos insertados en las plantas puedan transferirse a bacterias u otros microorganismos peligrosos para nuestra salud o perjudiciales para animales o plantas. La Comunidad Europea paralizó, en la década de los noventa, la comercialización en Europa del maíz de la empresa Novartis (fusión de Ciba Geigy y Sandoz), una variedad transgénica resistente a la plaga de los insectos barrenadores, ante la sospecha de que uno de sus genes insertados pudiera transferirse a las bacterias y hacerlas resistentes al antibiótico Ampicilina, muy utilizado por médicos y veterinarios. Richard Allison y Ann Greene, de la Universidad de Michigan, informaron que fragmentos de un virus insertados en plantas de tabaco se recombinaron con otros virus invasores para convertirse en nuevos microorganismos patógenos.

Desde el punto de vista económico, las grandes empresas del sector tienden a promover los monocultivos de muy pocos productos. Por ahora son la soja (60% de la producción mundial de transgénicos), el maíz, el algodón, la colza, el tomate y la patata. Dos tercios de los alimentos elaborados contienen derivados de soja y maíz. En cuanto a los países que más hectáreas cultivan figura en primer lugar Estados Unidos, seguido de Argentina, Australia, Canadá, Sudáfrica y China. A las multinacionales agrobiotecnológicas les interesa crear amplios mercados internacionales para el suministro de muy pocos tipos de semillas. Estas semillas, claro, tienen patente y obligan a los agricultores a su compra anual y a no intercambiarlas con nadie. Para asegurarse de que esto sea así, estas empresas han desarrollado la nefasta tecnología Terminator, que asegura la producción de semillas estériles, incapaces de germinar. Aunque en parte pueda parecer bueno para evitar la difusión incontrolada de las variedades transgénicas, es sobre todo un arma poderosísima para mantener un control absoluto sobre los agricultores en cuanto a las semillas que éstos deben plantar y a quién deben comprarlas. También es un arma de control estratégico-militar. Si en la guerra de Vietnam, Monsanto suministró toneladas del agente naranja, un herbicida muy tóxico, para acabar con las cosechas de arroz de los vietnamitas y con las selvas donde se escondía el Vietcong –aún hoy continúan naciendo niños con malformaciones–, en el futuro bastará con que se decrete el embargo de semillas a un país para que éste se muera de hambre y se someta a las exigencias del Imperio.

La granja transgénica

La galería de los horrores del futuro inminente no se detiene en las plantas transgénicas. La biotecnología aplicada a los animales de granja persigue fines muy semejantes a los de la agricultura transgénica, como son el beneficio económico exento de toda ética y la capacidad técnica necesaria en manos de unos pocos. Cerdos, conejos, cabras, vacas ya pueden alterarse genéticamente para que crezcan más y más rápido (cerdos con la hormona del crecimiento de la vaca, por ejemplo) o para que su leche o su sangre nos puedan ofrecer todo tipo de proteínas de interés clínico e industrial (la leche para bebés del futuro será leche con proteínas humanas procedente de vacas transgénicas). El precio que este tipo de animales podría alcanzar en el mercado actual sería astronómico. También se ha conseguido criar cerdos clonados y manipulados genéticamente, como un primer paso para la producción en animales de órganos humanizados –como el corazón– para su posterior trasplante a seres humanos. Ahora la insulina se obtiene por ingeniería genética en el laboratorio, antes se obtenía del páncreas de vacas y cerdos. En Australia se ha comprobado que la nueva insulina provoca en algunos diabéticos funestas hipoglucemias.

Los fármacos de origen transgénico no generan apenas polémica. Estos medicamentos gozan de una aquiescencia social un tanto incomprensible, incluso en el movimiento ecologista. No suelen ser noticia y parece que prevalece su utilidad clínica y farmacéutica sobre cualquier otra consideración. Greenpeace, por ejemplo, manifiesta que no se opone a los usos médicos de los organismos modificados genéticamente –tampoco se opone a la investigación con los OMG o a su empleo en ambientes controlados–. Queda para el lector reflexionar sobre si el desarrollo de técnicas con un alto potencial de riesgo e incertidumbre puede justificarse en aras de su utilidad médica. La energía nuclear también puede utilizarse en medicina, pero ¿ha valido la pena su descubrimiento?, la era atómica ¿nos ha traído un mundo mejor?

Por un organismo social sano

La comprensión individual de los hechos y acontecimientos del mundo, o, dicho de otro modo, el mantener el pensamiento vivo y despierto, nos permitirá actuar e influir en la vida social humana y del planeta en su conjunto. La fraternidad en lo económico («a cada uno según sus necesidades») en relación con la ingeniería genética significa que esta última no ha de existir sólo para satisfacer las pretensiones de las empresas del sector, sino que ha de percibir (las personas que están detrás de ella) las necesidades reales del mundo. Si su existencia es necesaria, ésta no basará su razón de ser en el lucro. Si no hay necesidad real de esta técnica –la soja y el maíz transgénicos producen respectivamente hasta un 7% y un 10% menos cosecha en comparación con las variedades tradicionales– se debería renunciar a su aplicación. Lamentablemente, no parece que cualquiera de estas dos premisas vayan a cumplirse.

Ante este panorama, no hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que la ingeniería genética no es la panacea para acabar con el hambre en el mundo. La técnica necesaria y los costes de producción y mantenimiento serían muy difíciles de asumir por los países pobres. La ingeniería genética sólo encuentra justificación en el actual sistema de mercado libre, donde las grandes empresas saben crear una demanda social para productos del todo innecesarios. En realidad, son mínimos los casos en que hay necesidad de productos manipulados genéticamente. Incluso cuando se aducen razones médicas, en realidad se trata siempre de intereses económicos orientados a la obtención de un margen de grandes beneficios.

La igualdad ante la ley exige que sean respetados los derechos (y exigidos los deberes) de todos los ciudadanos sin discriminación alguna. Cualquier persona debería tener garantizadas las mejores condiciones posibles de educación y desarrollo personal, lo que implica que la ley debe proteger por igual, tanto los derechos de los consumidores despreocupados, como los preocupados por su alimentación o salud. Esto quiere decir que si el etiquetado de un alimento o el prospecto de un medicamento no especifican claramente el origen de sus ingredientes o sustancias la ley o normativa vigente está quebrantando el derecho de todo ser humano a escoger libremente el tipo de alimentación o medicación que desea, acorde con su propio camino de autodesarrollo.

La normativa europea vigente desde abril del 2004 exige que todos los ingredientes transgénicos de los productos alimentarios destinados al consumo humano o animal figuren como tales en el etiquetado, siempre que su porcentaje en el ingrediente sea mayor del 0,9%. Es un éxito parcial. Muchos alimentos transgénicos, como algunas lecitinas de soja o almidones de maíz, tienen asegurado de esta manera su cuota anónima de mercado. En cuanto a primeras materias como carne, pescado, leche o huevos la impunidad es total. En estos productos no existe obligación de que la etiqueta indique el tipo de alimentación con que han sido criados los animales. Es perfectamente posible que hayan sido alimentados toda su vida con transgénicos (el 80% de la soja y el maíz transgénicos que se cultivan se utilizan para producir piensos), y luego nos los vendan como animales que han vivido bucólicamente en el campo. Hecha la ley, hecha la trampa. Por último, resaltar la jugada que prepara la Generalitat de Cataluña, con la que piensa dar el golpe de gracia definitivo a la incipiente agricultura ecológica catalana. Recientemente ha habido protestas en Barcelona en contra del decreto de «coexistencia» para los cultivos transgénicos y los convencionales (España es el único Estado de la UE que permite el cultivo comercial de transgénicos). La Generalitat argumenta que el agricultor ha de poder escoger libremente el tipo de cultivo que desea, pero esta libertad no existe para quien quiera mantenerse al margen de los transgénicos, pues nadie puede garantizar que a los campos con cultivos tradicionales o ecológicos no vaya a llegar el polen transgénico. Parte del maíz ecológico cosechado en Navarra no puede venderse como tal debido a la contaminación genética. Las exportaciones argentinas de soja biológica también se han visto perjudicadas por la misma causa. La única opción viable para un futuro sostenible es declarar el territorio libre de transgénicos, como es el caso del País Vasco y de otras regiones de Europa.

El marco jurídico social habría de garantizar que todos los temas relacionados con la ingeniería genética, como la concesión o no de patentes de seres vivos, la libre circulación de organismos modificados genéticamente, la terapia genética aplicada a seres humanos o la confidencialidad de los datos genéticos de los pacientes, no se legislen en función de los intereses de las empresas, sino en función del bienestar de la comunidad: igualdad ante la ley. Bienestar que debería asimismo extenderse, dentro de lo posible, a todo el planeta. El respeto a la dignidad de los animales y las plantas, de la tierra y del aire, de los ríos y de los océanos, es otra de nuestras grandes asignaturas pendientes y no parece que la ingeniería genética vaya por ese camino.

Para acabar, la libertad en las ideas y en la vida cultural de la sociedad tampoco es algo fácil de conseguir hoy por hoy. En la sociedad actual, la evolución de la técnica va muy por delante del desarrollo de una conciencia despierta y ética. Los estados de opinión que generan los medios de comunicación, no ayudan precisamente a reflexionar en profundidad y en libertad sobre los métodos que emplea la biotecnología; habitualmente se limitan a destacar el punto de vista científico-industrial de que transgénicos, clonaciones, etc., contribuirán a eliminar el hambre en el mundo y a la curación de muchas enfermedades hoy incurables. La mayoría de ciudadanos se inhiben de la responsabilidad moral que implica trabajar con seres vivos, prefieren que comités ético-científicos asesoren a los gobiernos y éstos decidan por todos nosotros lo que está bien y lo que está mal.

Existen determinados intereses, determinadas fuerzas, detrás de lo que llamamos el «sistema». Trabajan sin descanso para que la humanidad no alcance su mayoría de edad, en la que cada individuo ha de ser capaz de pensar por sí mismo –sin necesidad de gurús o autoridades morales equivalentes– y de discernir entre aquello que es correcto y lo que no lo es. Ésta es una época de profunda crisis de valores y en nuestras manos está hoy luchar –con la conciencia, no con las armas– por el futuro que queremos: una sociedad sensible a la cualidad de todo lo vivo u otra en que técnica y ciencia, los nuevos dioses, dirijan el desarrollo del individuo, de la sociedad y de toda la vida en el planeta según oscuros designios pseudodivinos.

Publicado en Polémica, n.º 85, julio 2005

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