Los hechos del Mayo de 1937

Joan BERNAT

Los sucesos de Mayo de 1937 forman parte de ese capítulo de hechos que no pueden, alegremente, pasarse por alto. Aunque algunos crean que escarbar en el pasado es imposibilitar el avance hacia la unidad de las fuerzas de izquierda, yo pienso que es precisamente en ese pasado donde podemos encontrar las enseñanzas para no repetir viejos errores y edificar una unidad que verdaderamente sirva para la liberación de la clase trabajadora.

Barricadas en las calles de Barcelona

Barricadas en las calles de Barcelona

Las líneas de fuerza

Que quede bien sentado: desde el comienzo de la guerra civil las relaciones entre Cataluña, en plena fermentación renovadora, innovadora y transformadora, es decir, revolucionaria, y Madrid, nunca fueron muy cordiales. En el semanario que le sirve al malogrado Camilo Berneri de tribuna crítica, Guerra di Classe, publica un artículo el día 5-11-1936 del que entresaco el párrafo siguiente:

«…Hemos mandado una comisión a Madrid con el fin de pedir un crédito de 300 millones de pesetas para la compra de materias primas. Hemos ofrecido, como garantía, mil millones de pesetas en títulos de renta pertenecientes a nuestra Caja de Ahorros y depositada en el Banco de España. Todo nos ha sido rechazado».

Berneri reproducía unas declraciones de Joan Fábregas insertas en Solidaridad Obrera del 29-9-1936. Dos meses y medio después de julio nos demuestra esta nota, entre otras cosas, que ya había dificultades políticas importantes.

Para el Kremlin, al corriente de dichas peripecias, un razonamiento se impuso: aprovechar hábilmente todas las oportunidades que posibilitaran una neutralización catalana, pues esta región, además de gozar de un estatuto de autonomía poco propicio al vasallaje, era forja de experiencias autogestionarias, colectivistas, indóciles al marchamo soviético.

A tenor de este razonamiento, los sucesos de Mayo no pueden explicarse si no se inscriben en el triple contexto soviético, gubernamental madrileño y catalán autonómico, es decir, dentro de una estrategia triangular cuyos objetivos son: 1°, liquidación del gobierno Largo Caballero, donde, para las apetencias estalinistas, colaboran demasiado elementos radicales y consecuentes del PSOE y militantes cenetistas; 2°, destrucción de la CNT y el POUM de Cataluña, desmembrando así de la clase obrera nacional un buen número de esforzados militantes; y 3°, desvirtuar el Estatuto de Autonomía catalán, como lo confirmó el decreto del 5 de mayo (no importa que fuera promulgado por el propio gobierno Largo Caballero, pues, de hecho, aquel gobierno vivía ya su agonía, que disolvía las Consejerías de Defensa y Orden Público del ente autónomo.

Sobre ese contexto soviético, el expediente primordial está constituido por los procesos de Moscú. El primero, contra Trotski y Zinoviev, en agosto de 1936. El segundo, contra el «centro paralelo antisoviético trotskista» en enero de 1937. El tercero, contra el «bloque antisoviético de trotskistas derechistas», en marzo de 1938.

Berneri, compúlsese la fecha, en artículo titulado «Carta abierta a Federica Montseny» (Guerra di Classe, 14-4-37) copia este suelto de Pravda del 17-12-36: «…Por lo que respecta a Cataluña, ya ha empezado la depuración de los elementos anarquistas y trotskistas: esta obra será conducida con la misma energía que en la Unión Soviética». Se refiere, sin duda, a la presión creciente que ejercen contra el POUM y que culmina con la dimisión de Andrés Nin en la crisis de diciembre.

Después de Mayo, Krivitski (el célebre jefe de los Servicios Secretos soviéticos para Europa Occidental, que sería asesinado posteriormente en un hotel de Washington), después de leer un informe de sus Servicios relativo a supuestas veleidades conspirativas «anarco-poumistas», en La mano de Stalin (Editorial Claridad, 1946, pág. 28), dice: «…Los revolucionarios catalanes controlaban ya el Gobierno. ¿Por qué habían de «pretender conquistarlo?». El hecho es que la revuelta de Barcelona fue una conspiración fraguada con éxito por la OGPU. «La lucha empezó con un ataque a la Telefónica dirigido por los agentes de la OGPU…». Mal parados quedan Rodríguez Salas, comisario al mando de las fuerzas asaltantes, y asimismo Artemio Ayguadé, Consejero de Seguridad de la Generalitat, el cual, sin consultar a sus colegas de Consejo, tomó tan importante decisión. Hoy se sabe que era un comunista dentro de la Esquerra Catalana, un «libelático», como Araquistain, en célebre panfleto, calificaba a sus colegas socialistas pasados al comunismo sin proclamarlo, rememorando a los cristianos de la Roma Antigua que, para obtener el libelo, fingían adorar a los ídolos. Cuestión táctica.

Poco a poco van perfilándose las líneas de fuerza que provocan desde Moscú la movilización de toda la comparsería, más o menos estipendiada. Jesús Hernández, ex Comisario de Ejércitos y ex ministro, en Yo fui ministro de Stalin (pág. 85), declara: «…La sublevación anarco-poumista nos daba el pretexto para provocar la crisis del gobierno Largo Caballero…». Pero donde caen las máscaras, de forma lapidaria, es en una frase que podemos leer del propio Hernández: «…El Partido Comunista se propuso y llevó a cabo terminar con el Gobierno Largo Caballero…» (Negro y Rojo, México, 1946, pág. 374). Más tarde, en junio del 37, apenas terminadas las refriegas que costaron la vida a más de 500 personas, sin contar los innumerables heridos, el Comité Nacional de la CNT publica un extenso manifiesto (censurado) denunciando la connivencia de elementos nacionalistas catalanes de dentro y algunos emigrados del extranjero, como Dencás, que residía en Roma, con miembros del PSUC contrastados, para atizar el fuego del golpe de fuerza contra confederales y poumistas.

La explosión

Desde la muerte de Roldán Cortada, cuyo asesinato quiso imputarse a militantes anarcosindicalistas, como lo prueba el intento de incoar proceso al compañero Luis Cano, de Hospitalet, intento rechazado por el Juez de Instrucción, la atmósfera que reinaba en Barcelona y provincia era tensa, cargada de presagios inquietantes.

Mientras tanto, trabajaban la conjura, los Erno Geröe, Pedro, comunista húngaro de gran predicamento político dentro del PCE; Orlov, veterano miembro de la NKVD, cuyo verdadero nombre respondía por Kikolski, si hemos de creer a Toryho; Vittorio Codovila, Luis Medina, agente incrustado a José Díaz como un molusco y que le suplantaba, de hecho, en la dirección del PCE; Vittorio Vidali, Comandante Carlos, comisario del V Regimiento de Lister, más tarde «glorioso» V Cuerpo de Ejército que se cubrió de infamia desmantelando y suprimiendo colectividades agrarias en Aragón, so pretexto de imaginarias violencias y exacciones; Luis Fischer, periodista y escritor, amanuense patentado en hinchar héroes con que poblar la mitología estalinista internacional, comensal privilegiado de los ágapes que el doctor Negrín consideraba indispensables para guardar su forma dilecta de persuasión y poliglotismo –¿no han insinuado malas lenguas que Negrín podía ingurgitar airosamente tres cenas al día?–. Al tal Fischer lo pinta excelentemente Amutio Martínez, ex gobernador socialista de Albacete, en Chantaje a un Pueblo, obra bien documentada y seria; le atribuye, no sabemos a cuenta de quién, aunque lo imaginamos, gran interés por la minería española, especialmente una mina de azufre sita en Hellín (La Mancha), que le resultó inalcanzable al estar colectivizada por la CNT y depender, además, del Ministerio de Industria, a la sazón dirigido por Juan Peiró. Y en la cúspide, en la cima de todo este hermoso «cuerpo de ballet», el más talentudo comunista de Europa Occidental, el deus ex machina del Kremlin: Palmiro Togliatti. Éste no fue depurado, según ciertos comentaristas, por poseer secretos de Estado, que guardaba a buen recaudo, donde se ponía de relieve el sucio doble juego de Stalin, ya entonces, respecto a las potencias del Eje.

Otra prueba de la conjura comunista: a primeros de abril de 1937, un mes antes de los sucesos, se celebró en Valencia un Pleno del PC al que asistieron todos los «asesores y consejeros». Probablemente se barajó el nombre del futuro sustituto de Largo Caballero. Se sabe que Negrín fue propuesto –don Indalecio no les pareció a los rusos bastante invertebrado– por Stashevsky, un nebuloso agregado comercial de la Embajada soviética que, de hecho, era determinante autoridad en lo político, como el general Berzin en lo militar.

La explosión comienza por la Telefónica. Se ha hablado tanto de ello, y de las luchas callejeras, que omitiré gran cantidad de detalles –algunos vividos–, por no dilatar demasiado este artículo. El día 2 de Mayo, vigilia de los sucesos, la UGT dio orden a sus afiliados de no acudir al trabajo al día siguiente. Cuatro guardias, al mando de un comandante llamado Menéndez, estaban ya dentro de la Telefónica desde las doce, esperando sin duda la llegada de los otros y de Rodríguez Salas. Todas las tentativas por subir hacia los pisos superiores fueron infructuosas. No lograron dominar más que la planta baja y el sótano. En términos globales, sobre la lucha armada, se ha querido insinuar que los hombres de la CNT-FAI se encontraron en situación precaria. Falso. Yo mismo, con nuestro grupo, me encontraba apostado en el tejado de la casa que hace esquina a calle Fernando, donde actualmente está la tienda del armero Beristain (el Sindicato Metalúrgico se situaba en la Rambla, esquina a la entrada de la Plaza Real) y, desde allí, rechazarnos al menos dos o tres incursiones de mossos d’esquadra que trataban de neutralizar dos barricadas: una, de entrada de Fernando a Plaza Real, y otra, de acceso a la Rambla. Los ocho mossos d’esquadra de que habla C. Rojas en su libro La guerra en Cataluña (pág. 144) como detenidos en un «centro de la CNT» no pueden ser otros que los hechos prisioneros por nuestros compañeros del Sindicato. Estos mossos d’esquadra suscitaron un incidente entre el Presidente de la Generalitat, Lluís Companys, y la delegación CNT-FAI, compuesta por Abad de Santillán, Herrera y Mariano R. Vázquez. Al exigir la libertad de dichos guardias, el Presidente quiso guardar como rehenes a los integrantes de la delegación libertaria, y Abad de Santillán, desde el mismo despacho presidencial, telefoneó a los artilleros confederales para que tuvieran la Generalitat en punto de mira.

Dominábamos la coyuntura, y hasta se dio el caso de que el compañero Juan M. Molina, en su calidad de subsecretario de Defensa, tuvo que intervenir, utilizando a los responsables confederales de Binéfar como mediadores, para que Máximo Franco, jefe de brigada (de la CNT) no bajara al frente de sus hombres hasta Barcelona. El mismo Toryho, inexplicablemente, en su libro No éramos tan malos, contribuye a crear esa impresión de derrota que yo niego en absoluto. De continuar la contienda no hubiera habido vencidos ni vencedores, eso está claro. La guerra se liquidaba en ocho días. Pero ha de decirse, con énfasis, que nunca hubieran penetrado los 5.500 guardias del frente del Jarama en Barcelona si los compañeros responsables no sintieran lealmente la necesidad de ganar la guerra. Ni diez Garcías Oliver, ni cien Federicas hubieran sido bastantes, por más elocuencia derrochada, para parar el fuego, si este fuego no se hubiera paralizado ya antes dentro de nuestros corazones ante la magnitud del descalabro.

Ángel Galarza, informado como ministro de la Gobernación, el propio Azaña, en sus memorias, Jaime Miravitlles, en Episodios de la Guerra Civil Española, todos afirman que sujetábamos la conjura y que los centros políticos vitales se hallaban prácticamente asediados. De no haber suspendido aquello, la Historia acusaría hoy a los anarcosindicalistas de sectarismo ideológico o arrogancia doctrinal. ¿Fue un acierto? ¿Fue un grave error? El debate no ha concluido aún.

Publicado en Polémica, n.º 4-5, junio de 1982

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