La tragedia de la inmigración. Años de hambre en los bosques

Ignacio DE LLORENS

inmigrantesCuando Sherlock Holmes reconocía la dificultad de un caso empezaba a sospechar que detrás se escondiera «la mayor inteligencia al servicio del mal», que siempre era el profesor Moriarty. Si descartamos las grandes inteligencias «legítimas» que presiden instituciones gubernamentales, tal vez hoy podría pensarse que el papel del profesor Moriarty lo ocupa el multimillonario Bin Laden, que en lugar de poner sus cuentas corrientes al servicio de los más necesitados, fuese por amor a Alá o a esos pueblos islámicos hambrientos, dedica su pecunio a la creación de una internacional del crimen. Otro multimillonario, un caudillo africano convertido al cristianismo, decidió erigir un monumento a su Dios que fuera la réplica tropical al Vaticano, y así, en pleno desierto se distingue un palacio dorado. Seguramente le debió pasar como a aquel judío del que nos habla Boccaccio. Se llamaba Abraham y era un rico mercader parisino. Su amigo cristiano, Giannotto, intentaba acercarle a la verdadera fe, de modo que Abraham decidió tomarse en serio la recomendación y decidió emprender camino hacia Roma para conocer el centro del cristianismo. Su amigo se temió lo peor, pues cuando Abraham viera la corrupción eclesiástica reinante no sólo no se convertiría, sino que volvería hecho un acérrimo enemigo del cristianismo. Abraham llegó a Roma y se quedó horrorizado del ambiente lujurioso y de la hipocresía reinante entre los eclesiásticos «Tan avaros y ansiosos de dinero los vio, que tanto la humana sangre, incluido la cristiana, como las cosas divinas, y a los sacrificios y beneficios perteneciente, por dinero vendían y compraban, haciendo mayor mercadería y más ganancias teniendo», que se quedó defraudado, pero luego pensó Abraham que si a pesar de todo el cristianismo seguía teniendo éxito es que el Espíritu Santo le inspiraba, de modo que regresó a París, se bautizó en Notre Dame y pasó a llamarse Juan.

El capitalismo es portador de mil lacras, pero tiene éxito y no deja de expandirse, de modo que no se puede negar la evidencia y bien pudiera ser que estuviera tocado por el Espíritu Santo, que es también el nombre de un prestigioso banco. Luego hacen bien los ricos mercaderes en abrazar la nueva fe. Ser multimillonario da prestigio. Los romanos de hoy han elegido a uno para que les gobierne. Entre los cristianos el poseedor del becerro de oro deslumbra. Hay que convertirse en becerro y esperar que el multimillonario de turno nos vaya dorando. Y mientras ir aceptando los eufemismos con los que se enmascara la realidad, aunque cabe esperar, la religión es básicamente esperanza, que Dios no se deje confundir por el imperio eufemístico que han erigido sus adoradores, «como si Dios, prescindiendo del significado de las cosas –nos advierte Boccaccio– la intención de los pésimos ánimos no conociese y, a semejanza de los hombres, se dejara engañar por los nombres de las cosas». Sería conveniente disponer de algo de su lucidez divina.

Adorar al oro crea miseria, la miseria de saber que hay oro y que no es de uno, idea angustiosa, intolerable; admirar el oro da sentido a la vida, pues no bastaran los días convertidos en jornadas para saciar esa hambre, ni al pobre ni al rico, convertido en vasallo eterno de su ambición. A quienes les falta lo mínimo para la subsistencia se les crea la doble condición de miserable, la falta de pan y la falta de oro. Muchos de esos miserables por partida doble deciden hacerse pobres de fortuna y arriesgarse a dar la vida en un gesto desesperado para cruzar las murallas que blindan las ciudadelas doradas. Cruzan mares en pateras, saltan vallas, se infiltran ocultos en los bajos de camiones… Se desprecia la vida, que ya no vale porque es doblemente miserable. El modelo del desarrollo ilimitado, de las ganancias infinitas, del despilfarro continuo es la meta. Si a pesar del despilfarro y la estulticia el capitalismo tiene éxito y sigue expandiéndose, pues hay que llegar a sus templos para bautizarse, tener los preciados papeles y pasar a llamarse Juan.

Son necesarios estos inmigrantes de la desesperación para saber que la miseria está del otro lado de la muralla y poder afirmar en las ciudadelas doradas la buenaventura del dinero. Nos desean, nos envidian, quieren ser como nosotros. ¡Qué mayor afirmación del éxito!

No sólo de pan vive el hombre, vive también de la idea del pan, o muere por ella, famélico de la idea. Cuando cayó, en buena hora, el comunismo en los países del Este europeo, la idea del pan empezó a reinar a sus ancha, ya no era la idea de la hogaza dorada del Estado, del proletariado mundial, se trataba ahora del pan de la iniciativa privada. Es lo que va de un capitalismo burocrático a uno de mercaderes. En ambos casos, el capitalismo nació con una idea del pan bajo el brazo. Los mayores MacDonals del mundo se establecieron en la antigua URSS. Eran de ver las colas de gentes esperando turno para entrar en esos restaurantes de fastfood de varios pisos. Quienes aguardaban pacientemente su momento de gloria gastronómica no eran hambrientos de solemnidad, al contrario, iban vestidos con las ropas propias de la superchería de la secta de los negocios. Comer la oblea de carne triturada era entrar en comunión con la modernidad del mundo capitalista deseado, de eso se trataba. En la calle, de espaldas al templo gastronómico, se podía ver el paisaje usual, mendigos husmeando en las basuras y gentes corrientes y molientes comiendo en los chiringuitos usuales, tradicionales, la modalidad autóctona de carne picada, la kotlet, lo que entre nosotros se llamaba antes el bistec ruso. Ahí no había idea de modernidad, sólo había carne triturada con forma de pequeño melón no homologada internacionalmente y… mucho más sabrosa. Comulgar con la hamburguesa era saciar el hambre de idea, para luego volver a sufrirla ya digerida y aumentada. Si no se podía acceder al templo de la hamburguesa es que se era pobre, y había que consolarse con la kotlet de siempre, tan poco moderna, tan insulsa, tan portadora de la idea de atraso, de la idea de sentirse hambriento por no poder, todavía, acceder al templo.

Según los más recientes resultados de las ciencias de lo antiguo, de África venimos todos, lo que sucede es que algunos todavía no han acabado de salir. Y les cuesta Dios y ayuda llegar a nuestra bonanza evolutiva, les espera un largo camino hasta dejar de ser negros. Conseguir plaza en una patera con destino a la idea de Europa es más caro que llegar en avión. Hasta para eso hay mafia. Para un subsahariano ahorrar el montante del coste del siniestro billete es un esfuerzo de varios años de trabajo y dolor. Pero la seducción de la idea de Europa es más potente que la inmediata y aguda exigencia del hambre del día a día. Luego viene la incierta aventura, la enorme caminata, los días y meses de espera junto a las costas, en los bosques, admirando el escaparate en que, se ha convertido la orilla septentrional del Mediterráneo. «Años de hambre en los bosques», así refería su experiencia un inmigrante que acababa de sortear la valla fronteriza de Melilla. «Mi corazón llora», decía otro tendido sobre una camilla con un tiro en la pierna tras intentar saltar la valla de Ceuta, y añadía que volvería a intentarlo.

Sabemos los datos de la miseria, se nos repiten hasta la saciedad. Conocemos las necesidades a paliar y cómo hacerlo: agua, pan y aspirinas. Tampoco es tanto, pero no hay manera de arrancar ni el 0,7 de los presupuestos de las ciudadelas del oro. Se abandona a las conciencias contritas el apoyo y la ayuda a los millones de seres humanos famélicos y enfermos. Ya están las ONG para ir a echar una mano. Lo que no se entiende es para que sirven los Estados. Sería mejor pagar los impuestos a esas ONG y dejar sin fondos a esas instituciones avaras y autoritarias que nos fabrican un mundo de miseria. Aquí nos caducan medicamentos sobrantes, si llegaran a quienes los necesitan se salvarían muchas vidas. Si eso tan elemental no se hace no puede echarse la culpa a la naturaleza, nada tienen que ver los tsunamis ni los terremotos ni los huracanes, es evidente que no funcionan las instituciones políticas. En cuestión de apenas unas horas se puede organizar un bombardeo demoledor en cualquier parte del planeta, pero no hay manera de llevar agua potable a los cientos de millones de sedientos. Para paliar esas necesidades básicas se ha establecido una suerte de consenso criminal: es un problema a medio plazo, a largo plazo. Pero es que al medio plazo no van a llegar unos cuantos miles de millones de los hambrientos de hoy, de esos niños que mueren cada treinta segundos. Claro que a medio plazo ya sólo morirán unos centenares de millones y a largo plazo todos serán blancos. La política es el ejercicio de administrar el tiempo, de fabricar la esperanza. Sin esperanza nadie emprende una caminata de varios años para subir a una patera. Hay que bombardear con bocadillos. Pero resulta que llegan antes las armas occidentales que la mortadela.

Producimos para el despilfarro, para la acumulación y el Progreso. Con el señuelo de trabajar para ganarnos la vida, acabamos trabajando para perderla, para despilfarrarla tras la idea del oro. Pero un sentido elemental de la decencia nos golpea. Por más riqueza de la que nos rodeemos no podemos pretender tener razón. El que no comparte lo que le sobra con el que lo necesita no puede tener razón.

No hay que darles peces sino enseñarles a pescar, dice nuestra sabiduría. Y tras esas sentencias campanudas se oye el tintineo de los cubitos de hielo en el vaso de whisky y se huelen las croquetas con las que finaliza el simposio contra el hambre del mundo organizado por conciencias doloridas. ¡Ya empezamos! De lo que se trata es de no dar peces sino de que abran una pescadería. Cómo si el tener hambre significase que se es gilipollas. Cualquier excusa es buena con tal de no dar nada. De lo que se trata es de que produzcan, no de que coman. La idea del pan es lo que hay que darles; el pan, ya se sabe desde la expulsión del paraíso, hay que ganarlo con el sudor de la frente. Pero si no beben no sudan. Conclusión: se mueren de sed y de hambre. No se han enterado de que no estamos en el paraíso. Hay que seguir sembrando ideas… no vaya a ser que coman sin sudar. Y organizar simposios para paliar el hambre a medio plazo.

Los miserables de la época de la globalización tienen el estómago vacío y la cabeza llena, falta de pan y rebosante de ideas. Quieren vivir como nosotros, visten con ropas deportivas, escuchan nuestra música y ven los partidos de fútbol de nuestras ligas. Quieren ser como nosotros y para ello tienen que vivir con nosotros. Tampoco es que aquí les espere el reino de jauja, nos sale más a cuenta pagarles un mal sueldo aprovechándonos de sus necesidades que invertir en sus países. Dispondremos de un nuevo proletariado incapaz de protestar y que va a reventar los sueldos de los proletarios autóctonos, con lo cual es de esperar que éstos se enfrenten con los recién llegados. Así sucedió no hace mucho en la más proletaria de las barriadas de la proletaria ciudad de Terrassa. Los charnegos integrados echaban a los inmigrantes recién llegados. Negocio redondo. Y el Estado haciendo de árbitro: ¡venga, muertos de hambre, no os peguéis! Resulta que necesitamos a esos miserables extranjeros, y como más les cueste llegar y peor tengan la posibilidad de ser legalizados, más nos podremos aprovechar de ellos. ¡Qué guapas las rusas! ¡Qué buenas están las negras!, y nuestras meretrices autóctonas peleando con ellas: ¡es que han puesto el polvo por los suelos! El paraíso occidental no es tal, pero en un día de trabajo explotado cualquiera de esos inmigrantes puede ganar más que en un mes en sus países de origen, y aquí pueden beber agua potable y conseguir aspirinas. Claro que eso sólo no basta. Pueden paliar a duras penas el vació de estómago, pero les queda un largo camino para llegar a saciar el hambre de la idea de oro, hasta que descubran que ésta es insaciable.

Cualquier multimillonario con una inteligencia al servicio del mal puede reclutar adeptos para sus criminales propósitos entre los famélicos de ideas, debe para ello utilizar el prestigio que le otorga el oro del que dispone y crear una fe, inquebrantable por definición, que permita llenar de sentido esas hambres, bien sea apelando a una religión o a su vertiente laica, el nacionalismo, o a ambas a la vez. En occidente la fórmula ha tenido éxito. Construir Vaticanos y poner bombas en las líneas de metro de occidente, a eso se destinan las fortunas de los multimillonarios que defienden el hecho diferencial de sus pueblos hambrientos. Paraíso en el cielo, bombas contra los infieles y viva mi desierto.

Hace unos diez años se instaló el Corte Inglés, la madre de todas las tiendas, en la ciudad en que resido. La expectación ante la inminente inauguración debía ser enorme, porque la infausta mañana en que abrió por primera vez sus puertas, una muchedumbre se agolpaba frente a los escaparates. Esas gentes no estaban hambrientas de pan, que se podía conseguir en las otras tiendas, sino rebosantes de ideas. Una fotografía de la prensa inmortalizó al primer comprador, un muchacho que estaba suspendido en el vacío después de entrar dando un salto para superar los cuatro o cinco escalones que daban acceso a la megatienda. La mirada de éxtasis de aquel miserable suspendido en el vacío es todo un emblema. Es el éxtasis del consumo, es el vacío de la entrada en el paraíso.

Después de superar las mil murallas, las mil vallas, a los miserables recién llegados les espera, en el mejor de los casos, ese vacío estremecedor de un paraíso fabricado, como aquel Halcón Maltés, con el material con el que se construyen los sueños, que puede adquirirse, según las tarifas del mercado, atravesando el espejismo de los escaparates, en cualquier tienda. Nuestra hambre de oro les aguarda, con ese material fabricamos las pesadillas.

Publicado en Polémica, n.º 86, octubre 2005

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