Anarquismo y violencia. La propaganda por el hecho

Ignacio DE LLORENS

Sé que todos estamos tan fuertemente sometidos a la violencia que nos es muy difícil vencerla, pero haré sin embargo todo cuanto pueda para no favorecerla, para no ser su cómplice, y me esforzaré en no aprovecharme jamás de lo que fue adquirido y está defendido por la violencia (León Tolstoi)

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Atentado con bomba en el Liceo de Barcelona

A finales del siglo XIX, coincidiendo con la derrota de La Commune y la masiva represión subsiguiente, así como con la desaparición de la I Internacional, y mientras estaba en estado embrionario el proyecto anarcosindicalista como forma de autoorganización popular, hizo su aparición el fenómeno conocido como «propaganda por el hecho», que consistía en atentar contra figuras representativas del orden burgués imperante con el doble propósito de derribar el régimen y dar ánimos a los oprimidos sembrando el pánico entre los opresores.

Aunque fundamentalmente se atentaba contra cabezas coronadas, manos ensortijadas y pechos condecorados, también se procedió a sembrar el pánico en escenarios emblemáticos de la burguesía, cafés selectos, teatros de Opera… La discriminación de las eventuales víctimas de los atentados no siempre era muy escrupulosa; por aplicar eufemismos de «rabiosa actualidad», podríamos decir que los camareros y trabajadores de esos escenarios acabaron siendo «víctimas colaterales».

Desde un punto de vista táctico podríamos establecer que la propaganda por el hecho fue un completo desastre que sirvió justo para lo contrario de lo supuesto por sus practicantes. Quienes hicieron propaganda de el hecho fueron los que dominaban los medios de comunicación, que acabaron creando el arquetipo universal del anarquista como psicópata con bomba, y de paso justificando el endurecimiento del código penal elaborando las llamadas «leyes histéricas», que tanto y tan bien sirvieron para reprimir con ferocidad al conjunto del movimiento libertario de la época, que en su mayoría condenaba los atentados y sufría sus consecuencias. Hasta tal punto fue interesante la propaganda por el hecho para el Estado, que la policía se sirvió con frecuencia de confidentes y agentes para incitar o cometer atentados y cargarlos a la cuenta de los anarquistas, con lo cual se abundaba en la difusión del arquetipo y en la represión de todo conato de asociacionismo libertario. Si no se hacían atentados era menester provocarlos. La acción de la propaganda por parte del Estado servía para neutralizar a sus oponentes más acérrimos y para justificar la existencia del orden represivo.

Desde un plano político, la propaganda por el hecho representaba una flagrante contradicción con la teoría anarquista. Según ésta, el ser humano no nace bueno ni malo, ni Rousseau ni Hobbes tenían razón, es la sociedad mediante sus instituciones y sus valores ideológicos la que convierte a los individuos en buenos o malos. Pensar que matando al malvado se acabará con el orden social mediante el cual dominan supone una completa confusión de las causas y los efectos. Cambiar un régimen social se consigue aboliendo las instituciones que lo establecen, mantienen y reproducen, no con las personas físicas a las que se supone susceptibles de liberarse de los roles que han asumido, y a la nueva sociedad de abolir las instituciones que ejercen el mal. Por otro lado, consustancial con el pensamiento libertario es la idea de que la liberación social se obtiene estableciendo unos valores políticos y morales de no dominación que sirven a la vez de referencia de acción, manteniendo la coherencia entre fines y medios, ya que a la postre vivimos entre acciones, no entre fines, y son los propios interesados en su liberación los protagonistas de la misma. Luego la extensión de esos valores y su puesta en marcha constituyen la «política» libertaria, no los actos de vanguardias armadas redentoras y justicieras.

Y desde un registro moral, la idea de ejecutar a los representantes y responsables de la represión estatal se mueve dentro del ámbito de la venganza. Contra la venganza, que es la disolución no de un orden social dado, sino de lo social como tal, se han levantado los valores que permiten la existencia de la vida comunitaria, arrumbando la venganza y orientando las acciones según la justicia. Donde hay venganza no hay justicia, y viceversa. Luego la aspiración a una sociedad justa no puede contemplar los sentimientos de venganza y sus diversos alimentos: odio, rencor y rabia. La lucha contra un orden social determinado cobrará sentido, precisamente, por el afán de establecer una relación justa más allá del odio y sus servidumbres siniestras.

De modo que la propaganda por el hecho fue una suerte de versión laica del precepto bíblico «por sus obras los conoceréis». Nada podía convenir tanto al orden imperante como dar a conocer a sus detractores mediante esas acciones, y desde entonces el movimiento anarquista ha tenido que enfrentar siempre ese arquetipo de la propaganda estatal, así como el lamentable eco que el mismo pudo tener en las propias filas anarquistas y del que con razón se quejaba Luigi Fabbri: «entre los anarquistas, los hay que aprecian mucho más al que mata en un momento de rebelión violenta que al oscuro militante que con toda una vida de obras constantes determina cambios mucho más radicales en las conciencias y en los hechos»

Lo opuesto a la práctica violenta suele entenderse que es el pacifismo, cuya formulación encontramos también en los evangelios y consiste en ofrecer la otra mejilla al que nos ha golpeado la primera. Hay que advertir, no obstante, que los pacifistas suelen creer en la otra vida, véanse Tolstoi, Gandhi, Luther King… Ya Orwell tuvo que criticar a Gandhi cuando éste recomendó a los judíos alemanes que se entregaran sin ofrecer resistencia a los nazis. El desprecio a esta vida del pacifista queda compensado por el venturoso más allá, donde no duelen las mejillas tumefactas del más acá. Ofrecer la otra mejilla como argumento disuasorio, sin creer en la vida ultramundana, no es signo de bondad moral, sino de vocación de martirio.

Muy distinta de la propaganda por el hecho y del pacifismo es el derecho a la defensa. Claro que ahora que los ministerios de la Guerra han pasado a denominarse de Defensa, no hay guerra que no sea defensiva, y hasta los estallidos bélicos más arbitrarios y caprichosos se hacen como «preventivos», pues hay que afinar mucho en el uso de este derecho. Se puede hablar con propiedad de defensa cuando se produce una agresión real. La agresión real es algo fácil de precisar, pues se impone con cruel evidencia y ante ella no caben dudas. Como el enamoramiento, quien lo «padece» no lo duda, y como en el soneto de Lope, quien lo ha «sufrido» lo sabe. Si alguien llama agresión, para deducir de ella su defensa violenta, al hecho de que suene el despertador antes de que haya acabado su sueño reparador, o a estar expuesto a la agresiva publicidad, y por lo tanto se arroga el derecho de liarse a bombazos, pues está haciendo trampa. Ahora bien, cuando los militantes de la CNT eran ejecutados por la calle por los pistoleros a sueldo de la patronal o se les aplicaba la «ley de fugas», pues evidentemente se trataba de una agresión formal y «con todas las de la ley», y ante la cual era poco recomendable ofrecer la otra mejilla al pistolero o policía que hubiera fallado el blanco. Del mismo modo, resistirse al golpe militar franquista y luchar en los campos de batalla en defensa de la libertad y la revolución, pues parece más correcto, y es desde luego legítimo como defensa, que aplicar el consejo gandiano y entregarse a Franco. Ya luego, los que fueron capturados tras la victoria pudieron conocer el valor disuasorio del ejemplo pacifista.

Cuando es el enemigo el que elige la acción y ésta condiciona la respuesta hasta un límite donde es inevitable sufrir la agresión, y el que la ve venir nota como su fe otrora inquebrantable en el más allá empieza a flaquear, pues digo yo, y creo que convendrá conmigo el común de los mortales, y nunca mejor dicho, que tiene derecho a repeler la agresión. Lo cual no significa que cualquier forma de defensa sea válida. Incluso para estas ocasiones hay un código de honor que bien sabían aplicar los caballeros medievales y que consiste en evitar el ensañamiento. De forma que aquello tan castizo y chulesco de «te voy a dar dos hostias» no es lícito. Primero habrá que ver el efecto que causa el primer impacto, porque a lo mejor resulta que el agresor agredido reacciona de pronto de manera evangélica y ofrece la segunda mejilla. Pues bien, en ese caso la segunda hostia sobra, como sobra también si con la primera se neutraliza ya la amenaza de agresión. Quiere decirse con eso que incluso en el límite donde la acción queda condicionada de forma casi absoluta por la elección del medio del enemigo, también es posible actuar según unos valores distintos de los utilizados por el enemigo en situaciones parecidas. Buen ejemplo de ello nos ofrecieron las tropas de Majno durante los años de la revolución rusa, cuando a los prisioneros se les ofrecía la posibilidad de unirse a la guerrilla o bien ser puestos en libertad bajo la promesa de que no volvieran a atacarles. Para escándalo de la mentalidad propia de los funcionarios de prisiones de todos los tiempos, muchos se pasaban a la guerrilla y los que optaban por quedar en libertad no volvían a incorporarse a las filas enemigas.

La crítica libertaria al Estado es la crítica a la institucionalización de la violencia, luego la violencia no puede ser una forma de liberación antiestatal. Como bien advirtió Tolstoi, conviene liberarse de la violencia para aspirar a ser un ser humano digno. Es el Estado quien administra la vida y la muerte de sus súbditos. Sólo alguien que se crea Estado y luche por hacerse con el poder puede ser partidario de la violencia como forma de lucha política. Distinguirse de los partidarios del estatismo será, pues, poner por obra las formas políticas y morales libertarias basadas en el respeto y el reconocimiento al otro, y en el desarme y «desviolentación» de las formas de relación social. Este es el hecho que merece ser propagado.

Publicado en Polémica, n.º 83, enero 2005

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