La violencia como discurso del Poder

Alejandro SOLER

violencia-policial1Cuando se aborda un tema tan manipulado como el discurso de la violencia, casi siempre se ve uno tentado a manifestar la violencia del discurso como un antídoto necesario para evitar caer en la trampa de contraponer diferentes tipos de violencia y condenar unos o justificar otros dependiendo del espacio ideológico en el que uno se sitúe. No quiere esto decir que vaya a tratar de hacer aquí un lavado de cara al concepto para eliminar toda la basura dialéctica que se le ha ido añadiendo, impregnando de tal modo el discurso que cualquiera que trate de analizarlo siente que la suciedad se le va incrustando en los intersticios del lenguaje, hasta convertirlo en una especie de estercolero donde van a nutrirse toda clase de aves carroñeras.

Mi intención es mucho más modesta: se trataría de reflexionar sobre las causas que hacen posible que sean asumidas paulatinamente determinadas premisas que preparan el camino para la inversión del discurso revolviéndolo contra aquellos que tratan de fijar una determinada conceptualización en el marco social del cual surgieron. Pondré un ejemplo para situar de modo preciso lo que quiero expresar. En palabras del anarquista italiano Malatesta, «anarquía quiere decir no violencia, ausencia de dominio del hombre sobre el hombre, y ,d e imposición por la fuerza de la voluntad de uno o varios s6bre la de los demás». Creo que esta afirmación resultará de una claridad meridiana para quien esté familiarizado con los escritos anarquistas, porque según el mismo Malatesta «la violencia anarquista es la que cesa cuando cesan las necesidades de la defensa y de la liberación».

Es decir, la violencia proviene de aquellos que quieren imponer por la fuerza su dominio sobre los demás, especialmente el Estado y sus instituciones represivas; sin embargo, mediante una hábil transformación lingüística, el anarquismo ha sido presentado siempre, desde las instancias oficiales (entre las cuales habría que incluir la historiografía «oficial») como un movimiento extremadamente violento. Pero lo grave no es que el Poder en todas sus formas intente demonizar a los movimientos de oposición cargándolos con todos los epítetos al uso: violento, terrorista, etc. –en última instancia esta es su obligación y nadie se debería sentir sorprendido de que actúe de este modo–, sino que lo que es realmente terrible es que este discurso llegue a penetrar con la suficiente profundidad en el seno de la sociedad como para convertirse en paradigma. y esto es lo que viene sucediendo desde hace tiempo con determinados conceptos que antes únicamente eran utilizados por las fracciones más o menos extremas de la derecha tradicional y que en este momento se han convertido en lugar común en amplios sectores sociales y esto sí que debe sorprendernos y ponernos en guardia.

Pero, ¿de qué modo y mediante qué procedimientos puede llegarse a considerar como aceptable –en sectores sociales que teóricamente deberían ser críticos a la hora de reflexionar sobre determinadas actitudes– un discurso cargado de violencia contra aquellos mismos que la asumen?

Confluyen diversos factores que lo hacen posible, pero algunos de ellos me parecen extraordinariamente importantes. En mi opinión, un determinado lenguaje se desarrolla en círculos sociales muy concretos y estos a su vez se desarrollan apoyados en el arma de la crítica que aquél les proporciona; cuando estos círculos se disgregan ese lenguaje pierde consistencia y acaba siendo recuperado por el Poder que lo libera de su carga crítica para volverlo inocuo y al mismo tiempo poder utilizarlo contra aquellos mismos que lo generaron.

De la descomposición de esos grupos sociales surgen, en ocasiones, otros grupos que o bien inician su propia trayectoria o se reclaman de algún modo herederos de los antiguos grupos sociales descompuestos. En cualquier caso, algunos de estos nuevos grupos, por 10 general, distorsionarán el discurso anterior para situarse en el centro del mismo, adoptando por 10 general el nuevo paradigma. Esta adecuación a los nuevos tiempos lleva casi siempre aparejado la asunción del lenguaje del poder para de esta forma modernizarse y poder llegar a la gente. De ese modo, se convierten consciente o inconscientemente en los transmisores del mensaje del poder y paradójicamente 10 que antes había supuesto una fuerte barrera a la penetración del lenguaje de la dominación, pasa a ser el vehículo por el que se desliza suavemente dicho lenguaje hasta impregnar todo el tejido social. El resultado suele ser la proliferación de debates estériles e interminables en torno a determinados conceptos que antes suponían un punto de partida para el análisis de la realidad social y el sustento necesario para aguzar las armas de la crítica.

Situémonos ahora en el centro de la práctica discursiva en 10 referente a la violencia específica. A fin de exorcizar la violencia a los márgenes de la praxis política cotidiana se suele añadir a dicha práctica la palabra comodín pacífico. Así oímos hablar de manifestación pacífica. Esto, además de ser un oxímoron, es una soberana estupidez, ya que cualquier manifestación, sea del tipo que sea, es un acto de afirmación contra una disposición que conculca un determinado derecho, es decir, es un acto que intenta oponerse a otro acto y por tanto intenta desplazar un recurso violento mediante un procedimiento que es en sí mismo un reflejo de la violencia que contra éste se ejerce. Ahora bien, este tipo de lenguaje tiene diversas finalidades muy bien diseñadas: por un lado se pretende con ello situar en el mismo plano la violencia ejercida contra determinados objetos (por regla general suelen ser los símbolos representativos de la dominación, ayer eran las iglesias o los conventos, es decir, la sacralización del poder a través de la religión, pero hoy se han desplazado a los bancos, grandes almacenes, etc., es decir, los modernos símbolos religiosos del poder) y la que se ejerce contra las personas. Por este procedimiento se consigue que mucha gente considere mucho más grave atentar contra esos símbolos que el hecho de que la policía agreda –generalmente empleándose con gran contundencia– contra los participantes en una manifestación en la que, por las causas que sean, se han llevado a cabo acciones de ese tipo. El resultado es evidente para todos: por un lado los actos de protesta se convierten en auto justificativos, es decir, se ritualizan y adquieren el carácter que antes tenían las manifestaciones religiosas; por otro los componentes de cualquier acto de protesta están mucho más inermes frente a las arbitrariedades de la policía que –si a sí le conviene– puede actuar de agente provocador para justificarse, como así ha sucedido en incontables ocasiones.

La aceptación del discurso del poder sobre la violencia tiene además la virtud de tornar a éste aún más violento, ya que se arroga todas las medidas necesarias para acabar con ella, 10 cual –dado su carácter– sólo puede conducir a que cualquier institución que forma parte del poder adquiera los caracteres propios del fascismo, uno de cuyos fundamentos básicos era el empleo sistemático de la violencia. Cualquiera que observe con detenimiento las actuaciones de las instituciones estatales en su cotidianeidad podrá darse cuenta de este cambio crucial en su gestión del patrimonio social en cualquiera de las vertientes que analicemos. Por tanto, no se trata ya del análisis de la violencia como agresión física a personas u objetos, sino de algo mucho más importante que ha transcendido todos los discursos de la crítica y los ha convertido en piezas inútiles para describir la realidad del poder. Estamos hablando de la violencia como sustancia que forma y modela las relaciones sociales y las dirige con paso firme a la consecución de una sociedad basada en la sumisión absoluta.

Publicado en Polémica, n,º 83, enero 2005

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