La banda Baader-Meinhof. Alemania: los años oscuros de una democracia

Esther POBLETE

El resurgir contestatario y social de Alemania en los años sesenta del siglo XX provocó pánico en la generación de la II Guerra Mundial, que veía tambalearse la sociedad-ilusión que se había creado. La virulenta reacción del Estado se muestra como un banco de pruebas para el control social de los países occidentales.

Rote Armee Fraktion

Rote Armee Fraktion

La noche del 17 al 18 de octubre de 1977, a las 0,38 horas de la madrugada fue la emisora Deutschlandfunk la primera en dar la noticia que ya había sido confirmada por el Ministerio Federal del Interior: un comando especial había asaltado el avión secuestrado de la Lufthansa, había abatido a tiros a los cuatro terroristas, que pedían la liberación de los presos de la RAF (Fracción del Ejército Rojo también conocido como «banda Baader Meinhof»), y había liberado a los 86 rehenes sanos y salvos. A esa misma hora, en la cárcel de alta seguridad de Stuttgart-Stammheim, donde estaba encarcelado el núcleo duro del grupo Baader-Meinhof había una tranquilidad completa. Los cuatro presos que, por orden del Ministerio del Interior, estaban aislados e incomunicados entre ellos y con el exterior, dormían en sus celdas. Esa noche no sucedió nada que hubiese podido alertar al funcionario que cumplía su turno de noche. Ni él ni nadie oyeron voces, ni ruidos sospechosos, ni disparos. y sin embargo, esa misma noche se realizaron cuatro disparos en el interior de las celdas. Tres de ellos en la de Andreas Baader y uno en la de Jan-Carl Raspe. Mientras, Gudrun Ensslin se ahorcó en su celda e Irmgard Moller se acuchilló a sí misma varias veces en la zona del pecho, pero sin lograr infligirse una herida mortal. De hecho fue la única que sobrevivió.

Con la desaparición del núcleo duro de la RAF se cerró un período de siete años que había mantenido a la República Federal de Alemania en vilo y que tuvo importantes consecuencias para las libertades de sus ciudadanos. Si bien ese desenlace significó un gran alivio para el Estado alemán, la opinión pública tuvo que soportar un último shock: la muerte del presidente de la gran patronal, Hanns Martin Schleyer, secuestrado durante más de 43 días y a cambio de cuya vida se pedía la liberación de los presos encarcelados en Stammheim. Su cuerpo fue encontrado un día después de la muerte de estos.

Entre el 14 de mayo de 1970, fecha de la huida de Baader y que se considera el inicio oficial de las actuaciones de la RAF, y la de la muerte de Schleyer, Alemania se vio inmersa en un clima de enfrentamiento total entre un grupo muy pequeño que proclamaba la lucha urbana en nombre de la eliminación del sistema capitalista y de los países del tercer mundo explotados económicamente o destruidos por medio de guerras (Vietnam), y el Estado que, ante una situación que percibió equivocadamente como de máximo peligro para los pilares de su poder, se defendió con todos los medios a su alcance, sobrepasando a menudo los límites del Estado de derecho que afirmaba defender.

Y entre la fecha de inicio y la fecha final murieron 28 personas (atentados y tiroteos) ajenas al grupo. También murieron 17 miembros de la «guerrilla urbana» y dos personas totalmente inocentes fueron acribilladas por la policía por equivocación. Hubo, pues, un total de 47 muertos como balance de los siete años de «guerra urbana» de la RAF, a lo largo de los cuales se fue afianzando precisamente todo lo que ellos decían combatir. Porque el Estado se defendió creando sistemas potentísimos de ordenadores con una base de datos que hubiese deleitado al dictador más obsesivo, presupuestando más dinero para el Ministerio del Interior, creando más puestos de trabajo dedicados al control de la ciudadanía, mejorando el equipamiento de la policía, aumentando el número de policías fronterizos, aprobando nuevas leyes que limitaban las libertades de los ciudadanos y que en otras circunstancias hubiesen encontrado el rechazo masivo, construyendo salas de tribunales atrincheradas y secciones de alta seguridad en la cárcel, violando los derechos civiles de muchos ciudadanos, permitiendo escuchas telefónicas ilegales, instalando micrófonos ocultos en las salas en las que se entrevistaban los abogados de la RAF con sus clientes (grabando unas conversaciones que en un Estado de derecho se consideran inviolables), etc.

Lo que más sorprende es la reacción tan virulenta del Estado ante un grupo de personas que, a pesar de proclamarse a sí mismos como un grupo de guerrilla urbana dispuesto a destruir el sistema hasta sus cimientos, durante más de dos años no hizo otra cosa que atracar bancos, robar coches, alquilar pisos francos y huir de ciudad en ciudad a lo tonto y a lo loco. Un grupo, que si bien disfrutó de una gran simpatía en ambientes estudiantiles, nunca pasó de tener más de cuarenta miembros realmente comprometidos (en sus mejores tiempos), porque la gran mayoría o bien eran rápidamente detenidos o bien abandonaban el grupo hastiados por su inoperancia y su escasa base ideológica. No fue hasta 1972 (dos años después de su fundación) cuando iniciaron una serie de atentados con bombas de fabricación casera, pero sólo 3 días después la policía logró detener a Baader y a Raspe, pocos días después a Ensslin y finalmente a Meinhof. Nunca fueron nada más que lo que Heinrich Boll llamó la «guerra de los 6 contra los 60 millones». Fueron los terroristas de la segunda generación los que realmente actuaron de una forma violenta y peligrosa para el Estado. Y sin embargo, las leyes, en parte anticonstitucionales, vieron la luz todas ellas antes del encarcelamiento del grupo originario.

El grupo Baader-Meinhof nunca fue peligroso para el Estado. Nunca puso la seguridad y la estabilidad del país en peligro. Fundamentalmente por la propia personalidad de cada uno de los miembros más importantes. Baader nunca fue un revolucionario. Fue un inadaptado, una persona extraordinariamente inteligente pero totalmente incapacitado, para aceptar cualquier límite a sus propios deseos. No logró finalizar sus estudios, fue un delincuente juvenil, que se dedicaba a robar coches y motos, y todos los que le conocieron antes de que se convirtiese en un guerrillero urbano opinan unánimemente que jamás le interesó la política y nunca se preocupó por cuestiones sociales. Cuando el grupo pasó a la clandestinidad, él vivió una vida de ensueño, porque pudo hacer como jefe y persona admirada aquello por lo que fue castigado como delincuente juvenil. La ideología nunca tuvo importancia para él, siempre debía posponerse. La guerra revolucionaria a favor de los más desfavorecidos tenía que esperar hasta que ellos hubiesen atracado los bancos necesarios, hubiesen robado todos los coches que necesitaban y dispusiesen de pisos suficientes como para poder realizar su loca huida por toda Alemania. Ensslin, por su parte, la compañera de Baader y fundida a él por una lealtad sin fisuras era muy diferente. Siempre fue una persona preocupada por problemas sociales y quiso ser maestra para ayudar a los niños, incluso, sacrificándose, si eso fuese necesario. Era una visionaria con orígenes místicos y sueños de autoinmolación. Su teoría política tenía una base maoísta-bíblica (su padre era cura). Y Meinhof, que era la única que podría haber aportado una ideología fundamentada, fue acallada. Tenía un pasado políticamente muy activo. Era muy conocida en toda Alemania por sus trabajos en prensa, radio y televisión y se le auguraba un futuro político brillante, pero nunca fue aceptada realmente por la pareja Baader-Ensslin. Su importancia en el grupo era muy inferior al que el nombre Baader-Meinhof daba a entender. Para Ensslin nunca fue nada más que una inútil y para Baader era una «cerda burguesa». Aun y así se sumergió con el grupo en la clandestinidad porque quería dejar de ser una teórica y empezar a poner en práctica sus ideas. Si el núcleo se mantuvo unido hasta el final, se debió a que era como un cáncer que les autoconsumía pero del que no podían liberarse. Ya en la cárcel de Stammheim terminaron perdiendo el contacto con la realidad.

Ulrike Meinhof

Ulrike Meinhof

Andreas Baader

Andreas Baader

Que el Estado reaccionase ante una banda de atracadores que se creían guerrilleros salvadores con una hiperfobia desmesurada puede deberse en realidad a cuestiones que nada tenían que ver con el grupo propiamente dicho. La primera era que los movimientos estudiantiles que se sucedían por toda Europa y que empezaban a ganar terreno en Alemania pillaron a la sociedad de ciudadanos bienpensantes y a los políticos que los representaban totalmente desprevenidos. Sólo habían pasado quince años desde el final de la II Guerra Mundial. Una guerra que el país inició creyendo que «… hoy nos pertenece Alemania y mañana el mundo entero…». Pero un crudo despertar les esperaba en al año 1945. Se encontraron con un país destruido, ocupado y dividido en cuatro partes (si bien lograron recuperar tres) pero les unía una voluntad de hierro, para empezar de cero, para reconstruir el país, para lograr lo que más tarde se llamaría el «milagro alemán». En ese empeño tenían la obligación de embarcarse todos. Y súbitamente sus calles se empezaron a llenar de hombres jóvenes contestatarios, melenudos y con un estilo de vestir que contradecía todas las normas que debe cumplir un ciudadano decente. y también empezaron a aparecer mujeres que se negaban a asumir su rol femenino en la sociedad. Empezaron a circular drogas, a crearse grupos políticos socialistas y comunistas (con el miedo que el socialismo y el comunismo les daba a los alemanes), que rechazaban el orden existente, a pesar de vivir puerta con puerta con la República Democrática Alemana. La generación que nació inmediatamente después del fin de la II Guerra Mundial parecía estar dispuesta a destruir todos los esfuerzos realizados por los mayores. Sobre todo porque rechazaban la circunstancia de que el poder político, económico y social estuviese mayoritariamente en manos de personas que participaron activamente en la época nazi.

Y esa era otra cuestión que pesaba como una losa sobre Alemania: quedaba demasiada gente amnistiada de la época anterior. Demasiadas personas que habían sido miembros del partido nazi y que de la noche a la mañana abrazaron la constitución democrática. Demasiada gente que «nunca se enteró de nada de lo que había sucedido durante el régimen nazi». Porque después del juicio de Nü̈renberg, en el que se condenó a los personajes más importantes de la época, las fuerzas ocupantes se percataron de que debían poner fin a los juicios y a las condenas porque necesitaban a todos aquellos que no tuviesen las manos demasiado manchadas de sangre, para levantar el país. y cuando todos estos fueron moralmente amnistiados, el pueblo entero se autoamnistió también. Los mismos tenderos que robaron las tiendas a los judíos volvieron a abrir las suyas. Los mismos médicos que se negaron a atender a un judío, volvieron a ejercer su profesión. Los mismos policías que perseguían a gitanos, homosexuales, judíos o comunistas, volvieron a actuar como defensores de la Ley. y los mismos jueces que dictaron sentencias monstruosas o emitieron leyes antidemocráticas volvieron a dictar sentencias en nombre de la democracia. Porque todos ellos eran necesarios, para crear el «milagro alemán».

La siguiente generación empezó a ser muy consciente de que había una época de la que no se podía hablar. Comprendió que no sabía nada sobre lo que realmente sucedió y sobre quién participó y en qué. Como dijo Ensslin en una ocasión «… todos ellos son los mismos que levantaron y controlaron los campos de concentración». Empezaron a cuestionarse las sombras que existían detrás de la flamante democracia alemana. Empezaron a cuestionarse que quienes encabezaban el país, mayoritariamente, habían surgido de una zona muy oscura pero habían logrado perpetuarse hábilmente en el poder.

Fue contra todo esto contra lo que reaccionó el Estado alemán. Su reacción brutal, innecesaria y desproporcionada fue fruto del miedo. Del miedo a perderlo todo, porque la siguiente generación no estaba dispuesta a callar y a seguir sintiendo vergü̈enza por el simple hecho de ser alemanes, cargando con la culpa de la generación anterior. Había demasiadas heridas abiertas que volvieron a sangrar en cuanto la siguiente generación hundió su dedo en ellas.

Cuando empezaron las primeras manifestaciones de protesta contra las armas nucleares, contra la guerra del Vietnam, contra la ley que prohibía el aborto, contra el servicio militar obligatorio, etc., y cuando empezaron a crearse multitud de asociaciones políticas que proclamaban a voz en grito que querían cambiar el sistema existente, que querían derrotar al Estado y que no querían seguir aceptando que controlaran el país aquellas personas que procedían del régimen anterior, los poderes fácticos entraron en situación de pánico ¡Tenían tanto que perder!

Desde el primer momento en que se dio a conocer, el grupo Baader-Meinhof provocó dos reacciones contrapuestas. Por un lado despertó grandes ilusiones en todos aquellos que creían que se trataba de un verdadero grupo revolucionario, dispuesto a cambiar las bases de la sociedad alemana. Y de hecho aquellos a los que llaman la RAF de la segunda generación (cuando los miembros del grupo original ya estaban encarcelados) sí que llevaron a cabo algunas acciones que realmente hicieron tambalear los pilares del Estado: mataron al fiscal general del Estado, intentaron secuestrar a uno de los directores del Dresdner Bank, el segundo banco más importante de Alemania (si bien el secuestro fracasó y lo mataron en su misma casa) y secuestraron y posteriormente mataron al presidente de la gran patronal y miembro de la junta directiva de Daimier Benz. Y, por otro lado, provocó un gran miedo en todos aquellos que acababan de vivir una guerra muy destructiva y tenían exactamente la sociedad que querían tener, con un orden muy bien establecido que había que defender a toda costa y con todos los medios a su disposición.

Así, para defenderse, sacaron el llamado decreto «antiradicales». Con esta ley pretendían salvaguardar al estamento de los funcionarios de la entrada de posibles «radicales». Todo aquel que en el pasado hubiese tenido una relación con grupos «antidemocráticos» y «contrarios al Estado» tenían vedada la entrada al funcionariado (un solo parlamentario socialista votó en contra de la ley y declaró sentir vergü̈enza y otros tres se abstuvieron). De un plumazo se cargaron a la gente más preparada de la generación de jóvenes que pretendía trabajar como profesores, maestros, fiscales o funcionarios en general. Estaban «fichados» por su pertenencia o por su simpatía a determinados grupos que el Estado consideraba peligrosos.

Y había muchos «fichados» de forma oficiosa y sin el conocimiento de las personas afectadas. La oficina general de investigación criminal se convirtió en un aparato poderoso para la búsqueda y captura de los miembros de la RAF, a la vez que almacenaba datos de personas «sospechosas». En el sótano de su sede central en Wiesbaden se instaló un sistema de ordenadores con una red que para muchos era la encarnación del Estado de Orwell y que más tarde llegó a llamarse el Gran Hermano por la gran cantidad de información que existía en su imponente base de datos. La sede en Wiesbaden se convirtió en una fuente que recibía y de la que emanaba la información coordinada. Actuaba como una especie de cerebro superior, un lugar para la recogida y la evaluación de datos. En sus ordenadores no sólo se almacenaron los datos de aquellas personas que estaban en busca y captura, sino también de aquellas personas que «representaban un peligro», fuese lo que fuere lo que eso quería decir.

En 1979, cuando se llevó a cabo un informe de revisión se encontró lo siguiente: 37 ficheros en los que aparecían 4,7 millones de nombres y aprox. 3.100 organizaciones. En la sección de huellas dactilares aparecían 2,1 millones de personas. Existían fotos de 1,9 millones de personas. Existía un fichero especial con 3.500 personas que contenía fotos, huellas dactilares, datos personales y muestras caligráficas. Entre ellas había muchas personas que en su momento fueron sospechosas de terrorismo, pero sin que jamás se confirmase la sospecha. También aparecían todo tipo de organizaciones: para la defensa de los derechos humanos, comités de soldados, de reservistas, etc. Existían aproximadamente 600.000 pruebas caligráficas de personas conocidas y desconocidas. 2000 pruebas caligráficas de terroristas, de sospechosos de terrorismo y de personas de contacto.

El corazón de todo el sistema de datos era el Fichero PIOS (personas, instituciones, objetos, cuestiones): contenía información sobre 135.000 personas, 5.500 instituciones, 115.000 objetos y aproximadamente 74.000 cuestiones. Bajo el título «personas de contacto/supervisión de los presos» se registraron sólo en enero de 1979 a 6.632 personas que habían visitado en la cárcel alguna vez a un sospechoso o culpable de terrorismo: padres, familiares, compañeros, amigos de la infancia, etc. Y existían otros muchos ficheros relacionados con el terrorismo y con cualquier otro tipo de actos criminales comunes. Se necesitaron años para almacenar todos estos datos y se hizo con la excusa de defenderse contra un grupo terrorista que nunca llegó a tener un número significativo de miembros activos. Unos pocos datos, muy pocos, fueron borrados años después por orden del Ministro del Interior, pero nadie sabe qué se borró realmente de la base de datos del «Gran Hermano».

Alemania se partió en dos. Entre aquellos que, simpatizantes o no con la RAF, criticaban la actuación del Estado y se sentían acosados por el poder del mismo y los que, formando parte o no del poder, criticaban a todos aquellos que defendían a la RAF y se sentían acosados por lo que la mera existencia de ese grupo podría significar para sus vidas ¿y los miembros del grupo Baader-Meinhof, que pretendían destruir la omnipresencia del sistema? Al final fueron ellos mismos quienes se vieron enfrentados a esa omnipresencia. Porque lo único que tenían a su alrededor era «sistema». Representado por los funcionarios que los vigilaban, por los jueces que los juzgaron, por las paredes de cemento armado que les rodeaban y que fueron levantadas expresamente para ellos y por las leyes represivas gracias a las cuales se pudo celebrar un juicio al más puro estilo de un país dictatorial.

Después de los sucesos en Stammheim, de la publicación del informe definitivo del fiscal y del de la comisión de investigación se cernió el silencio sobre el caso. Ni la prensa, ni los diputados, ni los familiares, nadie recibió respuesta a sus preguntas. En el fondo, el país entero respiró aliviado por poder dejar atrás un episodio que duró siete años y que cambió la República.

Publicado en Polémica, n.º 83, enero 2005

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