¿Era legítimo matar a Franco?

En 1964 Stuart Christie fue detenido en Madrid y condenado a 20 años de prisión por complicidad en una tentativa de atentado contra Franco. Años después, en 2005, publicó el libro Franco me hizo terrorista (Editorial Temas de hoy, Madrid, 2005) de cuyas páginas extraemos este pasaje en el que reflexiona sobre sus actos y sus consecuencias.

Stuart Christie

Stuart Christie

[…] En las tardes soleadas me apoyaba en el muro y contemplaba mi propio fragmento de infinito azul sobre Castilla, la máquina de mi cerebro detenida, soñando despierto con mi casa y lo que el futuro me traería. Todavía no había aprendido a contar en meses y años y me gustaba vivir al día, llenando cada uno de ellos de recuerdos de las verdes colinas y la lluvia de Glasgow.

A veces el cuadro de mandos de mi cerebro me conectaba con especulaciones sobre qué habría pasado si hubiera causado la muerte de gente inocente, y un escalofrío me recorría el cuerpo. Incluso de haber podido escapar al garrote vil habría sido una carga terrible. Como dice, memorablemente, uno de los personajes de El primer círculo de Solzhenitsyn: «¿Qué es lo más precioso del mundo? Parece ser la conciencia de no haber participado en la injusticia. La injusticia es más fuerte que tú, lo ha sido y siempre lo será, pero no dejes que se cometa gracias a ti: una conciencia tullida es tan irrecuperable como una vida perdida». Alan Ladd dijo algo muy similar en Raíces profundas: «No hay vida si has matado».

Aquella corriente de conciencia, aquellas cavilaciones, a veces representaban las posibles consecuencias negativas de haber tenido éxito en asesinar a Franco: ¿habría conducido a una represión mayor y más sangrienta, a la aparición de otro posible dictador aún más brutal? Después de todo, Franco era contemporáneo de Hitler, Mussolini y Stalin, cuyas muertes condujeron a un mundo mejor. La permutación de posibilidades y diálogos conmigo mismo seguía y seguía sin fin dentro de mi cabeza.

¿Por qué medios, aparte del recurso a la violencia, puede la gente normal atacar un aparato de Estado malvado, corrupto y represivo, cualesquiera sean sus excusas? Un Estado en el que no hay juego limpio ni respeto por la justicia y la libertad; que no está sujeto a estructuras legales o sociales y no responde ni a la razón ni a los llamamientos a la moralidad ni a la diplomacia internacional.

El régimen de Franco era un Estado canalla mantenido por el turismo, los ingresos de los emigrantes y el apabullante apoyo económico y diplomático de los Estados Unidos. La negociación, la compasión y el reparto justo se despreciaban y ridiculizaban como prueba de debilidad o de manipulación marxista o masónica. Ignoraba las protestas de su propio pueblo y las de sus oponentes en todo el mundo, convencido de su propia rectitud y de que el uso del terrorismo de Estado y la represión le permitirían finalmente ganar y ser aceptado como poder europeo en sus propios términos. Franco era un militar que sólo respetaba una cosa: la fuerza letal, devastadora y apabullante.

Franco me hizo terrorista

Franco me hizo terrorista

Pero aun así, la decisión de matar a un hombre, por mucho que sea para evitar una violencia y un mal mayores, era una elección trágica y cargada de culpa. A diferencia del juez que delega en el verdugo, o del piloto de un bombardero que lanza bombas a 10.000 metros sobre población inocente, o del piloto de un caza F-16 que dispara un misil «quirúrgico» a doscientos metros contra un bloque de viviendas en Gaza, no se trataba simplemente de un «deber desagradable» que hay que cumplir. Quienes no teníamos instituciones estatales tampoco teníamos clubes de oficiales o ranchos cuarteleros a los que volver a por una copa y la absolución, ni la seguridad de que los «daños colaterales» (ese repugnante eufemismo para la masacre de inocentes) era el precio inevitable a pagar en nombre del «interés nacional». Nosotros, los anarquistas, sólo teníamos nuestras conciencias inquietas para responder.

Finalmente, lo que importa es que hay que conseguir que el bien destruya el mal. Jimmy Stuart, el idealista liberal del Este que quiso combatir el mal con la razón y la ley en El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford, llega a esta conclusión al final de la película: «Cuando la fuerza amenaza, hablar no es bueno».

En mi debate conmigo mismo, llegue a la conclusión de que mi detención fue la mejor de las soluciones posibles. Me había convertido ahora en un recordatorio regular para el mundo de la naturaleza de la España franquista. «Todo es perfecto en el mejor de los mundos posibles». […]

Más información:

El DI y la resistencia libertaria contra el franquismo

Publicado en Polémica, n.º 83, enero 2005

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s