El núcleo del Mal. La élite del poder en Estados Unidos

Bernat MUNIESA

El poder económico rige hoy en día los destinos de la humanidad y utiliza como instrumento las distintas políticas sobre las que juegan los gobiernos de cualquier signo y a las que se encuentran sometidas las distintas sociedades. Este núcleo de poder permanece oculto y tiene su centro en la mayor potencia militar, Estados Unidos, y su único objetivo es el beneficio propio. Este análisis, elaborado cuatro años antes de la llegada de Obama a la presidencia, explica el fracaso de las expectativas reformistas del primer presidente negro de Estados Unidos.

La élite del poder USA, como las de todas las naciones, no es sociedad, es simplemente oligarquía económica más Estado.

Charles Wright Mius, en Poder, política y pueblo

La élite del poder en Estados Unidos

Bandera-Americana-aguilaAl finalizar su mandato presidencial, en 1960, el general Dwight D. Eisenhower, «héroe» de la Segunda Guerra Mundial e individuo profundamente conservador, sorprendió a la opinión pública al afirmar que «la gestión política, en los Estados Unidos, es hoy muy difícil, pues está condicionada por el entramado de intereses del complejo militar-industrial». La muerte del presidente Franklyn D. Roosevelt (1945) y el victorioso final de los aliados en aquella contienda (1939-1945) contra los totalitarismos fascistas crearon unas nuevas condiciones para una rápida reacción de la élite del poder económico y su consecuente reorganización, tras el período de acoso sufrido por el New Deal. El despliegue patriotero-inquisitorial del maccarthysmo y de su Tribunal de Actividades Antiamericanas bajo las presidencias sucesivas del demócrata Harry S. Truman y del republicano general Eisenhower fue una gran operación quirúrgica destinada a destruir la herencia de Roosevelt y sus políticas del New Deal, que la élite del poder consideraba «pro comunistas», cuando en realidad se trataba de una gestión socialdemócrata. El poderoso banquero Morgan, viejo patriarca de la dinastía financiera que lleva su nombre, en sus lujosas residencias urbanas y rurales prohibía, mediante un aviso bien visible, citar el nombre de Roosevelt, catalizador entonces de todos sus odios. No entendía el viejo oligarca que, en realidad, las políticas económicas y sociales de Roosevelt estaban destinadas a salvar el sistema capitalista liberal, golpeado desde la crisis destructora de 1929, y que, por tanto, Roosevelt actuaba a su servicio y que no era más que un eficaz y, si se quiere, un inteligente fontanero. La Administración norteamericana fue purgada de miles de funcionarios sospechosos de izquierdismo, los sindicatos definitivamente diezmados y los intelectuales y artistas contestatarios perseguidos sin tregua, unos sometidos al ostracismo y otros obligados a exiliarse. Cualquier mínimo intento político posterior de recuperar el espíritu rooseveltiano, un capitalismo reformista –repito– de raíces keynesianas, siempre destinado a apuntalar el sistema en su versión fordista, sería liquidado de forma drástica: los asesinatos de los hermanos Kennedy (John y Robert, miembros de un clan elitista y, por tanto, «tránsfugas» para los sectores más duros de esa élite), que intentaban promover el proyecto de la Nueva Frontera, y las presiones insuperables contra Lyndon B. Johnson y su ilusoria Gran Sociedad, orientada a fomentar las bases de una seguridad social pública y gratuita, disuelta con la presidencia de Eisenhower.

La élite del poder, ya en los años sesenta (siglo XX) domesticó definitivamente a las instancias políticas y desde entonces los presidentes USA, siendo Richard M. Nixon el primero de la camada, han estado al servicio exclusivo de aquella élite, o bien, como en los casos de los inocuos James E. Carter y William S. Clinton, convenientemente controlados para impedirles materializar sus vagos proyectos de reforma social. Hablar de esta élite no es hacer anti norteamericanismo, como hablar de los nazis no era hacer anti germanismo, pues la élite del poder USA no es, ni representa, la diversificada sociedad norteamericana ni tampoco refleja su plural cultura: ella está al margen y vive absolutamente fuera del juego de los avatares cotidianos, como cualquier oligarquía a lo largo de la historia, desde los tiempos lejanos de China, Persia o Egipto.

Pero, ¿qué es la élite del poder USA? Tendremos, pues, que radiografiarla.

Instancias y funciones en el Gran Robo

Durante los postreros años cincuenta (siglo XX), en el curso de una recuperación intelectual producida después del alud maccarthysta, surgió una nueva generación de intelectuales y de estudiosos, especialmente en el campo de la sociología, que se ocuparon de analizar la nueva sociedad norteamericana nacida de la Segunda Guerra Mundial: fueron, entre otros, los Charles Wright Milis, Vance Packard, David Riessman1 y poco después el economista John K. Galbraith (antiguo asesor de los Kennedy y profesor en Harvard), el cual no dejaría de profundizar en el tema hasta su último libro La cultura de la satisfacción (Ariel, Barcelona, 1998). Eran los tiempos en que, mientras se producía la matanza de los estudiantes de la Universidad de Berkeley, en California, perpetrada por los agentes del orden del gobernador Ronald Reagan, el escritor Norman Mailer afirmaba que el sueño americano es una pesadilla inventada por los desvergonzados del poder con el apoyo de una clase media mediocre y alienada que les vota. En la misma tendencia crítica ejercieron los economistas marxistas Paul Sweezy y Paul Baran, y más adelante el filólogo libertario Noam Chomsky y otros intelectuales posteriores, quienes denunciaron –y denuncian– la omnipotencia de aquella trama de poderosos intereses financieros e industriales. Todos ellos constituyen una imprescindible fuente para el inicio de cualquier intento de analizar la élite del poder USA

Esta élite, el «complejo militar-industrial» citado por Eisenhower, está integrada por diversas instancias. En la cúpula de la pirámide, se hallan instaladas las dinastías económicas históricas, los Ford, Vanderbilt, Morgan, Dupont de Nemours, Rockefeller, Hunt…, es decir, las doscientas familias, los de siempre: de ellos, un hijo del presidente Adams, en sus trabajos periodísticos, escribió, en la segunda mitad avanzada del siglo XIX, que si en Estados Unidos la riqueza la han de crear personajes de esa ralea, será pernicioso y lamentable para el país: mejor sería que no fuese así. Las formidables empresas y compañías de la dinastía económica histórica son de propiedad familiar (corporaciones financieras e industriales) y no participan normalmente en los espacios financieros de la especulación bursátil (Wrigth Milis les llamaba los protagonistas y beneficiarios históricos del Gran Robo).

Justo debajo de ese grupo, en la pirámide del poder se encuentra hoy instalada la nueva clase, intuida y anticipada en 1941 por el sociólogo, ex trotskysta, James Burnham:2 los managers o los trepadores de la pirámide (Vanee Packard dixit), es decir, los directivos y/o ejecutivos de las grandes corporaciones industriales por acciones que naturalmente sí concurren a la Bolsa (Texaco, Enron… y centenares de ellas). En esas corporaciones ellos mismos son, de hecho, los verdaderos amos, pues se adjudican paquetes de acciones decisivos y son finalmente los propietarios- accionistas mayoritarios, con salarios gigantescos autoconcedidos. Son también los inventores de nuevas formas de autoapropiación contabilidad creativa, esto es, de los fraudes contables masivamente descubiertos en los últimos años con la complicidad de compañías auditoras como Arthur Andersen, fraudes tan exagerados que incluso podían poner en riesgo al resto de un sistema fundado ya, naturalmente, sobre el fraude y el robo. (Serían, según siempre Wright Milis, una especie de forasteros o advenedizos, protagonistas, empero, de una nueva camada beneficiaria del Gran Robo.)

La tercera instancia son los señores de la guerra (Charles Wright Milis dixit), elemento fundamental del aparato del Estado, o sea, el Pentágono, es decir, la cúpula militar. De hecho, el culto al «héroe militar» ha estado siempre instalado en la cultura oficialista norteamericana, culto iniciado con el mito del estúpido general Custer, tan cultivado por Hollywood (Raoul Walsh, John Ford, etc.). Hoy, ese culto es un rasgo absolutamente dominante en el ámbito de la cultura de masas (culto que se exporta al exterior) y sus servicios, los servicios del «héroe», un diseñador de asesinatos masivos cuya criminalidad siempre queda impune, son generosamente recompensados; por ejemplo, con importantes cargos en los consejos de administración de las grandes corporaciones de la élite económica, y también en la política, siendo una simple muestra personajes como Alexander Haig (general partícipe en el genocidio vietnamita) y su colega Colin Powell (destacado jefe en las operaciones genocidas de Irak, en 1991, y que hoy sigue en ese frente bélico con otro cargo): el primero fue secretario de Estado y el segundo lo es actualmente, individuos responsables, por tanto, de la política exterior USA (Según Wright Milis, se trata, refiriéndose a los señores de la guerra, de los protectores del Gran Robo.)

Finalmente, en el cuarto nivel está hoy la política con sus aparatos estatales. Charles Wright Milis la denomina el directorio político y/o los gestores de los Grandes Ladrones: se trata del eslabón más débil y degradado de la pirámide, pero necesario para mantener la ficción en que se ha convertido la democracia liberal norteamericana, en la que la élite económica vive al margen, es decir, a cubierto de las tendencias de los votos y en la antípoda de los avatares que sufre el resto de la población.

Habría otro nivel muy ligado a las instancias económicas: se trata de los mass media y las celebridades o los famosos, aquellos creadores de opinión pública y los mitos de referencia y mediáticos que Packard ya definió como los persuasores. Su función es fundamental para la reproducción del sistema: fabricar las realidades alienantes que impidan o dificulten el acceso a la verdad.

El verdadero poder

Las dinastías económicas y la casta de los ejecutivos son las instancias con influencia decisiva sobre la producción de políticas que realizan los gobiernos y las cámaras legislativas que se suceden en los ciclos electorales: políticas que son desplegadas según sus intereses y mediante un entramado laberíntico de comisiones senatoriales, lobbys, reuniones secretas, citas en los campos de golf y fiestas privadas… Fuera de los niveles más o menos ideológicos relacionados con facetas calvinianas, socialdarwinianas, neoconservadoras y/o neoliberales, ultracristianas o pro sionistas, Galbraith nos ha explicado que el sector económico de la élite del poder se mueve, hoy más que nunca, en el nivel del estricto afán de lucro: el beneficio cuantioso, rápido y fácil. Estos grupos económicos y sus sectas intelectuales (la Trilateral, el grupo Carlyle, la Heritage Fundation, el Hudson Institute, la New American Century, el Hoover Institute, etc., conectados con otras sectas similares de otras naciones, casi siempre fundaciones) no tienen hoy por hoy, desaparecido el obstáculo que representaba la URSS y el bloque llamado comunista, ningún otro proyecto que el de reproducir sus intereses y su poder a cualquier nivel, nacional, internacional y, en definitiva, universal. Que nadie, advierte Galbraith, espere nada más: ni control de armamentos, ni tribunales penales internacionales, ni programas anticontaminación o ecologistas, ni sostenibilidades (salvo la suya), ni perspectivas de acabar con la pobreza o las enfermedades (que son el resultado, precisamente, de la explotación que ejercen de formas diversas sus propias corporaciones multinacionales), ni el más mínimo apoyo a nada que signifique intentar solucionar cualquiera de los graves problemas del planeta, causados, por su extrema voracidad: reuniones, citas, encuentros, forums, congresos, simposios y pomposios, los que quieran aquellos que los reclaman; acuerdos y conclusiones, ninguno, pues ellos, la élite del poder USA, es finalmente decisiva, y ella es, en efecto, el núcleo del mal. Ya he afirmado que la élite es ajena, incluso, a los problemas sociales de la misma sociedad USA, de la cual se ha autonomizado social y culturalmente. Su mirada es tan corta que no creen, por poner un ejemplo (Galbraith dixit), en la paulatina destrucción del ozono atmosférico, o bien, en última instancia, consideran que se trata de una perspectiva lejana, sin importarles un ápice que sus hijos o nietos, un día expiren por no poder respirar. Son gentes sofisticadamente anacrónicas, primitivas, y su cultura se forja alrededor de los números (dinero) y de la acumulación de poder (decisión). No conocen, en cambio, las letras, excepto las que pueden cobrar. Su única ideología, al margen de los beneficios y el dominio, es, si así puede llamársele, un nihilismo vulgar, grosero, puro y duro: un páramo lunar.

Autodemolida, como decíamos, la URSS, aquella falsa Icaria, otro sistema oligárquico que constituía un freno a su expansión por defender sus propios intereses también imperialistas, ese alien, la élite del poder USA, monstruo voraz, el extraño pasajero del grupo humano que viaja por los espacios en esta enorme piedra llamada Tierra, hoy lo quiere Todo. Y sus tentáculos se extienden por doquier: pretenden privatizarlo (véase apropiárselo) todo para sí y globalizar (véase expoliar y militarizar) el planeta en su beneficio: cuentan para ello con las complicidades de las oligarquías de otras naciones (élites, burguesías y socios subsidiarios); de las cúpulas dirigentes de partidos políticos que se dicen de izquierdas (izquierda al servicio del Sistema, claro); de unos sindicalismos oficialistas, corrompidos, utilizados como correas de transmisión de los intereses de la élite y las oligarquías para destruir los movimientos sociales y los restos sobrevivientes de la cultura del trabajo. Naturalmente, disponen también de los poderosos mecanismos de sus mass-media embrutecedores.

Mantienen en estado de sumisión económica y social a centenares de países encadenados por la deuda externa, a los que nunca dejarán escapar de sus miserias (con sarcasmo, a muchos de esos países les llaman emergentes), pues su postración está garantizada por la corrupción de sus propios dirigentes y por instituciones fiscalizadoras de la globalización, como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio. Y por si éstas fallaran queda el recurso de la OTAN, instrumento militarista de destrucción masiva especializado en aplastar a los pobres que osan rebelarse. Ahora, el núcleo del mal y sus secuaces y sicarios, nacionales e internacionales, están afanosos en la perspectiva de privatizar (apropiarse) el ya agujerado queso del Estado del bienestar europeo occidental, que esos mismos grandes poderes económicos tuvieron que aceptar después de la Segunda Guerra Mundial por temor a la expansión del comunismo: debieron ceder un dedo de sus privilegios a las clases trabajadoras ante el temor de perder la mano, dedo que hoy ya están recuperando. También, conducidos por la globalización neoliberal, militarizan el planeta con sus ejércitos, policías estatales y privadas, destruyen las identidades de los pueblos conducidos hacia un destino anónimo, disuelven la diversidad cultural con presiones uniformizadoras, asesinan a personas y bombardean pueblos y ciudades, y consideran que la Naturaleza no es para todos sino que es de ellos, pues todo, según el núcleo de mal, es mercancía y todo es, por tanto, gobernado por las ofertas y las demandas de un mercado de evidente tendencia monopolizadora, que ellos y sus aliados controlan mediante aquella milagrosa mano invisible anunciada por su profeta Adam Smith en La riqueza de las naciones, que no es otra cosa que su propia mano, es decir, la mano de la élite del poder, esto es, la mano del Gran Ladrón. Cuando ya lo posea todo, ¿qué hará este alien antropófago? Se autodevorará en un planeta ya devastado.

Hoy, la virulencia del monstruo globalizador se ha exacerbado en función de su enorme poder militar, pues uno de los fundamentos de su economía es la producción de armas, especialmente de armas de destrucción masiva, fabricadas para utilizar directamente o para venderlas (a su antiguo socio Sadam Husein, por ejemplo, para que gaseara a iraníes y kurdos).

Productores de muerte y creadores de monstruos

En las elecciones del año 2000 la élite del poder promovió en USA un golpe de Estado blando: impidió que el moderado, pero sospechoso ecologista (i?) Al Gore ganase la presidencia e instaló a un títere, miembro, sin embargo, del clan Bush (más de un cuarto de siglo en las instancias del poder político y energético) y de la secta Carlyle. Después, el nebuloso episodio (igual que los asesinatos de los Kennedy, Lee Harvey Oswald, Jack Ruby, Martín Luther King, o de la provocación del golfo de Tonkin en Vietnam…) de las Torres Gemelas ha permitido al títere George W. Bush y sus fascistoides colaboradores, a los que eufemísticamente los mass media llaman neoconservadores (los Perle, Wolfowitz, Ascroft, Rumsfeld, Cheney, Kagan, Rice y cía.), progresar hacia un totalitarismo blanqueado, o fascismo posmoderno, tan light él, en cuyo ámbito la ya inofensiva democracia liberal se ha convertido finalmente en un acto electoral vacío, sostenido, sin embargo, por el segmento social que representa lo más mediocre, ignorante, domesticado y egoísta de la clase media norteamericana, y por las corrientes de opinión inventadas por los persuasores y las celebridades del sistema, maquilladores y cirujanos mediáticos que realizan su demoledora labor sobre un cuerpo social ya estragado por la presión consumista: con sus mentiras, con la ocultación de información y con sus espectáculos-basura cierran el círculo totalizador del poder.

Esto en lo que se produce hacia dentro de Estados Unidos. Pero la totalización también se proyecta de Estados Unidos hacia fuera. La versatilidad y el cosmopolitismo de los intereses de la élite del poder o núcleo del mal se reflejan en la aparentemente errática política exterior, pragmática según decía en su tiempo el capo posmoderno Karl Popper y mantiene hoy su gang intelectual, los André Gluksman, Mario Vargas llosa, Bernard Henri-Levy, etc. Esta política exterior desplegada por los gobiernos del núcleo del mal explica por qué los tiranos de Marruecos, Guinea Ecuatorial, Pakistán, Arabia Saudí y de muchos otros lugares son hoy amigos (como antes lo fueron los Reza Pahlevi, Franco, Trujillo, Stroessner, Mobutu, Duvalier, Batista, Somoza, Castillo Armas, Pinochet, o los generales griegos, argentinos, centroamericanos, brasileños, uruguayos…), y por qué los Fujimori, Noriega, Suharto, Ben Laden, Sadam Husein y otros fueron antaño, no hace demasiado tiempo, aliados, benefactores y desde luego amigos, y por qué después se convirtieron en criminales: la élite del poder USA, el núcleo del mal, los fabrica y los utiliza, y luego, desde los años noventa (siglo XX), una vez exprimidas y aprovechadas en beneficio propio sus brutalidades, los convierte en los ejes del mal. Todos son hijos suyos. Son, de hecho, ellos mismos.

La instrumentalización de Sadam Husein ha sido especialmente escandalosa. Le incitaron, apoyaron y ayudaron en la guerra contra Irán en 1980 para destruir la revolución islamista, y de ese modo el dictador iraquí pudo utilizar armamento químico y/o biológico contra el pueblo iraní. En 1986 Estados Unidos fue el único país en votar contra una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que condenaba el uso de aquellos materiales de destrucción masiva empleados por Sadam Husein también contra la población kurda del norte de Irak: en la campaña de febrero-septiembre de 1988, cuando murieron más de cien mil kurdos, campaña realizada con el consentimiento de Washington, tanto bajo la presidencia de Ronald Regan como de la de George S. Bush, un alto militar del Estado Mayor, el general Sheldon Watts, afirmó entonces que «utilizar gases o armamento biológico sólo es otra forma de matar gente y ganar guerras: ¡qué más da si son muertos por metralla o por gases!».3 Washington puso a disposición de Sadam Husein información de sus satélites espaciales militares y le proporcionó cantidades enormes de material bélico: por ejemplo, helicópteros para regar los cultivos agrícolas iraníes con materiales químicos y de guerra biológica (el ántrax), materiales fabricados por la corporación multinacional norteamericana Down Chemicals (1988), que después cobró a Bagdad las facturas correspondientes.

En Estados Unidos funciona una Escuela de las Américas, hace ya muchos años que es una especie de universidad de la muerte y la tortura, donde militares norteamericanos enseñaban –y enseñan– métodos de trabajo a los genocidas latinoamericanos: de allí salieron los escuadrones de la muerte (inspirados por un asesino llamado Negroponte, más tarde virrey en Irak) que desplegaron el terror en América Central, lo mismo que la Contra Nicaragü̈ense y los paramilitares colombianos que siembran el terror entre los campesinos y que luego rondaron también Venezuela para destruir al molesto reformista Hugo Chávez. De allí han salido camadas de graduados, diplomados, licenciados y doctorados en el asesinato selectivo (especialidad en la que los servicios secretos de Israel constituyen una temible referencia) y en el genocidio contra los pueblos. La última generación doctorada son los torturadores que experimentan en el campo de concentración de Guantánamo y en las prisiones de Irak. Estos asesinos son también hijos de la élite del poder. Son una prolongación de ella misma, brazo terrorista del núcleo del mal.

Este alien, el extraño y temible pasajero para las personas y los pueblos del planeta, que es la élite del poder USA, tiene clones en otras naciones; mantiene guaridas mafiosas como los paraísos fiscales; bloquea económicamente a países como Cuba, Irán, Serbia-Montenegro y otros con el objetivo de asfixiarlos; está ansiosa e impaciente por experimentar la capacidad de destrucción masiva de las armas que fabrica (desde el clásico napalm que arrasó Vietnam a la bomba con uranio empobrecido utilizada profusamente en las guerras balcánicas de los años noventa del siglo XX, pasando por esa sutileza que es la mina anti persona Y otros muchos más ingenios mortíferos). Ahora su voracidad apetece ansiosa el petróleo iraquí y ya hace unos años que le tienta el gas natural que subyace en las tierras de Asia central (la operación tercera guerra de Afganistán tuvo ese objetivo: se trata del eventual oleoducto que tendría que cruzar aquel territorio para transportar material energética hacia el Pacífico). En otro plano, desea destruir la competitiva y rival Unión Europea; inutiliza, si no puede instrumentalizarla, la maltrecha institución de las Naciones Unidas; avala las brutalidades y el terrorismo de los gobiernos de Israel (al que alimenta nuclearmente); programa torturas reglamentadas a los prisioneros de sus múltiples guerras; mima a políticos europeos como su secuaz Tony Blair, el sicario Silvia Berlusconi y el felizmente expulsado pinchauvas fascistoide José María Aznar, y coloca, en definitiva, sus poderosos mass media al servicio de intelectuales mediocres como el famoso finis-history Francis Fukuyama y la vedette de temporada Samuel Huntington, inventor de una lucha de civilizaciones, que complace los instintos y los afanes más belicistas y bárbaros de la élite, los sectores que piensan ya en vender sus armas de destrucción más o menos masiva durante ilos próximos mil años!

Frente a tanta barbarie cabe preguntarse si en la sociedad norteamericana resta todavía la vitalidad imprescindible para destruir ese tumor que gangrena el planeta, pues parece que nadie más puede hacerlo por ahora. La solución no es, ya puede avanzarse, el tal John Kerry, servidor de los mismos amos y representación más suave de los mismos u otros intereses de la élite del poder, la cual parece dudar acerca de la necesidad de mejorar algo su imagen después de tanta infamia. Ese recambio cumpliría simplemente la ley de la política: pendular entre el mal mayor y el mar menor, sosteniendo siempre al verdadero poder que ellos mismos gestionan. Como decía Maquiavelo, el viejo escribiente florentino, el león sólo caza de una manera; la raposa, en cambio, utiliza mil ardides, pero esta raposa no es cualquier raposa: su dimensión es descomunal y sus garras y colmillos supuran veneno letal.

Notas

1. Charles Wright Milis, La élite del poder, FCE, México DF, 1964. Vance Packard, Los trepadores de la pirámide y Los persuasores, ambos también de FCE, México DF, 1962, 1967. David Riessman, La muchedumbre solitaria, Alianza ed., Madrid, 1987.

2. James Burnham, La revolución de los managers, FCE, México DF, 1947.

3. Véase el trabajo «Lo que hay tras la guerra de Irak: los datos básicos», realizado por el Grupo de Investigación en Economía Política y publicado en el volumen 55, n.º 1, de Monthly Review, mayo de 2003, artículo que se puede encontrar también en La segunda Guerra del Golfo: Irak 2003, Editorial Hacer, Barcelona, 2004).

Publicado en Polémica, n.º 82, noviembre 2004

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