A tiro limpio. El anarquismo visto por el cine del franquismo

Pepe GUTIÉRREZ

Durante la dictadura franquista, una implacable y frecuentemente grotesca censura obligó al cine español a doblegarse a los criterios del régimen. La glorificación del ejército vencedor y la apología de las ventajas de la era de paz y orden surgida de la guerra civil (o «cruzada de liberación») se compaginaban con la imagen de una España republicana sumida en la miseria, el caos y la violencia. A los anarquistas les tocó el papel de terroristas, dispuestos siempre a lo que fuera con tal de destruir los cimientos de la civilización. Sin embargo, en ocasiones, algunas visiones críticas lograban burlar la vigilancia de los censores, o aprovechar su estupidez.

Mariona Rebull

Mariona Rebull

No es necesario decir que durante el franquismo no hubo manera de ver una película donde se diera una visión más o menos positiva del anarquismo, como no fuera bajo el prisma más bohemio e inocente, como en el caso de algunas de las películas más valiosas de Luis García Berlanga, que muchas veces se ha autodefinido como un «anarquista conservador», un espíritu que ciertamente impregna aunque sea tenuemente títulos tan sugestivos e inclasificables como Calabuch (1956). Pero casos como el de Berlanga forman parte de una rotunda excepción, tanto en calidad cinematográfica como humana, en tanto que la práctica totalidad del cine afecto al régimen al anarquismo (como al comunismo, concepto que no requería de mayores matices) se le atribuía las más turbias y aviesas connotaciones libertinas –y, por supuesto, terroristas–, cuando no la instigación de crímenes perpetrados por agitadores que podían cometer toda clase de atropellos, aunque no faltaban los que –al final– se arrepentían, sobre todo cuando había milagro de por medio, como ocurría en La señora de Fátima (1951). Sigue leyendo

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