Tres días de julio

Francisco CARRASQUER

Miliciana2He aquí mi testimonio, brevemente revivido, de aquel momento, el más importante de toda nuestra historia social. Madrugada del 19 de julio de 1936. En el Ateneo Libertario de Las Corts, Barcelona… Hombres y mujeres concentrados prestos a salir a enfrentarse con el ejército español que sabíamos se había echado a la calle, ¡por fin!, porque ya llevábamos una semana (desde el atentado contra José Calvo Sotelo el 13 último) en estado de alerta, torturándonos por las noches para hacer guardia en la azotea del edificio en que tenía su sede el Ateneo. Hacíamos nuestra imaginaria (¡qué enigmática palabra!) con un capazo de bombas de confección casera a los pies y una pistola en la sobaquera, o una escopeta a lo mejor entre las piernas.

El Ateneo Libertario de Las Corts –como todos los Ateneos Libertarios– era un centro de todos y para todo, menos para tomar bebidas alcohólicas o para jugar a las cartas. A él acudían principalmente sindicalistas de ambos sexos de la CNT y en él se organizaban toda clase de actos culturales, propios de aquella generación libertaria tan ávida de saber y por saber revolucionar el mundo: clases nocturnas de alfabetización, cursillos de cultura general y monográficos, conferencias con coloquio público, recitales de poesía, funciones de teatro de aficionados y proyecciones de cine y diapositivas, lecturas comentadas, y sobre todo, debates en los que se dirimían problemas ideológicos o se trataba cómo enfrentarse con mayor eficacia ante un conflicto laboral, una campaña reivindicativa, una declaración de huelga u otra manifestación con que medir las formas del trabajo frente a la patronal o contra arbitrariedades de la autoridad. Pero a parte de las reuniones más o menos periódicas o anunciadas, el Ateneo era lugar de encuentro de los trabajadores del barrio, donde nunca faltaban grupos de discusión espontáneos o corros de oyentes en tomo a alguien que leía la Soli en voz alta para enterarse de lo que pasaba en el mundo y muy especialmente en España y, dentro de España, en Barcelona. En la actualidad de entonces, tan pródiga en sucesos políticos y sociales y en declaraciones de divos de la escena politiquera, no faltaba nunca un motivo de escándalo para aquellos justicieros cenetistas, proverbialmente antipolíticos por añadidura. En los debates, que podían durar horas y horas, solían llevar la voz cantante unos pocos, siempre los mismos, ¡ay! (que es el peligro que acecha a la práctica asamblearia a ultranza).

Pues bien; en una de aquellas reuniones generales, un par de días antes de que cayera el presunto jefe de la esperada sublevación antirrepublicana, José Calvo Sotelo, se acordó hacer guardia por la noche y hacerla por orden alfabético de entre los voluntarios apuntados. y dio la casualidad de que me tocara a mí la noche del 18 al 19 de julio.

Se ha delegado la responsabilidad de organizar el plan de operaciones para la lucha en las calles contra militares sublevados al Comité de Defensa, del que era secretario un gran amigo mío. Se formó enseguida, antes ya de romper el alba, un grupo de combate con todos los que contaban con algún arma y, bajo la dirección del Secretario del Comité de Defensa, nos apercibimos al combate. Seriamos una veintena, todos conocidos míos, porque en su mayoría eran padres de nuestros alumnos en la Escuela Eliseo Reclús de la calle Vallespir que regentaba mi hermano José, maestro de escuela nacional, asistido por nuestra hermana Presen y yo mismo, más Félix, el mayor de los hermanos, quien, ciego y todo, era un gran animador de toda la actividad escolar, como entusiasta que era de las ciencias y las artes pedagógicas. Y como era la nuestra una escuela autogestionaria, nos reuníamos a menudo con padres de alumnos, y de ahí que nos conociéramos tanto y nos tuviéramos tanta confianza.

Todos los voluntarios íbamos más bien o mal armados, quiénes con escopeta de caza, algunos que otros con mosquetón y los que más con pistola Astra, amén de las bombas de mano que nos fuimos metiendo en los bolsillos, no sin habérsenos advertido muy seriamente que nos fijáramos en si el seguro estaba bien puesto. Salimos en fila india hacia la principal entrada de Barcelona, la Diagonal, a la altura de Pedralbes, cuando ya se oía algún disparo e intermitentes tableteos de ametralladoras provenientes del centro de la ciudad. Pero lo primero que nos sorprendió fue ver y oír bajar por la avenida de Pedralbes a cuadrillas de soldados sin armas y visiblemente de buen humor, a juzgar por sus canturreos y risotadas. Enseguida supimos que en el cuartel de Pedralbes había habido sus más y sus menos entre los oficiales y suboficiales, tropa aparte. Según los soldados, que se consideraban ya licenciados y se iban para casa la mar de contentos, había fallado el golpe en el cuartel por haberse topado, los sublevados, con una viva resistencia interior, sobre todo ejercida por los mandos inferiores, inmediatamente secundados por parte de la tropa. No hemos de olvidar que el espíritu subversivo de la CNT se había propagado un poco por todo el pueblo español y que, por tanto, también se había infiltrado en los cuarteles, donde se llegó a crear un buen número de clandestinos Comités de Soldados en contacto permanente con los comités locales de la Confederación. Y fueron esos grupos de cenetistas en filas los que, en varios acuartelamientos, hicieron fracasar la rebelión militar desde sus propios focos conspiradores y en sus movimientos iniciales. Es lo que había pasado en el cuartel de Pedralbes, como en tantos otros.

Pero como algunos de los soldados autoliberados daban a entender que la situación no estaba todavía muy clara, decidimos acudir cuanto antes a acabar de aclararla. Al parecer, entre los que no acababan de rendirse, figuraba un coronel que seguía intentando, a la desesperada, hacerse seguir por los batallones a su mando al grito de «¡Viva la República!», que era la consigna falaz de los sublevados: ocupar las poblaciones, proclamar la Ley Marcial e implantar con ella la dictadura militar más dura (ya no una «dictablanda», como la primoriverista de hacía una década, porque, entre otras frases similares, recordemos la del presunto cabecilla político de la rebelión cuya muerte precipitó, precisamente, el golpe de Estado, José Calvo Sotelo, quien llegó a decir, como en tertulia de cuarto de banderas, que «había que matar al 40% del pueblo llano, envenenado por el tósigo marxista»). Así que mi amigo Pedro –el que había hecho la guerra colonial en Marruecos– nos hizo desplegar de manera que pudiésemos cercar el cuartel y atacarlo por los puntos más expugnables, todos a una, el primer disparo de fogueo. Como no notamos reacción ninguna, decidimos entrar y bien pronto nos reunimos todos en el patio de armas central y enseguida confraternizamos con los soldados y suboficiales que acudieron a darnos la bienvenida. Para entonces ya estaba el coronel faccioso detenido y aún tuvimos ocasión de participar unas cuantas detenciones entre los oficiales, todavía con las armas en la mano, aunque se soltó a algunos que por su conducta no debían ser inculpados.

Despejado todo peligro, lo primero que arbitramos fue crear un Comité Provisional del Cuartel de Pedralbes, en tanto no se formalizaba el Comité de Barrio. Y, ya como comité, empezamos a requisar todo el armamento que había en el cuartel para repartir ulteriormente con arreglo a los planes de lucha que se acordasen en las asambleas constituyentes de la Organización.

La segunda preocupación que atendimos de inmediato fue el traslado de los detenidos a los centros de reclusión improvisados, a la espera de ser debidamente juzgados por los tribunales populares que habrían de funcionar una vez puesta en marcha la maquinaria judicial. Pero, además, conscientes todos nosotros del peligro de desbordamiento que en todas las revoluciones ha tenido lugar, tratamos de poner cuanto antes treno a las posibles venganzas personales y a que gente armada de pronto, se tomara la justicia por su mano, incluidas las fuerzas equipadas y destinadas a defender la revolución desde el primer momento, tales como las famosas Patrullas de control, contra las que tuvimos que actuar más de una vez con miras a corregir sus métodos que podían ser demasiado expeditivos en ocasiones. Y ya no digamos si se perpetraba algún desmán, saqueo o pillaje cometido, ¡para más inri!, en nombre de la Revolución, so pretexto de que se había abolido el derecho de propiedad.

El mismo día 19, hacia mediodía, salimos un nutrido grupo de jóvenes armados, del de Pedralbes, al cuartel de Caballería de la calle Tarragona, cerca de la plaza de España, donde se nos había dicho había lucha empeñada por ocuparlo entre los revolucionarios asaltantes y los militares que defendían su plaza desde la que habían intentado unirse al «Alzamiento». En efecto, cuando llegamos, todavía se oían disparos en el interior. Penetramos hasta la línea de fuego y nos unimos a los asaltantes antifascistas. La situación estaba muy indecisa, pero decidió la rendición de los militares la repentina aparición de nuestro Pedro con su naranjero disparando por detrás de los oficiales resistentes, y quien, aún sin tirar a dar, acabó con la resistencia de los últimos oficiales defendiéndose como gatos panza arriba.

Nunca ha sabido nadie cómo pudo Pedro colocarse detrás del enemigo. El sólo dijo que había tenido suerte. La verdad es que la caballería hacía más difícil la defensa y más fácil colarse entre los animales y parapetarse para el ataque. El caso es que los militares de graduación se rindieron y fueron detenidos todos los que aún empuñaban un arma. Y en cuanto estuvimos seguros de que quedaba un comité para garantizar la entrega de los detenidos a los encargados de la justicia popular y demás contingentes previsiones del caso, nos volvimos al cuartel de Pedralbes, donde tuvimos que atender a numerosas denuncias e inculpaciones contra sospechosos antirrevolucionarios. Aquella misma tarde tuvimos que interrogar a docenas de ciudadanos conducidos ante el Comité para ser sometidos, los unos a tramite judicial, y los otros para ponerlos en libertad, una vez probada su inocencia. En realidad, lo que hacíamos era una primera tría. A la mayor parte de los comparecientes los poníamos en libertad sin más preámbulos: o por ser casos patentes de víctimas de venganzas personales, o por haberse incurrido en sospechas infundadas, o fundadas simplemente por ser curas o frailes, o aún más simplemente, por ser ricos.

El resto de nuestras actividades consistía en descubrir y poner fuera de combate a los »pacos» (francotiradores agazapados tras una ventana o una lucerna de ático). Lo que no era nada fácil a veces.

En fin, otra tarea que nos arrogamos como específicamente nuestra consistía en formalizar las expropiaciones de viviendas, fábricas, talleres y edificios sociales públicos abandonados, dando cuanta puntual de todos los datos recogidos para su ulterior utilización a conveniencia criterio del Comité de Barrio que se instituiría al normalizarse la situación, y al ponerse en marcha el régimen de colectivización previa y firmemente planeado por la revolución cenetista.

A todo esto, las calles iban llenas. El pueblo entero se había volcado en la empresa de conseguir una nueva sociedad, presa de un frenesí exaltante y arrollador. Semejante agitación multitudinaria podía ser muy útil si se encauzaba en sentido tan constructivo como generoso; y no sólo para levantar barricadas contra militares y facciosos de toda la ralea, sino también para acarrear y distribuir equitativamente suministros, desalojar espacios insalubres y rehabilitarlos convirtiéndolos en puestos de socorro, centros de acogida a necesitados, etc. Pero su buen encauzamiento era lo más difícil del mundo, con aquel maremoto que fue nuestra revolución. Vaya dar dos ejemplos por mí vividos para calibrar el efecto de tan enorme, pero precaria e inestable «bendición» que para los revolucionarios «históricos» han sido las masas salidas de madre. El asalto a la Cárcel Modelo de Barcelona puede ser el primero.

La irrupción masiva y consiguiente irrupción de los «huéspedes» del hotel enrejado de la barcelonesa calle de Entenza fue uno de los primeros actos más necesarios y ejemplares de aquella revolución libertaria. No por nada la Revolución Francesa empieza con la toma de la Bastilla. Acudió tanta muchedumbre y tan decidida a todo, que no hizo falta negociar nada ni exigir a gritos, ni forcejear ante las puertas de la cárcel con los guardianes ni con sus jefes. Todo el personal de prisiones desapareció en un santiamén ante la avalancha que todo lo invadió, como las aguas de una presa en que saltan sus diques por la presión incontenible, penetrando hasta los últimos rincones de las galerías radiales del establecimiento penitenciario, haciendo saltar cancelas y soltando cautivos al paso de la colosal pleamar humana. Y en su subsiguiente movimiento de reflujo se lo llevó todo afuera y quedó la fétida pensión vacía y vaciada hasta de su contenido simbólico. Tan pronto asaltada como abandonada a su obscena ignominia. Aquellos centenares de hombres y mujeres que salían abrazándose y gritando llenos de júbilo, llenaron por unos momentos cielo y tierra de alegría que nos quiso comunicar Beethoven en su Novena Sinfonía.

El otro ejemplo, que pudo ser muy negativo, tampoco lo fue, y esta vez gracias a mi intervención (¡y perdón por la inmodestia, pero la historia no puede ser sentimental!). Han pasado muchos años y todavía no acabo de explicarme cómo me salió tan bien ese trance. Es el caso que, en mis correrías por la ciudad revuelta, acerté a pasar por delante de un buen centenar de gente que se había agolpado ante el gran Convento de los Carmelitas Descalzos. Era una turbamulta no muy numerosa pero bastante impresionante por estar formada de jóvenes tan gritones como gesticulantes. Estaban tratando de forzar el portalón para entrar, entre gritos de «¡A por los frailes!», «¡Hay que sacarlos de la madriguera!», «¡Hay que desarmarlos, que tienen armas y han matado a más de uno!», «Está el convento atiborrado de comida, tienen de todo y muy abundante, ¡a por ello!, ¡A por ellos!»… Tras grandes y desesperados forcejeos, los grupos más adelantados acabaron por entrar y todos acabaron metiéndose como una tromba por una aspillera, inundando cocinas y despensas y, en efecto, pudimos ver cómo aquellos monjes que se llamaban «descalzos» tenían una montaña de calzado, pilas enormes de ropa, más de una docena de tinajas de aceite de oliva monumentales y no menos panzudos toneles de vino, más los techos cubiertos de embutidos, frutas y hortalizas a secar, colgando, amén de las docenas de sacas de harina, de arroz, de azúcar, de sal, de legumbres secas y centenares de latas de conservas en alacenas y armarios, pilas de cajas en el suelo, con todo lo cual bien podrían haber resistido un bloqueo de meses y meses.

De pronto saltó una voz: «¡En la capilla y en la sacristía hay mucho oro, y joyas!». Ya entonces, a aquellas horas, se había dicho y repetido por la radio que se guardaran las campanas para hacerlas fundir y ofrecer así material para fabricar armas y munición conque hacer la guerra que estaba empezando, y aún más importante era salvar de la rapiña joyas y demás tesoros que podían significar un gran capital sin el cual no se podría librar la larga y dura batalla contra el fascismo. Pero nadie daba allí muestras de tener la más mínima intención de seguir tales recomendaciones. En cualquier caso, yo vi que los cálices, copones, custodias, crucifijos de metales preciosos y demás objetos de culto de gran valor, desaparecían sin rendir el menor provecho a la causa común si aquella turba se daba al pillaje y a la rapiña cada cual por su cuenta, dispuesta como estaba a arrambar con todo. Y fue entonces cuando yo me subí de un brinco a un mostrador y erguido a todo los que daba mi pequeña estatua, con la voz más estentórea que pude, les espeté mi arenga apelando sobre todo a sus sentimientos de honradez y justicia que han de adornar la conducta de todos los buenos revolucionarios, no dando nunca pie a que puedan tildarlos de piratas y vulgares aprovechados egoístas. Les dije, entre otras cosas, que aún recuerdo:

Precisamente ahora, cuando podemos distribuir las riquezas de todos para todos equitativamente, es cuando debemos darles una lección de justicia igualitaria a los logreros capitalistas de siempre. ¿Queréis, acaso, que nos confundan con una cuadrilla de bandidos o salteadores de caminos o mercenarios que esperan la recompensa del botín ganado a sangre y fuego? ¿Consentís así que se manche la gloria de nuestra revolución victoriosa. Esta revolución del pueblo español, la revolución que quiere cambiar este mundo de desigualdades e injusticias por uno nuevo que ya está amaneciendo de justicia, cultura y solidaridad en plena libertad para todos? Sabed que una revolución manchada está irremediablemente condenada al fracaso. Ahora mismo hay que nombrar una comisión de militantes del barrio que se haga cargo de los frailes detenidos para que los ponga a disposición del juez y que haga un inventario de todo lo que hay en este convento de valor y hacerlo llegar a los depósitos y cajas fuertes de que el Comité dispone, a fin de que, desde la cúpula de nuestra Organización, se ponga al servicio de nuestra lucha contra el enemigo tan implacable como poderoso. ¡No deis lugar a que intervenga la fuerza de las Milicias y dispongámoslo todo por nuestra propia cuenta con el sentido de responsabilidad tan propio de todo buen revolucionario.

Lo bueno del caso fue que, ya a mis primeras palabras, se hizo el silencio y una vez me hubieron escuchado «religiosamente», como se dice, (¿sería porque estábamos en la capilla y actuó un reflejo ancestral?), nos pusimos todos a ordenar y apuntar todo lo que había y, sobre todos, embalamos cuidadosamente todos los ornamentos y objetos de valor. Y, por fin, pedimos un par de camiones en los que cargamos lo más fungible para el fin propuesto de hacer reserva de capital para hacer frente a los gastos de guerra. Y así se acabó aquel conato de pillaje: felizmente.

Después me he preguntado muchas veces por qué toda aquella gente desconocida para mí me escuchó. Y me dijo (aparte de la hipótesis aludida más que aventurada de que pudiese ser una reacción refleja de atavismo religiosa) que podía haberse dado por sentir vergü̈enza ante un jovencito de 20 años que les cantaba las cuarenta con la retórica tan idealista de la prensa y los mítines de aquel tiempo. Y también me lo explico porque no se daban cuenta de lo que hacían y menos de los que se disponían a hacer, porque en estado de masa, la gente no piensa, las masas sólo se sienten lanzadas desbocadamente hacia un objetivo, por lo general, de venganza, revancha, desquite o, en el mayor de los casos, por ímpetu justiciero.

Pero no siempre hay una voz capaz de electrizar a la gente amotinada y paralizarla en su estado de masa y en su delirio destructor. La masa puede ser (y de hecho, ¡lo ha sido tantas veces!) el estado más terrible y peligrosos de los hombres en sociedad. A pesar de que se haya dicho y se haya repetido hasta la saciedad que las masas son, por definición necesarias para heñir el pan de la revolución. También lo había creído yo, eso, sobre todo en aquellos días de julio del 36. Pero hace ya tiempo que he aprendido que recurrir a la acción y a la reacción (que esto es lo grave) de las masas es siempre nefasto. Lo ideal sería contar sólo con la acción masiva, que es lo que ozona el ambiente revolucionario y da confianza al pueblo para «acoquinar» a sus enemigos; poder tener a las masas en el instante justo en que trasponen las alturas, antes de que empiecen a rodar por la otra vertiente, funesta de suyo, cuesta abajo, o sea: Por la pendiente de la reacción.

Pero entonces estábamos galvanizados por el baño de cinc callejero y triunfalista antioxidante de una revolución rompiendo aguas a la espera del nuevo ser societario. Y sentíamos que el pueblo (ino la masa!, que es, precisamente, la negación del pueblo), en la calle, en la calle había sido capaz de llevar a cabo lo más grande que se ha hecho en toda la historia universal sociológicamente hablando, vencer al ejército EL PUEBLO SÓLO e implantar el comunismo libertario, por primera y única vez en el mundo, siquiera fuese como ensayo o embrión abortado. Y todo eso sin pastores políticos o religiosos, ni perros guardianes, es decir: sin policía, burocracia, amos, jueces ni caudillos.

En todo caso, yo viví los días 19, 20 y 21 de julio de 1936 como un azogado, sin parar de un lado a otro, de foco en foco revolucionario, defendiendo aquí y organizando allá, según mis cortas capacidades… Hasta que hacia el mediodía del 21, fuimos a parar a una plazuela del barrio donde se había improvisado una cocina de campaña y un comedor al aire libre para los necesitados y para servirles un tentempié a los combatientes revolucionarios que iban de paso en sus rondas de vigilancia y persecución de los de la «quinta columna». Y fue entonces cuando todo mi grupo cayó en la cuenta, de repente, de que… illevamos casi tres días sin comer ni dormir! Nos hartamos de sopa y bocadillos y nos fuimos a dormir. Yo ya no recuerdo adónde fui.

Luego vino ya la cosa rodada. Me incorporé a la Columna Durruti y, una vez en el frente de Aragón, me nombraron jefe de centuria; más tarde, cuando las milicias se convirtieron deplorablemente en ejercito regular, pasé a ser teniente (después de haber obtenido el grado en la Academia Militar de la República Española de Paterna (Valencia). Y poco después capitán. Hice toda la guerra en la 26 División, 119 Brigada, de punta apunta. Hasta que el 10 de febrero de 1939 pasábamos a Francia muy ordenaditos, el Jefe de Brigada, teniente coronel Belmonte el primero; y yo, como jefe del Estado Mayor, según parece tal como lo ordenaba el protocolo, el último. Entregamos las armas y nos tocó acostarnos en la nieve, pero aquella noche no paré de llorar por dentro. Y no por el frío.

Publicado en Polémica, n.º 71 abril 2000

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